… y, desde luego, en absoluto inmoral.

La libertad no nos hace libres de la responsabilidad. Al contrario. Esto significa, entre otras cosas, que debemos actuar según los principios éticos a los que cada uno de nosotros nos asignamos independientemente de que exista una instancia estatal (o divina) que vigile el cumplimiento de ciertas normas bajo amenaza de castigo.

Afortunadamente, hay una gran variedad de ideas compartidas sobre lo que es correcto e incorrecto, el bien y el mal; ideas compartidas basadas en la condición y el desarrollo humanos descritos por Immanuel Kant en su imperativo categórico o Adam Smith en su predisposición natural a la empatía y elevada por Thomas Hobbes a la categoría de la más importante de las virtudes intelectuales del ser humano. Hablamos de la idea según la cual es preferible encontrarse con otros desde la benevolencia, porque si uno no lo hace, entonces podría suceder que aquellos otros tampoco lo hagan con nosotros.

A lo largo de nuestra evolución, conformando sistemas sociales cada vez más complejos, más dinámicos, han ido surgiendo emergencias (de “emerger”) que representaban en mejor medida los procesos de adaptación evolutiva que habían ido sirviendo para unir y coordinar a los miembros de un grupo cooperativo y para diferenciarlos y separarlos de individuos de otros grupos contra los cuales pueden o deben competir (selección de grupo en evolución multinivel): no se daña y se ayuda a los miembros de la comunidad (familia, tribu, clan, nación). Una de esas emergencias es la moral en la que basamos nuestro orden social.

Quien ha perdido la oportunidad de desarrollar su propia libertad odia la libertad de otros

El ideal del liberalismo es un orden social organizado de acuerdo con aquellos principios que permiten a las personas de diferentes credos y creencias vivir juntas en libertad y paz, y cooperar de maneras mutuamente beneficiosas. Nadie puede pretender que su credo, su religión o sus convicciones filosóficas o éticas constituyen la base “ideológica” del orden social o deben ser privilegiadas por la ley. Tal y como apunta certeramente Friedrich A. von Hayek en su “Die verhängnisvolle Anmaßung” (La fatal arrogancia, en español) :

“Nuestra dificultad actual es en parte que debemos adaptar constantemente nuestras vidas, nuestros pensamientos y nuestras emociones para poder vivir en diferentes órdenes y diferentes reglas al mismo tiempo. Si quisiéramos aplicar las reglas del microcosmos (es decir, las reglas de la pequeña horda o grupo, o nuestras familias, por ejemplo) al macrocosmos (civilización en general), como nuestros instintos y sentimientos a menudo desean, lo destruiríamos. A la inversa, si aplicáramos las reglas de la orden extendida a nuestros grupos más pequeños, los destruiríamos también”.

¿Es el libre mercado una institución moral? Friedrich August von Hayek respondió a la pregunta con un argumento teórico-evolutivo: para él, el mercado era la expresión de una moralidad que trascendía los instintos humanos originales. A lo largo de la historia, han prevalecido las sociedades que superaron las reglas de comportamiento apropiadas para un grupo pequeño y permitieron sistemas de coexistencia incomparablemente más complejos, eficientes y más grandes. Lograron hacerlo a través de conceptos morales que no estaban orientados a objetivos concretos, que todos reconocían como vinculantes, pero estaban relacionados con la observancia de reglas abstractas bajo las cuales cada persona podía perseguir sus objetivos individuales.

La libertad, según Hayek, se desarrolla solo bajo el imperio de la ley, requiere un “estado de derecho” que garantice instituciones como la propiedad privada y la libertad contractual. En este sentido, la economía de mercado es un logro de la civilización que permite a las personas utilizar el conocimiento disperso e inconsciente para beneficio mutuo dentro de un orden espontáneo mediante la libre fijación de precios. Solo en algunos sectores privados, como la familia, la moralidad del pequeño grupo sigue siendo válida, por lo que las personas en diferentes esferas de la vida tienen que lidiar con los dos órdenes morales, los del pequeño grupo y los de la Gran Sociedad. Hayek siempre enfatizó que la libertad es el requisito previo de la moralidad, porque solo cuando las acciones de los hombres se basan en la libertad de elegir entre diferentes objetivos, son moralmente valiosos. Quién está obligado a actuar, y actúa sólo por esa obligación externa, muestra un comportamiento moralmente inútil.

