Aunque en vía de extinción, hay todavía marxistas clásicos, es decir, ortodoxos de Marx. Sin embargo, la mayoría de la izquierda radical es ahora posmarxista aunque muchos de sus seguidores ni siquiera lo saben. Esta ideología es heredera del 68 francés que viajó a los Estados Unidos de la mano de Michel Foucault, Jacques Lacan o Simone de Beauvoir, entre otros, y que, tras ser “repensada” por la izquierda norteamericana que protagonizó en los 90 el movimiento antiglobalización, regresó a Europa con el mismo objetivo final, la destrucción del capitalismo y de la democracia liberal, pero con otros protagonistas encargados de realizar tan gigantesca tarea.

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Esta revisión del marxismo clásico  mantiene, sin embargo, el mismo enfoque filosófico sobre la historia. Marx y Engels  lo describieron con claridad en el Manifiesto Comunista: “La historia de toda sociedad se resume en el desarrollo de los antagonismos de las clases (…) pero cualquiera que haya sido la forma revestida por esos antagonismos, la explotación de una parte de la sociedad por la otra es un hecho común a todos los siglos anteriores”.

Cuando en 1848 se publica este mítico panfleto, Europa vive la ola revolucionaria más radical del siglo y sus autores señalan al sujeto transformador. Se trata de una clase con intereses universales porque “de todas las clases que actualmente se encuentran enfrentadas con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria”. También el Manifiesto Comunista anuncia la teoría de la explotación cuando asegura que el obrero, “lejos de elevarse con el progreso de la industria, desciende siempre más; por debajo mismo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en la miseria, y el pauperismo crece más rápidamente todavía que la población y la riqueza”.

Marx falla en la teoría de la explotación

Es simplemente un esbozo y además plagiado de Ricardo, quien en 1817 formula la ley de hierro de los salarios diciendo que lo percibido por el trabajador manual tiende «de forma natural» hacia el nivel mínimo de subsistencia. Tras la revoluciones europeas de 1848, Marx se centra en completar la teoría de la explotación. Casi veinte años después, en 1867, el filósofo alemán publica el primer tomo de El Capital y parece que ya tiene las respuestas pero duda en publicarlas. Los trabajadores ingleses industriales, lejos de recibir un salario que solamente les permite subsistir, ya han comenzado a mejorar en nivel de renta.

En su rigurosa biografía, el historiador británico Gareth Stedman Jones asegura que en ese momento Marx ya tenía básicamente escritos los otros dos tomos pero retrasó su publicación y murió sin hacerlo. Stedman Jones afirma que en realidad Marx había dejado de creer en su propia teoría. Fue Engels el encargado de concluir la redacción definitiva de esa magna obra, mostrándose incapaz de resolver las dudas que frenaron a su amigo y mentor. Resultaba ya evidente que el desarrollo económico durante la segunda mitad del XIX hacia imposible mantener al mismo tiempo la ley de hierro de los salarios y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia del capital.

Este último postulado lo formula Marx en la sección 3 del tercer tomo de El Capital y viene a decir que cuanto más capital se acumule, su rendimiento va reduciéndose, lo que supone que llegará a desaparecer todo incentivo para invertir y lógicamente vendría el colapso final. “Es una necesidad lógica de la naturaleza del modo capitalista de producción que, conforme vaya desarrollándose, la tasa de plusvalía media del conjunto de la economía se traduce en una tasa de ganancia decreciente”, asegura Marx en este capítulo de El Capital publicado póstumamente, en 1894, pero concebido medio siglo antes.

Marx puede ser acusado de muchas imposturas, en su vida personal sobre todo, pero no de falta de rigor intelectual a la hora de cimentar sus afirmaciones teóricas. Su negativa a publicar unas conclusiones insuficientemente confirmadas le honra. De hecho, Engels pide ayuda a los marxistas más prestigiosos de entonces para solventar las lagunas que ya a finales del XIX resultaban evidentes. Tal vez fue Eugen von Böhm-Bawerk, economista de la Escuela Austriaca, el que con más rigor desmontó  la teoría de la explotación marxista, primero demostrando la falacia de la igualdad de valor intrínseco y luego de la plusvalía.

