El neurocientífico Oscar Vilarroya nos cuenta en su obra “Somos lo que nos contamos” cómo nuestros cerebros han evolucionado hasta convertirnos en lo que él llama una especie narrativa, esto es, una especie que se explica lo que ocurre y lo que sucede a su alrededor mediante relatos. Narrar historias nos ayuda a dar sentido a las cosas que ocurren. Pero, a veces, esto hace que creamos que las cosas son de una forma cuando, en realidad, son de otra.

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La distancia entre nosotros y la realidad es proporcional a nuestra capacidad para revisar y contrastar nuestros propios relatos. Una de las principales dificultades con que nos encontramos a la hora de hacer una revisión de nuestras propias historias es el hecho de que todo relato primordial, cito a Vilarroya, “consiste en primer lugar en identificar cosas o personas y en establecer relaciones causa efecto entre ellas.” Ocurre que, en la mayor parte de las ocasiones, solo somos capaces de reconocer los elementos básicos de una historia. Se nos escapan infinidad de otros protagonistas y otras interacciones entre ellos que no caben en nuestro relato pero que, sin duda, ayudarían a construir un modelo mental mucho más cercano a la realidad que aquel con el que se queda en nuestro cerebro. Además, cuanto más cercano se encuentre nuestro relato de aquello que nos mueve emocionalmente, más fácil será para nosotros recordarlo y utilizarlo como experiencia a la hora de enfrentar situaciones nuevas.

El relato, machaconamente repetido, de las inminentes pérdidas de prosperidad, el estancamiento o incluso la caída de los ingresos reales, los debates fatalistas sobre una supuesta clase baja sin esperanza y nuestro papel como virus del planeta que nos sostiene está suponiendo un severo daño a la imagen que muchas personas deberían tener de sí mismas como cocreadores autónomos de todos los asuntos sociales.

Los líderes políticos se deleitan señalando los límites de lo posible y educando a la sociedad en mantener bajas expectativas en nombre de una supuesta sostenibilidad. En lugar de abrir nuevos espacios de libertad para las personas con impulsos de futuro, las «élites» están desmantelando las libertades políticas y jurídicas y eludiendo la competencia democrática mediante lúgubres imperativos de austeridad

Esta visión negativa de nuestros potenciales creativos comunes paraliza la dinámica social. Dado que la idea del crecimiento económico como expresión del desarrollo humano continuo ha sido desacreditada, la política no puede ofrecer la perspectiva de un futuro más rico y, por tanto, más libre. En cambio, a falta de alternativas al modelo de sociedad capitalista, los debates políticos, que se limitan a retocar los síntomas de la crisis, gustan de centrarse en el relato de la imperfección del hombre como causa de todos los males. Para explicar los problemas sociales se recurre a denostar -mediante la creación de los pertinentes relatos- estructuras de personalidad “odiosas”, como las de los directivos «codiciosos» o las de los inmigrantes ilegales. En este proceso, se va abandonando la convicción humanista de que el hombre es un ser creativo capaz de superar los límites naturales y sociales.

Este pesimismo afecta especialmente a los partidos políticos. Ya no saben cómo destacar la contribución de los ciudadanos al proceso de creación de valor social, cultural y económico en la batalla política de la opinión. Por ello, cada vez les resulta más difícil justificar y representar los respectivos intereses de su electorado más allá de relatos emocionales, en muchos casos inventados. No consiguen canalizar el talento, el impulso y las inquietudes de los ciudadanos para promover el bien común. Como las personas son presentadas en esos relatos como la causa de los problemas, se alejan de su objetivo original de equilibrar equitativamente las libertades de los ciudadanos y promover así el beneficio de todos, desde la acción de todos. Los relatos obligan a crear división entre “buenos” y “malos”, entre “víctimas” y “verdugos”, incluso allí donde no hay ni buenos, ni malos, ni víctimas ni verdugos.

Esos relatos de que les hablo cultivan la idea de que ya se habría ganado mucho si pudiéramos continuar con los logros anteriores de la humanidad al mismo nivel, o al menos ligeramente inferior. Los líderes políticos se deleitan señalando los límites de lo posible y educando a la sociedad en mantener bajas expectativas en nombre de una supuesta sostenibilidad. En lugar de abrir nuevos espacios de libertad para las personas con impulsos de futuro, las «élites» están desmantelando las libertades políticas y jurídicas y eludiendo la competencia democrática mediante lúgubres imperativos de austeridad. Aunque les gusta fingir retóricamente que quieren ocuparse de las «preocupaciones del pueblo», el nivel de decisión política se desplaza cada vez más a instancias alejadas de los ciudadanos.

