Decía Goethe que no conocemos a un amigo hasta que no nos hemos escrito. Él no pudo introducir esta alegación: chatear no es escribirse, y por lo tanto no sirven las redes sociales. Hay que hablarse largo y tendido, escarbar profundidades, lo cual da a su vez sabor e intensidad a los encantos superficiales —la cerveza, el café, la broma— en los que la amistad se gusta. Cartas físicas ya no hay, pero los correos electrónicos enjundiosos son también oro en paño. Y es un privilegio tener amigos que escriban tan bien como para poder componer libros, gente con la que intercambiar diez, quince horas de conversación minuciosa.

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De eso he tenido con Vindicación, lo último de Javier Benegas, una obra que toca una por una nuestras llagas posmodernas, no con ánimo de autoconmiseración, sino para que, después de que nos duelan de veras, podamos trazar un plan de acción desde nuestra conciencia despierta. A pesar de las llagas, no es un libro triste, la filípica de un intelectual al uso. Hay un género de ensayo caduco —muy francés— que Benegas sabiamente evita: el de la denuncia catastrofista, que evita asépticamente proponer soluciones. Vindicación es un manual de batalla; un canto al sentido común que suena extraño en un mundo que en muchos lados ha enloquecido. Benegas denuncia, fíjense ustedes, el demente ideal de la seguridad de los gobiernos parasitarios, la obesidad burocrática que hunde por igual a empresas y Estados, la interesada mentira del meritoriaje y la ingeniería social, esa gran estafa demagógica. Y lo hace con fundamento y con casos, evitándose homilías y exhortaciones. El poder más proteico de un libro está en que nos agarra de las solapas, haciendo que nos paremos a pensar. Y vaya si lo necesitamos. Como Benegas escribe, «tenemos prisa por alcanzar el falso ideal de la seguridad», y ese ídolo falso, fofo y cobarde nos tiene profundamente desnortados, y a merced de los mercachifles políticos y mediáticos.

La posmodernidad nos promete alas; a cambio, nos exige que nos cortemos nuestras propias raíces. En esa deriva estamos; Benegas nos llama «náufragos del tiempo», pero no nos deja a la deriva: nos enseña mástiles a los que, como Ulises, podemos atarnos para desoír a estas ponzoñosas sirenas

El texto es un festín para quienes queremos desandar los pasos que la posmodernidad ha dado en falso. Ese viaje del bienestar a la sociedad terapéutica, de la opulencia a la soledad y del carácter a los ansiolíticos y los opiáceos es un viaje a ninguna parte, y ya estamos tardando en volver a algunos sitios de donde nunca debimos marcharnos. Necesitamos relaciones densas, sentido, recordar por qué merecía la pena esta vaina: para quedarnos en un aseado cóctel de Tinder, Netflix y la alianza de las civilizaciones no hemos hecho un Renacimiento, una Ilustración o las guerras en las que a tantos hemos enterrado. La posmodernidad nos promete alas; a cambio, nos exige que nos cortemos nuestras propias raíces. En esa deriva estamos; Benegas nos llama «náufragos del tiempo», pero no nos deja a la deriva: nos enseña mástiles a los que, como Ulises, podemos atarnos para desoír a estas ponzoñosas sirenas.

No es tan difícil: bastan algunas obviedades que el cáncer de la demagogia ha vuelto arcanas. No toda la violencia es negativa; es moral agredir cuando se defiende al débil que está siendo agredido, y es moral defenderse. No hay que arrodillarse ante pecados ajenos, mucho menos ante los inexistentes. No hay sentido más grande y estable que el sentido del deber, la sacralidad de los principios. A la evitación histérica de todo peligro le sigue, como la noche sigue al día, el ocaso de la nobleza y la magnanimidad, la integridad y la grandeza. Todas las organizaciones del mundo están sometidas, ahora y siempre, a la «ley de hierro de las oligarquías» que enunciase Robert Michels —«tanto en autocracia como en democracia siempre gobernará una minoría»—. Y así, encabalgando con naturalidad verdades, Benegas nos regala mapas, inspiraciones y armas.

