El presente artículo viene a ser la segunda parte o, mejor aún, el complemento del que apareció en estas mismas páginas de Disidentia hace algunos días con el título de “La K como ariete de ruptura”. Retengan tan solo un par de cosas de las que les decía en mi anterior colaboración: la primera y principal, que símbolo en general o símbolo político en particular es o puede ser cualquier cosa con tal de que se den las condiciones adecuadas; la segunda que, precisamente por lo establecido en el punto primero, una modesta letra del alfabeto como es la k podía adquirir sorprendentes connotaciones, como creo que quedó demostrado al establecer los variopintos significados radicales, agresivos o directamente revolucionarios de la letra en cuestión.

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Lo que pretendo en esta ocasión, siguiendo nuevamente lo que cualquier lector interesado puede hallar también, aunque más académicamente explicado, en el excelente Diccionario de símbolos políticos y sociales del siglo XX español que han dirigido los profesores Juan Francisco Fuentes y José Carlos Rueda Laffond (Alianza, Madrid, 2021), es describir la contraimagen de la k (de ahí que utilizara antes el concepto de complementario): así, todo lo que tiene esta de ajena al alfabeto y la grafía españolas en el sentir de muchos tratadistas, lo posee la ñ en sentido opuesto, es decir, como representativa de una cierta singularidad española que, como es obvio, empieza con la denominación del país, España, y sigue con el nombre del idioma y de sus habitantes, español y españoles, respectivamente.

Si los antisistema alardean de la k como emblema de ruptura con lo establecido, no sería mala idea potenciar la ñ como símbolo de cohesión e identidad de España en primer término y de la comunidad hispana en su conjunto

Como en el caso anterior, pretendo convencerles de que no se trata de hacer un mero ejercicio retórico o subjetivo sino un análisis que se fundamenta en un fuerte contenido empírico, fácilmente objetivable. Dicho en otros términos: la ñ ha accedido al nivel de letra característica de España y lo español por razones complejas enraizadas en nuestra historia, en la evolución política, la dinámica social y la elaboración cultural. Esto es lo que me propongo exponer a continuación en términos simplificados o esquemáticos.

Para empezar, lo primero que tengo que enfatizar es el punto aludido líneas arriba: la contraposición simbólica entre la k y la ñ no me la acabo de inventar caprichosamente sino que se ha planteado así, explícitamente, en no pocas ocasiones. Juan Francisco Fuentes, que es el autor del artículo sobre la ñ en el citado Diccionario de símbolos, documenta dicha antítesis con testimonios que imputan a la primera, la k, un carácter extranjerizante y hasta una condición superflua –inútil, dice algún comentarista-, mientras que la ñ se aúpa al estatus de “españolísima” o, en expresión atribuida al general Primo de Rivera, “la más española de las letras”.

El inconveniente para esa certificación de españolidad está en que la ñ no es ni mucho menos exclusiva del idioma español. Más grave aún para la dimensión política de esa determinación simbólica es que en la propia península ibérica hay otras lenguas, como el gallego y hasta el euskera que usan también la letra en cuestión, siendo esos idiomas, como es de dominio público, el soporte de reivindicaciones alternativas a la española. Esta circunstancia aboca a una interpretación indudablemente forzada para presentar la ñ como símbolo de españolidad y muestra hasta qué punto estamos hablando de una distorsión ideológica que se sustenta en consideraciones políticas muy cuestionables.

Como todos ustedes saben el final de esta historia, se preguntarán entonces cómo diablos, a pesar de esos obstáculos, la ñ ha conseguido la condición simbólica que todos conocemos. Hay un par de razones para ello pero, para comprenderlas en su auténtica dimensión, nos vemos obligados una vez más a escudriñar nuestra historia reciente. En el ámbito peninsular el más importante desafío, no ya solo político sino sobre todo cultural, a España como nación y al español (castellano) como lengua común, ha venido, históricamente hablando del nacionalismo catalán. Aunque en los últimos decenios el terrorismo etarra haya magnificado la provocación del nacionalismo vasco, este no ha tenido nunca, ni de lejos, las raíces identitarias, la dimensión social y la fortaleza política del catalanismo.

La identidad se escribe a veces con renglones torcidos. Del mismo modo que nos vemos reflejados en los ojos de los amigos, nos procuramos distanciar o diferenciar de la imagen que proyectan nuestros adversarios. Fue el catalanismo el que encontró en la ñ una (rechazable, ocioso es decirlo) señal de españolidad. Ya desde 1913 el Institut d’Estudis Catalans proscribió oficialmente la ñ y dictaminó que su sonido se representaría mediante la grafía ny. Es obvio que el vocablo Cataluña presentaba demasiadas coincidencias con España y, sobre todo, esa ñ al final pedía a gritos su sustitución para presentar la nacionalidad catalana como distinta de la española. Por expresarlo en los términos que hoy suscribiría cualquier independentista, debía quedar claro que Catalunya no es España.

