Nos venden que España es un ring donde pelean “jóvenes contra boomers”. Unos, supuestamente, vinieron con el pan debajo del brazo; los otros, con el recibo de una deuda impagable. La escena es tentadora: generaciones enfrentadas, reproches cruzados, titulares fáciles. Pero la realidad es menos épica y bastante más triste: no hay guerra generacional; hay una estafa transversal. Distinta máscara, mismo truco.

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La escena del salón: el mito se desmonta

Domingo, mesa familiar. Hay croquetas, pan recién cortado y una conversación que ya sabes cómo va a acabar.

Tu padre, boomer tardío, suelta la frase de siempre:

—Con 25 años ya teníamos piso.

Tú, que has visto más contratos temporales que capítulos de La que se avecina, cuentas hasta 100, respiras hondo y contestas:

—Sí, papá. Y también os explotó una burbuja del tamaño de la catedral de Burgos, os subieron los tipos de interés cuando nadie sabía lo que era el euríbor, y muchos acabasteis pagando el doble por una casa que creíais segura. A algunos, el piso no les dio libertad: acabó siendo una cadena.

Silencio incómodo. Nadie miente del todo. Nadie dice toda la verdad.

No hay héroes ni villanos. Hubo expectativas razonables y políticas irresponsables. Los últimos boomers cogieron la recta final de una España que prometía modernización, ascensor social y estabilidad. Llegaron demasiado tarde a la época de bonanza y demasiado pronto al ciclo de las penurias. Chocaron de frente con la Gran recesión de 2008 en la peor edad de todas. Superados los 40 o cercanos a cumplirlos se toparon de frente con los ERE, cierres en cascada, hipotecas variables disparadas, sueldos congelados o cuesta abajo y la sensación de haberse perdido una fiesta que, sin embargo, acabarían pagando.

Lo de “privilegiados” tiene asteriscos. Muchos. Los boomers no constituyen un colectivo uniformado.

Millennials: el túnel sin salida de las “oportunidades”

A los millennial les vendieron Erasmus, inglés y másteres como un billete al futuro. Acertaron: era un billete… pero con un destino distinto al esperado.

Cuando volvieron, el país era como una mansión destartalada con las cerraduras cambiadas.

  • Becas convertidas en empleos encubiertos, con horarios completos y sueldos simbólicos.
  • Contratos “indefinidos” que duran menos que un trending topic.
  • Sueldos que rondan los 1.100 o 1.200 euros mientras el coste de la vida sube como si cobraran 2.500.
  • Y una palabra fetiche: “flexibilidad”, que siempre significa lo mismo: haz de todo, aguanta y da las gracias.

La emancipación se retrasó hasta alcanzar registros nunca vistos. La edad media para irse de casa supera ya los 30 años. Es decir, la edad a la que nuestros padres ya estaban discutiendo la reforma de su primera vivienda.

El resultado fue una generación que no se independizó: se adaptó. Aprendieron un idioma nuevo, el de las facturas siempre por pagar, el de los correos de Recursos Humanos escritos en género neutro, el de la sonrisa de circunstancias mientras te llevan los demonios.

Gen Z: la risa como salvavidas

A los centennials no los engaña un eslogan. Nacieron con la crisis encima de la cabeza, como una nube gris inamovible, y la ironía en el bolsillo. Son prácticos, descreídos y letalmente rápidos con el meme.

  • Hacen números antes de firmar nada.
  • Se informan en canales que el BOE ignora y los telediarios desprecian.
  • Ven la política como un negocio de viejos tahúres donde el votante siempre palma.

Les llaman apáticos. Es falso. Son selectivos. Si algo merece la pena, lo apoyan; si huele a sermón, lo ridiculizan. Han entendido que discutir con el sistema es inútil; reírse de él, no. La risa, como decía mi abuelo, es “el arma blanca del pobre”.

La transferencia invisible: de abuelos a nietos (pasando por los padres)

España no se sostiene sobre el Estado del bienestar. Se sostiene sobre patrimonios familiares desiguales. Herencias modestas. Anticipos. “Te ayudo con la entrada”. “Quédate en casa un par de años más”. “Yo te pago la academia”.

  • Los abuelos sostienen a los padres.
  • Los padres sostienen a los hijos.
  • El Estado, que debería ser un agente estabilizador o al menos no desestabilizador, se especializa en el saqueo: IRPF, cotizaciones, IVA, tasas, impuestos especiales.

La “solidaridad” oficial funciona como un bumerán: sale del salario y regresa en forma de lista de espera, burocracia jurásica y una administración que siempre te atiende… mañana.

La auténtica red de seguridad no es pública ni privada: es familiar. Eso quizá explica por qué el país resiste sin estallar… y también por qué no cambia. El cambio probablemente llegará cuando esa red se rompa, empujada por la bajísima natalidad, el envejecimiento acelerado y un Estado de bienestar insostenible.

El campo minado es intergeneracional

  • Vivienda: los boomers la compraron; los millennials la alquilan a precio de oro; la Gen Z la contempla como quien ve un OVNI.
  • Trabajo: los boomers conocieron estabilidad hasta que dejó de existir; los millennials encadenan parches; la Gen Z nace con licencia de temporal.
  • Familia: primero se retrasó; ahora se aplaza indefinidamente.
  • Movilidad: de símbolo de libertad a lujo regulado.
  • Servicios: universales sobre el papel, escasos y lentos en la práctica.

¿En qué se parecen todas las generaciones? En que sus miembros verdaderamente productivos pagan más de lo que reciben y reciben menos de lo que les prometieron. Cambian los gobiernos, las siglas y los eslóganes; la máquina de picar carne permanece.

Un mal de fábrica

Si fuera una crisis “de ahora”, bastaría con tener paciencia. De nuevo, como decía mi abuelo, “en esta vida se gasta más la paciencia que el dinero”. Pero huele, más hiede, a defecto de diseño: un Estado que gasta mal, un sistema político que premia clientelas, un modelo productivo orientado al ladrillo, el turismo, la subvención y los monopolios regulados. Y una cultura política que confunde interesadamente progreso con vigilancia, prohibición y asfixia.

No hay guerra generacional: hay solidaridad forzada hacia arriba (impuestos) y solidaridad real hacia abajo (familia). Los boomers tardíos no son villanos; los millennials no son mártires; la Gen Z no es apática. Todos son supervivientes que buscan una salida en el mismo laberinto. Pero para salir no basta con cambiar de actores: hay que cambiar el guion. Sin embargo, antes de hacerlo conviene entender por qué la política actual funciona tan terriblemente mal: por qué necesita hinchadas, forofos inasequibles a las evidencias, por qué compra lealtades y por qué, aun recaudando cifras récord, siempre repite que pagamos pocos impuestos.

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