En los tiempos que corren y conforme se van presentando los acontecimientos a diario no hay que cansarse de repetir que 1984 no es un manual de instrucciones, sino una preclara guía, adelantada a su tiempo, de los peligros que el supone el engorde sin fin del Estado. George Orwell es, sin duda alguna, un visionario que plasmó como nadie la terrorífica meta a la que llegaremos si esta siniestra carrera no se detiene en algún momento. Ya lo hemos glosado en estas líneas y, como se prevé, lo seguiremos glosando.

Una de las aportaciones del escritor británico nacido en lo que hoy es la India es lo que dio en llamar neolengua, concepto que define cómo han de ser las palabras para que la masa de ciudadanos pueda ser más fácilmente sometida por el Partido. En nuestra realidad cotidiana violencia de género, neoliberalismo y muchas otras locuciones y palabras forman parte ya del acervo habitual en tertulias y periódicos. También los hemos incluido en algunas ocasiones en esta tribuna, cuando hablábamos, hace un par de entradas, de los intentos de perversión por parte de la política tradicional del derecho de manifestación que asiste a cualquiera de nosotros.

Como cabe imaginar, no es esta la única parcela en la que los enemigos de la Libertad han impuesto el sistema de pensamiento mediante la imposición del lenguaje utilizado para pensar. De hecho, muchos de los debates cruciales han sido eliminados del lugar que les corresponde, siendo hurtado hasta el nombre del propio lugar en el que hay que debatir. Mientras que la prensa, la clase política y muchos ciudadanos se enfangan en el lodazal del eje izquierda-derecha, no debemos olvidar que el campo de juego real es el eje Libertad-totalitarismo o si lo prefieren individuo-colectivo. Aquí es donde sí existe la batalla de las ideas. La otra, la que nos aplican constantemente, no es más que la lucha de poder entre los gallos del gallinero por ver quien acaba por aparearse con las gallinas, solo que estas gallinas encima ponen la cama y tragan con lo que venga.

Ha llegado el momento de empezar a preguntarnos si queremos seguir reclamando al gobierno que ejerza como protector y vele por muchos de derechos de forma generalizada o comience a retirarse de nuestras vidas

Con el pensamiento colectivizado o estatalizado, difícilmente puede llevarse el debate a los términos en los que es productivo. Eso de pensar fuera de la caja, que está tan de moda en los negocios, hay que aplicarlo al debate político y social. Si es cierto que las conexiones neuronales se refuerzan cada vez que les damos uso, de forma que tendemos a pensar de la misma manera, también lo es que de este hecho se aprovechan los totalitarios para introducir un lenguaje vacío y carente de significado mediante la repetición. Nada desconocido. Acompañar del apellido social a cualquier palabra, como justicia o seguridad, es uno de los más extendidos, pero no es ni la única forma, ni la única adenda con la que machacan teclas, plumas y encuestas del CIS.

Aunque no lo crean, por lo burdo de la mayoría de ataques a la comunicación, muchas de estas tretas llevan años instaladas entre nosotros de manera mucho más sutil. Filósofos y pensadores de talla mundial caen en la trampa de entrar al debate en los términos equivocados. Cierto es que no hay que dejar un ápice de terreno sin disputar a quien niega el individualismo y la Libertad como origen de la convivencia pacífica, pero a menudo nos vemos atrapados en un debate estúpido por no plantearlo en los términos adecuados. Así se han planteado debates entre diferentes soberanías o nacionalidades en nuestro país, con funestas consecuencias en términos de fractura en la sociedad y en la convivencia, también trasciende la cuestión a nivel mundial, donde hay quien defiende estamentos soberanos supranacionales o mundiales y hay quien los repudia. En realidad, poco importa qué soberanía o nación es superior a la otra en términos morales, territoriales o económicos. La cuestión es cuanto respetan estas organizaciones a la última soberanía, que es la del individuo.

Asistimos a airadas disputas contraponiendo el derecho a la libre circulación de los individuos con la defensa y la seguridad de los territorios, querellas que en realidad no tendrían lugar si quien debe prestar el servicio de seguridad lo hiciera convenientemente. Olvidamos lo que a esto afecta el mantenimiento de un Estado benefactor que ha de cuidar a todos los que viven a su amparo, exprimiendo a la mayoría para ello y dejamos de lado que nuestras organizaciones estatalistas hablan de una propiedad pública que es el paradigma del oxímoron. Si sentamos unas bases correctamente podremos sacar algo en limpio, de lo contrario andaremos a la greña, apoyando a quien dice que arrimará el ascua a nuestra sardina, cuando es bien sabido que solo lo hará a la suya.

