El cambio climático, recientemente renombrado como emergencia climática, está más de actualidad que nunca. Preocupa, moviliza, indigna, e incluso genera sensaciones de pánico y de alarma. Una reciente película del cineasta Paul Schrader, ‘El reverendo’, mostraba cómo la desesperanza climática puede llevar incluso al suicidio. Y parece evidente que el pesimismo global ya tiñe de negro nuestras expectativas de futuro. Especialmente en Occidente. Hasta el punto de que pedagogos como Gregorio Luri se ven obligados a advertir (por ejemplo, en su más reciente trabajo hasta la fecha, ‘La escuela no es un parque de atracciones’) de las nefastas consecuencias que tiene educar a las nuevas generaciones en una expectativa de mañana apocalíptica, sin un horizonte de esperanza. Y el filósofo católico Fabrice Hadjadj dedica uno de sus capítulos de su libro ‘Puesto que todo está en vías de destrucción’ a esta cuestión: Educar para el fin del mundo, si bien el problema sobrevuela todo el ensayo, que no por casualidad se subtitula ‘Reflexiones sobre el fin de la cultura y de la modernidad’.

Y es que, para Hadjadj, la alarma climática debe insertarse en el corazón mismo de la crisis de la modernidad, y también de la crisis de la posmodernidad, en ese debate sobre la necesidad de reinventar lo humano que marca nuestro tiempo. “Hay en efecto tres formas de aplastar lo humano: ir hacia el ciborg, y en eso consiste el tecnicismo; pretender la vuelta a la naturaleza, y en eso consiste el ecologismo; y predicar la disolución en Dios, y en eso consiste el fundamentalismo. Estas tres maneras de aplastar lo humano son también tres maneras de aplastar la historia (…) En los tres casos hay implícita una misma consideración: la próxima extinción del hombre, la perspectiva de su desaparición” (págs. 110-111). El temor al fin de la vida humana (que tomó cuerpo por primera vez como la amenaza de una guerra nuclear de destrucción total) es sólo la última versión de una certeza apocalíptica. En esa oscuridad total encuentra Hadjadj la vía de acceso para una posible experiencia de revelación, e incluso de salvación. Esa reflexión desborda el objeto de este texto, pero he querido dejar constancia de ella porque frente a la tentación del pesimismo total, o del optimismo voluntarista, Fabrice Hadjadj nos invita a ser capaces de encontrar la luz oculta bajo el manto de la oscuridad, mediante el esfuerzo y afán personal. Como indica la cita bíblica a la que remite su título: “Puesto que todo está en vías de destrucción, mirad qué hombres debéis ser”.

El problema del calentamiento global ya ha trascendido ampliamente los terrenos de la ciencia, o incluso los de la política, para expandirse y acampar en otros territorios, particularmente los de la moral

Son sólo tres muestras de cómo el problema del calentamiento global ya ha trascendido ampliamente los terrenos de la ciencia, o incluso los de la política, para expandirse y acampar en otros territorios, particularmente, como veremos con más claridad más adelante, los de la moral. Es lógico, por tanto, que la oferta editorial sobre esta materia se haya multiplicado en España. Y es seguro que continuará creciendo, si bien, en el futuro inmediato, probablemente deba compartir protagonismo con el peligro vírico, aunque ya en el presente se apunta una línea de reflexión muy discutible, pero exitosa, que conecta ambos fenómenos.

Entre esas publicaciones recientes merece la pena destacar ‘Perdiendo la Tierra. La década en que podríamos haber detenido el cambio climático’, de Nathaniel Rich, un ensayo extraordinariamente documentado, que se apoya en los testimonios de más de noventa protagonistas directos de los hechos que relata, y que se refiere específicamente al periodo comprendido entre los años 1979 y 1989. Una década en la que el debate sobre el clima abandonó el armario de la ciencia, saltó a la plaza pública, y a la escena del debate parlamentario, y, tras conmocionar a la clase política, a punto estuvo de conducir al primer tratado vinculante de reducción de emisiones, en la cumbre internacional de la localidad holandesa de Noordwijk. Abandonaremos, de momento, el debate antropológico para explorar algunos aspectos técnicos, económicos, políticos y medioambientales de la cuestión concreta que nos ocupa.

