Es cierto que a Donald Trump lo que le pierde no es tanto la razón o sinrazón como las formas. La última demostración tuvo lugar durante una rueda de prensa, donde el presidente de los Estados Unidos cayó, una vez más, en la trampa de la provocación de ese agitador profesional que es Jim Acosta, corresponsal de la CNN.

Ocurre que hoy en día muchos periodistas han devenido en activistas. Y abusan de su posición y del “sagrado” derecho de informar, olvidando con toda intención que, por muy sagrado que sea su oficio, en democracia existe una jerarquía que deben respetar.

Cuando Acosta interpela a Trump de manera chusca, no está faltando al respeto a un tipo que, en ocasiones, puede resultar bastante antipático, está faltando a los electores

Se llame Barack Obama o Donald Trump, un presidente encarna una autoridad que no es arbitraria ni proviene, como sucedía en tiempos pretéritos, de la divinidad, sino que emana de los ciudadanos y su derecho, este sí sagrado, de elegir a sus gobernantes.

Así, cuando Acosta interpela a Trump de manera chusca no está faltando al respeto a un tipo que, en ocasiones, puede resultar bastante antipático, está faltando a los electores. Exactamente lo mismo cabría decir si el presidente fuera un demócrata, y un corresponsal de la Fox emulara a Jim Acosta.

Pero, volviendo al principio, a Trump lo que le pierde son sobre todo las formas, no la razón. En realidad, para neutralizar a alborotadores como el corresponsal de la CNN, bastaría con que el viejo principio de Autoridad prevaleciera. Así Trump no tendría que hacer aspavientos ni sobreactuar para recordarle a alguien que él es el presidente y todo lo que eso significa.

La “auctoritas”

Ya en la Roma clásica identificaron los dos aspectos fundamentales en que debe basarse el equilibrio del poder: la “potestas” y la “auctoritas”.

La auctoritas significa literalmente autoridad. Es un poder no vinculante pero socialmente reconocido. Se basaba en el prestigio personal y otorgaba al sujeto una capacidad moral. Quien estaba investido de auctoritas era obedecido, no porque ostentara el poder, sino porque sus decisiones se consideraban sabias y justas.

Por el contrario, la potestas era el poder formal. Las decisiones de quien estaba investido por la potestas eran obligatorias, no porque fueran sabias y justas, sino porque lo decía la Ley.

A Trump lo que le faltaría es la auctoritas, no la potestas. Sin embargo, hay que reconocer que no lo tiene nada fácil. Los Estados Unidos de hoy no se parecen demasiado a la antigua Roma; tampoco a los Estado Unidos de hace apenas unas décadas, cuando el común hacía gala de un respeto exquisito a la autoridad.

Los Estados Unidos de hoy no se parecen demasiado a la antigua Roma; tampoco a los Estado Unidos de hace apenas unas décadas, cuando el común hacía gala de un respeto exquisito a la autoridad

Hoy, sin embargo, proliferan los personajes como Jim Acosta, tipos que se niegan a reconocer la autoridad de un presidente cuando éste no encaja con sus preferencias. Y muchos ciudadanos son propensos a resistirse a la autoridad. Cada vez hay más sucesos en los que, por ejemplo, un simple conductor, se enfrenta a la policía porque considera que ninguna persona, por más que vaya de uniforme, tiene derecho a sancionarle.

Algunos, incluso, terminan siendo reducidos a la fuerza por resistirse a atender una solicitud tan elemental como identificarse en un control policial. Lo llamativo es que no se trata de delincuentes, sino de personas corrientes, padres y madres sin antecedentes, que ven en una simple comprobación de identidad una agresión injustificada a su Yo. “¿Pero cómo se atreve este uniformado a ordenarme que me identifique?”

Estas neurosis, junto al pésimo ejemplo de personajes populares como Jim Acosta, nos advierten de que el principio de Autoridad se desvanece definitvamente. Una circunstancia que, lejos de suponer una mayor libertad, anticipa la desvertebración de la sociedad y la emergencia del abuso de poder y de la arbitrariedad.

La posmodernidad y el fin de “un mundo viejo”

Explicaba Joseph Epstein que, en un momento determinado de la historia, la sociedad dejó de ver la adolescencia como una fase transitoria de la vida, esa etapa que todos debían dejar atrás. En su lugar, se comenzó a idolatrar la juventud, a otorgarle un elevado estatus moral. Esta adoración a la juventud y a “lo nuevo” convirtió la adolescencia, no en una fase transitoria de la persona, sino en una condición permanente.

