La noche del 11 de noviembre de 1979 no había nada especialmente extraño sobre el Mediterráneo. El vuelo JK-297 de la compañía TAE cubría la ruta Salzburgo–Tenerife con escala prevista en Las Palmas. A bordo viajaban 109 pasajeros. La tripulación era experimentada. El avión, un Super Caravelle, funcionaba con normalidad.
Hasta que dejó de hacerlo.
A unas millas al sureste de la península, el comandante y su copiloto observaron una serie de luces intensas que parecían aproximarse a la aeronave. No seguían trayectorias convencionales. No correspondían a tráfico aéreo conocido. Y, lo que resultó más inquietante, interferían con los sistemas de navegación del avión.
No fue una impresión fugaz. No fue una luz lejana en el horizonte. Durante más de una hora, la tripulación informó de maniobras evasivas, fallos en instrumentos y un seguimiento persistente. En un momento dado, el comandante tomó una decisión que ningún piloto comercial desea tomar: declarar emergencia y solicitar aterrizaje inmediato.
El aeropuerto elegido fue el de Manises.
Una emergencia sin causa conocida
Las comunicaciones con tierra están registradas. No hay dramatismo excesivo. No hay exaltación. Precisamente por eso inquietan. El piloto no afirma saber qué está viendo. Afirma algo mucho más grave: no sabe qué es, pero afecta al avión.
El protocolo se activa. El aterrizaje se autoriza. El Super Caravelle toma tierra sin incidentes mayores. Los pasajeros apenas reciben explicaciones. Para ellos, la noche termina ahí.
Para el Estado español, no.
Cuando entra en escena el Ejército del Aire
Tras el aterrizaje, el incidente no se archiva como una falsa alarma. No se atribuye de inmediato a un error humano. No se ridiculiza a la tripulación. Ocurre lo contrario: el Ejército del Aire considera el episodio lo suficientemente serio como para intervenir.
Desde la base aérea de Los Llanos (Albacete) despega un caza Mirage F-1 con la misión de identificar el objeto observado por el vuelo comercial. El piloto militar también lo ve. Lo persigue. Informa de maniobras extrañas. Y, finalmente, debe regresar por falta de combustible sin haber podido identificar nada.
No hay intercepción. No hay contacto. No hay explicación.
El expediente que no cierra el caso
Años después, el Ministerio de Defensa desclasificó parte del expediente. No es un documento sensacionalista. No hay referencias a visitantes de otros mundos. Tampoco hay una explicación concluyente.
El lenguaje es frío, administrativo, casi decepcionante para quien espere respuestas claras. Se barajan hipótesis: fenómenos atmosféricos poco comunes, reflejos, errores de interpretación. Pero ninguna logra explicar el conjunto del episodio: la duración, la interferencia instrumental, la reacción coordinada de aviación civil y militar.
Lo que queda escrito, negro sobre blanco, es algo mucho más incómodo: algo ocurrió, fue observado por profesionales cualificados, activó protocolos de seguridad aérea… y no pudo ser identificado.
Lo inquietante no es lo que se vio, sino lo que no se pudo explicar
Con el paso del tiempo, el incidente de Manises fue absorbido por el imaginario popular como “el gran caso OVNI español”. Y quizá ese haya sido su destino más cómodo. Clasificarlo como anomalía folclórica permite neutralizarlo intelectualmente.
Pero el interés periodístico del caso no está en la hipótesis extraterrestre —que no aparece en los informes—, sino en algo más prosaico y perturbador: la constatación de que los sistemas diseñados para controlar el espacio aéreo fallaron ante un fenómeno real.
No hablamos de campesinos asustados ni de testigos ocasionales. Hablamos de pilotos comerciales, controladores aéreos y militares entrenados para identificar amenazas. Gente cuya profesión consiste, precisamente, en no confundir una luz con otra cosa.
El silencio posterior
Tras el incidente, no hubo comparecencias públicas detalladas. No hubo explicaciones pedagógicas. El caso no se convirtió en una prioridad informativa. Se archivó. Como tantos otros episodios que no encajan bien en los marcos explicativos disponibles.
Quizá porque no había nada que explicar con claridad. Quizá porque admitir públicamente la incertidumbre no es una fortaleza habitual de las instituciones. Quizá porque, a veces, la ausencia de respuesta es la respuesta menos mala.
Lo que este caso dice de nosotros
Cuarenta y cinco años después, el incidente de Manises sigue citándose, discutiéndose, reinterpretándose. No porque aporte una verdad oculta, sino porque plantea una pregunta incómoda:
¿qué ocurre cuando incluso los sistemas más sofisticados deben actuar sin comprender completamente aquello a lo que se enfrentan?
Vivimos rodeados de narrativas de control, previsión y seguridad. Confiamos en que todo está medido, clasificado, explicado. Y, sin embargo, episodios como este recuerdan algo elemental: nuestro conocimiento sigue teniendo bordes difusos.
No hay moraleja. No hay revelación final. Solo un hecho histórico bien documentado que resiste el paso del tiempo sin volverse más comprensible.
Y quizá esa sea la forma más honesta del misterio.
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