La cumbre de Noordwijk es la oportunidad perdida a la que remite el subtítulo del trabajo de Nathaniel Rich. La tesis que defiende ‘Perdiendo la Tierra’ es que, si el proceso de reducción de emisiones se hubiera iniciado entonces, hace más de treinta años, por modesto que hubiera sido el compromiso inicialmente alcanzado, hoy no nos veríamos inmersos en una situación de peligro, y de urgencia medioambiental, como la que padecemos.

Este es el argumento principal que el libro defiende y que va articulando a lo largo de un atractivo y poderoso relato que parte de la toma de conciencia del activista Rafe Pomerance, en 1979, tras leer un informe de la agencia medioambiental de EEUU al que, al parecer, nadie salvo él había otorgado relevancia. Lo que ese documento expone ya entonces es que el continuado uso de combustibles fósiles provocará el calentamiento global del planeta y que ese fenómeno entraña peligros graves. El libro es la crónica de los desvelos de Pomerance, de sus éxitos y de sus fracasos.  El éxito principal es la difusión del problema entre el gran público. El fracaso mayor, que nada de lo hecho sirve para lograr la firma de un acuerdo internacional de reducción de emisiones de dióxido de carbono, que era el objetivo final de todo el trabajo realizado por activistas y científicos preocupados.

En esa década de los ochenta, la de la oportunidad perdida, Rich cuenta cómo se estuvo a punto de alcanzar un acuerdo con Jimmy Carter, primero, con Reagan, después, y, finalmente, con George Bush, sin éxito en todos los casos, por unas u otras razones. La decepción mayor llegó al final de la legislatura de George Bush padre, en 1989, en la citada cumbre de Noordwijk. La delegación norteamericana acudía, aparentemente, con el mandato de llegar a un acuerdo vinculante, pero finalmente la decidida intervención del jefe de gabinete del propio George Bush, John Sununu, fue crucial para frustrar la adopción del que hubiera sido el primer acuerdo internacional vinculante.

Pero este relato, presentado aquí de forma extremadamente abreviada, como el lector entenderá, y que en el libro se desarrolla con una amplia profusión de detalles y matices, es sólo una de las lecturas posibles del ensayo de Nathaniel Rich. Es más, podríamos defender la tesis de que en ‘Perdiendo la Tierra’ conviven, como mínimo, dos libros que pugnan entre sí. Incluso tres, si consideramos el capítulo final, Barcos con el suelo de cristal, como una pieza aparte, dado que en realidad es un verdadero cuerpo extraño en relación con el resto de la obra.

El primer libro se correspondería, como hemos explicado, con la crónica de la lucha climática, la defensa de sus bondades y de sus certezas, y el relato de cómo estuvo a punto de alcanzar un éxito que nos habría librado de la desazón que padecemos hoy. El segundo libro, que se entrecruza con el anterior, proporciona los argumentos para entender por qué ese éxito no se produjo, y por qué lo más probable es que no se produzca nunca, al menos en los términos que buscan y defienden como necesarios los activistas climáticos. Este ‘segundo libro’, de naturaleza apócrifa, por supuesto, nace de una lectura crítica del anterior, y, a partir de sus propios argumentos, explica por qué esa ‘oportunidad perdida’ nunca fue, en realidad, una oportunidad efectiva y real.

Este ‘segundo libro’ nos explica, por ejemplo, que desde el mismo principio hubo división entre los científicos respecto de cómo reaccionar frente al problema. Unos pensaban que era demasiado pronto, y otros, que demasiado tarde. En 1984 se hicieron públicos dos informes sobre esta cuestión, uno de la EPA, la Agencia de Energía norteamericana, y otro suscrito por la Academia Nacional de Ciencias que llevaba por título Changing climate. “Al final -explica Rich- los autores de los dos informes apoyaban la misma postura”, en relación con el peligro de las emisiones y del aumento de temperatura derivado de ellas, “si bien la EPA argüía que ya era demasiado tarde para impedir lo peor, y la Academia sugería que era demasiado pronto. Ambos sugerían que la adaptación era la única opción” (pág. 87). Una de las misiones del activismo climático durante esos años ochenta fue, justamente, limar esas dudas y discrepancias hasta lograr que los científicos ofrecieran una posición común, lo que llevó finalmente, en 1988. a la creación del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) dentro de la ONU.