Este cambio crítico suele situarse en las décadas de los 60 y 70, pero los indicios apuntan a que el proceso de trasformación se inicia en el periodo de entreguerras. Ya Stefan Zweig describía en El mundo de ayer. Memorias de un europeo (1941) el súbito cambio de mentalidad que tuvo lugar en el periodo que medió entre la primera y segunda guerra mundial

“La generación entera decidió hacerse más juvenil, todo el mundo, al contrario del mundo de mis padres, estaba orgulloso de ser joven; de pronto desaparecieron las barbas, primero entre los más jóvenes y, luego, entre los mayores, que imitaban a los primeros para no parecer viejos. La consigna era ser joven y vigoroso (las negritas son mías) y dejarse de apariencias dignas y venerables. Las mujeres tiraron a la basura los corsés que les apretaban los pechos, renunciaron a las sombrillas y los velos, porque ya no temían al aire y al sol, se acortaron las faldas para poder mover mejor las piernas cuando jugaban a tenis y ya no se avergonzaban de dejarlas al descubierto y exhibirlas. Los hombres llevaban bombachos, las mujeres se atrevieron a montar a caballo como los hombres, nadie se tapaba ni se escondía de los demás. El mundo se había vuelto no sólo más bello, sino también más libre.”

En un principio, tal y como Zweig lo percibió, esta transformación supuso más libertad. La sociedad se liberó de las reglas que habían atenazado a las generaciones precedentes. Y no sólo los jóvenes, también los adultos se dejaron llevar por el viento de la posmodernidad, creyendo que la negación de “lo viejo” aseguraría la paz y que al erradicar el viejo principio de Autoridad desaparecería cualquier autoritarismo. Pero pronto descubrirían su error. La liquidación del principio de Autoridad no supuso una paz permanente, sino la emergencia de totalitarismos que ocuparon su lugar.

La quiebra de la Autoridad

Fue Hannah Arendt, en Entre el pasado y el futuro (1954), quien arrojó luz sobre este suceso. En opinión de Arendt, el principio de Autoridad que vertebraba a la sociedad (cuya expresión primordial era la autoridad de los padres, es decir, de la familia tradicional) había servido históricamente como modelo para muchas formas de jerarquía y de gobierno.

Por lo tanto, al remover el viejo orden y eliminar todo lo que era “viejo”, esta comprensión y aceptación de la autoridad desapareció. Y todas las metáforas comúnmente aceptadas en las relaciones de autoridad perdieron su valor. Así, para Arendt, ya no estamos en condiciones de saber qué es verdaderamente el principio de Autoridad, mucho menos acatarlo.

Nuestra época vive en el espejismo de una fuente de la juventud al alcance de todos. Una alucinación incompatible con la figura de la autoridad

La mayoría de los sucesos sociológicos que los politólogos hoy no saben cómo interpretar consisten en la confrontación de dos visiones antagónicas: de un lado un adanismo cuya expresión es un creciente infantilismo, y del otro la recuperación del principio de Autoridad.

Como apuntaba Marcel Danesi, nuestra época vive en el espejismo de una fuente de la juventud al alcance de todos. Una alucinación incompatible con la figura de la autoridad encarnada en el “viejo sabio” (los abuelos, los padres, los maestros…), aquella autoridad primordial que la comunidad aceptaba tácitamente, sin violencia ni coacción. Hoy se pretende hacer ver la autoridad como una imposición o, peor aún, como una agresión a nuestro Yo.

Así, en lugar de pedir consejo a los padres, abuelos y maestros, muchos buscan consuelo en los políticos, en los medios de comunicación, en los psicólogos, en los libros de autoayuda…. Sin embargo, ellos no pueden sustituir la figura del “viejo sabio”, porque jamás dirán la verdad, aquello que la gente no quiere oír. Al contrario, tratarán de confortarnos, nunca de contravenirnos. Por eso el mundo parece volverse cada vez más peligrosamente infantil. Y por eso está en curso una fuerte confrontación que personajes como Acosta y Trump caricaturizan, pero también escenifican con inquietante claridad.


