Para cualquiera que vea el asunto con un mínimo de objetividad no será difícil llegar a la conclusión de que el funcionamiento de los partidos políticos españoles supone una de las mayores deficiencias de nuestra democracia. Así lo acaba de recordar Elisa de la Nuez en un análisis breve y muy ponderado que identifica a los partidos como la causa principal del deficiente funcionamiento de nuestras instituciones.

Cuando se habla de reformar los partidos, se comete, sin embargo, un equívoco singular, a saber, los partidos no pueden ser reformados porque son instituciones, y esta es una de las dificultades del problema, que, en amplísima medida, existen como existen y son lo que son al margen de la ley. Se les puede pedir más transparencia, más democracia interna, más contrapesos efectivos, más participación, mayores garantías de respeto a los derechos ciudadanos, claridad en la rendición de cuentas, etc., y eso está muy bien, pero el problema es que no hay ninguna ley ni regla conforme a la cual determinar hasta qué punto esas cualidades son inexistentes, escasas o meramente caricaturescas; así de sencillo, y eso ocurre porque el interior de los partidos es un territorio salvaje en el que no hay otra autoridad reconocible que la del que manda, en el que no hay posibilidad alguna de recurrir efectivamente a la tutela de jueces independientes y en el que, en el fondo, no se puede decir que no se ha respetado la ley porque esa ley no es otra que la del legendario oeste, la del más fuerte.

El interior de los partidos es un territorio salvaje en el que no hay otra autoridad reconocible que la del que manda

Visto de esta forma, los partidos españoles suponen en la actualidad un freno efectivo a las garantías jurídicas de los derechos políticos ciudadanos y una barrera casi infranqueable a la separación de poderes: los partidos son, en su interior, juez y parte ante cualquier conflicto imaginable y, en consecuencia, en ellos se desarrolla una dinámica en el que la democracia es sencillamente una quimera, un trampantojo para ocultar la dictadura efectiva del Rajoy de turno. Es cierto que los ciudadanos les dotan de legitimidad en las elecciones, pero esa legitimidad solo sirve para fortalecer su despotismo interno, para fomentar hasta la náusea el desdén ciudadano por la política, para que nada mejore sino es a un precio altísimo en esfuerzos y en tiempo.

Esta situación, importa señalarlo, no ha sido fruto del diseño, sino del éxito progresivo de malas prácticas y de una tendencia irrefrenable a continuar la cultura política autoritaria que está desgraciadamente vigente en estos lares. Si quieren ver lo que es un caudillo, no miren a Franco, que lleva muerto más de cuarenta años, fíjense, por ejemplo, en Puigdemont, en cómo un personaje de quinta fila acaba detentando los intereses de todo un país (bueno de una parte sustantiva) sin que la sociedad sepa deshacerse de esa tutela ridícula, empobrecedora y autoritaria (fascista, para ser claros), porque el funcionamiento efectivo de los partidos españoles ha conducido a esta caricatura obscena. Y no solo pasa en esa región española, vean a Rajoy vendiendo al PNV cualquier clase de principios políticos, o deshaciéndose de personajes con errores y faltas muy inferiores a los suyos, pero pueden fijarse también en Iglesias, desterrando al averno a las Bescansas y las Tanias o “poniendo en su sitio” a los Errejones.  Hay dónde escoger.

El nudo que hay que deshacer en esta cuestión no es fácil, se trata de que la ley general esté vigente en el interior de los partidos, que no se puedan amañar las elecciones internas, cosa habitual, que los órganos de debate no sean órganos de aplauso (asunto en el que el PP ha batido cualquiera de los récords concebibles), que la designación de candidatos no dependa de la más absoluta arbitrariedad, que los grupos parlamentarios no sean esclavos del aparato y que los diputados, concejales y parlamentarios dejen de atenerse exclusivamente a las órdenes del que manda. Naturalmente que esto planteará dificultades al funcionamiento y a la coherencia de los partidos, pero eso es lo que sucede en las democracias que funcionan efectivamente. Lo que nos ha pasado aquí es que acogimos sin precauciones la insuficiente explicación histórica del “fracaso” de la UCD como una consecuencia de su indisciplina (Suárez no controlaba férreamente, ni podía hacerlo, a su grupo parlamentario, por ejemplo) y eso favoreció el predominio de las formas autoritarias en el gobierno de los partidos a partir de ese momento.