La vía ecologista de retorno a la naturaleza que citaba Hadjadj nos propone volver a la naturaleza en forma de humus muerto que fertilice la vida del resto de las especies, en vez de amenazar su existencia

La segunda razón que explica el fracaso de las iniciativas regulatorias es la incertidumbre económica que rodea su aplicación. Una incertidumbre mayor cuanto más crece la exigencia de reducción de emisiones. El propio libro de Rich permite entender que ésta es la causa principal de la indecisión de los responsables políticos, y de sus más que constantes incumplimientos que tantas veces han convertido los acuerdos en papel mojado. Aunque apunte otros culpables, como el papel intoxicador de las compañías de hidrocarburos, sobre todo en la década de los noventa, o la supuesta actitud ‘negacionista’ del Partido Republicano de Estados Unidos, el propio libro aporta sobrados argumentos para entender que es el vértigo económico el que ha impedido pasar de las palabras a los hechos. Rich recoge unas declaraciones de John Sununu, el jefe de gabinete de Bush, que explican el fracaso de la reunión de Noordwijk, pero que, en gran medida, son aplicables también a otras cumbres posteriores. “En aquel momento todos los líderes del mundo sólo querían aparentar que estaban a favor de las políticas climáticas, pero sin verse obligados a firmar compromisos importantes que conllevaran realizar grandes inversiones. Ese era el sucio secretito de aquel momento”. Y al propio Nathaniel Rich no le queda más remedio que darle la razón: “Sununu estaba en lo cierto: incluso algunas de las naciones que habían abogado más fervientemente por políticas climáticas contundentes, como los Países Bajos, Canadá, Dinamarca o Australia, han incumplido sus propios compromisos”, explica el ensayista en su balance final.

Allam Bromley, otro de los miembros de la delegación norteamericana, se encontró en Noordwijk con una “asombrosa” falta de comprensión del problema, tanto técnica como económica. “Cuando preguntó a los delegados de los países europeos más importantes cómo pensaban estabilizar las emisiones de gases de efecto invernadero, no supieron qué contestarle. ‘¿Quién sabe?’, le respondió uno, ‘al fin y al cabo esto es un pedazo de papel y no te meten en la cárcel por no cumplir lo pactado”, relata Nathaniel Rich en su libro.

De entonces acá se han producido muchos cambios, e incluso se ha esbozado un plan económico, el New Green Deal, que suponen avances con respecto a aquellas incertidumbres, pero que no han logrado despejar del todo la incógnita principal y que frenan, por tanto, la adopción de esas medidas decididas y más profundas que se presentan como urgentes y necesarias.

El pensador conservador británico Roger Scruton, un decidido medioambientalista, recientemente fallecido, explicaba esa contradicción con su claridad habitual: “Toda política de largo alcance requiere de energía para su aplicación. Y si la única energía es la basada en el carbono, ninguna política dirigida a una reducción sustancial de las emisiones de dióxido de carbono puede tener éxito. Sólo el descubrimiento de energía limpia y barata puede resolver el problema, y hasta que se haga ese descubrimiento, todos los tratados serán, en el mejor de los casos, medidas temporales”. Y seguimos sin salir de ahí.

