Diversidad, equidad e inclusión. Las tres palabras forman el acrónimo DEI, que ha estado creando ese terror en nombre del buen corazón que caracterizan este tiempo. El acrónimo, para no mentir, procede de las palabras en inglés, pero son prácticamente las mismas. La nueva Administración de los Estados Unidos, bajo el mando de Donald Trump, ha impreso un cambio radical al respecto de esta política. La prohíbe en toda la Administración. No contratará a empresas que la hagan suya.
Bien está que el Estado se desembarace de esta moral de diseño. Lo que no veo bien es que quiera condicionar, desde el Estado, a las empresas que quieran seguir los protocolos impuestos por la ortodoxia DEI. Lo cierto, como contaba en un artículo anterior, es que las empresas han empezado a dejar el corsé ideológico DEI ante incluso de que Trump asumiese de nuevo la presidencia. El rompedor arranque de la misma ha venido acompañada por nuevas defecciones en esas políticas.
Si lo que nos define es encajar en una categoría, se nos está robando la individualidad, nuestro carácter irrepetible y único. Se nos está robando la dignidad
Las políticas DEI no son fruto de una genuina interacción social. Son un instrumento de ingeniería social. De modo que tiene lógica que una política que se ha impuesto desde el Estado, decaiga cuando ese Estado deje de ejercer de supremo sacerdote. La sociedad no creó esos protocolos, y podemos esperar que no las asuma ahora que el poder ha dejado de imponárselas.
En junio son las llamadas celebraciones del orgullo. Esas celebraciones que eran un día y ahora son un mes. Nos dice Business Insider: “Ryan Bos, director ejecutivo de la Capital Pride Alliance en Washington, DC, dijo que varios patrocinadores han renunciado al evento de este año. Entre ellos Booz Allen Hamilton, una empresa de consultoría y un importante contratista federal que, en teoría, podría encontrarse en el punto de mira de algunas de las acciones ejecutivas de Trump relacionadas con la DEI”. Los promotores de las fiestas del orgullo en Detroit esperan que las contribuciones caigan este año un 62%.
Más importante es el caso de las Universidades. Una por una, los centros educativos superiores están dejando caer las tres letras. Diversidad, equidad e inclusión, las que aporte cada uno. Ya no van a discriminar en nombre de la no discriminación. Ya no habrá criterios racistas para contrarrestar un racismo histórico. Un racismo, además, que nunca va a dejar de ser histórico y que, en consecuencia, nunca va a desaparecer.
La Universidad de Michigan es sólo la última en hacerlo. Hay poderosas razones para hacerlo. No es ya que haya cesado el chantaje, cuando no la imposición, del gobierno federal. Es que la política de inclusión a la fuerza tiene efectos contrarios a los buscados. No resulta inclusiva. No resulta acogedora. No promueve la armonía, dentro de la diversidad.
The New York Times Magazine lo cuenta con las siguientes palabras: “Los estudiantes negros consideran hoy el programa expansivo de la escuela como un fracaso bienintencionado. Los propios datos de Michigan sugieren que al esforzarse por ser más diversa y equitativa, la escuela también se ha vuelto menos inclusiva”.
¿A qué se debe ese efecto contrario? Nos lo dice el mismo medio de comunicación: “Las encuestas realizadas a estudiantes y profesores revelan un «clima menos positivo en el campus» y «menos sentido de pertenencia» que antes. Los estudiantes eran menos propensos a relacionarse con personas de otra raza, religión o ideología política, exactamente el tipo de compromiso que, en teoría, deben fomentar los programas de DEI”.
Sustituir las relaciones genuinas, espontáneas, por una política de diseño ha transformado el modo en que los ciudadanos ven a los demás. La persona, con su miríada de características y sus singularidades, se desdibuja. Y ahora pasa a ser uno de esos que han entrado en tal o cual categoría, según la política DEI. Los protocolos asumidos por las empresas, las universidades, las Administraciones, nos han robado la personalidad.
También nos han quitado la dignidad. La dignidad pertenece a las personas reales, a los individuos. Y procede del hecho de que cada uno de nosotros es único; una combinación, compleja, ambivalente, de características, experiencias, aspiraciones y formas de entender la vida que hace que cada uno de nosotros sea irrepetible. Esa excepcionalidad de los individuos es la que nos otorga dignidad. Somos dignos, porque cada uno de nosotros es único.
Si lo que nos define es encajar en una categoría, se nos está robando la individualidad, nuestro carácter irrepetible y único. Se nos está robando la dignidad. Esto se ha hecho muchas veces. Siempre, para deshumanizar al otro como paso previo a una agresión. Aquí, el estabulamiento moral intenta ser integrador, pero el efecto final es el opuesto.
Esta experiencia no debe de ser única. Las políticas DEI son una horma para zapatos muy distintos. Incluso para otros objetos en los que una horma sólo produce daño. Las imposiciones chocan siempre con una realidad que es mucho más compleja que un acrónimo y un conjunto específico de objetivos y medidas.
Foto: Drew Hays.
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