También destapa la escandalosa agenda de esa izquierda que se ha embadurnado de egoísmo buenista. Muchos de quienes van de solidarios han dejado de creer en el bien común, y están en un descarado «sálvese quien pueda», instalados en «la negación de cualquier lealtad que no sea la lealtad a uno mismo» (Benegas). La reducción de lo social a lo emocional — el «Estado del Biensentirse»— está quebrando, uno por uno, todos los huesos del esqueleto comunitario, de la osamenta de la democracia. Para esto, ¿qué invento podría ser mejor que la distancia social? (ya estábamos distanciados; solo se ha ensayado su versión más bestial y más obscena). El ciclo que va de la utopía buenista al desencanto, y de ahí al cinismo, nos ha hecho tanto daño, que nunca antes tuvimos a tanta gente que está de vuelta sin haber ido a ningún sitio, ni tanta gente que pensase que la moral consiste en indignarse. Leemos en Vindicación lo opuesto y cierto: «Al contrario de lo que creen las almas puras, la justicia no consiste en compadecerse de los desfavorecidos, sino en la aceptación del otro».

¿Qué propone Vindicación? Pasar del servilismo al coraje. Miles de personas clamando por no querer ser «súbditos», queriendo acabar con la monarquía —gente hechizada por el dedo que apunta a la luna, sin ver la luna—, mientras se la trata a diario como a vasallos. Políticos ignorando al Tribunal Constitucional como si de un molesto mendigo se tratase mientras van por ahí quejándose de nuestra calidad democrática. Contra estas patrañas es contra las que hay que agitar los puños, y a eso nos convoca el texto. También contra el guirigay de los influencers: el auge de la influencia y el declive de la autoridad van de la mano; y autoridad no es influencia, pues en esta no hay legitimidad, por no haber jerarquía. Lo que sigue está muy claro: bajamar de la autoridad, pleamar del poder desnudo.

Que no se molesten en acercarse a esta obra quienes antes de leer necesitan clasificar ideológicamente a los autores; les va a reventar las casillas. Tampoco quienes creen que, indefectiblemente, lo personal es político. El retorno de los odios colectivos, cuya sangre aún no se ha borrado de nuestras manos, debería ponernos en guardia con quienes pretenden la politización de todas las cosas (y de todas las casas). Benegas propone remedios contra el pesimismo y el desencanto, consciente de que cuando ese desencanto alcanza una masa crítica promueve el despotismo deseado, del que la pandemia ha dejado sobrados ejemplos.

Lo que Javier vindica, yo, tras leerle, lo reivindico. Vindicar, dice el DRAE, es «defender, especialmente por escrito, a quien se halla injuriado, calumniado o injustamente notado». Y reivindicar no es volver a vindicar; el sufijo latino no es «re», sino «rei», cosa. Pues bien: yo vindico la cosa, es decir, admiro lo que él valientemente ha expuesto y me pongo a su lado, dispuesto al combate. Esto es lo que hemos injuriado y calumniado y exige nuestra defensa, la defensa de las mujeres y hombres que tienen principios: que somos seres humanos libres, personas completas, y que no vamos a dejar que se nos amedrente, se nos insulte y se nos cancele en pro de un bien imaginario que es solo el botín de unos pocos sinvergüenzas. «No one to turn to | Nowhere to run to even if we could» [«Nadie a quien recurrir | Ningún sitio al que correr, aunque pudiésemos», cantaban los Alan Parsons Project en Childrens of the Moon. Y seguían: «Too late to save us». En esto se equivocaban; nunca es tarde para salvarse, salvo cuando te rindes. Benegas no está dispuesto, y sus lectores, por contagio de coraje, tampoco. La vida sin riesgo no existe, y en el fondo tampoco querríamos que existiese. Audentes Fortuna iuvat.

Foto: Christopher Campbell.


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