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10 COMENTARIOS

  1. El orden político estatal moderno no exige para su funcionamiento ningún principio de Autoridad. Evidentemente, las personas concretas que hoy ocupan la escena pública en todas partes carecen de “Autoridad”, pero sólo porque en las sociedades estatalizadas actuales la autoridad ya no desempeña ninguna función ni positiva ni negativa: ha desaparecido y el principio del Estado moderno se ha cobrado una víctima más. Piensen en serio en Zapatero, Rajoy o Sánchez y confiésense a sí mismos dónde imaginan que estarían situados estos tipos en una sociedad en la que subsistiera algún vago recuerdo del principio de autoridad.

    El concepto de Autoridad es pre-estatal y pre-político: su campo operativo es el “ethos” tradicional, es decir, todo ese ámbito de las costumbres y los hábitos adquiridos, relacionados con el respeto inmanente a diferentes formas de superioridad objetiva a las que se reconoce como tal. Es parte integrante de un consenso “social” latente que no necesita explicitarse. En una sociedad dada se reconoce objetiva y universalmente a quien tiene autoridad, se distingue claramente quién se hace merecedor de ella y se discierne sin vacilación cuáles son los títulos que validan su ejercicio en las relaciones públicas y privadas.

    La observación detenida y minuciosa de cualquier contexto de interacción “microsocial”, una simple conversación de amigos sobre cualquier asunto, podría ser un buen ejemplo por su esquematismo aparente y su simplicidad. Lo mismo para las relaciones profesionales, incluso sentimentales, en el sentido de la competencia entre varones por una mujer y la competencia de las mujeres por un hombre: está por estudiar hasta qué punto no es el ascendiente personal trasmitido y hereditario lo que define la afinidad de la atracción incluso entre los sexos.

    El solo hecho de que aparezcan dudas sobre este principio de un consenso social genuino ya indica que una espesa opacidad enervante ha ocupado su lugar: el principio del Estado moderno, cuyo centro operativo tiene otra inspiración y otra función, quizás ahora más visible que nunca en el funcionamiento de los Estados de Partidos, corolario necesario de la “democracia social” y la sociedad del consumo y del espectáculo, de por sí ya anárquicas y espontáneamente “antiautoritarias” (“arché” griego y “auctoritas” romana remiten a nuestros ocultos fundamentos culturales, apenas entrevistos en su verdadera dimensión).

    El principio de Autoridad desapareció, eso es innegable, primero del orden social, en “el proceso civilizatorio” del último medio siglo y luego, también por trasferencia y analogía, contaminó al orden político, ya completamente estatalizado, en torno a un nuevo tipo de consenso, éste por primera vez en la Historia producido por la pura positividad de la Ley, entendida en el más tosco sentido administrativo de un reglamento trivial.

    En la relación social, tiene autoridad quien, por las condiciones de que se trate en cada caso, muestra una superioridad reconocible en determinados aspectos: nacimiento, edad, experiencia, saber, riqueza, influencia, temple de ánimo, carácter, fuerza física y moral, dones y talentos de tipo espiritual, habilidades y destrezas, todas ellas cualidades, atributos o situaciones valiosas para el orden social, etc. Confiere autoridad, en cada caso, aquello que convierte a un individuo en alguien valioso para la comunidad en los diferentes círculos de vida en que ésta se desenvuelve.

    Estas condiciones, evidentemente, no pueden transferirse a la esfera política, al menos no a la esfera política moderna, controlada como está por la formación estatal, cuyo campo de actividad no es en modo alguno este vasto territorio “ético” y prepolítico del consenso social en torno a valores, conductas y formas de existencia reconocidas como modelos respetables y dignos de emulación, por lo que hay que someterse a ellos por el hecho mismo de ser lo que son. La autoridad o es existencial o no es nada. En cuanto se la extrae de este contexto, se la desvirtúa por completo.

    Por ejemplo, la situación actual de los “progenitores”, antes llamados “padres”, extensible a todos los demás ámbitos, relaciones y parejas de oposiciones conceptuales prácticas que determinan inconscientemente el ser social de cada uno de nosotros.

    Hombre/mujer, adulto/niño, vejez/juventud, disciplina/obediencia, sano/enfermo, trabajo/ocio, capital/trabajo, arte/cotidianidad, seriedad/banalidad, experto/ignorante, competencia/incompetencia, sabiduría/necedad, belleza/fealdad, verdad/mentira, moralidad/amoralidad, privado/público, (en el ámbito político: guerra/paz, amigo/enemigo, derecho/violencia, interior/exterior…) y un largo etcétera de parejas de términos, “deconstruidos” metódicamente, a fin de borrar la diferencia entre ellos, pues ésa es la forma activa en que se concreta lo post-moderno como operación “intelectual” inconsciente que supera lo moderno (ése es el verdadero “nihilismo”: el “nihil” de la ausencia de fuerza de valoración): la barra oblicua de la separación se borra para hacer fluida y líquida la oposición conceptual y la realidad que ella expresa, que a partir de esta supresión queda flotante en la total indefinición, como tronco de árbol descuajado caído en la corriente rápida del río. Hoy todo el orden social, político, moral, cultural, estético y científico se encuentra en esta deriva de la que la imagen del tronco es sólo una muy pálida réplica.