Finalmente, está la apelación a la dimensión moral del conflicto, que es la que marca la última etapa del activismo climático. La última parte del libro de Nathaniel Rich, Perdiendo la Tierra, la resume a la perfección. “Si votamos correctamente, llevamos una dieta vegana y utilizamos la bicicleta para desplazarnos, ¿quedamos dispensados para poder viajar en avión, usar el ordenador, el ascensor, comer fruta fuera de temporada, acumular residuos, hacer uso de la nevera, el wifi, los sistemas de salud actuales, y realizar cualquier actividad propia de nuestra civilización que consideramos normal? ¿Cuál es la medida apropiada? ¿Cómo podemos dar sentido a nuestra propia complicidad en esta pesadilla? Sé que soy cómplice, mis manos están manchadas de petróleo. El infierno es sombrío”. Es difícil retratar con más claridad y transparencia el carácter integrista de esta posición moral: el mismo hecho de vivir convierte al sujeto en culpable. Y no sólo al sujeto particular, sino a toda la especie humana. No debe extrañarnos, por tanto, que proliferen entre nosotros las proclamas de que el ser humano es el verdadero virus del planeta, ni que se extienda la convicción de que somos una amenaza para la vida y que quizás lo mejor que podríamos hacer sería autoextinguirnos. Esta sería la versión radical de la vía ecologista de retorno a la naturaleza que citaba Hadjadj: nos propone volver a la naturaleza en forma de humus muerto que fertilice la vida del resto de las especies, en vez de amenazar su existencia. Una voluntad suicida, una tentación de autodestrucción que ya vimos que como se ha colado en películas como la ya citada de Schrader. No son éstas ideas que tan sólo se escuchen en círculos marginales o excéntricos, sino que forman ya parte de la discusión más cotidiana, lo que, sin duda, es un indicativo muy revelador de la profundidad de la crisis, humana y antropológica, más que sólo ecológica, en la que estamos inmersos. Una crisis sin verdadera salida, además, al menos en sus vertientes ecológica, económica y política, mientras no se den las condiciones que planteaba Scruton.

Lo que está en juego es salvar, al menos, los bártulos de la buena conciencia propia, por la vía de convertirse, cada cual, en implacable fustigador de las villanías ajenas, ya sean éstas ciertas, presuntas o supuestas

Y es que las medidas que proponen los posibilistas, los que lanzan a la sociedad el mensaje constructivo de que, pese a todas nuestras demoras, aún estamos a tiempo de actuar para, al menos, paliar los daños, son, incluso en sus planteamientos ideales más ambiciosos, consideradas muy insuficientes por los activistas más concienciados. Y, además, raramente se cumplen del todo. Esta flagrante contradicción genera inevitablemente una sensación de impotencia de la que ha nacido un personaje como Greta Thunberg, fustigadora de conciencias. Y, por otro lado, alimenta esos ambiguos discursos que plantean que la única salida a la crisis es afrontar un “cambio radical del sistema productivo”, o “un profundo cambio civilizatorio”, sin especificar ni remotamente en qué consistirían el uno o el otro. Los que más concretan hablan siempre de acabar con el capitalismo, siempre dispuesto a cargar con todas las culpas del mundo, pero tampoco explican cómo hacerlo, ni detallan, ni aún por aproximación, la naturaleza de los cambios que sería necesario afrontar. Porque en este terreno, concretar es también alarmar. Y cada paso que se quiera dar, lógicamente, despertaría la oposición de los afectados, que no serían pocos. De ahí que nuestro Gobierno hable de una Transición Ecológica Justa, para calmar temores. Si bien en este terreno es más fácil manejarse con las palabras que con las realidades. Pero también estas ideas indefinidas se han colado ya sólidamente, frívolamente, en nuestra conversación cotidiana.

La última vía de salida, que es la que finalmente propone Rich, parece más un desahogo, o una expresión de impotencia, que una verdadera solución. El la resume así: “Es fácil argumentar que el problema es demasiado vasto y que cada uno de nosotros es demasiado pequeño. Pero hay algo que cada uno de nosotros puede hacer en su hogar y a su propio ritmo. Algo más fácil que reciclar o bajar el termostato de la calefacción, que tiene mucho más valor. Podemos llamar a las amenazas del futuro por su nombre. Podemos llamar villanos a los villanos, héroes a los héroes, víctimas a las víctimas y cómplices a nosotros mismos”. No se ve en qué podría esto beneficiar al planeta, pero parece evidente que, a la postre, lo que está en juego es salvar, al menos, los bártulos de la buena conciencia propia, por la vía de convertirse, cada cual, en implacable fustigador de las villanías ajenas, ya sean éstas ciertas, presuntas o supuestas. ¿Pueden tener éxito estas recetas? Ya vemos que sí, al menos en ese nivel pop de la cultura, en el que lo mismo opinan de la cuestión un activista comprometido, un científico iluminado o un cantante, o actriz, concienciados. Sobre todo, porque el otro camino implica convivir con una incertidumbre dolorosa, y no todo el mundo tiene coraje para bucear entre las tinieblas en busca de la luz.

