Un artículo publicado en el diario El País retrata a tres jóvenes españoles, Raúl, Julia y Carlota. Carlota es la redactora del artículo, que tiene por título Confesiones de una generación timada.

Habla por la generación una muestra, en verdad, muy escasa. Sacar conclusiones de la experiencia de dos personas de 7.615.402 jóvenes españoles de entre 20 y 34 años (datos de diciembre de 2018) exige cubrir la distancia entre Raúl-Julia y “una generación” con una buena dosis de fe en la propia imaginación.

El artículo apela a los prejuicios del lector, en la confianza de que coincidirán con los de Raúl, Julia y Carlota. Todo depende de la perspicacia sociológica de cada uno. Hubo un diario español que nació desde la sorpresa de que la ciencia es una sección de los periódicos, y no su método. Pero hace diez años de eso, y duró apenas dos meses.

Ya que no en el método, el artículo es muy rico en expectativas, asunciones y esperanzas, y en consecuencia de asombros, desconciertos y desilusiones. Y esta es la clave: la ilusión, la realidad, y la desilusión resultante.

Las ilusiones se describen por pasiva. Julia y Raúl confiaban en que les iba a caer la vida soñada del millennial: un trabajo de nueve a seis que le permita pagar un alquiler (comprar una casa es asumir demasiada responsabilidad), salir los fines de semana y llenar Instagram de selfies en lugares exóticos.

Hay una juventud que sale a la vida con un sentimiento de agravio, esperando cobrar una deuda que tiene el mundo con ellos sólo porque han nacido, antes de que hayan hecho la reflexión de qué es lo que necesitan los demás

Pero para ser un millennial fetén hay que trabajar, claro está. Y eso es lo que falla. No el trabajo, que escasea, sino el orden teleológico. Dice Carlota Ramírez “trabaja y llegarás lejos” ha sido “la gran mentira de su generación”, la de la muestra de Raúl y Julia, y la de la propia Carlota. Pero “trabajo” y “llegar lejos” son dos conceptos demasiado amplios como para querer establecer una relación entre ellos.

Tomemos el caso de Julia. Ella no entiende cómo una licenciada en Políticas con máster en Género y Desarrollo, con una experiencia de tres meses en el Observatorio de Paridad Democrática de La Paz (Bolivia), no llegue automáticamente a la tierra prometida del millennial, con selfies en Tánger y Avignon. Es una expectativa perfectamente comprensible. Si eres licenciado en Políticas con máster en Género y Desarrollo, nadie espera que tengas una idea aproximada de cómo funciona el mundo.

Julia (no es su verdadero nombre) busca su futuro como “formadora en igualdad en el ámbito internacional”. Pero incluso allí hay que cumplir una serie de requisitos que ella considera excesivos. Y estoy seguro de que lo son. Pero para conseguir cualquier cosa es necesario contar con dos requisitos que, aquí, parecen estar ausentes. Uno de ellos es aceptar que el mundo es competitivo, y que hay otras personas que están dispuestas a cumplir esos requisitos, e incluso más; una idea, la de la competitividad, que a Julia le lleva a tener “episodios de ansiedad”.

El otro pasa también por aceptar que otro aspecto de la realidad que, es cierto, parece ajeno a las concepciones de infinidad de jóvenes españoles. Y es que formular un deseo no lleva a un cumplimiento inmediato. Esto resulta chocante para muchos, pero es invenciblemente cierto.

Para empezar, abunda la estupefaciente expectativa de que los primeros trabajos tengan todas las condiciones deseables. Los sueldos de entrada en el mercado laboral no tienen por qué ser los de una persona con experiencia, y el resto de condiciones tampoco. Y, normalmente, no lo serán. Desde la política se quiere obligar la realidad a cambiar, por ejemplo con salarios mínimos muy altos. Pero éstos se convierten en barreras que retrasan la incorporación de los jóvenes al mercado laboral, y lastran no ya sus actuales ingresos, sino los futuros.

Por otro lado, esta es una carrera larga. Franco Modigliani describió el ciclo vital sobre el supuesto de que las personas planificamos el futuro, y vamos construyendo un patrimonio con el paso de las décadas, para que éste nos respalde cuando nuestras fuerzas no nos acompañen. Milton Friedman completó ese modelo con la hipótesis de que el consumo de una persona está determinado, en parte, por sus ingresos futuros además de los presentes. En cualquier caso, esta es una carrera vital, y por tanto de varias décadas. Y conseguir un trabajo en buenas condiciones no es como contratar Netflix; es necesario convertirse en una persona productiva, y eso lleva tiempo, esfuerzo y constancia.