En este orden de cosas es muy probable que haya llegado el momento de empezar a preguntarnos si queremos seguir reclamando al gobierno que ejerza como protector y vele por muchos de derechos de forma generalizada o comience a retirarse de nuestras vidas. Es momento de decidir si queremos un gobierno que case y bautice, que colabore con nuestras viviendas, que regule el mercado de trabajo o el energético y sancione los derechos específicos de cada minoría o si por el contrario reclamamos para la sociedad civil aquellas competencias que siempre fueron suyas.

Planteo esta cuestión ahora, cuando el gobierno español, como hizo en su momento el anterior gobierno socialista en la crisis que se iniciaba en el 2008, ya se ha apresurado a decir que la debacle económica no va a ser tan importante y que estamos en franca recuperación. En su momento lo llamaron brotes verdes. Hoy repiten el esquema, lo que nos da a entender que vamos camino de una larga y profunda travesía por el desierto del decrecimiento. La mejor forma iniciar el alivio del trance es, sin duda, desarrollar los planteamientos en donde está demostrado que las cosas funcionan para quitar al Estado competencias que nunca debió arrogarse. La prosperidad, no hay más que ver los países más prósperos en el mundo, va de la mano de la Libertad. No podemos dejar que nos pillen con el pie cambiado. Se trata de pensar las cosas fuera del esquema destructivo del colectivismo totalitario. Frente a un Estado quebrado podemos transitar hacia mayores cotas de Libertad Individual.

Piensen que si difícilmente quedan recursos para mantener el monstruo de mil cabezas devoradoras de riqueza que es el Estado del Bienestar, solo queda la opresión por la fuerza. Mientras esto se produce aún tenemos cierto margen para plantear las ideas en el sentido que a los que defendemos la Libertad nos interesa y librarnos de una maldita vez de esta maraña de inmunda burocracia. Para ello no solo hay que dar la batalla de las ideas, antes hay que dar la batalla del lenguaje.

Foto: Raphael Schaller


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8 COMENTARIOS

  1. Estaba yo pensando que a pesar de haber leído hace muchos años «1984» en realidad sabía poco de Orwell, tan citado en estos últimos tiempos. Como digo se poco del autor, solo el recuerdo de la lectura de su obra. Tanto «1984» como «Un mundo feliz» no me conmovieron en exceso, quizás porque el mundo ya lo veía así, no lo sé.

    Como he pensado que quizás mi crítica a las referencias citadas y a las propias obras sería demasiado atrevido por mi parte se me ha ocurrido preguntarle a internet que pensaría Orwell de Henry Miller, y para mi sorpresa he obtenido resultado.

    Una joya de Orwell que merece la pena leer para comprender cómo hemos llegado hasta aquí.

    http://millerhenry.blogspot.com/2012/03/orwell-engulle-miller.html?m=1

    Al final del artículo está el enlace con el original en inglés. (El español tiene algunos/bastantes defectos de traducción)

    Más de uno se va a llevar una sorpresa. Sobre todo si es de izquierdas.

  2. Hay un factor muy a tener en cuenta en estos endiablados procesos que es el factor de la psicopatía. Los psicópatas han tomado el poder en empresas e instituciones. Hay muchos haciendo de Hitler y de Estalin en todos los despachos.

  3. Buen tema y escelente el comentario de Tamuda.

    El problema es que estas cosas al final cómo se solucionan es con una buena guerra, y a cruzar los dedos para que ganen los buenos. Y podamos sobrevir.

    Los nazis se debían de creer tan estupendos y chupiguay como toda esta burrocracia de ahora.. Hitler en el fondo fue la excusa para el nazismo, el nazismo habría sido posible sin Hitler, de tanto cómo muchos ahí se creían la patraña de la raza superior porque les legitimaba para robar, saquear, violar… envolviéndolo todo en bonito paquete con un bonito uniforme y mucha coreografía.

    Ahora estamos en un nazismo pero en feista. Vista la comparación entre la comparación de la muchachada de entonces con la de ahora. Además mucho menos instruido, viven de lo que copian por ahí y de lo de antes, pero no tienen ni puta idea de nada.

    Tan es así que la crisis actual se deriva básicamente de ese principio de Peter hecho carne que vemos continuamente en la tv cada vez que hay una rueda de prensa o telediario. Y no me refiero sólo al Peter capo, es que hay Peters a manta. Vas por el monte, levantas una piedra y te encuentras un Peter disfrazdo (por ejemplo) de agente forestal.

    Obviamente por ahora les ha ido bien. En ese cuanto peor mejor les va de put* madre.

    Pero antes o después los hechos son testarudos y no se puede luchar contra ellos.

    Por mucha valkiria y nibelungos en vena, por mucha raza superior y armas secretas.. al final perdieron la guerra porque en su delirio no supieron valorar la realidad.

    El problema ahora es que no es algo local.

    Pero que seamos el pais con mayor cantidad de muertos por millón de habitantes nos da la medida de que siendo algo global los de aquí son los mas cretinos de todos.