Al estar al margen de cualquier control legal y ciudadano, pueden dedicarse a fomentar la obediencia, el servilismo, el aumento del gasto público para hacer más fácil la corrupción

Es significativo que los grandes partidos hayan querido someter a control a la judicatura, precisamente porque una judicatura absolutamente independiente del legislativo y del ejecutivo debiera ser el órgano capaz de tutelar los derechos políticos de los afiliados para que los partidos se conviertan efectivamente en algo que ahora no son de ninguna manera, cauce de representación y de debate político de la sociedad española. Al estar al margen de cualquier control legal y ciudadano, pueden dedicarse a fomentar la obediencia, el servilismo, el aumento del gasto público para hacer más fácil la corrupción, y convertirse en órganos perfectamente capaces de olvidarse de los intereses, de los mandatos y de las convicciones de sus votantes. Haciendo lo que hacen, van a menos, eso es evidente, pero conservan la sartén por el mango.

Se trata de pedir lo que es casi un milagro, aunque, como ha recordado Elisa de la Nuez, recientemente el Congreso ha aprobado un informe que viene a recoger muy mejoradas y mucho más desarrolladas la mayoría de las propuestas sobre democracia interna y rendición de cuentas del Manifiesto de los 100, que muchos firmamos hace ya cinco años. En este documento del Congreso, y por primera vez, los propios representantes de los partidos políticos reconocen las carencias de nuestro “modelo” y que se necesitan reformas de fondo para garantizar la calidad de nuestra democracia y de nuestras instituciones.

Hacer una ley de partidos que asegure unas garantías mínimas de respeto a los principios constitucionales en el funcionamiento interno, ahora mismo inexistentes, es una necesidad, pero seguirá constituyendo un imposible mientras el PP esté en el Gobierno, pues es el PP el partido que ha llevado más lejos todo el engranaje de recursos necesarios para que la libertad política en el seno de los partidos sea un absurdo y un imposible. Pero podemos presionar al resto de las fuerzas políticas para que se ocupen de hacer verosímil un propósito tan necesario como urgente haciendo conscientes a los ciudadanos de que la democracia solo podrá subsistir y mejorar si se garantizan adecuadamente esas condiciones de libertad, igualdad y limpieza en el funcionamiento de los partidos y las instituciones.

En España  hemos permitido que los partidos sean agujeros negros, zonas en las que no imperan ni la ley ni los principios

En España  hemos permitido que los partidos sean agujeros negros, zonas en las que no imperan ni la ley ni los principios. Mientras todo esto no cambie, seguiremos viendo CV falseados, videos comprometidos, juicios sumarísimos a los que se atrevan a discrepar de la línea oficial, contabilidades delirantes, comportamientos mafiosos, ley del silencio, ocupación de las instituciones y corrupción, porque el poder sin límites nunca ha hecho nada distinto y, ahora mismo, quienes se hacen, por los medios que fuere, con el control de los partidos tienen a su disposición un poder casi ilimitado (especialmente en la medida en que los electores se comporten como cautivos de las siglas respectivas) que no cesan de intentar engrandecer compinchándose con medios de comunicación, que hacen mangas y capirotes de sus obligaciones con los ciudadanos, y en lugar de informar sirven las “verdades” que convienen a sus amigos.


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12 COMENTARIOS

  1. “El nudo que hay que deshacer en esta cuestión no es fácil, se trata de que la ley general esté vigente en el interior de los partidos, que no se puedan amañar las elecciones internas, cosa habitual, que los órganos de debate no sean órganos de aplauso (asunto en el que el PP ha batido cualquiera de los récords concebibles), que la designación de candidatos no dependa de la más absoluta arbitrariedad, que los grupos parlamentarios no sean esclavos del aparato y que los diputados, concejales y parlamentarios dejen de atenerse exclusivamente a las órdenes del que manda”

    Pues me parece muy oportuna y coherente la reflexión, Quirós. Nos pasamos la mitad del tiempo denunciando toda clase de corruptelas y despropósitos que empobrecen y denigran nuestra democracia y nos olvidamos de los propios partidos políticos, que como bien indica son “auténticos agujeros negros, zons en las que no impera la ley ni los principios”.
    Por ello, hacer una ley de partidos que asegure esas garantías mínimas de respeto a los principios constitucionales en su funcionamiento interno puede ser un primer paso, porque al final, ese funcionamiento arbitriario y opaco de los partidos, tan falto de ejemplaridad, se proyecta y tiene su reflejo en el funcionamiento externo y democrático de la sociedad. No se puede dejar en manos de los partidos la tutela de la democracia y de los principios constitucionales mientras ellos no sean capaces de asumirlos y acatarlos en su propio seno y con todas las consecuencias. Así de claro.

