En pleno siglo XVIII, junto a la mundialmente conocida ilustración francesa, se desarrolló en el norte de las islas británicas otra tradición no tan conocida por el gran público: la llamada ilustración escocesa. Uno de sus grandes referentes fue el filósofo empirista David Hume.

El filósofo nacido en Edimburgo, maravillado por el enorme prestigio alcanzado por la física newtoniana, se decidió a aplicar el exitoso método de las ciencias naturales, de corte experimental, para desentrañar los vericuetos de la naturaleza humana, hasta entonces objeto de la especulación metafísica. Hume llevó su empirismo radical hasta las últimas consecuencias, cuestionando con ello algunas de las creencias más arraigadas en su tiempo.

Hume recogió lo más granado de su pensamiento en una célebre obra, Tratado sobre la naturaleza humana, la cual no consiguió el éxito que su autor tenía planeado. Por ello, Hume se decidió a tratar por separado todos y cada uno de los temas que había abordado de forma conjunta en su obra magna. Uno de los asuntos que más sorprendía a Hume era la pervivencia de creencias erróneas y escasamente justificadas sobre hechos asombrosos (milagros) y toda clase de supersticiones, respecto de las cuales la naturaleza humana no lograba desprenderse.

Con Greta de lo que se trata es de que el género humano haga dejación de su racionalidad en aras de la pura emocionalidad. Que el Homo sapiens-demens, en la feliz descripción de Edgar Morin, se trasmute en puro Homo demens

En una posterior obra Investigación sobre el entendimiento humano, Hume aborda, en el capítulo X, la espinosa cuestión de la creencia en hechos milagrosos y en toda clase de supersticiones. Hume pretendía alcanzar un criterio general que permitiese al ser humano, en cuanto criatura racional, descartar de plano cualquier pretensión de creer en realidades contrarias a nuestra experiencia y al sentido común del hombre medio. Para Hume respecto de las cuestiones fácticas no cabe un conocimiento apodíctico y necesario, sólo cabe una creencia más o menos justificada según las evidencias empíricas que respalden nuestros juicios acerca de lo que ocurre en el mundo de la experiencia.

Hume pone como ejemplo el hecho de que cada mañana vemos salir el sol. Nuestra creencia en que el sol saldrá mañana, no se deriva, según su empirismo radical, en ninguna conexión necesaria entre los fenómenos que observamos, sino sólo de la experiencia uniforme que nos muestra que desde el comienzo de los tiempos siempre ha sucedido así. Esto nos lleva a inferir, según Hume, que las cosas serán así en el futuro. A diferencia de lo que ocurre en el ámbito de las matemáticas, donde del propio análisis de los conceptos matemáticos se siguen relaciones necesarias entre ellos, en el ámbito de los hechos nos movemos en el terreno de lo probable, con diversos grados de certidumbre sobre las relaciones entre los mismos. Asi nuestra certeza en que los muertos no resucitan es muchísima mayor que la de que las tormentas son más frecuentes en verano que en invierno.

Para Hume los milagros y las supersticiones se basan en último término en la violación de leyes naturales que, si bien no son necesarias, según su epistemología empirista radical, son muy ciertas, como lo demuestra la uniformidad de nuestra experiencia sobre ellas. De ahí que las personas crédulas en relación con estos asuntos, que generalmente nunca han presenciado ellas mismas, suelen confiar en el testimonio ajeno para formarse una opinión favorable a estas ocurrencias imposibles y absolutamente inverosímiles. De ahí que Hume dediqué buena parte de su crítica a la creencia en los milagros a analizar la falibilidad del testimonio humano como prueba, aunque sea indirecta, en favor de aquellos hechos que parecen contradecir nuestro sentido común.

Hume señala como generalmente los hombres tienden a guiarse por aquellas explicaciones más inverosímiles, especialmente cuando estas tienen connotaciones de corte pseudo religioso. También hace notar que la elocuencia y la apelación a la emocionalidad del oyente, muchas veces resulta más convincente que las más elaborados y razonados discursos. Tampoco la reiterada falsación por la prueba de la experiencia lleva a los hombres a ser más cautos en lo concerniente a los testimonios que reciben sobre hechos que son cuando menos cuestionables.

