Es necesario meditar sobre nuestros políticos en estos días turbulentos de manifestaciones y juicios, para saber con quién nos estamos jugando los cuartos.

No es nuevo. Echamos de menos en España verdaderos hombres de Estado, y no desde hace dos días. Con la llegada de Zapatero a la Moncloa se consolidó a nivel nacional lo que ya veníamos viendo en los 90 en las administraciones autonómicas: la mediocridad ambiente irrumpió con contundencia en los círculos políticos de los que esperábamos la excelencia, la cordura y el altruismo. Cualidades estás que, nosotros, en nuestro foro interno, creíamos nos eran propias. Sin duda existen en España personas excelentes, cuerdas y altruistas. Pero no parece que sean mayoría significativa.

La española es una sociedad claramente colectivista. El refrán que mejor define a los españoles de hoy bien podría ser este: “no dejes de clavar en la tabla la punta que sobresale” (antiguo proverbio chino). Y la mejor forma de conseguirlo es imponiendo desde el estado – gracias a su poder – un sistema social basado en la “igualdad”. Y no se trata aquí del famoso “todos iguales ANTE la ley”, nos hemos arrojado de lleno al “todos iguales POR ley”. De la mano de quienes realmente representan a la mayoría de nosotros: mediocres, emocionales (y emocionables) y los envidiosos rencorosos.

Así es como, legislatura a legislatura, hemos construido una ética (hemos educado en), un Estado, una democracia, basándonos en el principio por el cual las personas no pueden o no quieren ayudarse a sí mismas, personas que en cuanto surge una dificultad recurren al “papá Estado” en lugar de preguntarse qué podrían hacer ellos mismos. Hoy la mayoría somos seres dependientes, abandonados a la arbitrariedad de la burocracia social. Esto asegura los puestos de trabajo de los funcionarios, pero elimina con el tiempo la soberanía de las personas. Y así es como hemos llegado a este estado-iglesia bajo el que nos acogemos. Hemos errado.

Los políticos no son “los reyes magos”, son simplemente personas como nosotros que han decidido convertirse en PORTAVOCES de la pluralidad existente en nuestra sociedad. O así debería ser. No es, desgraciadamente, el caso español. ¿Por qué razones se convierte una persona en político? ¿Qué tipo de personalidad es necesaria para llegar a ser político? ¿De qué medios se sirven los políticos para mantenerse en el poder? Permítanme que les traiga unas cuantas citas que creo nos ayudarán a responder a estas cuestiones.

Decía Thomas Jefferson: “Whenever a man casts a longing eye on offices, a rottenness begins in his conduct.”

“Representative appointments are sought from 3 motives: 1. Ambition. 2. Personal interest. 3. Public good. Unhappily, the two first are proved by experience to be most prevalent. Hence, the candidates who feel them, particularly the second, are most industrious and most successful in pursuing their objects; and forming often a majority in the legislative Councils… How easily are base and selfish measures masked by pretexts of public good…?” James Madison

El bien común. Como dice Madison, una meta poco frecuente en la clase política. Los políticos se quedan en las dos primeras razones y, amparados en ellas y su sobreestima, caen en el error de creerse líderes morales o espirituales del pueblo.

“Es casi necesario que el político sea poco o nada creativo y que establezca su programa según los dictámenes de la mayoría. El político triunfador debe su poder a la circunstancia de saber desplazarse en medio de las ideas dominantes y pensar y hablar de manera convencional. Un político que fuese líder espiritual sería una contradicción en sí mismo” Friedrich von Hayek

“La mayoría de los líderes políticos no son pensadores, sino hombres de hechos. Carecen de agudeza intelectual y ello es bueno, pues la agudeza intelectual generaría dudas e inactividad” Gustave Le Bon

“La inteligencia, la que permite establecer conexiones entre factores diferentes, la que permite comprensión y la explicación de fenómenos, disminuye considerablemente la fuerza de las convicciones que debe de tener necesariamente un Apóstol. Los grandes líderes en todas las épocas se caracterizaron por lo limitado de su inteligencia, justo por lo cual ejercieron una mayor influencia en su época.” Gustave Le Bon

La inteligencia limitada de un político no es una desventaja en democracia, sino al contrario una gran ventaja que le dota de mayor competitividad. No es casualidad que precisamente tras procesos electorales, los políticos elegidos no brillen por sus muchas luces intelectuales.