    Que afiliarse a un partido y hacer carrera política obedezca por ley a unos principios mínimos, comunes, coherentes y compatibles con los valores democráticos; que afiliarse a un partido y hacer carrera política deje de convertirse en una opción fácil y atractiva para los aprovechategui de turno dispuestos a medrar al precio que sea y asegurarse de que operan sobre ellos las mismas reglas del juego que en el resto de ciudadanos. Como diría Sabina: “Que ser valiente no salga tan caro y que ser cobarde no valga la pena”.

  2. Entiendo lo que dice el sr. Gonzalez Quirós.

    Nuestros partidos nunca fueron democráticos y funcionaron por co-optación, como el vaticano. Al menos el vaticano, no presume de ser democrático.

    Los partidos españoles han derivado hacia un modo de poder dictatorial porque el sistema político que tenemos fuerza a ello.

    Por un lado, si un político de cualquier partido sale elegido en alguna votación se convierte en intocable dentro del partido. Vease Puigdemont, Jesús Gil, o Rajoy, Cifuentes, para echarlo hay que tirar de cloacas. Tenemos muy próximo el caso de Cifuentes, elegida para la Comunidad de Madrid. Sin adhesión inquebrantable al lider se creyó intocable, cometió un error. El poder de su partido las destrozó como y cuando le convino con técnicas mafiosas. Si el partido tenía esos dosiers para qué la presentó a las elecciones. O fué precisamente la existencia de los dosiers lo que facilitó su primer puesto en la lista.

    Por otro lado, tenemos el problema de la representación. Los 350 diputados a cortes son la representación viva de quien los ha elegido en primera instacia que no son los ciudadanos.

    Pero si cambiaramos, no los partidos que no lo conseguiremos, sino la ley electoral podría evitarse o al menos aminorarse el efecto perverso del sistema sobre los partidos. Si pasamos a circunscripciones pequeñas de unos 100000 electores, en las que el elegido representa a todos. Aunque el candidato lo ponga el partido, ya tendrán cuidado el elegido y el partido en representar a los ciudadanos.

    Con este sistema electoral, cuando el candidato de un partido caiga en corruptelas, o deje de defender los intereses de los ciudadanos de su circunscripción, los ciudadanos podrán elegir a otro. Cuando los partidos tradicionales no estén a la altura, se podrá elegir a un candidato independiente.

    Así los partidos y sus electos tendrían una re-alimentación directa de los ciudadanos que hoy no existe. Ello contribuiría a sanear algo los partidos puesto que hoy el sistema prima a las listas de los grandes partidos. Listas que por otra parte son cerradas y a las que se accede por co-optación. Proceso que está en manos del poder dentro del partido.

    Los partidos podrian no tener solución, pero si el sistema lo modificamos quizás mejore la representatividad y la dacción de cuentas.

  3. Ya la primera frase desvirtúa el resto del artículo, que peca de inocente.

    Para cualquiera que vea el asunto con un mínimo de objetividad no será difícil llegar a la conclusión de que el funcionamiento de los partidos políticos españoles supone una de las mayores deficiencias de nuestra democracia

    Nosotros no tenemos una democracia, el régimen actual es una partitocracia, dónde las listas cerradas y el sistema proporcional aseguran que las decisiones vayan de arriba abajo, y sean los intereses de unos pocos ( el quid de la cuestión es saber quienes son esos pocos aunque todos lo intuyamos ) los que realmente prevalecen a la hora de legislar y de poner los mecanismos el estado al servicio de una élite.

    Pedir democracia interna, transparencia, participación… en un partido político es un oxímoron intelectual. Además de una incoherencia de base, un partido “estatal”, pues vive de los presupuestos del Estado, no puede canibalizarse a sí mismo, pues es un mecanismo básico para que el trampantojo siga funcionando.

    Y además que no haya transparencia, ni democracia interna, ni todo lo que el autor reclama cándidamente, es lógico. Yo no he trabajado dentro de un partido político, pero si he trabajado durante años en una gran multinacional, en puestos de mandos intermedios. Y durante años, mentí, manipulé, negué cualquier derecho de réplica o de democracia interna a mis subordinados, para hacer cumplir las órdenes de mi superior, que NUNCA era el discurso oficial que se “vendía” a los de abajo.