Hume elaboró su célebre argumento contra los milagros hace más de dos cientos años y sin embargo el género humano sigue otorgando una confianza epistémica a todas luces exagerada a ciertos testimonios cuya sensatez y rigor dejan mucho que desear. Cierto es que el empirismo de Hume ha sido ampliamente superado, que todos aceptamos que nuestro conocimiento en buena medida se basa en un sistema de confianza recíproca (pues de muy pocas cosas tenemos un conocimiento directo) y que las leyes científicas no se ajustan al fenomenismo al que se refiere Hume, sino que no dejan de ser meras generalizaciones de tipo probabilístico. Sin embargo, hay algo manifiestamente cierto en las reflexiones de Hume: seguimos otorgando demasiada justificación epistémica a discursos disparatados, a argumentaciones falaces y preferimos que se apele a nuestra emocionalidad antes que a nuestra racionalidad.

La aparición del fenómeno mediático Greta Thunberg nos ha vuelto a demostrar que Hume no andaba tan desencaminado en su denuncia epistemológica. Greta, esa especie de Juana de Arco del eco-catastrofismo, no dista demasiado de esos embaucadores que denunciara Hume, siempre dispuestos a sembrar la superstición y el miedo entre la humanidad. Con el fenómeno Greta no se trata tanto de determinar si el denominado cambio climático es o no cierto o si existe el suficiente consenso entre la comunidad científica como para que se presenten como concluyentes lo que no dejan de ser más que ciertas  hipótesis no suficientemente contrastadas todavía.

Con Greta de lo que se trata es de que el género humano haga dejación de su racionalidad en aras de la pura emocionalidad. Que el Homo sapiens-demens, en la feliz descripción de Edgar Morin, se trasmute en puro Homo demens. Que la pataleta sustituya al argumento, que la amenaza sustituya a la convicción. Greta es la marioneta de una sociedad posmoderna para la que la razón es un obstáculo, quizás insalvable, para imponer una agenda global.

David Trueba, nada sospechoso de connivencia con ideas “fachas”, hace una perfecta descripción de lo que es el sentimentalismo: una forma de nacionalismo del yo. Una forma de victimización que persigue que el otro se ponga a mi servicio. Es en definitiva una absoluta falta de empatía hacia el otro, al que se toma por estúpido, puro instrumento a mi servicio. Resulta paradójico que los eco-catastrofistas de turno apelen a nuestra empatía con las generaciones venideras, en el sentido del imperativo ecológico de Hans Jonas, mientras muestran ninguna empatía con el ser humano como especie racional, al tener que recurrir a la más burda manipulación emocional para imponer aquello de lo que no deben estar tan seguros.

Creer o no creer en el calentamiento global puede o no estar justificado, según respaldemos nuestra creencia en razones y argumentos. Hay argumentaciones, algunas más sólidas que otras, en ambos sentidos. Lo que es absolutamente ridículo y supone hacer dejación de la propia racionalidad es justificar dicha creencia en los desvaríos emocionales de una adolescente. Justificar el supuesto cambio climático de origen humano sobre la base de este testimonio equivaldría, utilizando la célebre fórmula de Hume, a “considerar más milagroso la falsedad del mismo que el milagro que supuestamente se quiere probar”.

Foto: Anders Hellberg


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9 COMENTARIOS

  1. “Confunden ustedes el debate, y mezclan interesadamente, el científico con el ideológico (político económico).
    La divergencia de opiniones científica, con los porcentajes existentes (97% vs 3%), les da falsas alas para sostener una opinión económica y política de no intervención y mantenimiento de un modo de hacer las cosas en esos ámbitos que no tiene más que un único argumento, hasta ahora es lo que hemos hecho y nos ha ido muy bien así,¿ por qué cambiar entonces?”