Foto: Markus Spiske


Por favor, lee esto

Disidentia es un medio totalmente orientado al público, un espacio de libertad de opinión, análisis y debate donde los dogmas no existen, tampoco las imposiciones políticamente correctas. Garantizar esta libertad de pensamiento depende de ti, querido lector. Sólo tú, mediante el pequeño mecenazgo, puedes salvaguardar esa libertad para que en el panorama informativo existan medios nuevos, distintos, disidentes, como Disidentia, que abran el debate y promuevan una agenda de verdadero interés público.

Apoya a Disidentia, haz clic aquí

Artículo anteriorLa batalla del lenguaje
Artículo siguienteAdiós al dinero
Vidal Arranz
Comencé en El Norte de Castilla y allí he retornado, ahora como colaborador, tras haber hecho literalmente de todo en El Mundo de Castilla y León y El Mundo de Valladolid. Con más de 30 años de ejercicio profesional del periodismo a mis espaldas contemplo con perplejidad, no exenta de curiosidad, el mundo que me rodea, que se ha convertido en un desafío intelectual apasionante e inquietante a la vez.

7 COMENTARIOS

  1. Al respecto es muy interesante leer el prólogo de la obra «El siglo maldito» de Geoffrey Parker. Yo entendí que venía a decir que achacar la «culpa» de un cambio en el clima a la actividad humana sería caer en el mecanismo «pecado-expiación» (como se hizo en el siglo XVII). Y que por eso había decidido escribir esa obra.

    En cualquier caso, agradezco leer no solo el artículo, sino los comentarios tan ilustrativos. Es una alegría saber que hay muchas personas con juicio propio y que encima comparten sus conocimientos y análisis.

  2. Que pesados están con lo del cambio climático.

    Antes calentamiento global, luego cambio climático y la última chorrada, EMERGENCIA CLIMÁTICA.

    Cuando en los siglos XI a XIII en Inglaterra se plantaban viñedos, los vikingos acampaban en Groenlandia, (que tiene mucho que ver con greenland- tierra verde) .. nadie lloriqueó co que si el efecto invernadoro y chorradas varias. Y la temperatura subió, vaya si subió.

    Anteriormente también pasó en la época de Julio Cesar.. y tal tal.

    Antes, allá por los 6.000 – 7.000 BC (o antes de Cristo) hizo tal frío que los glaciares en la zona de Bostón tenían un espesor de 2 -3 km y se podía pasar desde el continente a Gran Bretaña, aunque entonces los britanicos fueran escasos.

    Posteriormente a la edad media ha habido otros periodos con subida y bajadas de las temperaturas medias durante varios años sobre los que hay literatura de entonces que lo refleja claramente.

    El mismo James Lovelock lo cmenta en sus libros de hace 30 años, donde descarta el efecto invernadero en el cambio del clima.

    La pregunta, sobre la que el autor de la columna no quiere entrar, es de deonde viene esta histeria acerca de una mentira mas que obvia.

    El enfoque es mas parecido a la histeria milenarista que atacó el lanar de poco antes del años 1.000; sin ninguna base científica, si no sobre la simple base de unos curas que se querian forrar vendiendo reliquias y demás aparetaje salvacional que a algo basado en la ciencia.

    NO HAY BASE CIENTIFICA. Pero ahoara es mucho peor porque nos creemos unos ilustrados y en realidad se mira el CO2 cómo se miraba el hígado de las ocas en la época de los romanos y griegos.