Lo curioso es que haya sido un economista socialista, Thomas Piketty, el último es demoler las predicciones de Marx aportando una valiosa serie de datos estadísticos recogidos durante los últimos 250 años. En su libro “El capital en el siglo XXI”, Piketty demuestra que la tasa de retorno del capital no ha bajado sino que ha permanecido constante con ligeras fluctuaciones. Doctrinalmente sostiene que ello refuta la tesis del trágico e irremediable final del modo capitalista de producción diseñado por Marx porque de cumplirse esta ley, hubiera llevado al conflicto violento entre capitalistas o a que los trabajadores se rebelasen sumidos en la miseria en caso de que los salarios se hubieran mantenido en el mínimo de subsistencia.

Lo que se pretende demostrar con este relato es que desde el mismo momento en que se completa la obra cumbre del marxismo con la publicación en 1889 y 1894 de los tomos dos y tres de El Capital, el sujeto colectivo de la revolución ya ha sido teóricamente descartado. Ello no ha impedido, sin embargo, que numerosas revoluciones hayan triunfado en su nombre pero impulsadas en realidad por cúpulas usurpadoras que, como tales, solamente se han podido mantener en el poder mediante la violencia.

El posmarxismo pretende zurcir a Marx

Para arreglar el desaguisado de una teoría que contradice la realidad, muchos políticos, activistas y pensadores marxistas buscaron desesperadamente en los años 80 y 90 del siglo pasado, sobre todo tras la caída del Muro de Berlín, nuevos y finales eslabones de la cadena de explotación que sirvan para recomponer el ruinoso edificio teórico diseñado por Marx. El riesgo era evidente, los partidos comunistas se estaban quedando sin fieles y los  intelectuales marxista sin explotados que liberar. Si ya no se podía encontrar a una única clase social con pleno contenido sociológico y económico, que sean al menos varios colectivos, multiclasistas si es el caso, o incluso un ente no humano, los que se puedan colocar en los más bajos escalones del depredador sistema.

Se trata de “deconstruir”, si no el conjunto del marxismo, sí al menos lo esencial. Se llega así al posmarxismo que partiendo del estructuralismo francés de los sesenta pasa al  posestructuralismo para terminar en el populismo de inspiración marxista, en donde el cuerpo teórico del marxismo, equivocado en las conclusiones esenciales, se transforma, se deconstruye, en una  mera ideología cultural que poco o nada tiene que ver con la realidad. Durante este proceso no se abandona la pedante jerga de los estructuralistas del mayo francés, así que nada mejor que acudir a Jacques Derrida cuando explica qué queda del marxismo original. “Lo que permanece irreductible a toda reconstrucción –dice-, lo que permanece indeconstruible como posibilidad misma de la deconstrucción es quizá una cierta promesa de emancipación; quizá es la formalidad de un mesianismo estructural, un mesianismo sin religión…”

Después de salvar de la ruina una parte de la teoría de la historia, falta ahora encontrar un sujeto, o incluso un objeto, que deba ser emancipado. Como ya no existe un protagonista claramente dibujado en lo social y económico como fue el obrero inglés de la revolución industrial, se le busca en cualquier espacio ideológico, cultural o incluso lingüístico. No importa en realidad que este colectivo supuestamente oprimido sea o no real, basta que alimente “una cierta promesa de emancipación”, como dice Derrida.

Así pues, se trata de conseguir que los conflictos que lógicamente se producen en toda sociedad sean prueba suficiente de que existe “explotación de una parte de la sociedad por la otra” y si además se encuentran a los sujetos colectivos que puedan jugar el papel de explotados, será posible entonces construir un nuevo proyecto revolucionario.