    Cucurruqui, creo que es usted quien confunde el debate al negar abordar la cuestión del clima desde las tres persepctivas: científica, política y económica. En un tema tan complejo y tan interrelacionado, que depende de tantas variables fuera de nuestro control, aludir a la “pureza” científica separándola de lo político y lo económico es ingenuo y poco realista. Primero porque los intereses políticos y económicos son los que impulsan, promueven, controlan, ajustan y condicionan no solo que se produzca determinada actividad científica, también sus resultados.
    Segundo porque, incluso en el peor de los escenarios posibles, tal como le indiqué en otro post, hay que trabajar y armar con argumentos de peso esas proyecciones estimadas para que puedan convertirse en predicciones serias a considerar. Es peligroso, irresponsable y arriesgado aplicar ciertas medidas drásticas en base a hipotéticos futuribles que, por más empeño que le pongan, hasta la fecha, no son capaces de predecir. Y si le parece insignificante considerar y callibrar el impacto y las consecuencias sociales y económicas que tendría en la población aplicar medidas drásticas en los sistemas de producción y energéticos, y prefiere atender solamente a la nueva “emergencia climática” del momento y estar en ese 97%, pues es muy libre de hacerlo y de tranquilizar su conciencia ecológica, aunque en realidad no sirva de mucho.

    Y siendo el tema tan serio y emergente como pretenden hacernos creer, me pregunto por qué en lugar de poner en la diana de la fe y devoción o de los abucheos y las críticas, a una pobre Greta, porque no son los propios científicos que forman parte de ese 97% del consesnso los que dan la cara y salen a la palestra para hacer una llamada de socorro; por qué no son ellos los que se libran del yugo del poder político y económico que los ha utilizado durante décadas para sus fines más espurios y salen en manifestación en todos los países del mundo para advertirnos del peligro que corremos. Porque igual los estudios y vaticinios son incluso peores de lo que está permitido publicar, igual ellos no han arriesgado demasiado para evitarlo e igual estas décadas han preferido acomodarse a las circunstacias políticas y económicas que les ha garantizado su prestigio profesional y su supervivencia en el hábitat científico del 97%.

    Lo que no es de recibo es pretender trasladar a la población esa responsabilidad y ese “remordimiento” de haber dejado pasar el tiempo sin mojarse ni exponerse demasiado a perder su estatus o ser laminados profesionalmente, cómo si estuviera solo en nuestras manos revertir el problema y hacer todos los sacrificios necesarios para remediarlo. A ver si al final, con estas campañas mediáticas para concienciar a la población y en las que cada vez tienen menos escrúpulos, al utilizar a esta pobre adolescente, lo que buscan en realidad, además de manipular a la opinión pública, dividir y enfrentar a los creyentes y no creyentes, es dejar su imagen impoluta y hacer lo que les da la gana como llevan décadas. Es decir, vivir de la bicoca y no hacer nada serio para tomar cartas en el asunto. Un clásico.

    • Buenos días, señora Silvia.
      No creo confundir el debate al señalar que la evidencia científica no tiene por qué movilizar el poder económico y el político. La connivencia que usted señala, existiendo en algunos casos, no puede ser considerada como una realidad absoluta que distorsiona el método científico. Es evidente que el interés económico puede, y de hecho, refuerza determinadas líneas de investigación, pero eso no significa que se distorsionen las conclusiones y los datos obtenidos. La industria armamentística, por ejemplo, ha sido durante décadas uno de los principales motores de financiación investigadora en EEUU, eso no quiere decir que los resultados de sus investigaciones lea llevan a asegurar que la velocidad de sus proyectiles es mayor que las de otros países si no lo han demostrado científicamente antes. Es decir, se impone el método a la opinión interesada, entre otras cosas, porque si no sería absurdo utilizar científicos, más barato y rápido, sería utilizar publicistas.
      Por otro lado, en referencia a la adolescente, no creo que ningún científico haya organizado su vida ni su agenda, y si lo que pretenden todos es salvaguardar su inocencia y humanidad en desarrollo, ya podrían citarla menos y dejar de ridiculizarla.
      No hace falta considerar que se trata del argamedón ni de trasladarlo al terreno de la culpa colectiva para realizar cambios en el modelo productivo y evitar emisiones de dióxido de carbono. No hace falta darle la vuelta al calcetín de manera compulsiva pero, siendo prudentes, sensatos y con un mínimo de respeto hacia un consenso científico tan elevado, lo más razonable me parece atender sin histeria el problema y no dejar pasar cuarenta años eludiendo las acciones concretas y evitando propuestas alternativas que puedan redundar en beneficio de todos.
      Si a la gente que se aliena con el negacionismo o el escepticismo, no hay manera de sacarla del argumento de que debemos seguir exactamente igual porque existe un 3% que divergen en cuestiones de modelos a largo plazo, sosteniendo que el modelo actual va muy bien y es la panacea humana del buen aprovechamiento de los recursos y el justo reparto de la riqueza, al menos les pediría que ya que se representan tan amantes de la objetividad científica, aportasen pruebas irrefutables de que su argumento es totalmente válido y que no está mediado por ningún tipo de interés de parte.
      En relación a lo que está por encima de nuestras posibilidades y responsabilidades, no conozco entre los defensores a ultranza de este escepticismo ninguno que haya alzado la voz en cuestiones de quién debe poner el dinero cuando se desencadena una crisis financiera mundial. Sin embargo, y sin sonrojo, se nos ha explicado que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, se ha modificado nuestra constitución para asegurar el pago a nuestros deudores y se ha dinamizado nuestro sin duda robusto mercado de trabajo convirtiéndolo en nicho de precariedad dilapidando enormes sumas de dinero invertido en formación superior que resulta son una mano de obra muy buena para atender en los bares y repartir la comida a domicilio.
      Llámeme loco pero no soy capaz de compartir estos ataques de escepticismo tan poco escépticos.
      Un saludo