    Sobre esa falsedad se ha vendido un mensaje depresivo. Bien es sabido que muchos que se dicen que se quieren suicidar tienen pánico a hacerlo, y buscan acólitos para hacerlo varios juntos. En Japón quedan varios para suicidarse ahumados en un coche, y hasta tiene un nombrecito.

    Hay una necesidad idiota de que los suicidas lo hagan en grupo, para que si alguien se arripiente no haya posible vuelta atrás. Lo que es motivo de reflexión, que tampoco se hace el autor, es por qué eso se promociona desde el Poder.

    Lo mas terrible s que si a un extraño se le ocurre interrmpir el ritual suicida grupal será gravemente amonestado. Incluso con violencia.

    Cuando si de verdad estuvieran tan convencidos debería de darles igual.

    Total que diferencia hay entesuidarse hoy o dentro de tres días.

    Lo que lleva a pensar que ciertas cosas, y mas cuando hay tanatas metiras detrás, no ocurren por casualidad. Uno encontrará mucho mas fácil a una muchedumbre de fanáticos alrededor de una mentira que de una verdad.

    La verdad se sostiene por si misma.

    La mentira necesita de mucho opio.

    Un cordial saludo

  3. Esta podría ser otra manera más positiva de ver el supuesto calentamiento global.

    Vamos, que hace cien años hacía más calor que ahora, nos lo cuenta Gabriel y Galán.

    «Que se queman los lugares,
    los azules olivares,
    los dormidos encinares
    y las viñas, y las mieses, y los huertos,
    bajo el hálito encendido
    que desciende desprendido
    como plomo derretido
    de este sol abrasador de los desiertos.
    Se han dormido las riberas,
    y las gentes de las eras,
    y las moscas volanderas,
    y los flacos aguiluchos cazadores;
    se han dormido en la hondonada
    la pacífica yeguada,
    la doméstica boyada,
    los mastines, el rebaño y los pastores.
    En los rígidos pimpollos
    de alcornoques y trepollos
    se recogen con sus pollos
    angustiados pajaruchos montesinos,
    y en los céspedes dormitan,
    y jadean y palpitan,
    se sotierran y crepitan
    anillados gusarapos mortecinos.
    Fuego radian los jarales,
    y los grises pizarrales,
    y los blancos pedernales,
    y los líquenes de oro de los canchos;
    se platean los rastrojos,
    se requeman los matojos,
    se retuercen los abrojos,
    y se azulan los aceros de sus ganchos.
    ¡Todo ha muerto en la comarca!
    Hierve el agua de la charca
    que el ijar del tono enarca
    y acentúa de la alondra las congojas;
    vibra el aire en la colina,
    zumba el tábano en la encina
    e hipnotizan la retina
    las metálicas quietudes de sus hojas.
    Yo los párpados entorno
    bajo el peso del bochorno
    viendo a medias en el horno
    de la tierra la agonía del paisaje,
    y me sueño con las frondas,
    con los ríos de aguas hondas,
    con las márgenes redondas
    de los lagos circuidos de follaje…
    La extensión indefinida
    de la tierra empedernida
    pierde el tono de la vida
    que en el seno solo vive de la idea…
    Es el sueño de un despierto,
    es la calma del desierto,
    es un vivo mundo muerto…
    ¡Es la ardiente Extremadura que sestea!…
    Y la aduermen esta nota
    monorrítmica que brota
    de mi pobre lira rota,
    que la reza bajo el palio de la parra,
    y el unísono rasgueo,
    y el isócrono goteo,
    el perenne martilleo
    del monótono cantar de la chicharra.