La obsesión catalanista con esta cuestión y, pese a lo que se diga mendazmente sobre un fiero nacionalismo español, la vergonzosa incomparecencia del establishment patrio a la hora de defender una cultura común, han llevado a la aceptación de la grafía catalana postergadora de la ñ en textos que están escritos íntegramente en español o castellano. No es extraño por ello leer en los más diversos medios de nuestro país, desde la prensa convencional a los medios digitales, artículos, titulares o entrevistas que hablan de Catalunya aunque todo lo demás respete escrupulosamente las reglas del lenguaje de Cervantes. No podemos asombrarnos si hasta uno de los equipos barceloneses ha cambiado su nombre oficial a Real Club Deportivo Espanyol. ¿Cabe mayor ridiculez?

Con todo, la segunda razón –de las dos que antes anuncié- ha sido más determinante para la atribución simbólica de españolidad a nuestra letra. El desarrollo de las nuevas tecnologías forzó a la Unión Europea a comienzos de la década de los noventa del pasado siglo a establecer unos criterios comunes que llevaban, entre otras cosas, a la supresión de la ñ en los teclados, por considerarla letra marginal en el contexto europeo. La propuesta despertó, no ya el rechazo, sino la indignación de la comunidad hispana, que hizo de la oposición a la medida su seña de identidad. He escrito comunidad hispana y no solo española porque los hispanohablantes americanos, mucho menos acomplejados que la mayoría de los peninsulares, constituyeron la punta de lanza de esta lucha, que trascendía, obviamente, la esfera cultural, y se convertía en una cuestión ideológica y política de primer orden.

Una vez más, eran los enemigos –reales o supuestos- los que conferían una pátina simbólica a la modesta ñ que, en otras circunstancias menos agitadas, jamás hubiera alcanzado. No voy a insistir en la cascada de acontecimientos posteriores porque presumo que no solo son suficientemente conocidos sino que, por su cercanía cronológica, están en la mente de todos. Me basta con apuntar dos hitos fundamentales: una ñ estilizada, con su característica virgulilla, se convirtió en el logotipo del Instituto Cervantes, la más importante institución de España en el mundo para promover nuestra cultura. En 1996, la presidencia española de la Unión Europea adoptó el símbolo de una e minúscula con la virgulilla encima.

La ñ se ha convertido así en símbolo del español, primero; de la cultura española, después y, por extensión, de la propia España. Y lo que es más importante aún, este poder simbólico ha obtenido el reconocimiento y hasta el espaldarazo de las más diversas instancias internacionales. Baste consignar que este mismo año, el propio Google, en una fecha a la vez tan simbólica como el 23 de abril, rendía homenaje a la letra ñ en su doodle. Motivo que era aprovechado por varios comentaristas para resaltar que la ñ es la única letra de nuestro alfabeto “que se originó en España”. El propio logotipo de la CNN en español aparecía con una gran virgulilla que abarcaba las dos enes.

La letra ñ, la identidad del español en el mundo”, decía el titular de un periódico tan poco sospechoso de chauvinismo hispano como El País. Desde 2009 se celebra el Festival Ñ para promover la cultura en español. Hace pocos meses el escritor argentino Martín Caparrós ha publicado un grueso volumen sobre la situación social, política y cultural de la América hispana. Lo ha titulado Ñamérica. Aunque personalmente soy refractario a la magnificación simbólica, debo reconocer que, por caminos intrincados y a trancas y barrancas, la ñ ha conseguido un sólido estatus alegórico y representativo. Buena prueba de ello –otra vez el reflejo en la mirada del enemigo- es que los independentistas catalanes usan la ñ, esta vez sí, para insultar al español, tildado de ñordo (plasta de excrementos; en breve, una mierda).

Concluyo volviendo al principio. Asumamos el reto. Sin complejos. Si, como señalaba en el artículo anterior, los antisistema alardean de la k como emblema de ruptura con lo establecido, no sería mala idea potenciar la ñ como símbolo de cohesión e identidad de España en primer término y de la comunidad hispana en su conjunto. No andamos tan sobrados de recursos como para despreciarlo.


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Rafael Núñez Florencio
Soy Doctor en Filosofía y Letras (especialidad de Historia Contemporánea) y Profesor de Filosofía. Como editor he puesto en marcha diversos proyectos, en el campo de la Filosofía, la Historia y los materiales didácticos. Como crítico colaboro habitualmente en "El Cultural" de "El Mundo" y en "Revista de Libros", revista de la que soy también coordinador. Soy autor de numerosos artículos de divulgación en revistas y publicaciones periódicas de ámbito nacional. Como investigador, he ido derivando desde el análisis de movimientos sociales y políticos (terrorismo anarquista, militarismo y antimilitarismo, crisis del 98) hasta el examen global de ideologías y mentalidades, prioritariamente en el marco español, pero también en el ámbito europeo y universal. Fruto de ellos son decenas de trabajos publicados en revistas especializadas, la intervención en distintos congresos nacionales e internacionales, la colaboración en varios volúmenes colectivos y la publicación de una veintena de libros. Entre los últimos destacan Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Primer Premio de Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto (Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014).