    Ahora mismo acaba de entrar en ese terreno resbaladizo hasta la edad biográfica: un sujeto holandés de 69 años cree en realidad tener 49 porque “se siente” más de esta edad que la que fatalmente le propina la biografía real, por lo que desea ver “reconocida” por el Estado en su documento de identidad esta rica subjetividad privada, de carácter sencillamente “idiopatológico”. Una vez que se abre la veda de la “de-construcción” de los sujetos, nada puede pararla: ni sexo, ni edad, ni orientación sexual, ni condición social, ni raza (Michael Jackson se blanqueó la piel…), ni religión, ni tiempo, ni espacio… ni siquiera el color oscuro del ano.

    Por supuesto, la oposición “posesión de la Autoridad/reconocimiento de la Autoridad mediante la obediencia y el respeto” corre la misma suerte, que es literalmente una licuefacción (el paso de lo gaseoso a lo líquido, aunque el proceso inverso también es hoy efectivo y España está a la vanguardia de esta fase ulterior, dada su ávida frivolidad cultural): un devenir o revertir de todo al estado líquido y dinámico, antes de la definitiva confusión civilizatoria, en la que ya sobrenadamos a duras penas.

    El cambio legal-estatal de la denominación de “padres” a “progenitores” es ya sintomático y expresivo de un cambio ético-político de primera magnitud, que se debe exclusivamente a la autonomía con que la esfera jurídico-política opera sobre la sociedad en forma de reducción de las polaridades pre-estatales, aquí, por ejemplo, la reducción entre el principio de autoridad inmanente a la paternidad y el principio de subordinación de la condición de “descendiente” o “hijo”. Desde este punto de vista, la “autoridad” del padre, reconocida socialmente, incluso en unas condiciones morales tan delicuescentes y abatidas como las hoy dominantes, es reconocida y relativamente acatada por la mayoría.

    Hoy, sin embargo, por encima del padre y su puramente virtual autoridad, se sitúa el Estado, que, bajo la figura quijotesca de “protector de los débiles” (recuerden la divertida y dolorosa primera salida del hidalgo manchego, “liberando” de su castigo al gañancillo cuidador del rebaño), se interpone entre padre e hijo para dictar incluso tablas de castigos y sanciones permisibles o sancionables, según el principio “humanitario” bajo el que se oculta desde el origen su dominación exclusivista y excluyente. Bertrand de Jouvenel y Max Weber, entre otros, ya supieron describir esta situación en su trasfondo histórico, por ejemplo, a través de cómo el Estado operó la transformación de la relación estamental entre señor/vasallo, pasando por el “súbdito” genérico de las Monarquías absolutas hasta llegar al “citoyen” de la Revolución francesa con que se inaugura nuestra “Modernidad política”, hoy mitificado a pesar suyo como “el contribuyente”.

    Ahora bien, sucede algo sorprendente, en cierto modo “revolucionario”: desde el momento en que el Estado moderno interviene, y ya desde su mismo origen “embrionario” en los siglos XVI-XVII, algo muy sustancial cambia de sentido. El Estado moderno, y mucho más su figura histórica terminal y consumada bajo la que nosotros vivimos hoy, es un operador de trasformaciones que pasan desapercibidas a los historiadores profesionales, en especial a causa de la influencia embrutecedora de los modelos explicativos de carácter materialista-estadístico o a causa de la no menos ciega extensión acrítica del determinismo económico o infraestructural, en las versiones liberales o marxistas.

    El Estado, fuente de “legalidad”, quiere dotarse también de “legitimidad”, y por eso interviene en toda la esfera de las relaciones sociales que expresan lo “ético” del consenso social inmanente a la vida. Opera, “avant la lettre”, lo que la deconstrucción teórica ha empezado a ejecutar mucho después en el plano filosófico. De ahí que tenga que suplantar a las autoridades realmente existentes en la sociedad para investirse de ellas, crear un artificial consenso político y presentarse como “legítimo”, siempre bajo el atractivo ropaje moralizante y personalista del humanitarismo, la filantropía, el altruismo, la compasión, la solidaridad y demás “logos”, ya puramente publicitarios o comerciales (Leviatán también es experto en márketing), para consumo de los “hombres rebeldes”, irreductibles a las “irracionales” autoridades sociales, pero mansos como perritos falderos ante la “Autoridad” (es decir, la pura y simple legalidad normativo-positiva) del Estado.