    – II –

    Vete lejos, linda Andrea,
    que el bochorno me marea,
    me emborracha, me caldea,
    me pervierte los sentidos perezosos…
    Vete lejos, criatura,
    ue en tus labios hay frescura
    y en mi sangre calentura,
    y en mi mente sueños árabes borrosos…
    Muchachuela: no son esos,
    no son risas, no son besos,
    son más graves embelesos
    los que encantan mis ardientes melodías…,
    sonsonetes de chicharra,
    sombra fresca de la parra,
    agua fría de la jarra,
    dulce holganza y uniformes canturías…
    Hondamente enervadoras,
    blandamente abrumadoras
    las quietudes de estas horas
    se recuestan en el lecho de mi mente,
    y el espíritu abatido
    que las vive adormecido
    va rumiando su sentido
    gravemente, suavemente, lentamente…
    ¡Qué flojera, qué flojera!
    ¡Qué pesada soñarrera!
    ¡Qué enervante borrachera
    de pereza los sentidos narcotiza!
    ¡Qué modorra, qué modorra!…
    ¡Qué penumbra de mazmorra…
    los contornos casi borra
    del premioso pensamiento que agoniza!…
    ¡Vete y vuelve, muchachuela,
    que me dejas una estela
    de frescura que consuela
    cuando pasas, cuando pasas a mi lado!
    ¡Trae la jarra, trae la jarra!
    ¡Qué se calle la chicharra!
    ¡Qué las hojas de la parra
    mueva el hálito del céfiro encalmado!
    ¡Pero no, que el fuego es vida;
    y bajo esta derretida
    lumbre roja desprendida
    de ese sol abrasador de los desiertos,
    vida incuban los lugares,
    sus azules olivares,
    sus dormidos encinares,
    y sus viñas y sus mieses y sus huertos!
    Y entre tanto, lira mía,
    tú con bárbara armonía
    de chicharra, dile al día
    los contrastes que me brinda la fortuna;
    de mañana, brisa y parra;
    en la siesta, la chicharra,
    y a la noche, la guitarra,
    las muchachas, los ensueños y la luna…»

    Como para refrigerar el mundo, hay que ser bobo.

  4. El primer problema global del que yo tuve noticia siendo un niño, casi siempre estas noticias te llegan por algún enteradillo aficionado a la lectura, fue la de la superpoblación de la tierra. A pesar de mi corta edad aquello no me pilló desprevenido, aquel problema ya lo había experimentado por mi mismo perteneciendo a una familia numerosa en la que al menos sobraban cuatro, o eso pensé yo durante un breve periodo de tiempo. Mis cuatro hermanos pequeños eran del todo innecesarios.

    Cuando mi primito el erudito vino con la cantilena de hijo único yo ya había superado la fase de exterminador familiar y le dije que ese problema se resolvía de una manera bastante fácil, puedes contribuir en este mismo instante a solucionarlo, puedes elegir entre quitarte la vida con la escopeta de caza de tu padre, tirarte por la ventana o algún método más elegante y menos sangriento. Desde entonces no me ha vuelto a hablar del tema, aunque siempre considera mis opiniones.

    Yo me he dado cuenta que los agoreros siempre son los mismos, pero que cambian el tema en función de la época. Lo que nunca ha sido tan persistente como ahora es el martilleo mediático, los periodistas actuales en lugar de buscar la noticia, se aferran a un tema hasta volverse tontos del todo, aún no he leído ni una sola noticia de verdad desde la moción de censura, ni una, y mira que hay noticias que están gritando por salir del cajón.

    A mi me gustaría conocer dónde está la oficina que reparte las noticias por las agencias y periódicos del mundo, eso sí que sería una buena noticia.

    Los científicos me van a tener que perdonar, pero cuando uno tiene una determinada edad y recuerda el clima desde que nació esto del cambio climático es una solemne gilipollez. La nubes siguen teniendo los mismos colores al atardecer y estos nos dicen el tiempo que hará al día siguiente, siempre llueve en mi cumpleaños, no falla, en verdad paso menos calor que de niño, ya no salgo con la bicicleta después de comer en el mes de julio.

    Aprovecho la ocasión para recomendar un remedio casi espiritual para el cambio climático. Yo lo descubrí en mi juventud cuando me gustaba ponerme al sol a más de cuarenta grados.