    Y así de arriba a abajo, en esta pirámide de Masnow “social” que son las organizaciones humanas. Y está en nuestra propia naturaleza, pues es muy complicado resistirse a que a cambio de una serie de privilegios, de sentirse “especial” o superior a los demás, no entrar a este juego de mentiras y poder. Y así, mediante estas estructuras, muy pocos son capaces de extender sus ideas, sus políticas y defender sus intereses a grandes cantidades de personas. Pues si esto se hace a niveles pequeños en todos los ámbitos de la vida, que no será el poder político, donde es necesaria que esa pirámide sea sólida para que fluya de arriba a abajo el ejercicio del poder.

    Lo relevante, en este caso, es quién está en la cúspide de la pirámide, y qué intereses defiende. Y en España creo que se huele ya y estamos todos abriendo los aojo que desde el régimen del 78 y el golpe del 23 F hay fuerzas exógenas ( no españolas ) las que toman las decisiones y usan los partidos estatales como correa de transmisión.

    • Son fuerzas exógenas que se comunican con las endógenas a través de la masonería. Nada nuevo, puesto que ya fué puesto en evidencia y solucionado por el franquismo.

    • “Y además que no haya transparencia, ni democracia interna, ni todo lo que el autor reclama cándidamente, es lógico”
      Ese es el problema, que usted ya asume de forma natural y hasta “lógica” que los partidos no sean transparentes ni tengan democracia interna. Incluso en el ejemplo que usted cita, cualquier empresa u organización se rige por unos principios, por unos valores y por unas normas éticas, aparte que debe responder de su actividad y funcionamiento ante la ley y numerosos organismos. No digo que esas empresas no puedan acabar actuando a su libre albedrío y que con la complicidad de empleados y colaboradores que asumen de forma natural esa falta de transparencia o esa forma despótica de conducirse, puedan convertirse en organismos deficientes y opacos en su funcionamiento; pero convendrá conmigo que al menos, están sujetos a una normativa interna que marca el acceso, funcionamiento, los límites y todos aquellos principios que hoy por hoy no alcanzan a los partidos de forma efectiva y contundente. Aparte que, a los agentes políticos que nutren los partidos y que aspiran a la dirección y gestión de los recursos públicos se les debería exigir un plus de responsabilidad, de ética y de competencias para ejercer su labor, mayor que el de cualquier empresa.

  4. No son los partidos, son algunos politicos sin etica humanista ni siquiera cristiana, que en España son muchos, por la herencia de la corrupcion d ela dictadura criminal franquista ,
    y herederos de pensamientos fascistas y que se han apuntado ahora al neoliberalismo para preacrizrnos a todos quedandose con todo ,
    Me parece un desatino supino de analisis decir que los partidos “son” cuando estan formados por personas y no son entes per se.

    • El alzamiento militar fué de la clase media y militar y no se les podía pedir mas de lo que hicieron, ahora bien para llevar el pais bajo su control, dependieron de antiguos masones de la república reconvertidos. El franquismo siempre estuvo infiltrado, mire en internet si Suarez o Arias Navarro eran masones, y aprovecharon la debilidad forzada a partir del asesinato de Carrero para imponerse. Tambien el abuelo de Aznar y Rato pertenecían a la secta.

    • “No son los partidos, son algunos politicos sin etica humanista”
      Eso es como decir que la corrupción institucional en sí se magnifica y no es tal, que son casos de corrupción aislados o que solo hay algunos garbanzos negros en el cocido. Pero claro, si quitas esos garbanzos y el cocido sigue sabiendo a rayos, lo más probable es que haya que tomar otro tipo de medidas sobre ese masa compacta y no dedicarse solamente a quitar los garbanzos negros.

  5. Los partidos políticos del régimen del 78 son centrales de negocios solo preocupadas en defender sus intereses. El periodista asturiano Gregorio Morán en su libro «El precio de la Transición», de preferencia en su segunda edición de 2015, corregida y actualizada, ya que la original de 1991 sufrió la censura de los pasajes dedicados a Juan Carlos de Borbón, los caracteriza perfectamente.

    Según apunta con agudeza el autor, «el cemento –digámoslo así en homenaje a la burbuja inmobiliaria que tanta importancia adquiriría en el desfondamiento de las vigas de la democracia– que enganchó, pegó y creó lazos inimaginables en la Transición fueron los negocios. Lo que unió de verdad a los vencedores de la Transición no fue la Constitución de 1978 –sería ridículo hasta como hipótesis–, sino los negocios».