“Muchas personas se imaginan, que la inclinación secreta de las clases inferiores a excluir, si es posible, a quienes consideran superiores de la gestión Estado, es sólo propia de Francia; es un error: esta inclinación no es de ninguna manera francesa, es democrática.” Alexis de Tocqueville

Esta “selección natural hacia abajo” propia de la clase política es en sí misma un factor que limita la presencia de otro tipo de personas en ella. Como la política se presenta controlada por personas de capacidades limitadas, se produce un fenómeno de disuasión efectivo que evita que quienes sí poseen cualidades admirables dediquen sus esfuerzos a la iniciativa pública para centrarse en la privada.

“al tiempo que la inclinación natural del pueblo en democracia excluye a los hombres relevantes del poder, se genera en ellos una inclinación no menos fuerte de mantenerse apartados de la carrera política, más teniendo en cuenta el hecho, de que no es posible medrar en ella sin rebajar sus aspiraciones.” Alexis de Tocqueville

¿Cómo son percibidos los políticos por los ciudadanos? Los conceptos “Estado” y “Gobierno” tienen para el común de los mortales una importancia casi metafísica, olvidando así a menudo que estos conceptos sólo son descripciones de pequeños grupos de poder.

Hagamos una introspección profunda, pensemos en la última vez que abandonamos una idea que creíamos cierta, porque la enfrentamos (la contrastamos) con un hecho nuevo, un conocimiento nuevo o con las consecuencias inesperadas de nuestra realidad cotidiana. Básicamente, en el día a día, creemos que estamos acertados en nuestras opiniones – de lo contrario no las defenderíamos- pero es muy poco probable que siempre vayamos a estar de acuerdo con todas nuestras opiniones.

Como hemos aprendido a amar ciertas ideas a las que no queremos renunciar, nuestro cerebro tiende a filtrar la información que recibimos del exterior, para lograr encajarla en nuestro esquema de pensamiento. Éste es un proceso absolutamente natural. Es un proceso irremediable, excepto si logramos un cierto grado de escepticismo personal que nos permita revisar y comprobar de vez en cuando si las previsiones que habíamos realizado se han cumplido realmente. Si ello no fuera el caso, habría llegado el momento de repensar nuestra idea y, por lo menos, valorar la posibilidad de corregirla. ¡Pero no lo hacemos!

“People constantly speak of ‘the government’ doing this or that, as they might peak of God doing it. But the government is really nothing but a group of men, and usually they are very inferior men.” Henry L. Mencken

Pequeños grupos de poder, porque el poder no sólo lo ejercen los políticos. De toda la escena política, la mayoría sólo ve su parte más pequeña y menos importante: los políticos. Mucho más interesantes que estos – podríamos decir „actores” – son aquellos que, a modo de guionistas, escenógrafos y coreógrafos dinamizan la vida política de un país: los opinadores en los medios de comunicación, los apologetas del Estado y las Iglesias, los administradores de las libertades desde la burocracia de Estado y los llamados consejos de sabios.

Los políticos, compradores de votos a cambio de promesas electorales, consiguen comunicar con un gran grupo de electores que, encantados con el juego, hipotecan su libertad. En el Estado socialdemócrata y partitocrático existen, según Henry L. Mencken, dos clases de ciudadanos: “…those who work for a living and those who vote for a living.” Aquellos que trabajan para vivir, y aquellos que votan para vivir…

Y usted, estimado lector, ¿a qué grupo cree que pertenece?

Imagen: James Madison, por Vander Lyn (1775-1882)


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2 COMENTARIOS

  1. Es evidente que nuestros políticos y gobiernos son, a medida que pasan los años, menos inteligentes y destacados, su participación en las actividades de gobierno o representación parlamentaria menos interesadas en el bien común y dedicadas a afirmar y seguir lo que marquen sus encargados de imagen o líderes de partido. La mediocridad se valora muy positivamente en nuestros representantes. No son un peligro para sus líderes porque no se destacan ni tienen criterio propio. Ésto es algo extensivo al mundo empresarial en que también se busca promover a aquellos que no sean un problema para quien los selecciona.

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