    Así, cuanto más “rebelde” (“refractario a la autoridad ética o social”) es el hombre occidental, más “funcionarial” y “burocratizante” se vuelve su mentalidad, su conducta y su exiguo sistema de valores, más dependiente y servil se torna todo su ser social, y esto no tiene nada que ver con las condiciones económicas defectivas ni con la difusión de ciertas ideologías imaginariamente “progresivas”.

    Casi es un asunto de carácter metafísico, tal vez se diría, visto por un observador desapasionado, que se trata de un éxito póstumo del “sovietismo” en su seminal dilatación en el mundo de la cultura vivida de los pueblos europeos, fenómeno de proporciones incalculables, del que casi nadie parece consciente. Tocqueville intuyó el primero algo de esto en fecha tan temprana como 1840 y lo apuntó bajo el equívoco rótulo de “democracia social” (tendencia irrefrenable a la nivelación de condiciones sociales), a la que casi veía presidiendo el destino del mundo civilizado como una nueva Providencia… o como una nueva Parca.

  2. Creo que el mayor placer de los votantes de Trump es comprobar repetida y constantemente cómo el Jefe no sólo suele ser el primero en desenfundar, sino que, además, no tiene reparo alguno en apretar el gatillo.

    A destacar que todos los que pronosticamos un rápido y drástico final para su mandato metimos la pata hasta el corvejón. Ahí sigue Mr. Flequillo soplando orgullosamente los cañones de sus Colt mientras extiende su mirada en derredor para comprobar que ni uno sólo de sus potenciales enemigos supone una amenaza real para él. Como analistas políticos no valemos ni papa.

  3. Un matiz. Trump no ha perdido “el Congreso”. El Congreso USA tiene dos cámaras, la “Cámara de Representantes”, llamada popularmente como “House” y el Senado. El Partido Republicano ha perdido el control de la House, que se mostró reacia a importantes iniciativas de DT, como la derogación del Obamacare. Pero ha reforzado su papel en el Senado, subiendo de 51 a 53/54 senadores (pendientes del resultado de Arizona, donde al parecer la demócrata ha dejado fuera a la primera aviadora de combate, aunque es dudoso) y de la segunda vuelta en la elección especial de Mississipi, donde un candidato republicano ganó por estrecho margen al Demócrata, sacando el otro republicano más de un 16%.

  4. El problema de fondo a mi modo de ver no es tanto el infantilismo social, sino que las instituciones por la corrupción política, el control social y económico, el clientelismo y la proliferación del derecho a lo ajeno han perdido toda legitimidad, en pocas palabras actualmente estamos ante Estados hamponiles cada vez más ineficientes y abusivos, aunque curiosamente la sociedad infantilizada del bienestar crear que es más libre que nunca.

  5. Me sorprende el enfoque que da a su artículo de de hoy en relación a la actitud y la figura de Trump, Javier. No creo que “la quiebra del principio de autoridad” se ajuste a las bravatas y reacciones de este actor político con la prensa, ni siquiera creo que se ajuste a las actitudes desafiantes e insolentes que ciertos periodistas puedan tener con él. Porque periodistas osados e irreverentes los hay en todo el espectro mediático y con prácticamente todos los presidentes, incluido Obama, cuando en las ruedas de prensa en la Casa Blanca también se rebotaba, les llamaba la atención en público o les hacía callar a discrección, como usted muy bien sabe y ha expresado públicamente en alguna ocasión para evidenciar la doble vara de medir que tienen los medios para señalar solamente las borderías y los cortes de presidentes como Trump. El presidente Macron también estaba en el punto de mira de los medios para señalar su “borde” respuesta a un joven francés que´le tuteó y se dirigió a él como si fuera un colega de su pandilla.
    Y es que no hace falta que sean periodistas, bastán ciudadanos de a pie, cada vez más, los que no tienen inconveniente en mostrar una actitud insolente y poco adecuada cuando se dirigen a una figura de autoridad en el orden que sea. Las razones de esa quiebra del principo de autoridad pueden ser varias:
    1- En relación a las más altas instancias del Estado, hay una relación de causa y efecto, que no puede pasar inadvertida. Si el ejemplo y las formas de esas figuras de autoridad acusan bajeza y deterioro, no puede esperarse ni exigirse a los actores subordinados o sujetos a esa autoridad, que las reacciones a esas actitudes groseras y provocadoras, sean muy elevadas, sino que se producen en consonancia con ellas. El respeto se puede pedir, sí, pero siempre es mejor ganárselo. Es evidente que Trump en las formas es un borde integral y no ha colaborado demasiado para ganarse el “favor” de los medios. Otra cosa es que ellos lo tengan en el punto de mira, magnifiquen lo que dice y no le dejen pasar ni una.