    El método consiste en buscar un lugar soleado cuando el sol pega con más fuerza, a ser posible una terraza con baldosas recalentadas y donde no corra brisa alguna de aire. Extenderemos una toalla en el suelo para que el calor nos penetre por la espalda y nos tumbaremos al sol protegidos por una buena crema solar, cuando el sudor nos corra por todas las partes de cuerpo y las gotas hagan de cubito de hielo nos dejaremos envolver por el ambiente y escucharemos esto.

    https://youtu.be/gDpqFjHvCnw

  5. No es necesario, ni mucho menos conveniente adentrarse en ningún laberinto a propósito del clima. Si se analiza la mayoría de los discursos que tratan de meter miedo a la gente a cuenta de predicciones poco justificadas científicamente, lo que aparece son los síntomas de la estupidez y la decadencia.

    Lo que algunas ciencias van demostrando poco a poco es que el clima ha cambiado muchas veces y que la actividad humana tiene una influencia irrisoria en esos cambios. Entre otras cosas, porque en el momento de algunos cambios los humanos no existían y en otros existían pero con escasas capacidades tecnológicas y contaminantes.

    Lo propio del cilma es cambiar y como no se conocen todos los factores que inciden en los cambios y estamos en periodo de civilización autodestuctivo se le echa la culpa al heteropatriarcado y santas pascuas. Algunos hacen negocios y los políticos aprietan el dogal sobre la gente. Véase la agenda 2030 que es el proyecto totalitario globalista.

    No se metan en laberintos, usen el atajo del sentido común. Si hay un aumento de las temperaturas habrá efectos beneficiosos en unas zoas y perjudiales en otras. Trabajen en eso, en aprovechar lo aprovechable y en paliar los perjucios.

    Por cierto, los periodistas tienen mucha culpa en la forma de desinformar sobre el clima. Un ejemplo de hoy para meter miedo, como siempre: https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2020-06-19/vikingos-pieda-rok-runas-cambio-climatico-suecia_2646416/

  6. Leo en el diario El País una entrevista con el epidemiólogo Pedro Alonso, diciendo algo que cualquier científico sensato y que sabe qué es la ciencia tiene muy claro: «En ciencia todo pronóstico está llamado a ser erróneo y hay que ser muy prudente.»

    ¿Por que la cuestión del clima se ha vuelto tan imprudente?

  7. Las observaciones sobre el incremento de la temperatura media global, son ciertas. Pero de estas observaciones a las predicciones a medio y largo plazo (¡cien años!), hay un salto que solo puede ser considerado en el campo de las hipótesis, conjeturas, o con más propiedad, el territorio de los saberes oraculares. El aparataje matemático de las modelizaciones, abruma a los que desconocen qué es un modelo, cómo se alimenta y cómo funciona. Los que asumen que estas modelizaciones están dotadas de CERTEZA CIENTÍFICA, se azoran en el “laberinto climático”, y su apocalíptica, aprisionándose en un debate que sitúa a la política en fuga de la realidad. Algo que gusta al decadente político occidental de hoy, así como a los ejércitos de burócratas, inventores de “nuevas realidades” en las que fundamentar una legitimidad perdida. Un debate cientificista, tintado por la política, en el que se entrecruzan intereses, locos y visionarios de todo tipo.

    De cualquier modo, si los gases invernadero se consideran una amenaza potencial, el hombre de hoy tiene en sus manos una tecnología capaz de producir energía abundante y barata; la energía nuclear. Una tecnología mucho más segura de lo que el activismo en su contra predica, puesto que el número de muertos por teravatio producido desde que se utiliza, es muy inferior al del carbón, el petróleo o la energía hidráulica. Y desde luego muy inferior a la escabechina del sistema público de salud de España. El confinamiento seguro de residuos nucleares no es ningún problema al ser su volumen ridículo y gestionable. Un ecologista radical, James Lovelock, ha explicado esto con detalle en su libro “La venganza de la tierra”.

    No le quepa duda a nadie, que con una energía abundante y barata, el hombre se adaptaría con facilidad a un entorno más caliente, o más frío que el actual. El resto son pensamientos de mickey mouse, los propios de una cultura (la occidental) en franco declive. ¿A qué cuento viene toda esa literatura del pesimismo? El que se quiera suicidar que lo haga ya, y nos deje al resto vivir con alegría.