El posmarxismo surgido a finales del siglo pasado se pone manos a la obra y el populismo marxista posterior viene a colaborar en esta tarea. Se buscan antagonismos sociales donde encontrar signos de explotación en cualquier parcela –minorías raciales y marginales, homosexualidad, identidades nacionales, inmigración, vivienda, educación, sanidad, muerte digna, animalismo y por supuesto en cualquier conflicto que va surgiendo- y se encuentran dos campos en que esta táctica ha cosechando indudables éxitos. Es el ecologismo y el feminismo que, deconstruidos como ecologismo radical e ideología de género, han sido asumidos por casi todos los estamentos sociales y, lo que es más sorprendente, por todos los partidos, al menos hasta ahora, sin importar en qué franja del abanico ideológico se sitúen.

Ecologismo ecocéntrico

El ecologismo es tema de preocupación desde hace mucho tiempo pero no se constituye como un movimiento político hasta bien entrado el siglo pasado y lo hace desde muy diferentes posiciones. Sin embargo, todos ellas se pueden agrupar en dos principales. Una es la antropocéntrica, en el que el hombre es el centro y sólo él sujeto de derecho, con lo que surge un ecologismo democrático y no dogmático. El otro enfoque es ecocéntrico, bajo el cual la naturaleza es el valor esencial a proteger, animales, plantas y la Tierra en su conjunto, llegando  algunas corrientes a considerar como un ser semivivo nuestro planeta (Gaia).

Dentro de la visión ecocéntrica hay que incluir la política ecológica desarrollada en la  Alemania del Tercer Reich que desarrolló la legislación más avanzada en protección de la naturaleza, como analiza Luc Ferry en su libro El Nuevo Orden Ecológico. El ecologista profundo del nazismo Walther Schoenichen es un adelantado del actual movimiento animalista cuando escribe que «durante siglos nos han ido hinchando la cabeza con la idea de que el progreso era defender el derecho de las tierras cultivadas, pero hoy en día hay que reivindicar los derechos de la naturaleza salvaje».

Otro ecologista ecocéntrico fue también Barry Commoner, candidato a las elecciones presidencia de los Estados Unidos de 1980 con el Partido de la Ciudadanía y fundador del movimiento ecologista de inspiración marxista. Este biólogo reconoce con toda claridad el error de Marx a la hora de demostrar la teoría de la explotación y de señalar al obrero industrial como el sujeto emancipador. “Marx creía –asegura Commoner- que conforme progresaba la acumulación de capital, el volumen de sus elementos físicos -que está relacionado con lo que él llamó la «composición orgánica del capital»- se incrementaría (…) y la tasa de beneficio descendería”. Para contrarrestar esta tendencia, los capitalistas tendrían que incrementar sus invasiones en la cuota de producción que corresponde a los trabajadores. La clase trabajadora se empobrecería progresivamente, y el creciente conflicto entre capitalistas y trabajadores pondría las bases para un cambio revolucionario”.

Commoner intenta sin embargo salvar el marxismo asegurando que “una explicación de por qué las predicciones de Marx no se han materializado surge de una mejor comprensión de los procesos económicos desde el reciente interés por el medio ambiente”, procesos que trasladan “el conflicto entre el empresario y el asalariado” a “la degradación del medio ambiente que ocasiona, la cual, al estar alcanzando hoy sus límites, puede hacer aflorar el conflicto con toda su fuerza (…) En este sentido, la aparición de un colapso en el ecosistema puede considerarse, también, como la señal de una crisis emergente en el sistema económico».

Viene a decir en suma el ecologista norteamericano que si el asalariado no ha llegado a la miseria más absoluta es porque el deterioro se ha trasladado al medio ambiente, a la Tierra, con lo que al final el colapso del sistema capitalista se producirá. Marx, en consecuencia, no se equivocó en lo esencial, solo en un matiz, no se dio cuenta de que existe un escalón de la explotación más bajo, la naturaleza.

Commoner veía en el agotamiento de los recursos naturales y en el constante deterioro ambiental según avanza el capitalismo las pruebas irrefutables del colapso. La primera prueba está ya de sobra impugnada por la inequívoca y empírica tendencia decreciente de los precios de estos recursos y la segunda va camino de ser igualmente desmentida porque resulta cada vez más evidente que a mayor desarrollo más reducidas son las emisiones contaminantes si, claro está, no se hacen trampas estadísticas. Es decir, si se compara volumen de emisiones por unidad de PIB.