Pero hay un aspecto más que es especialmente revelador. El artículo concluye con esta reflexión de Raúl, también un nombre que cubre el real: “No sé qué pretenden hacer con la juventud. Nos tienen sin trabajo, sin independizarnos y precarios y eso nos hace estar frustrados y desengañados”. Y añade Carolina: “No se sabe bien a quién se refiere, pero se intuye”.

Esas palabras revelan que hay una juventud que sale a la vida con un sentimiento de agravio, esperando cobrar una deuda que tiene el mundo con ellos sólo porque han nacido, antes de que hayan hecho la reflexión de qué es lo que necesitan los demás, y qué es lo que pueden hacer ellos por dárselo. Y a qué precio. Una juventud absorta ante su propio desengaño, e indignada con el mundo porque éste no se amolda a lo que han aprendido de él en los medios de comunicación. No es una generación timada, como dice el artículo. Es una generación pasmada, incrédula ante el espectáculo de ver cómo el mundo sigue adelante sin pararse ante su lista de agravios. Que ve en el mercado un menú de series de televisión, en el que elegir su propia aventura, y no un espacio incierto, con una incertidumbre que es una eterna promesa de trabajo por hacer.

Son las mismas expectativas que vimos en el 15-M. Allí vimos una juventud aferrada a la idea de que la sociedad, por medio del Estado, les debía todo. Porque sí. Porque ellos están ahí. Porque los políticos, es cierto, les dijeron que tenían derecho a todo. Y porque ellos, también lo es, se lo creyeron. Como la política consiste en hacer promesas con el dinero de los demás, y éste escaseó en la mayor crisis económica tras la Gran Depresión de los años 30, salieron absortos a la calle a gritar, indignados, qué hay de lo mío.

Es una posición moral lamentable. Lo mío es lo que los demás tienen que darme, y en mis términos; no lo que yo tengo que crear, produciendo e intercambiando, en el mercado. Nadie lo plantea en estos términos, pero hay una juventud que quiere hacer buenas las palabras de Proudhom: la propiedad es un robo. Su propiedad, en particular, es un robo de la de los demás. Y la exigen en nombre de la ética.

“Podemos”, se llama el partido. No porque estuviese en contra del sistema sino, por el contrario, porque prometió poder restaurarlo, hacer que siguiese ofreciéndonos todo, a costa de los demás. Sin decir, por cierto, que los demás somos también nosotros.

