«Neorrancios». Parece ser que, agotadas «fascista» y «facha» por arriba y «señoro» y «pollavieja» (sección masculina) por abajo, y fallida, por cultureta, «rojipardos», esta será la nueva etiqueta que se ensayará contra todo aquel que proponga que nos hemos dejado algo importante en el camino o que hay algo de valor que está a punto de irse por el sumidero. Ya saben, «para atrás, ni para coger impulso», en palabras de Fidel Castro, ese progresista de toda la vida. Tal vez sea hora de que no tomemos en serio la premisa oculta que hay en esta clase de argumentos, a saber: «En cuanto a la vida en sociedad, es inmoral la nostalgia, caballo de Troya de injusticias y privilegios superados».

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En primer lugar, hay que recordar que la política no es sino moral de la polis, es decir, el intento de responder, en el ámbito de la convivencia, a la pregunta de la ética: ¿qué hace que la vida sea buena? Hacer política es hacer propuestas sobre la vida buena en común, propuestas que eventualmente —eso es ya legislar y gestionar— se llevarán a cabo. Nos referimos a la política seria, por supuesto, no a ese mercadillo persa fusionado con certamen de fashionistas y bronco reality al que nos tienen acostumbrados en la Carrera de san Jerónimo, un espectáculo lamentable al que ya nos hemos acostumbrado. De la política que responde a la definición de Ambroise Bierce («conflicto de intereses disfrazado de lucha de principios») no vale la pena ocuparse, como no sea para denunciar que está quebrando por su eje la democracia.

La política nacional, por aplastante mayoría, ha perdido todo interés por lo bueno, y factura sin descanso ficciones y simplificaciones gruesas a cambio de votos, es decir, de poder y dinero

En segundo lugar hay que decir que es disparatado considerar que hay alguna emoción que de suyo sea negativa. A priori, ninguna emoción es mejor que otra, porque las emociones no son más que señales, y si existen es por razones estrictamente evolutivas; todas indican algo que importa. Existen las emociones erróneas, pero solo en el sentido de que pueden equivocarse, esto es, indicar algo que en realidad no está pasando. Tomemos por ejemplo los celos, es decir, la «sospecha, inquietud y recelo de que la persona amada haya mudado o mude su cariño, poniéndolo en otra» (DRAE). ¿Son «malos» los celos? ¿Cómo podrían serlo, cuando esa sospecha puede estar plenamente justificada? Según dicen las encuestas, una de cada cuatro personas es infiel a la persona que prometió amar para siempre; y son innumerables las parejas destruidas por no haber sabido interpretar las señales en la fase de los escarceos, cuando el asunto aún tiene remedio. Por supuesto, la conducta celosa puede y suele ser inmoral (espiar, acosar, etcétera); pero que una emoción nos asalte, ¿cómo va a ser reprobable? Tiene culpa de engañar solo quien engaña; pero a veces descuidamos lo que amamos, y no saber ver las señales y ponerse en guardia contribuye a que sea más probable que ese dolor que padecerá la engañada o el engañado se materialice.

Son verdaderamente útiles, los celos. Ocurre, además, que las emociones no vienen al gusto del consumidor, como mueblecitos de Ikea: sentir celos acaso sea el precio que hay que pagar por sentir respeto por uno mismo, y tal vez por eso dice Theodor Mommsen, en su Historia de Roma, que la dignidad es el escudo del corazón. Pero volvamos a la nostalgia, que es la «tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida» (DRAE). ¿Quién es el guapo que dictamina que es inmoral entristecerse por un bien perdido, que cada lágrima derramada por un comportamiento extinto esconde el deseo de que vuelvan ciertas injusticias y privilegios? Esa condena es propia de los totalitaristas del progreso, que dócilmente creen que las novedades nunca traen injusticias y privilegios, y de los ignorantes que piensan que las formas de hacer pasadas no fueron en su día novedosas.

La nostalgia, como explicaba Cioran, nos sirve para sentir el estremecimiento de nuestras propias imperfecciones. Y la tristeza es una de las grandes potencias de la creatividad y el coraje, porque tiene que dolernos perder algo para que queramos luchar por recuperarlo. Además, la tristeza es un manto emocional protector que resguarda nuestras fuerzas y nos pone a cavilar profundo. Esta cosa tan de moda y en realidad tan vieja —porque la posmodernidad ya es decrépita—, ni echar de menos nada ni arrepentirse de nada, esta festiva adicción a lo novedoso, ¿a qué lleva, sino a una novolatría boba y autocomplaciente?