    Crucemos los dedos para que gane Trump. Si no es posible que puestos a aplicar neolenguas y burocracias teológicas acabemos con la que mas experiencia tiene en ésto desde el año 622.

    Un cordial saludo

  4. La neolengua es el consenso, aquello que está prohibido poner en duda, incluso hablar, bajo pena de ostracismo o persecución. Y el Estado, un aparato artificial, una forma histórica de la política como tantas otras, es una de esas prohibiciones que el hombre progresista de nuestra época, es decir casi todos, no se atreve a poner en cuestión. Le parece algo imprescindible y eterno, cuando solamente es un artefacto histórico. El Estado se ha divinizado, “un dios mortal”, decía su pensador más importante. Al hombre de hoy le parece inconcebible organizar la convivencia sin ese dios mortal, probablemente porque ha terminado asimilando confusamente que Gobierno es lo mismo que Estado, aceptando que la necesidad de Gobierno es la necesidad de Estado.

    El consenso político de hoy que se expresa en la neolengua, es una dictadura impuesta desde arriba, y aquí el Estado es un aparato muy activo en la publicidad y generación de ocurrencias. No tiene nada que ver con el consenso social que nace de la propia convivencia y que se va generando y actualizando históricamente, dando lugar a una noción de Mundo compartida por una comunidad cultural. El consenso social son costumbres, hábitos, virtudes, estética, cortesía, rituales, sentido de lo justo, etc. Todo lo que una comunidad considera que es lo deseable de su círculo cultural y que constituye el armazón de la convivencia.

    Pero el consenso político pretende sustituir al consenso social, revolucionando la sociedad. El Estado, un aparato revolucionario, es el instrumento del consenso político. Las novedades estúpidas, las ocurrencias absurdas, los planes más descabellados, surgen de las burocracias internacionales y de las de los Estados nacionales. Las burocracias se convierten en pensantes y en tanto que sujetos abstractos, tienden a la abstracción racionalista, que es su propio fundamento organizativo, produciendo sin cesar un torrente de disparates adornados de neolengua, una retórica fuera del principio de realidad.

    No es que los burócratas y funcionarios sean seres extraterrestres, pero en tanto que sujetos organizados en una estructura artificial, tienden colectivamente a producir un pensar artificioso. ¿Por qué todas las burocracias del mundo profesan la dogmática progresista? ¿Hay algo más progresista que el Estado en España? Hasta en el corazón del Estado, es decir Hacienda, un observador se queda desconcertado de ver tanto progresismo en la imagen y actitudes de sus servidores.

    El consenso político con el formidable instrumento de propaganda y estructuras de todo género que es el Estado, ha ido creando una dogmática progresista con su neolengua cada día más cursi. Igualitarismo, ecologismo, democracia panacea, sistemas públicos de salud y de instrucción, tutelas múltiples frente a las venalidades del mercado, sistemas de previsión, de ahorro, salud, deporte, sexualidad, cultura, moral y buenas costumbres, redención de todo tipo de víctimas, revisión de la Historia, etc. ¿Le queda algo por entrometerse? Seguro que sí, cuando las máquinas se ponen a pensar, no son individuos que piensan, sino máquinas. De ahí su abstracción e incapacidad de prever a dónde pueden llegar.

    A ver quién se atreve a ir contra estas máquinas pensantes, sin atenerse a graves perturbaciones y perjuicios, pues el consenso, que no es una actitud individual reflexionada, estigmatiza al disidente. Quién se atreve a decir que los hombres no somos iguales, o cualquier otra cosa contra la dogmática del credo progresista.

    La problemática generada por el Estado se ha agravado al configurarse como Estado-Iglesia tras la desaparición de la Iglesia, que antes detentaba la autoridad moral. Hoy el Estado pretende ser no ya el origen de todo Orden posible, sino la fuente de la moral y de la virtud. Una especie de islam retardado en catorce siglos, al que los mahometanos llegaron por vía teológica y nosotros por vía racionalista.

      • Sí señor.
        El colofón a tanta barbarie institucionalizada lo van preparando con la agenda 2030. Da baste miedo.

    • Comparto al 100 por 100. El problema también es el servilismo de una sociedad lanar y acomodaticia. Llena de tontos, que colaboran voluntariamente poniéndose la soga al cuello. Pero como ya se ha dicho: en España lo más progre es la Administración, incluyendo la del PP. Luego, no sé porque se preguntan los motivos de qué la neoizquierda progre gane en los medios, en las tertulias, en las redes sociales y en las urnas. Pero (también se ha dicho) esto es mundial, porque viene de EEUU. Por tanto, de comunismo nada. Esto es turbocapitalismo del caos: ordo ab chaos. No busquemos más. Sigue la pista del dinero.

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