Foto: Joanna Nix


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14 COMENTARIOS

  1. Argantonio apunta con acierto lo que sucede cuando relata las expectativas de una joven que tiene un título en igualdad de género. Creo que esto es consecuencia del adoctrinamiento que el Socialismo, con mayúsculas, ha impuesto en España desde que tocó el poder. Escribió Ludwig Von Mises que el éxito del marxismo es tan rápido porque “promete el paraíso terrenal, una Jauja llena de felicidades y de goces, y el regalo más apetitoso para los desheredados: la humillación de todos aquellos que son más fuertes y mejores que la multitud”.
    Respecto a las promesas del socialismo, han sido tan constantes como falsas, así como las de sus sindicatos, pero están en su guión. Y la humillación puesta en práctica, ha sido el complemento que hacía falta para que las nuevas juventudes vieran que todos los puestos son igual de importantes. Nada más tocar el poder, se igualó las capacidades de firma de Ingenieros y peritos industriales. Alfonso Guerra, el ahora intelectual, es perito. Luego si analizamos los perfiles de los Ministros de Fomento, veremos a todo tipo de profesionales, hasta maestros. Todo menos Ingenieros de Caminos. Y de los Industriales, ni hablar. Tras la remodelación por la via del cierre de nuestra industria a manos de un Economista y la anexión del sector Turismo al Ministerio todo era de esperar y ya cabía todo. Había que cumplir las consignas del Socialismo leninista que exterminó a esa clase que Lenin definía como “aristocracia sin título”. Y se han cumplido. Tras las subidas de sueldo a funcionarios en las legislaturas de ZP, un ingeniero supervisando las instalaciones de comunicaciones del sistema de seguridad del AVE, cobraba como un administrativo en una Universidad. Además los niveles de exigencia en los estudios iban bajando hasta ese indicativo curioso de que durante bastantes años, la carrera que más nota de corte en selectividad exigía era fisioterapia. Y así se fueron creando grupos de universitarios, que metidos en las burbujas que esas nuevas carreras creaban, se asemejaban a esos “clubs de inocentes” que Lenin pedía crear a Willi Munzemberg. “Club de inocentes” a los que sin duda pertenece esa joven del artículo de El País. En todo este largo proceso se han creado Universidades de carreras inverosímiles, a las que se ha quitado gran parte de la dificultad, en ciudades que no tenían alumnos suficientes y que a los pocos años han cerrado la licenciatura. ¿Cómo no estar frustrado si tras tres años tienes un título que no vale ya para nada?. Con solo revisar los nombres que han tenido la responsabilidad de Educación durante los periodos socialistas, o próximos al socialismo, ya vemos que esto no es casual. En educación estuvieron: Mayor Zaragoza, Solana, Perez Rubalcaba, Gabilondo, mientras en el Ministerio de Cultura estaban: Solana, Semprún, Solé Tura o Carmen Calvo. Así que parece que la aplicación permanente de las bases ideológicas del socialismo teórico, se aprecia ahora con unas consecuencias irreversibles. El socialismo ha triunfado en su primera base doctrinal, al conseguir que nuestros jóvenes no diferencien los puestos de trabajo, exigiendo además esa Jauja de la que habla Von Mises.

    • Coincido con su reflexión, Observador. La educación en este país, desde los albores de la democracia, seimpre ha sido competencia del Psoe y como bien señala su prioridad no ha sido precisamente la “excelencia”. No olvdemos tampoco que fue en la época de Felipe González cuando se instauraron los primeros contratos basura y con ellos la consiguiente precariedad. Y encima, los sindicatos que siempre han sido el brazo tonto del Psoe no movieron un dedo para impedirlo.
      Si en las cuestiones del comer ha funcionado así, imagínese en cuestiones de educación lo que habrán pasado por alto los responsables de supervisar e inspeccionar la calidad de formación, junto a los rectores de universidad y los docentes acomodados que se han adherido sin pestañear a las causas y los dogmas instaurados por el establishment.

      Una de las propuestas recientes en educación, en favor de la “igualdad”, de la que se hacía eco Voz Pópuli era la de incentivar a las mujeres para aumentar su “vocación por las ciencias” y “reducir la brecha de género” concediendo el primer año de matrícula gratis. Otra noticia de actualidad la protagonizan los editores de libros de texto que se quejan ahora de las presiones que reciben por parte de las consejerías de educación de las CC.AA para escribir la historia o adaptar algunas materias a la carta, de la manera más torpe y absurda. Igual que la misma Celáa cuando apelaba a “la falta de autoestima” de los alumnos para justificar un inmerecido aprobado.

      Por supuesto que, gran parte de los contenidos de las carreras (¿Cuántos alumnos que las cursan van a ejercer profesionalmente algún día?) que se imparten tienen escasa conexión con las demandas del mercado de trabajo en continua transformación. Y ahí el negocio de los másteres de formación en las diversas modalidades, cuyos contenidos, en muchos casos, siguen sin conectar con las necesidades y demandas del mundo empresarial, aunque sí lo hacen con los credos y dogmas emergentes al servicio de la ideología izquierdista, promovida por el Estado.
      ¿Cómo sino podría tener sentido o aplicación práctica un máster en “Género y desarrollo” con prácticas en un “observatorio de paridad”? Sin duda, de la elección de los másteres disponibles, en las circunstancias actuales de adoctrinamiento desde el Estado, es de los que tendría más salida. La protagonista del artículo de José Carlos no es que hiciera una mala elección, lo que ocurre es que los puestos que se promocionan desde el gobierno y las oportunidades que se ofrecen desde todos los satelites institucionales, sociales, educativos, sindicales e incluso empresariales, ya están cubiertas y adjudicadas, incluso empiezan a verse signos de saturación. Al menos, las vacantes que se pueden pagar y retribuir.
      Pero siempre se puede ser un ciudadana ejemplar y colaborar activa y gratuitamente en las diversas causas sociales de la comunidad para acreditar una experiencia práctica y real. Y si tampoco funcionara para trabajar de lo que sabes hacer, paciencia, la satisfacción de haber dedicado 600 horas o tres meses de tu vida a una causa social, no tiene precio para tu experiencia y crecimiento personal.