Existen éticas conservadoras —Scruton y otros—, pero no progresistas, porque la ideología progresista es relativista, es decir, no reconoce la existencia de nada objetivamente cierto ni bueno y por lo tanto no puede producir una ética. La ideología progresista es hija pródiga de Nietzsche y es neojipi, bebe en Foucault, Derrida, Marcuse y Sartre y eructa que el bien y la verdad son subjetivos, que toda jerarquía es opresión y violencia, que cada cultura es un hecho que no cabe criticar desde afuera, etcétera. Ahora bien: si lo bueno no existe, tampoco la ética, y solo queda hacer política bierceana, que si tiene mercado es porque tener ideas es bastante más cansado y peligroso que adoptar ideologías, porque pensar lo complejo no viene de fábrica y requiere estudio, por el atractivo agonal del blanco-negro (la mentalidad de tribu) y porque hay una elefantiásica industria nueva —intermediar redes sociales— que vive de la polarización y el enfrentamiento.

Como ha dicho el historiador y sociólogo Morris Berman, una idea es algo que tienes, y una ideología es algo que te tiene a ti. Encadenar dicotomías falsas y atractivas ha sido siempre el capricho de los ideologizados y el método de los ideologizantes, esto es, de quienes compran y venden esa infecta mercancía. En España, desde hace unos años, estamos en cuanto a esto en un Black Friday perpetuo. La política nacional, por aplastante mayoría, ha perdido todo interés por lo bueno, y factura sin descanso ficciones y simplificaciones gruesas a cambio de votos, es decir, de poder y dinero (valga la redundancia). En apenas un mes, tres ejemplos con menores en Igualada, Canet y Granada, con el cómplice silencio, cuando no el azuzador rebuzno, de diversos gobiernos. Si proteger a los más vulnerables no es hacer el bien, ¿qué podría serlo? ¿Cuánto tiempo más vamos a estar con esta estupidez de lo viejo y lo nuevo, lo rojo y lo facha, lo rancio y lo moderno, la insurrección y la involución, cuando lo único que importa es lo bueno y cómo ir juntos a conseguirlo?

Decía Robert Brault que la nostalgia es un proceso mediante el cual los sueños se convierten en recuerdos sin haberse hecho nunca realidad. Esa idea, tan cara a la ideología progresista, es producto de la pereza y el derrotismo. No todo lo que echamos de menos es una elaboración idealizada. Sentir vergüenza por nuestros comportamientos infames o el valor de la palabra dada: esas cosas, sin haber desaparecido por completo, están hoy seriamente amenazadas de extinción en el espacio público, y por supuesto fueron más corrientes y valoradas en otros tiempos. Piense el lector en la última vez que alguien le dio su palabra de honor; que no es algo antiguo, sino enormemente valioso. Tener palabra solo es un lastre neorrancio para los sinvergüenzas.

«Condenar la memoria no es más que una estrategia para intentar que la memoria no nos condene a nosotros», escribe Diego S. Garrocho en su Sobre la nostalgia. Esto es lo que de veras molesta: el espejo de lo virtuoso, que nos pone deberes. Y por eso, sigue Garrocho, «no hay nada más moderno que la nostalgia, porque no hay nada más antiguo que el futuro». Lo bueno no es viejo ni nuevo: es bueno. Anclarse al pasado no es más idiota que anclarse al futuro, aunque esto último reciba hoy más Likes, más aplausos borreguiles y más subvenciones. Hay un bien que conquistar ahí afuera; es, como lo ha sido siempre, una tarea para valientes, y también un empeño al alcance de cualquiera. La dignidad humana no sabe de épocas, por más que unas sean más oscuras que otras; y como escribe Camus, «cada acto de rebelión expresa una nostalgia por la inocencia y una apelación a la esencia del ser».

Foto: Dimitar Belchev.


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Soy licenciado en ciencias empresariales y en filosofía. He trabajado en dirección de empresas más de veinte años y me dedico en la actualidad a la consultoría, las conferencias y la docencia (gestión de seres humanos, procesos en las organizaciones, pensamiento crítico, profesionalidad, creatividad e innovación) como miembro del equipo strategyco. Doy clases en ESIC Business&Marketing School y otras escuelas de negocio. También escribo y traduzco. Como autor he publicado Alrededor de los libros, La deriva de la educación superior, La organización viva, Sangre en la hierba y El buen profesional. Como traductor, he firmado una veintena de títulos, incluyendo obras de Shakespeare, Rilke, Deneen, Tocqueville, Stevenson, Lewis y McIntyre. Más información en www.davidcerda.info