  2. No hay por donde cogerlos, cucurruqui, pero agradezco tu certero esfuerzo y el tiempo que inviertes en tus respuestas, a sabiendas de que caen en saco roto. La racionalidad científica, en realidad, es la enemiga pública N 1 de la generalidad de disidentia. Si hay un entorno científico que trabaja por encima de presiones ídologicas y politicas, es la NASA , condición imprescindible para vencer, en su momento, a la URSS en la carrera espacial, y para todos los logros subsiguientes, además de ser los mayores especialistas en el estudio de las ” atmosferas” planetarias…….pues resulta que si uno entra en su web, sus opiniones sobre el cambio climático son exactamente las contrarias que las del presidente de su país, tan valoradas en este foro, y salvando las distancias, más en la línea del muy criticable fenómeno Greta que en la defendida desde estas páginas,eso si, siempre dese el máximo y cinico respeto a la “racionalidad cientifica”.

    • ¿A que científico debemos hacer caso? Al que en los años ochenta nos advertía de una próxima glaciación con el mismo énfasis que cuarenta años después nos advierte del calentamiento global. Al que nos advertía del peligro inminente del agujero de ozono que crecía y que cada día se hace más pequeño, o a los que dicen que la actividad del sol disminuye, que bajarán las temperaturas y el nivel de los océanos. También son de la NASA.

      https://www.abc.es/ciencia/abcm-tierra-camina-hacia-nueva-201106150000_noticia.html

      Cualquier religión pierde su sentido original cuando se convierte en moral.
      Por lo general las religiones son el medio de dar a conocer a los demás una percepción elevada del hombre que le proporciona un mayor bienestar vital.
      La utilización por el Poder de esa necesidad de conocimiento suele terminar en represión y falta de libertad.
      Desde hace años a la ciencia se le ha dado una importancia que en realidad no tiene. La ciencia al menos para mí, es un mero juego intelectual que para el no iniciado puede llegar a ser inescrutable, como sucede con cualquier otro tipo de conocimiento.
      El hombre es curioso por naturaleza y encuentra satisfacción en el descubrimiento, en algunos llega a ser casi un vicio, quizás esta sea la época que más tontos fabrique a pesar de la ciencia, a nadie hace cien años se le hubiera ocurrido construir en una rambla, rivera o en la orilla de una playa.
      Basta fijarse en cualquier monasterio o casa con más de doscientos años para darse cuenta que antes de construirla estudiaron su ubicación a conciencia.
      Desde niño he tenido una mala costumbre que abandoné hace ya bastantes años, y era la de leer todo lo que se pusiera al alcance de mi mano.
      Por lo general no me acuerdo de nada, y nunca he seguido un método de lectura. Leia todo aunque no sirviera para nada. Los periódicos los dejé de leer porque me los sabía de memoria.
      Los hombres se repiten como las noticias. Los estados de ánimo los sufren tanto los hombres como las sociedades, y basta percibir el estado de ánimo de una sociedad para saber lo que va suceder, más o menos.
      De la misma manera que inventar el automóvil o la televisión no ha hecho más feliz a ningún hombre, construir una colonia en Marte tampoco va a lograrlo.
      El invento pierde su utilidad para el hombre desde el momento en que es útil. Por mucha tecnología de la que usted se rodee no va a incrementar ni un ápice su felicidad, quizás logrará una infelicidad más cómoda.