La última pretensión  demostrativa del deterioro medioambiental de raíz antropogénica, es decir, causado por el hombre, es el cambio climático que en su versión más catastrofista destruiría la Tierra. Aún admitiendo que el cambio climático tiene este origen, algo que no está ni mucho menos demostrado, es posible que la solución no sea acuerdos globales para aplicar políticas restrictivas que suponen costes de oportunidad inasumibles.

Un sistema de esclavitud sin precedentes

Aunque de aparición mucho más reciente, es indudable que el feminismo radical devenido en ideología de género ha avanzado mucho más a la hora de definir un nuevo modelo social estratificado en dos grupos antagónicos. Se trata del sistema social denominado patriarcado o mejor dicho heteropatriarcado.

“El patriarcado puede definirse -asegura Marta Fontenla, fundadora de la Asociación de Trabajo y Estudio de la Mujer- como un sistema de relaciones sociales sexo–políticas basadas en diferentes instituciones públicas y privadas y en la solidaridad interclases e intragénero instaurado por los varones, quienes como grupo social y en forma individual y colectiva, oprimen a las mujeres también en forma individual y colectiva y se apropian de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y sus productos, ya sea con medios pacíficos o mediante el uso de la violencia”.

En esta definición quedan plenamente identificados y antagónicamente separados el grupo social oprimido, las mujeres, del formado por los hombres, los opresores, así como los mecanismos de explotación: opresión individual y colectiva ejercida mediante la apropiación de su fuerza productiva (del fruto de su trabajo, se supone) y reproductiva (de los hijos de ambos, se supone), de su cuerpo y productos (propiedades, se supone), y además por medios pacíficos o violentos.

Con esta pavorosa descripción, resulta evidente que el obrero industrial inglés de mediados del XIX, apenas incapaz de subsistir con su salario, era un privilegiado en comparación con la mujer casada con hijos del siglo XXI. El empresario de entonces despojaba al trabajador del fruto de su trabajo pero después de cumplir con su larga jornada se liberaba del yugo y se convertía en un ciudadano con los mismos derechos que cualquier otro. Habría que remontarse a la esclavitud más primitiva y salvaje para encontrar un sistema de poder y  sumisión como el que describen las feministas de género. El panorama del sujeto dominado es tan desolador, que supera por mucho a la naturaleza maltratada que describen los ecologistas más catastrofistas.

Sorprende además que Marx tardara más de 50 años en explicar, aunque de forma fallida, los mecanismos de explotación del sistema capitalista y en describir con cierta coherencia la aparición de este modo de producción, cómo se hizo luego dominante y hasta su irremediable final, aunque errando también aquí. Sin embargo, las feministas de género dan por hecho la existencia de un sistema de opresión mucho más extremo y apenas explican cómo ha surgido y logrado permanecer inalterable hasta hoy. La estadounidense Kate Millet, adalid del feminismo de los años setenta, casi nada se aleja en su libro Política sexual (publicado en España en 1995) de la definición que hace Marta Fontenla sobre el patriarcado (seguramente ésta se inspira en la norteamericana) y nada dice de cómo un sistema tan brutalmente esclavizador perdura en los países más avanzados hasta la actualidad.

Solamente asegura que el patriarcado, como “política sexual”, es un “conjunto de estratagemas destinadas a mantener un sistema” y que, regido por dos principios -el dominio del macho sobre la hembra y del macho adulto sobre el joven-, se ha adaptado a diferentes sistemas económico-políticos (feudalismo, democracia occidental, socialismo real…) recurriendo a la fuerza mediante violaciones, prohibición del aborto, prostitución, reclusión o velo, explica Alicia Puleo, directora de la Cátedra de Estudios de Género de la Universidad de Valladolid, al comentar la obra de Millet.