      Por desgracia, en el tema de la formación no solo hacen negocio las universidades. La oferta de cursos de la más diversa índole, tanto en el ámbito privado como de empleo público, cubre, supera y rebasa con creces la demanda por parte de la población activa. En mi opinión, el problema es que se destina una gran cantidad de recursos económicos en formación a centros públicos y privados, sin orden ni concierto, con una lógica desproporcionada e irracional, que no se conecta con las demandas reales del mercado, ni por supuesto ayuda a los desempleados a econtrar trabajo.

      Y es así como se subvenciona cursos de formación, de acreditación profesional, a centros privados que luego no garantizan unas prácticas reales en la empresa, después de haber realizado 400 horas de formación presenciales. O resulta que esa acreditación profesional que ofrecen los servicios de empleo público es subestimada y devaluada por los propios centros privados y colegios profesionales, al no permitir que esos alumnos hagan prácticas en sus centros, porque esas plazas están reservadas para los alumnos que cursan el máster. Tal como ocurre en Cataluña con la formación en “Mediación Comunitaria”.
      Y eso que la profesión de mediador ni está regulada oficialmente ni los profesionales que la ejercen son un colectivo colegiado, pero poco importa. Ante estas realidades, los desempleados que se benefician de la gratuidad de alguna formación presencial de su interés, se piensan mucho sacrificar 200 o 400 horas de su valioso tiempo para que finalmente no se facilite de verdad el acceso al empleo. Y si hace años el desempleado tenía dificultades para acceder a una formación gratuita y especializada, de su interés, hoy tiene sobrada y variada oferta para elegir. Pero claro, en el momento que pasa por la experiencia y aprende que no le ayuda a cumplir sus objetivos, prefiere pasar de largo.
      La explotación de los cursos de formación en los oficios cubre todos los sectores habidos y por haber, incluso los que aparentemente no tienen necesidad de acreditar títulos para su ejercicio.

      Las empresas privadas de formación, siempre a la “vanguardia” y advirtiendo los agujeros negros del mercado ofertan “títulos acreditados” tan sugerentes y atractivos como “elaboración de cerveza” y también de “cócteles”, porque según ellos, hasta para ser camarero se necesita pasar por ese aprendizaje teórico a la carta si tu ilusión es la de trabajar en la hostelería como un auténtico profesional. La tontaina que lo explicaba, porque no se le puede llamar de otro modo concluía que una vez finalizado el curso, los alumnos tenían posiblidad y la suerte de hacer 400 horas de prácticas en las empresas con las que tenían convenio de colaboración. Dijo textualmente:
      “el problema de otros centros es que ofrecen 50 o 60 horas de prácticas y es que ni los ven. Al hacer 400 ya los tienen más vistos y cuando terminan tienen más posibilidades de que los cojan para trabajar”. O sea que, pagan huevo por una formación innecesaria y además están dispuestos a trabajar 400 horas gratis, sin la garantía de que los contraten finalmente. No se me ocurre mejor metáfora para ilustrar la grotesca situación que la de hacer de puta y además poner la cama.
      (Disculpe la extensión)

      • Su respuesta denota que tiene experiencia propia o próxima de lo que menciona. La mía que continúo con algún contacto con la juventud, aunque toda mi pasada vida profesional fue en la empresa privada, es desoladora porque la impresión que recibo de los jóvenes es que “no hay trabajo”. Y yo les digo que no es exacto. No hay trabajo aquí cerca de casa, y con las horas tasadas. Y les indico que en el mundo internacional hay trabajo y mejor pagado que aquí. Tras la crisis del 92 me vi obligado a trabajar fuera de España y la experiencia me dice que el español es muy renuente a salir de su círculo de confort. Todo son excusas. Salen a remolque. Y fuera descubren que el mundo es otro. Que la experiencia se valora. Que eso de que el mundo es de los jóvenes choca con la realidad de países donde al presentarse los titulados con un Master prestigioso y una tarjeta en inglés donde dice que son jefes de algo, el interlocutor, si es poderoso, les pregunta “¿Y tu jefe cuando viene?”. O con países en vías de desarrollo donde los expertos contratados por los organismos multilaterales tienen años por encima de los sesenta, porque el cliente final quiere gente que ya tenga su vida hecha, porque en ese pais están manejando cientos de millones de USD para infraestructuras o lo que sea, y si traen jóvenes es difícil que no piquen en el señuelo. Pero eso no se lo han contado a nuestros jóvenes, porque que el adoctrinamiento que yo describo en mi comentario, les ha preparado para ser esclavos con un título, aunque no valga nada, destinados a ese salario neocomunista de los 1.000 EUR similar al que se repartía igualitariamente en la URSS de 100 rublos mensuales.