    Y más adelante explica los orígenes de la cleptocracia institucionalizada en que vivimos: «España se convierte en un país de corruptos donde los dos partidos dominantes, el PSOE y el PP, se disputan la capacidad de esquilmarlo, dejando un lugar para que los aliados políticos periféricos, CyU en Cataluña, y el PNV en menos medida, pudieran hacer lo mismo y con idéntica impunidad».

  6. A los partidos políticos le sucede exactamente lo mismo que en general a todo “el mainstream”, las ganas de comer apartan las ganas de ser veraz y congruente.

    En ello se permiten contradicciones en los términos o directamente falsedades.
    Por citar un ejemplo, en un blog jurídico se confundía y confunde potestad/apetencia y derecho. Es decir, tiran de censura de lo lindo y a eso lo denominan “derecho” (proceso reglado de garantías por un tercero, generalmente el Estado). Que lo pusiera un blog de informática, construcción o pesca sería hasta cierto punto asumible, pero que lo ponga un blog de juristas apunta por donde va el percal en general.

    El señor Quirós comete el mismo error, despotrica contra los partidos políticos hasta el punto de pintarlos como algo “antisocial” acorde a la “Ley de hierro de las oligarquías”, y, después, en una embriagadora dinámica de incongruencia pide que esos mismos partidos se auto-reformen, con una ley de partidos. Ni pies, ni cabeza.

    El artículo 6 de la “Constitución” es claro:
    Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política…

    Por ponerlo claro, el partido político (corporación, persona jurídica, entidad de reglas generalmente jerárquicas) es el vehículo único de participación política en España.
    Es decir, tienen la potestad (como ente) frente al supuesto derecho de participación política del elector (falsamente representado) en un “diputado”. Ese falso derecho (por carencia en diseño de garantías) frente a una potestad clara y manifiesta implica como es obvio un natural descontrol.
    Es básicamente un sistema que canaliza a modo de embudo triturador toda opinión ajena a la aristocracia (élites circulantes) a una simple caricatura de la realidad fácilmente domeñable: una pequeña corporación jerárquica, un partido político. Que bajo una máscara, ya no bajo un teatral antifaz (persona) pintan algo tan absurdo como la representación ideológica.

    La democracia es –un sistema– y resultado, el cual justamente trata de luchar contra esa aristocracia que no deja de ser otra cosa que la oligarquía de toda la vida.

    Como sistema y bajo la pregunta de ¿qué puedo hacer para conservar mi poder político formal (democracia: participación en el gobierno de muchos. Aristóteles)?
    En una democracia se pueden derogar leyes aprobadas por un parlamento bajo iniciativa popular y referéndum (Suiza), se destituyen representantes/oficiales (EE.UU) y muchas otras pinceladas que hay en el mundo apuntan a ello.

    La pregunta es: ¿qué puedo hacer para conservar mi poder político formal?
    ¿Es la respuesta esperar que los partidos políticos sean en su “estructura interna y funcionamiento democráticos” ?
    Sinceramente, esa respuesta solamente es apta para amantes de la servidumbre.

  7. Bueno. Es verdad lo que nos cuenta el autor. Lo que sí me llama la atención es que utiliza como ejemplos las taras del PP. De los demás, ni palabra.
    La segunda intención de la pieza es, pues, clara. Al menos para mí.
    Verán, acostumbro a tomar café en un bar hace más de treinta años. Mantengo una muy buena relación con su encargado. Hemos engordado y perdido el pelo y no pocas ilusiones día a día.
    Pues bien, con mucho esfuerzo, este señor pudo costear los estudios universitarios de su hija, de la que se siente orgulloso como no podía ser de otra manera.Y en las pasadas elecciones locales, me sorprendió pidiendo mi voto para Ciudadanos. Su hija figuraba en las listas, bien es cierto que en un puesto de poco relumbrón. Pero, joven e ilusionada, decidió incorporarse a esa marea naranja. Bien por ella.
    Pero, ay, amigo, cuando le pregunté la semana pasada si su hija repetiría se hizo primero un silencio incómodo. Insistí, y entonces estalló.
    Resulta que la joven ciudadana se dio de baja en esa cofradía porque cada vez que decidían algo aquí, los de “arriba ” lo cambiaban.
    Más de lo mismo, en definitiva.

    • Para no alargarme: aquí todos los partidos son empresas con ánimo de lucro, se convierten en sectas, el militante se tiene que hacer profesional de la política cuyo único mérito es la felación al que manda y la obediencia y la paciencia a cambio de poltroba y dinerillo. Poco más.

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