Antes la censura consistía en la supresión de una parte o de un todo en algo, hoy esta práctica es más moderna, sutil o visible,  según quieran verla, adquiriendo naturaleza ubicua y atemporal, se suprimen, borran o derriban obras del ayer y de hoy, cuando éstas no repiten los dogmas establecidos.

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Hace tres años Netflix ya apuntaba maneras y eliminó 90 segundos del clásico programa científico del televisivo Bill Nye, el episodio de marras explicaba cómo los cromosomas determinan el sexo de la persona,  a quién se le ocurre eso de diferenciar el sexo del género.  Pero dejemos la ciencia y vayamos a la ficción. En EE.UU películas como “Matar a un ruiseñor” de Harper Lee y “Las aventuras de Huckleberry Finn” de Mark Twain fueron prohibidas en Virginia debido a las protestas de una madre que interpretó el lenguaje  como sexista. En Suecia, Jan Lööf autor del cuento “Mi abuelo pirata”, uno de los cuentos más vendidos, fue obligado a reescribirlo a cambio de asegurar su siguiente edición. De ninguna de las maneras el pirata malo podía ser musulmán. También aparecen obras de teatro donde Hamlet, un príncipe danés de la Edad Media, es encarnado en la más pura fantasía bipolar por un actor de raza negra, siempre al servicio de la correcta inclusión.

“No os dejéis atrapar por el dogma que es vivir según los resultados del pensamiento de otros. No dejéis que el ruido de las opiniones de los demás ahogue vuestra propia voz interior. Y lo más importante, tened coraje de seguir a vuestro corazón y vuestra intuición. De algún modo ellos saben lo que tú realmente quieres ser”

Muchos campus de universidades anglosajonas, a la última en esto de la posmodernidad, han creado los llamados “espacios seguros”, donde todo estudiante pueda expresarse como ES. Según sus promotores, “sin miedo a sentirse incomodados por su sexo, raza, etnia, orientación sexual, género, identidad física o mental…” Por otro lado, se mantienen los diccionarios en los que no tienen cabida palabras como “maternidad” o “paternidad”, vetados por universidades como New Hampshire, porque “marcan género”.

Observamos con sobrados motivos que pensar en voz alta sobre temas polémicos, que expresar nuestra opinión a contracorriente se ha convertido en un ejercicio de alto riesgo, que tampoco sabemos si nos compensa, salvo que nos sintamos bien con nosotros mismos.

“No os dejéis atrapar por el dogma que es vivir según los resultados del pensamiento de otros. No dejéis que el ruido de las opiniones de los demás ahogue vuestra propia voz interior. Y lo más importante, tened coraje de seguir a vuestro corazón y vuestra intuición. De algún modo ellos saben lo que tú realmente quieres ser”. Manifestó Steve Jobs en el discurso que pronunció en la Universidad de Stanford en 2005. El  cofundador de Apple, exalumno de esa universidad donde, paradójicamente no acabó sus estudios. No cabe duda de que Jobs sabía de qué hablaba.

Laboratorios de ingeniería social

Cuando se conoce Silicon Valley, porque se sabe cómo se trabaja allí, no sorprende que sus principales compañías seleccionen con cuidado los perfiles de sus empleados, no faltando en las entrevistas una batería de preguntas relacionadas con la diversidad  sexual, y la multiculturalidad racial. Sus centros de estudio e investigación saben lo que es correcto y lo que conviene pensar respecto a todos y cada uno de los temas más polémicos de la actualidad. Es muy oportuno Douglas Murray  cuando recoge el ejemplo de Twitter, que  expulsa de su plataforma a mujeres que tuitean “Los hombres no son mujeres” o “¿cuál es la diferencia entre un hombre y una mujer trans?”.

Por otro lado, ese lugar común y global llamado ciberespacio, no es un territorio virgen, ni abierto, ni libre, como las grandes plataformas dígase Google, YouTube o Facebook, nos contaban a principios de este siglo. A finales de octubre de 2018, Twitter cambió sus normas relacionadas con las “conductas de incitación al odio”, donde se incluía de modo particular que para una persona que se declara trans y anuncie su cambio de nombre, cualquiera que se le dirija por su nombre o género anterior podría dar por suspendida su cuenta. No siendo suficiente con esto, la plataforma avanzó varios pasos en su línea dogmática indicando una  serie de supuestos que aparecen en el blog oficial de Twitter en España, Así aparece el semáforo rojo para cualquier discrepancia hacia las autoridades sanitarias (muertes ocultadas, errores, ….), el corona virus es un fraude, o mensajes que causen malestar social.