        • Efectivamente, escribo con conocimiento de causa, en parte por experiencia propia y en parte por experiencia ajena, pero próxima.
          Como dice usted, seguramente hay trabajo mejor pagado fuera de nuestras fronteras, pero dudo que las personas jóvenes preparadas que están empezando se cierren a esa posibilidad. Al contrario, creo que la mayoría no tendría inconveniente en emigrar a otro país si este le garantizase un empleo y un sueldo digno. Pero me da que en este mundo globalizado los países de la Unión Europea tampoco andan sobrados para absorver a la mayoría de nuestras jóvenes promesas. Quiero decir que, salir a trabajr al extranjero tiene que compensar un poco el “sacrificio” que ello conlleva y en la cuenta de resultados no reducirse a lo comido por lo servido. A no ser que uno se encuentre en una situación de extrema necesidad.
          En este sentido, en España la emigración masiva de nuestros paisanos ha sido una realidad constatable y recurrente en muchos periodos de nuestra historias. Por poner algunos ejemplos, desde mitad del siglo XIX hasta mitad del XX dos millones y medio de españoles emigraron a Argentina y un millón y media a Venezuela. De hecho, a principios de los 50 se creó el Instituto Español de Emigración, que significó el comienzo de una emigración masiva en dirección a la Europa reconstruida tras la Segunda Guerra Mundial. Más de un millón de personas emigraron a Francia, Alemania, Suiza, Bélgica o el Reino Unido, entre otros países.

          En estos años, desde el comienzo de la crisis en 2008, el número de españoles que han emigrado para labrarse un futuro mejor ya ha aumentado. Por eso decía que no veo problema en la disposición vital de los jovenes para desplazarse. Y precisamente este hecho viene a confirmar el absurdo que resulta derrochar recursos públicos en planes de formación que no mejoran la situación laboral de nuestros universitarios ni de la mayor parte de la población activa. Bien mirado, es ser del género tonto invertir una ingente catidad de recursos materiales y humanos para formar a nuestros jóvenes, para que luego sean otros países extranjeros los que aprovechen y se beneficien de ello.
          También hay que decir que muchas veces cuando los políticos o representantes de las distintas élites de nuestra sociedad animan a dar el paso, no lo hacen precisamente desde el ejemplo, sino desde la comodidad que les da su posición como beneficiarios y agraciados por el sistema.

  2. “El artículo concluye con esta reflexión de Raúl, también un nombre que cubre el real: “No sé qué pretenden hacer con la juventud. Nos tienen sin trabajo, sin independizarnos y precarios y eso nos hace estar frustrados y desengañados”.

    La verdad, José Carlos, es que me asombra la dureza del artículo y de algunos comentarios con esta generación de millenials, negándoles incluso el derecho al pataleo, aunque este solo sirva como mero desahogo. Porque la realidad que describen y que no tiene visos de cambiar, es solo el gusano de la manzana podrida que sale a pasear a la superficie.

    Con su permiso, me gustaria darle otro enfoque, porque no sé si de cuenta de que la lógica argumentativa utilizada en el artículo para explicar la precariedad de los comienzos o la constancia y el esfuerzo productivo para conseguir un trabajo en buenas condiciones, no funciona en el mercado laboral, porque si funcionara de ese modo tendría sentido su crítica, pero es que en la práctica, la constancia y el esfuerzo al buscar emplearse en un trabajo que suele estar por debajo de capacidades y expectativas no tiene que resultar productivo ni tener su recompensa; es que el proceso es bastante más caótico y aleatorio de lo que usted plantea, y no solo para millenials y jóvenes promesas, dicho sea de paso.