¿Y la ciencia? La ciencia parece haber caído en exactamente los mismos vicios que la política. La historia de los osos polares al borde de la extinción, o de los peces perdiendo sus ancestrales instintos por la bajada del pH oceánico en 0,1 punto, o los glaciares desapareciendo como si siempre hubiesen estado ahí. Decenas de relatos acompañados de las pertinentes imágenes para que sean asumidos como realidad por nuestras neuronas sin rechistar. Una imagen que genera emociones vale más que mil palabras. Los datos son irrelevantes entonces, con el “agravante” añadido de que deben ser analizados racionalmente y, por ello, difícilmente pueden ser encajados en una “historia lineal” apta para entrar a formar parte de nuestros convencimientos. Nos gusta creer en aquello que mejor cuadra con nuestra particular cosmovisión de la realidad.

Yorgo Pasadeos, de la Universidad de Alabama, junto con Kyun Soo Kim, pudo comprobarlo presentando a casi 250 sujetos de prueba un largo artículo sobre la «píldora del día después«, que estaba disponible en tres versiones diferentes. Quién recibió cada versión se sorteó antes de comenzar el experimento. La primera versión del texto se ponía del lado de los activistas antiabortistas («provida») que quieren restringir la dispensación del medicamento. La segunda versión apoyaba la posición liberal («pro-choice») de que el medicamento debía ser de libre acceso sin receta. Por último, una tercera versión equilibrada enumeraba los argumentos de ambas partes. A continuación, los investigadores preguntaron a los encuestados por la credibilidad del artículo. Los resultados mostraron que los que ya eran escépticos sobre el medicamento desconfiaban sobre todo del informe positivo. Los partidarios de la píldora del día después, por el contrario, dudaron principalmente de la versión negativa. Pero el texto neutro también se encontró con la desconfianza generalizada: ambos bandos la acusaron de tomar partido por el otro.

El experimento muestra lo susceptible que es nuestro ojo crítico: a menudo sólo sospechamos de una noticia o un mensaje político cuando choca con nuestro propio sistema de valores. Lo que encaja cómodamente en nuestra visión del mundo, en cambio, apenas lo cuestionamos.

El pasado fin de semana cayó en mi pantalla un estudio que me obligó a profundizar en las ideas que les vengo comentando en esta columna. Bajo el título “A story induces greater environmental contributions than scientific information among liberals but not conservatives” [Una historia induce mayores contribuciones medioambientales que la información científica entre los progresistas, pero no entre los conservadores] Hilary Byerly, Paul J. Ferraro y colegas encontraron que cuando se expone a un grupo heterogéneo de personas a información narrativa (un relato) en lugar de la información científica (los datos), los consumidores están dispuestos a pagar un 11% más (intervalo de confianza del 95% [4%, 18%]). Este efecto medio, sin embargo, oculta la heterogeneidad por afiliación política. Mientras que los demócratas pagaron más después de leer la narración, los republicanos pagaron menos.

Después de escuchar una historia convincente relacionada con la contaminación en la que moría un hombre, la persona media pagaba más por los productos ecológicos que después de haber escuchado datos científicos sobre la contaminación del agua. Pero la persona media del estudio era demócrata. Los republicanos pagaron menos después de escuchar la historia en lugar de los simples hechos.

El coautor Paul J. Ferraro, un experto en política ambiental basada en la evidencia y Professor of Human Behavior and Public Policy en Johns Hopkins relata que sus resultados sugieren que el poder de la narración de historias es como predicar en una cámara de eco.

Al parecer, necesitamos estructuras narrativas para dar sentido al mundo. Donde no hay historias, ¡a veces incluso alucinamos! Así lo ilustra un estudio realizado en 1944 por Fritz Heider y Marianne Simmel, que se ha convertido en un clásico de la “psicología de la Gestalt”. Los investigadores mostraron a sus participantes un corto de animación en el que dos triángulos de diferentes tamaños y un círculo se movían por la imagen en una secuencia compleja. Después, se pidió a los sujetos que informaran de lo que acababan de ver. A pesar de la sobriedad de la presentación, antropomorfizaron las figuras geométricas de la pantalla y contaron verdaderos dramas. Por ejemplo, un espectador declaró que el círculo y el triángulo más pequeño eran jóvenes amantes, y el triángulo grande se convirtió de repente en un villano, «cegado por la ira y la frustración». Sólo uno de los 34 sujetos describió la película como un proceso geométrico. Todos los demás ofrecieron historias apasionantes a los experimentadores.

Cuanto más se parezca a una historia lo que sea que lea o escuche sobre Cambio Climático, sostenibilidad o planes políticos de futuro, mayor debe ser su alerta frente a lo que puede ser solamente eso: un cuento bien contado. Tal vez así aprendamos todos a revisar con la misma intensidad nuestros propios relatos, esos en los que nos sentimos cómodos.

Foto: Greg Rosenke.


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