No es suficiente con el dictado de unos parámetros de corrección política, es necesario asegurar que los usuarios vayamos por las redes con las debidas señales de circulación. Algo así como el  infantil juego de la oca, de un lugar seguro a otro más seguro y “avanzado”. O como indica Douglas Murray en La masa enfurecida (2019), la formación en sesgos inconscientes puede servir para que desconfiemos de nuestros instintos o incluso para que aprendamos a reprogramar nuestros comportamientos, actitudes y puntos de vista preexistentes. O sea, nuestros sentimientos, nuestras ideas,  esa particular cosmovisión que cada ciudadano tiene de la vida es cuestionable, pero no por cada individuo, sino por el  llamado aprendizaje automático justo (machine learning fairness), que filtra y a su vez impide que  los seres humanos podamos emitir juicios, dado que siempre serán imperfectos, mejorables, si no son conformes a los patrones previamente diseñados.

No es fácil encontrar en la Red una crítica al machine learning, nos lo han vendido como lo mejor para mejorar cualquier comportamiento del usuario en cualquier sector. Hagan ustedes la prueba de  buscar una crítica, en caso de que la encuentren agradeceré que me lo comenten. Uno de los sesgos más empleados por Google es el de “selección”, Murray abre una ruta con ciertos casos en una elemental búsqueda por ejemplo con “European art”, en la que previamente cualquiera puede  pensar en Diego Velázquez, Picasso, Monet, Goya… Si ustedes hacen la prueba, la primera imagen catalogada por Google es “People of color european art” A poca historia que conozcamos sabemos que los retratos de personas negras no conforman ni representan tan siquiera una décima parte (me atrevo a decir) de la historia del arte europeo.

La máquina ha sido entrenada para que ésta haya sido la búsqueda, no es necesario llegar a otro sitio, la historia se convierte en un atrezzo de un presente establecido, la plataforma en su  bien marcada línea de circulación nos señala lo que existe y lo que existió. Habrá que dedicar un rato más a nuestra búsqueda para encontrar bastante más adelante otros retratos y otras pinturas que no son negros. Pero si buscamos hombres blancos “White men”, entre más de seis mil millones de imágenes, la primera que aparece representada, por si ustedes no se lo habían imaginado,  es el Black Lives Matter.  Algo parecido ocurre si buscamos “black family” en la que sale una interminable galería de familias negras sonrientes, ni una mixta, pero si buscamos “White familly”, más de la mitad de las primeras imágenes son familias negras o mixtas.

Por seguir un poco más con nuestro curioso juego, si entramos en Youtube,  podemos suponer que ejercitamos nuestro libre albedrío, pero el 70 por ciento de los contenidos que se “nos acercan” responden a las recomendaciones que marcan sus algoritmos. «Las recomendaciones de YouTube fueron diseñadas para que pierdas el tiempo». Así de claro y conciso lo expone Guillaume Chaslot, un antiguo trabajador de Google que trabajó desarrollando el propio algoritmo de YouTube. Del mismo modo, afirma que el principal problema es que no se centra en las necesidades del usuario, sino en retenerlo dentro de los vídeos, aunque la calidad de los mismos sea cuestionable. En cualquier caso la ilusión de libertad es libre de tenerla aunque sea una ilusión.

Jon Ronson demuestra en su estudio “Humillación en las redes”, cuando se  detiene unas páginas en el linchamiento digital, que diferentes formas  de acoso blanqueadas desde el activismo social son más frecuentes de lo que parece. Cosa que favorecen los accionistas propietarios  de las plataformas tecnológicas pues es una práctica que atrae tráfico y permanencia. A base de trompicones vamos aprendiendo a pensar que lo que decimos o conversamos en las redes sociales puede tener un eco global. Ya no se trata solo de que aquello que hemos dicho permanezca y pueda tener varias lecturas e interpretaciones en diferentes momentos, también puede aparecer en tal o cual sitio, ajeno a nuestra voluntad.

Se esperaba que los buscadores fueran «neutrales», pero han sido entrenados para colocarnos lo que marcan determinados parámetros. Se ha sacrificado la verdad a un objetivo político. No extrañaría, como de hecho ya lo hemos comprobado con la inmersión lingüística en Cataluña, que en un par de generaciones los escolares crean que negros y blancos estuvieron por Europa hace unos cuantos siglos. Empezar una búsqueda sabiendo que existe un plan previo no es café de buen gusto.

Mientras tanto, o a la vez, escuchamos el susurro de Huxley «Les gusta. Es ligero, sencillo, infantil. Sietes horas y media de mínimo esfuerzo, y después de la ración de soma, los juegos, la copulación sin restricciones y el sensorama». El premio novel al entretenimiento no cabe duda que lo tiene la televisión, muchos de ustedes lectores no la ven, pero lo hace la mayoría. Es la instrucción de la distracción masiva, inodora y permanente, de esto sabe mucho Netflix, que garantiza su dosis antes de irse a la cama.

Foto: Alexander Krivitskiy

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