    ¿Es que las autoridades y los políticos que han gobernado y gobiernan este país no son responsables de que casi cuatro millones de personas estén en situación de desempleo? ¿De verdad tienen el cuajo de poder lavarse las manos como Poncio Pilatos? ¿No son responsables de frustrar en muchos casos la actividad de autónomos y pequeños empresarios que se ven obligados a cerrar su negocio, ahogados por los impuestos y la complicada burocracia?

    La mayor parte de la industria de este país está desmantelada, solo faltaba ya la incertidumbre del sector del automóvil. Los frutos de las explotaciones agrícolas se pagan a precios ofensivos que hacen insostenible que se pueda vivir del campo, no le digo ya los jóvenes agricultores que si quieren seguir viviendo del oficio y comer tres veces al día tienen que cultivar marihuana de forma discreta y clandestina o probar suerte con esos cultivos ecológicos tan en boga que no siempre son compatibles con el suelo ni con el clima. Ya no hablemos de las explotaciones ganaderas que están en el punto de mira de los más excéntricos ecologistas.

    Me pregunto de qué vamos a vivir a diez años vista. En serio, a qué quieren que nos dediquemos nuestro políticos, jóvenes y mayores, con tantos años vida laboral por delante, cuando van sellando una a una todas las salidas, cuando las grandes empresas del textil y del calzado, entre otros sectores, hace años que sacan fuera de España la producción porque es más barato. Y el sector de la hostelería y del turismo que era el que mejor funcionaba, aunque no viva ahora su mejor momento, por su condición natural de temporalidad y estacionalidad, no puede dar más de que tiene.

    Y además hacen bien en contratar a quien les da la gana y en las condiciones que quieren, porque en el sector servicios que es el único que parece funcionar con arreglo a las demandas del mercado, junto a los protocolos y normas de contratación, y que suelen delegar esa “transparente y cuidada selección del personal” a los contratados en recursos humanos o a los sucontratados de las famosas ETT, se rigen por el mismo criterio arbitrario que nada tiene que ver con la formación, valía o experiencia del candidato para el puesto, pero con más hipocresía, más pompa innecesaria y sobre todo, con más derroche de recursos económicos en unos procesos de selección ficticios a todas luces, cada vez más parecidos a los juegos del hambre, y que los empresarios bien podrían ahorrarse y destinar para aumentar la plantilla o destinarse a los ya empleados con un incremento de sueldo.

    ¿Sabe por qué esos jóvenes se sienten “desengaños y frustrados”? porque son víctimas de una burbuja de formación que lleva años operando en el pozo sin fondo de su desarrollo y aprendizaje, en aras de obtener una “mayor competitividad” y una “mayor diferenciación” con el resto, para conseguir un “empleo en condiciones” que nunca llega porque esa formación sigue siendo insuficiente o porque carecen de experiencia o la que tienen no sirve para ese puesto; porque los “creativos” de recursos humanos tienen como principal misión la de descartar e incluso humillar a la mayor cantidad de candidatos posibles para que sigan girando en esa rueda de hamster en la que se ha convertido el mercado de trabajo o la búsqueda activa de empleo.

    Pero sobre todo, ante la escasez de ofertas y de su baja calidad, la principal misión de estos “profesionales” es la de invertir la carga de la prueba rebajando la calidad del candidato y convirtiéndole en el único responsable, no ya de que sea incapaz de encajar en un “trabajo en condiciones”, para el que creía estar preparado, sino para encajar en cualquier trabajo, muy por debajo de sus expectativas, al que tampoco tiene acceso.

    Y ¿Por qué no tiene acceso? porque casualmente está sobrecualificado o porque le cortan el paso en el primer filtro de selección al no haber feeling con el entrevistador, a pesar de haber respondido afirmativamente a sus preguntas cuando le pregunta si está dispuesto a hacer horas extras y trabajar algún fin de semana, incluso. Eso sin saber exactamente qué empresa se ha interesado por su currículo, a qué dedica su actividad concretamente o cuál es el trabajo que tendría que desempeñar exactamente. Así funcionan las ETT cuando te inscribes en una página de empleo y así es cómo miles de jóvenes y no tan jóvenes muerden este anzuelo absurdo que solo sirve para desmotivarles.