      Esta nueva religión que nos avisa de un diablo terrible que nos acecha a mí no me produce ningún interés.

      Yo no tengo ni idea de si hay calentamiento global o no, pero lo que se es que ningún científico tiene capacidad para considerar todos los factores y circunstancias que confluyen en la atmósfera de la tierra. Ninguno. De momento mi percepción del clima es que ha bajado la temperatura del verano en mi pueblo al construir un pequeño pantano cercano. Es decir, que ya no paso el calor que me gustaba y los baños son menos apetecibles. ¿ Y… Que hago, una huelga?

      Convertir en Papas a los científicos para que nos metan miedo con la naturaleza es algo muy antiguo, antes lo hacían los brujos de la tribu, y quizás con más conocimiento, como puede ver los periódicos no cambian.
      En caso de que todo fuera cierto tampoco pasaría nada, nos iremos acostumbrado al clima poco a poco, como siempre.

      En una ocasión me contó un militar que estando en Angola atacaron un poblado causando muchos muertos y que el brujo de la tribu llevó a cabo un ritual que hizo retroceder el tiempo hasta antes de la masacre.
      El militar me dijo que estaba presente y que es algo que nunca podría llegar a comprender.

      Yo le creí
      Buscar una explicación racional a un hecho así es mucho más divertido que cagarse las patas abajo con el demonio del cambio climático que nunca llega.

    • La veneración por la ciencia es una de esas irracionales características del progresismo de todos los colores. La ciencia y los científicos ¡oh¡ ¡ah! La Nasa libre de influencias ideológicas…pues no sería precisamente cunado llevó a un hombre a la luna. Logro que fue posible por razones ideológicas: sin guerra fria la única llegada a la luna seria la de Tintín. Y no nos olvidemos del científico amoral que lo hizo posible, un señor que trabajaba para aquel que le dejase jugar con sus cohetes…quien los fabricaba y com que fin eso era irrelevante…porque él era científico lleno eso sí de racionalidad científica.

  3. Si el problema son los pedos de las vacas y de los antropos, cómo podría utilizarse el calentamiento climático para las calefacciones en invierno y el enfriamiento climático para refrigerase en verano. Desde un avión no se ve la contaminación y más al precio que se va a poner viajar. Y no será que se acaba la gasofa. Reflexiones con una neurona birrada.