Si las propagandistas de la ideología de género son capaces de mantener -y convencer a muchos- que existe un sistema de explotación tan brutal “instaurado por los varones”, no resulta entonces extraño que se justifique, incluso por el Tribunal Constitucional, aprobar leyes penales de protección de la mujer contra la violencia aplicando el derecho penal del autor, aquel que vincula la pena con el colectivo al que pertenece el acusado, los hombres, como hizo el régimen nazi para con los judíos. Hay afortunadamente excepciones. Un hombre acusado no debería “ser sancionado con arreglo al plus de culpa derivado de la situación discriminatoria creada por las generaciones de varones que le precedieron, como si portara consigo un «pecado original» del que no pudiera desprenderse”, afirma un magistrado del Constitucional en un voto particular contrario a la aplicación de este criterio. Ante tal vulneración del Estado de derecho, poca importancia tiene ya que se oculten o manipules las estadísticas sobre los casos de violencia familiar o de denuncias por malos tratos. El objetivo es aplicar otra discriminación identitaria frente al principio individualista e igualitario que debería tener el Derecho.

El populismo, una imagen cordial del posmarxismo

Habiendo dejado de ser el feminismo un movimiento racional y democrático por la igualdad de derechos para convertirse una mera ideología, todo es posible. Una ideología en el sentido más althusseriano, es decir, como la representación de una imaginaria realidad. Así, el mundo simbólico, el predominio de los sentimientos y la propaganda, el marketing,  cobran especial importancia en la actividad política del posmarxismo populista y es posible que ello haya contribuido al sorprendente éxito que parece haber cosechado.

El populismo de Ernesto Laclau se separa tácticamente del radicalismo marxista y aparenta no querer romper definitivamente con las instituciones y reglas de la democracia representativa, las usa manteniendo una posición ambigua frente a ellas. Es la construcción de lo que Laclau llama “equivalencia democrática”. A pesar de esta aparente imagen de moderación, se diseña un nuevo proyecto revolucionario, no violento hasta que al menos se llegue a una situación de hegemonía favorable, lento, silencioso y sutil, incluso cordial pero radicalmente anticapitalista y antidemocrático, encaminado a instaurar un nuevo totalitarismo en donde la política invadiría todos los ámbitos y rincones, hasta los más privados e íntimos.

En Hegemonía y estrategia socialista este teórico argentino aboga por no reducir la actividad revolucionaria a las contradicciones “objetivas” del capitalismo como hacia el marxismo tradicional y defiende unificar políticamente infinidad de demandas que sirvan de bandera a otros tantos colectivos. Utilizando un lenguaje tan pedante e insufrible como el de los posestructuralistas franceses, Laclau asegura que “este cambio tiene lugar mediante la articulación variable de la equivalencia y la diferencia, y el momento equivalencial presupone la constitución de un sujeto político global que reúne una pluralidad de demandas sociales.”

La Naturaleza, la Tierra, y las mujeres, el género Mujer, constituyen en suma dos fundamentales patas de este nuevo sujeto político global. No deja de sorprender sin embargo que el esfuerzo y andamiaje teórico para poner en pie a estos dos nuevos sujetos de una promesa de emancipación sean tan endebles si los comparamos con el consistente, aunque erróneo y ya fracasado, edificio levantado por Marx. Tal vez sea esta la razón por la que, tanto en Latinoamérica con en España, empieza a hacer agua por todas partes.

Foto: Ian Froome


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Fernando Serra
Las vueltas que da la vida y la lucha contra el franquismo hicieron que diera con mis huesos… en el periodismo. Nunca me gustó relatar sucesos importantes deprisa y corriendo aunque cuando fui corresponsal en el extranjero de un gran periódico venido a menos (el nacionalismo lo destruye todo) me divertí. Decidí luego estudiar en serio Economía, con mayúscula, porque junto al Derecho son las dos mayores armas teóricas para entender la realidad. No sé si fue una buena idea porque esta vez terminé dirigiendo una publicación económica editada por una multinacional que para colmo cotiza en bolsa. Ahí aprendí que el mercado es ético pero durísimo.