    Con estos mimbres, no es extraño que esos millenials, además de quedarse sin un empleo precario y mal pagado, al que se dedicarían en cuerpo y alma haciendo más horas que un reloj, con estos mimbres, tienen todo el derecho a sentirse frustrados, desengañados o cómo les plazca. Que al menos, nadie les niegue su legítimo derecho al pataleo, que no deja de ser eso: un pataleo para no quedarse seriamente pasmados de por vida.

  3. Muy buen articulo. Aunque debo decir, que si un joven cree que se les debe todo y que por sus deseos, se les debe dar todo, algo hicieron mal los padres. Hace unos años, que los niños ayudaran en la labor del hogar y trabajaran con los padres en el negocio que tuvieran y se les recompensara, esas cosas, no debieron de cambiar. Los milenial en su mayoría, los niños clase media alta, niños que les dieron todo sin exigirles nada. Además esta generación sin saberlo, creó su propio imperio, ser yutuber e influencer

  4. He estado rebuscando en internet un cuento infantil, y oh milagro, no está. Quizás no haya buscado lo suficiente, o quizás sea un cuento de tradición oral no publicado, yo no lo recuerdo bien por ser un cuento mono dosis, con una vez basta para curar para siempre el comportamiento del niño enfurruñado por la frustración que alguna situación le ha provocado.
    He podido comprobar a pesar de la simpleza del cuento y mi desmemoriada y torpe improvisación al contarlo el saludable efecto que produce en niños de tres a cinco años. Nunca me han pedido que les repita el cuento. Es impresionante observar como tras escuchar el cuento el bebé caprichoso se comporta como un hombrecito.
    La búsqueda en internet solo me ha llevado a una “Ñ” capada que convierte al “Niño Ñoño” en “Nono” No puedo saber si es por interés editorial o por la corriente pedagógica milenarista.

    El cuento de “el niño ñoño” más o menos era así, una madre que prepara la comida encarga a su hijo que vaya a una tienda cercana a comprar patatas y mantequilla advirtiendo al hijo que no se entretenga ya que los necesita con urgencia.
    El niño cargado con las patatas y la mantequilla vuelve a su casa pero en el camino se encuenta a unos amigos jugando al fútbol que le invitan a dar unas patadas, se deja convencer y dejando las patatas y la mantequilla junto a la portería se pone a jugar al fútbol, un balonazo rompe la bolsa de patatas que comienzan a rodar cuesta abajo haciendo que el niño salga del juego y se acuerde del encargo. El niño intenta recoger la mantequilla que se ha desecho por el sol, y con las manos grasientas las patatas que ruedan calle abajo. Cuando llega a casa en sus manos lleva un amasijo de grasa y trozos de patatas.
    La voz del niño hay que hacerla ñoña y gangosa, y aún más ñoña y gangosa cuando se intenta disculpar ante su madre por el desastre del encargo. A discreción, cuanto más ñoño y tonto lo hagamos más efecto tendrá, podemos intercalar expresiones que el niño utilice habitualmente. Ojo, sin ensañamiento, es un bebé a punto de convertirse en hombrecito.
    También se puede cambiar el partido de fútbol por culaquier actividad tecnológica.
    Mano de santo.

    • Falta el castigo en forma de pesadilla. Véase el cuento de ” la asadura “: tremendo pero eficaz que es de lo que se trata.