  4. Vaya, otro artículo en torno a Greta.
    Otra sabia pluma argumentando lo evidente…Greta, no es una científica experta en el cambio climático, por tanto cualquiera que pueda compartir la creencia en la necesidad de actuar para reducir o minimizar el impacto ambiental de la actividad humana, es un loco, un fanático.
    Y para ello, tira de Hume.
    Pues, mire, Greta efectivamente, es una adolescente, que dada la relevancia que ha alcanzado, se ha convertido en la cara visible de un movimiento social muy diverso en el que hay de todo.
    Juzgar el todo por la parte, no sé qué pensaría Hume, es un error.
    Sin embargo, en esta publicación, se ensañan con la argumentación del símbolo, de la representación. Y parece que quedan convencidos especularmente de lo contrario, curiosamente. Para ustedes el símbolo denota la falta de razón, pero son capaces de arrogarse la misma por negación del símbolo. A ustedes no se la dan con queso, como hay una Greta, no puede ser cierta o válida la necesidad de tomar medidas. O, como más les gusta, como no hay consenso absoluto, el escepticismo es necesariamente correcto.
    Utilizan a Hume de la peor de las maneras, dando a entender que no hay manera de saber si el calentamiento climático es o no antropogénico, y que todo lo que sea decir que lo puede ser (es muy plausible, dado el acuerdo científico) entra dentro del mundo de la creencia, de lo religioso. Omite la mayor, sin embargo, que creer lo contrario requiere de mayor capacidad de creencia, pero a ustedes, eso les gusta enmarcarlo fuera de tal rango, lo llaman escepticismo y se nos vienen con Hume, con Galileo y la sursum corda, para confundir a sus muy críticos lectores (que ya pensaban lo mismo que ustedes y les leen, sin ser ninguno científico, para poder seguir creyendo en lo que ya creían).
    Confunden ustedes el debate, y mezclan interesadamente, el científico con el ideológico (político económico).
    La divergencia de opiniones científica, con los porcentajes existentes (97% vs 3%), les da falsas alas para sostener una opinión económica y política de no intervención y mantenimiento de un modo de hacer las cosas en esos ámbitos que no tiene más que un único argumento, hasta ahora es lo que hemos hecho y nos ha ido muy bien así,¿ por qué cambiar entonces?. Es la expresión viva del conservadurismo ideológico que siempre defenderá que todo siga igual porque quién lo defiende obtiene un claro beneficio y prefiere señalar que su posible modificación no traería más que problemas. Desde que el hombre es hombre, es el discurso de los que ostentan el poder. Nada que ver con el discurso científico, pero si hay que defender una posición, si hace falta, tiramos hasta del discurso opuesto.
    Cuando citan a los científicos, no lo hacen porque les interese lo más mínimo el debate y sus conclusiones. En caso de unanimidad en relación al tema del cambio climático, ustedes seguirían defendiendo su modelo económico productivo y político, pues están convencidos de que es el mejor de los posibles, como demuestra el resto de artículos que escriben.
    Su texto es muy explicito sin embargo en obtener conclusiones que al resto, gretafílicos, por supuesto, les está vedado por no ser científicos. Usted concluye lo que, cuando menos, está abierto (una abertura más que matizable, pues el consenso es muy grande, y el escepticismo, que no el negacionismo, se centra en apartarse de las consecuencias a largo plazo que puedan derivarse conforme a los modelos de trabajo y análisis actuales):
    ” no se trata tanto de determinar si el denominado cambio climático es o no cierto o si existe el suficiente consenso entre la comunidad científica como para que se presenten como concluyentes lo que no dejan de ser más que ciertas hipótesis no suficientemente contrastadas todavía.”
    No se trata de determinar, ¿verdad? Pero en román paladino, y en la misma frase, usted determina…”no suficientemente contrastadas todavía”. Sí están contrastadas y asumidas, siento decirle. Lo que no está validado con un consenso total, es la validez de las predicciones a medio y largo plazo. Por lo demás, el calentamiento climático antropogénico, tiene el consenso científico internacional. Por otro lado, es por definición, incontrastable un modelo predictivo de la complejidad del climático, dada su complejidad e interrelaciones casuales y no lineales. El principio de incertidumbre de la física cuántica, por ejemplo, adolece de lo mismo, no hay manera de saber, por definición y comprensión profunda del campo de aplicación, en un campo muy restringido y acotado como es el comportamiento subatómico, determinados valores a un tiempo. Esto no invalida más que la aplicación de la relatividad en ese campo, siendo perfectamente presumible para la física no subatómica. Apoyarse en este tipo de incertidumbres para trasladarlas a la barra del bar y sostener que los científicos no saben de qué hablan y que vete tú a saber que es lo que puede pasar, es tan burdo que no tiene por dónde cogerse.
    Dejemos la complejidad de los modelos a los expertos, señor Barrio, ponderemos racionalmente el consenso en relación al cambio climático y adoptemos medidas racionales, dejando a un lado a la adolescente que en este mundo de consumo acrítico pero absolutamente necesario para mantener la producción, representa la publicidad.
    La publicidad, el sentimiento frente a la razón, quizá caracteriza la posmodernidad pero no es un invento de la progresía, ni del marxismo. Es un instrumento absolutamente necesario para el mercado, ese que algunos se empeñan en llamar libre.
    Capitalizar la irracionalidad humana es una creación del liberalismo económico y greta una de sus lógicas consecuencias.
    Capitalizar la sensación de ser el único o de los pocos que piensan de un modo, especiales de alguna manera, distintos, superiores, es la paradoja de la publicidad; compren ustedes este mi artículo y serán lo más de lo más. Eso es el posmodernismo.
    Un saludo