    2- En líneas generales, esa quiebra de la autoridad y esas actitudes cada vez más desairadas con ella son fruto de la crispación social y política que se vive en el circo del parlamento, de la crispación y la tensión permanente que genera el gobierno de turno y sus satélites mediáticos para polarizar la sociedad, manipularla, engañarla y que consigue exaltar sus bajos instintos y hacerles el trabajo sucio. Ocurrió cuando estuvo el PP en el gobierno, que también se sirvió de Podemos para insignificar al PSOE y se reproduce ahora que gobierna el PSOE, con más encanallamiento si cabe, que diría la sibilina Susana Díaz.
    Vaya que, gobiernan los socialistas, pero cualquier marciano que bajase a la tierra y se dejara guiar por lo que informan los medios, pensaría que en España sigue gobernando el PP y que los socialistas están en permanente oposición al gobierno. De hecho, no hace mucho, Podemos, que es un satélite del gobierno, llamaron a manifestarse contra los partidos de la oposición PP y CS, sin demasiado éxito, por cierto. Sin duda, el objetivo de los medios con sesgo de izquierdas va más allá de desacreditar a la oposición, el objetivo es amordazarla y anularla a cualquier precio.

  6. Nos dejamos llevar por las formas lo que nos impide muchas veces atisbar el fondo. Y certero apunte de que lo que le pierde a Trump son las formas, Javier. Pero su encontronazo con Acosta es deliberado. Sabe que refuerza su imagen entre los que le votan. Es un gallo de pelea carente de educación pero muy listo. Solo hay que ver la movida que está organizando en Washington con los resultados de las elecciones ya conocidos.

    Obligó por fin Jeff Sessions a renunciar. Nada que nos sorprenda. Trump no tenía ningún interés en esperar más, Sessions pudo resistir hasta ahora debido a la escasa mayoría que Trump tenía en el Senado. Además, los Demócratas pasarán al ataque en el Congreso haga lo que haga Trump en el Departamento de Justicia (DOJ), así que a Trump le da igual. Con el margen ahora más amplio, quedó con las manos libres para poner el pitbull Whitaker al frente del DOJ con el fin de desclasificar y dar publicidad a todo el enjagüe existente en el Departamento de Justicia, incluida la actuación del FBI.

    Habrá fuertes encontronazos en los próximos días en el movedizo terreno de la lucha política, puesto que Trump ya tiene su plan y sería útil que los medios de comunicación nos esclarecieran sobre las implicaciones de la renuncia de Sessions. El que piense que Trump se va a quedar lamiéndose las heridas por la pérdida del Congreso se llevará una sorpresa cuando vea la sacudida que tiene preparada en el sentido de eliminar las toxinas en el Departamento de Justicia para contrarrestar las amenazas que pesan sobre él de una cascada de investigaciones que pueden llevar a su «impeachment». Muy entretenidas deben ser las próximas semanas.

    Las rotaciones en el Supremo van a seguir. La «clintoniana» Ginsburg, con 85 años y un stent en una arteria coronaria, se rompió tres costillas en una caída y está de baja en su casa. Es poco probable que se mantenga en activo hasta 2020.

    Trump es un lince y está jugando al ajedrez mientras que los demócratas están jugando a las damas. ¿Será casualidad que solo hizo campaña por el Senado y no por el Congreso? Es que los congresistas peleaban por un término de dos años y los senadores por un mandato de seis. Trump se acaba de hacer con el control del Senado para los próximos 4 a 6 años. Con el Senado bajo control, un 6-3 en el Supremo y el paro por debajo del 4%, lleva todas las de ganar en las presidenciales de 2020. Si es que, mientras tanto, no le logran dar el tiro de gracia por alguna pillería que haya hecho.