  5. Por fin alguien pone los puntos sobre las jotas!!
    Hay que ser ingenuos para pensar que el mundo no es competitivo, y justamente competitivo.
    Pero ya que estamos con tanta moralina del esfuerzo, admitamos que si el mundo es así como lo pintan, también es un mundo muy humano. Y muy humano es creer que lo que se tiene se merece por el esfuerzo realizado, o no. Muy humano es pensar que los euros embolsados son los que se merecen, común y humanamente, menos, la verdad, pero siempre recibidos por nuestro esfuerzo y aportación de riqueza a los demás. Desde estas torres de marfil, donde el que tiene es porque lo merece y lo ha trabajado mientras los demás tontos esperan que les caiga del cielo, se sueltan discursos en defensa de los estratosféricos ingresos de aquellos prohombres ejemplo universal del verdadero esfuerzo pecuniario.
    Es el discurso del liberal de panza llena. Del pagado de si mismo porque riqueza tiene. Empatía, quizá no tanta. La empatía es la falsa moralina de la izquierda. Esa superioridad que los delata. Esa que en verdad es envidia. Porque otra cosa no puede ser.
    Los que sabemos lo que cuesta la vida somos inmunes a tanta mojigatería facilona. Nosotros, nos hemos hecho, y si tropezamos, nos levantamos, sin llanto ni quebranto, y volvemos a construir nuestro patrimonio. El que es pobre es lo mismo que el tonto. Si eres listo y bueno, como nosotros, de nada te faltará. No te caerá del cielo, por supuesto. Eso sólo se lo creen los tontos y algunos herederos. En cualquier caso, no seas demasiado íntegro y defiende siempre la herencia, pues tu esfuerzo, tu honor y tu patrimonio en la sangre lo llevas y a tu sangre habrá de pasar.
    Podemos, menudos ilusos mentirosos. Mucho mejor, Populares, esos dicen la verdad y convencen con su esfuerzo…o no tanto, pero en ese caso decid en Vox alta, Iván Espinosa de los Monteros, decid Emprendedor, citad Zara, Telefónica, gritad con noble garganta espaÑola, viva el Rey!! viva las caenas!!
    Por sus biografías los conoceréis…preguntad a estos adalides por sus doce hercúleas pruebas para estar donde están, preguntadles por sus salarios, por sus míseros comienzos de horteras que la tenacidad, honradez, decencia y ciencia, ahorro y perseverancia les han permitido alcanzar. Escuchad sin envidia sus fríos y oscuros amaneceres ya trajinando, sus noches insomnes de responsabilidad trabajadora, sus desvelos y alegrías por tantos puestos de trabajo generados mientras la hacienda pública los ahogaba. Llorad con ellos sus míseros beneficios, siempre pocos, siempre justos, siempre merecidos porque así es la vida, dura y competitiva, y a pesar de su noble corazón y piedad ungida de Dios, no puede ser de otra manera. Cada cual con su cruz, pues nuestro señor, en su misericordia nos carga con aquella que podemos portar, a unos riquezas y preocupaciones, a otros, pobreza e ilusiones.
    Malas lecturas, malas compañías, malas familias les cayeron a Rául, Julia y Carlota. No son generación. Son idiotas.

  6. El problema de muchos jóvenes de hoy es el de buena parte de la sociedad occidental. Vivimos en un mundo donde las expectativas son excesivamente altas. La publicidad, las series, el cine, las redes sociales… te ponen aparentemente al alcance de la mano todo lo que quieras soñar: normalmente cosas materiales y postureo, con lo cual el desengaño está servido, porque la mayor parte de la propaganda es mentira. Por eso, los “bárbaros” van a ganar, porque es penoso que esta generación vean en sus mayores al enemigo, cuando los hemos criado entre algodones. Y todos somos culpables. Muy diferente de como nos educaron nuestros padres, que no nos regalaban nada. Quizás el artículo de EL PAÍS que trae a colación J.C. Rodríguez va dirigido a eso (tacita a tacita): que el desencanto de los jóvenes se dirija contra quienes les interesa a los que mandan en el sistema.

    El culmen de los mundos de Yupi es el propio nombre de “Podemos”, un partido destinado a jóvenes y viejos “eternamente jóvenes”. ¿Podemos? ¿Qué podéis? No podéis nada, el mundo es una lucha sin cuartel por intereses, por privilegios, por bienestar, por conseguir lo que todos quieren. Y no va a cambiar, sino que va a ir a peor. Y el que se crea que los que tienen enfrente se van a dejar expoliar tranquilamente, es que esta gente viene de otro planeta.

    Este infantilismo queda evidente en los jóvenes que trae a colación el artículo de EL PAÍS. Candorosa la chica licenciada en “Políticas” y con el máster de “Igualdad y Género”. Con una carrera de pinta y colorea se piensa que se va a calzar 3000 eurazos al mes. Claro que sí, guapi. Esta chica no sabe de qué va el mundo. Su única salida para trincar los 3000 es meterse en un partido político, hacer mucho la pelota, ir a las reuniones del partido, succionar todo lo que pueda y, quizás algún dia, algun jefecillo/a, satisfecho/a por los servicios prestados la ponga en alguna lista provincial para la elecciones cuando toque (o que se quede de militante de base toda la vida mientras que curra por horas para una ETT).

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