Durante estas dos semanas posteriores a las elecciones del 10N he escuchado todo tipo de comentarios. Siendo el miedo un frecuente denominador común y procediendo de muy distintas posiciones políticas, me he visto sorprendida por las escasas referencias hacia uno de los favorecidos por estas elecciones. Les reconozco que, además, me entristece: Les hablo de un partido al que no es ajeno el terror y que se nutre, precisamente, del olvido.

Permítanme recordarles unas palabras que, no siendo eslogan de una campaña electoral, sonaron a un anticipo: “Es tiempo de mirar al futuro con esperanza”. Si no saben a quién pertenecen, les doy unas pistas: No corresponden a Eduardo Puelles, cuya vida terminó con la activación de una bomba lapa; ni a Gregorio Ordóñez, a quien una bala de 9 milímetros silenció para siempre; ni a Isaías Carrasco, a quien arrancaron la vida con 3 disparos frente a su familia. Dichas palabras no estaban tampoco en la mente de un moribundo Miguel Ángel Blanco en las horas que mediaron entre los disparos y su fallecimiento y, si acaso podían leerse en las miradas de los niños que caminaban por los pasillos del Hipercor de Barcelona de la mano de sus madres en 1987, poco tardaron en desaparecer junto con sus pequeños cuerpos carbonizados.

Es evidente que aquella esperanza en el futuro no puede albergarla ninguna de las 864 personas a las que ETA paró el corazón. Estas palabras forman parte del mensaje con el que la banda terrorista anunciaba el cese de la actividad armada entre capuchones blancos, chapelas y llamamientos al diálogo y el acuerdo. El pasado mes de octubre se cumplieron 8 años.

ETA no abandonó las armas por clemencia, remordimiento o retractación. Ya lo dijo David Pla, último jefe de la banda y encargado de leer aquel comunicado, “no lamentamos lo que hicimos”

ETA no abandonó las armas por clemencia, remordimiento o retractación. Ya lo dijo David Pla, último jefe de la banda y encargado de leer aquel comunicado, “no lamentamos lo que hicimos”. No sólo no se arrepienten, sino que lo celebran: pocas campanas han doblado por ellos y algunas hasta lo han hecho a su favor – como las de la iglesia parroquial de Alsasua con las que los abertzales trataron de silenciar el discurso de la víctima del atentado en la casa cuartel de Zaragoza, Beatriz Sánchez, hace apenas un año –.

Quienes durante décadas llenaron los cementerios de inocentes son hoy recibidos entre aplausos, bailes y una multitud de ikurriñas que no bastan para limpiar tanta sangre derramada. Sus trayectorias criminales son blanqueadas por Sortu – que las define como un estigma –, las banderas que piden el acercamiento de los presos – que reclaman desde hace años la posición de víctimas – continúan llenando los balcones y el partido que ha otorgado la llave del gobierno de Navarra pide normalizar los homenajes a secuestradores y verdugos. Las olvidadas asociaciones de víctimas del terrorismo no han dejado de denunciar estos sucesos que forman parte de una esperpéntica rutina tapada bajo el lema “ETA fue derrotada por la democracia”.

“No estamos dispuestos a que nos prohíban a quién podemos abrazar, a quién podemos querer y a quién podemos recibir”, decía Otegi hace unos meses en El País. Cierto es que prohibirlo constituiría una violación de la libertad de expresión que es fundamental proteger, pero de la misma libertad hago uso para decirles que cuando abrazan a estos asesinos se manchan manos de sangre. Quienes festejan, quienes callan, quienes han votado a ETA con cualquiera de sus etiquetas, humillan a los cientos de víctimas a quienes ETA prohibió expresarse, ser abrazadas, recibidas por sus familiares, vivir. De aquellas personas tan sólo pueden acercarse las urnas con sus cenizas.

Volviendo a los resultados electorales, EH Bildu obtuvo 5 escaños procedentes de 276.519 votos. Ante unas elecciones, ante los resultados, ante la constitución de un gobierno, es lógico y necesario preguntarse por el estado de la economía, por la educación, la sanidad, el trabajo, la corrupción, la seguridad y un largo etcétera. En mi opinión, resulta igualmente necesario recordar la historia reciente y es por ello que, tomando el original título de la novela de Hemingway, les invito a preguntarse por quién doblan las campanas.

Tan sólo puedo enviar un fuerte abrazo a las víctimas de ETA, para quienes deseo que, a pesar de todo, puedan mirar al futuro con esperanza.

Foto: Max Kleinen


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2 COMENTARIOS

  1. «¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
    ¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
    ¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
    ¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?
    Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
    Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
    Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
    como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
    Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta,
    porque me encuentro unido a toda la humanidad;
    por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.»

    John Donne.

  2. Afirmar que ETA fue derrotada es de aurora boreal. ETA fue un instrumento cuyos objetivos fueron sobradamente cumplidos y estamos a punto de verlo en toda su crudeza.
    Lo del País Vasco es, probablemente, el único caso de limpieza étnica exitoso de la Europa de la posguerra.
    Más de trescientos mil vascos tuvieron que abandonar su tierra bajo la presión y la amenaza en todos esos años.
    Son más que los actuales votantes de Bildu. Es decir, que podrían contar con los mismos o más escaños que esa banda tanto en Guernica como en Madrid.
    Hagan sus cuentas y piensen un poco en como sería el panorama parlamentario actual. Y en sus consecuencias.
    Les dimos la espalda como sociedad y ahora tenemos que afrontar ese resultado que convierte a Otegui y toda esa chusma en piezas clave del desastre que se avecina si nadie lo remedia.

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