Las políticas del “bienestar obligatorio, universal y gratuito” crean en nosotros el estado mental y moral contra el que deberían rebelarse todos aquellos que se dicen “ilustrados”: aceptamos el igualitarismo colectivista y la omnipresente vigilancia del estado (y entre nosotros, ávidos denunciantes) en lugar de libertad y responsabilidad individuales. Una red de pequeñ­as, pero muy precisas reglas, se extiende sobre la existencia de cada uno de nosotros haciéndonos dependientes, incluso en los más íntimos asuntos, de la burocracia estatal. El amaestrado “ciudadano social” ya no defiende los valores de la cultura occidental (la competitividad y diversidad), se limita al ejercicio egoísta de asegurarse el trozo más grande del pastel social. Bajeza …moral donde las haya.

En nuestra tradición filosófica encontramos una inconfundible tendencia: nos gusta más Platón con su estado utópico que Aristóteles. Probablemente nuestra historia, impregnada más de teología que de filosofía, cuajada de sinsabores y derrotas en los últimos siglos (perder un Imperio deja huella) nos ha conducido a una patológica falta de confianza en nosotros mismos. Ello, añadido a la sempiterna envidia social, nos hace víctimas propiciatorias ideales para el socialismo.

Es por eso que preferimos la distribución equitativa de la pobreza a la desigual distribución de la prosperidad. La libertad y prosperidad de otros sólo despierta frustración. Quien ha perdido la oportunidad de desarrollar su propia libertad odia la libertad de otros. Pero esta frustración la disfrazamos de Estado de bienestar paternalista, que lleva a cabo la redistribución forzada de la justicia social y al que permitimos dictar las normas morales también en esos ámbitos que no le incumben. El Estado de bienestar priva a los ciudadanos de sus libertades con el fin de hacerlos mejores personas y protegerlos de sí mismos. Perverso.

La miseria histórica del liberalismo político en España, dividido en el afán de cada una de sus fracciones por imponer su particular visión de ciertos asuntos morales, es una  de las razones por las que nunca ha sido posible un verdadero anclaje en nuestra vida política de los principios e ideario de los liberales clásicos – en el sentido de Montesquieu, Tocqueville, David Hume, Benjamin Constant, Thomas Jefferson, Lord Acton, Adam Ferguson, Adam Smith, John Locke, Edmund Burke, John Stuart Mill, Ludwig von Mises, Friedrich A. von Hayek, Ludwig Erhard, James M. Buchanan y Murray N. Rothbard.

El liberalismo es una filosofía moral y política que se basa en la libertad como no violencia, agresión o coacción. No obliga a ayudar a nadie; es individualista y universalista, no distingue entre grupos ni exige lealtad ni obediencia a ninguna autoridad; no se ocupa de temas relacionados con la pureza o la divinidad. Por eso resulta extraño e incluso inaceptable para la mayoría de las personas con fuertes instintos tribales, que creen que ayudar es un deber ineludible, o que sienten fuerte asco o indignación ante violaciones de ciertas normas relacionadas con temas sagrados.

En una sociedad liberal, todo tipo de experiencia social o política es posible. El liberalismo apuesta por la libre competencia entre ideas y modelos políticos y sociales. Debo añadir: el mercado libre fija estrechos límites a quienes usurpan o distorsionan o abusan del poder, porque en él solamente son posibles transacciones voluntarias. Por lo tanto, todo aquel que intente imponer sus ideas sociales, religiosas, nacionalistas y ecológicas es enemigo de la libertad.

El liberalismo no es inmoral, ni invita a la inmoralidad. Desconfíe SIEMPRE de aquellos cuyo objetivo final sea el control del Estado, ya que con sus medios de represión y legislación puede someter a todos y forzar a optar por sus ideas y sus principios morales (los tribales, los particulares de los que nos habla Hayek). Liberales y no-liberales convivimos en una relación asimétrica: mientras que el no-liberal podría vivir según sus ideas en una sociedad liberal, el liberal no puede sentirse nunca libre en una sociedad de diseño colectivista en la que se imponga una moral particular.

PS.: Sirva este texto de comentario al artículo publicado en esta revista por Alexei Leitzie el pasado 27 de febrero en el que reflexionaba sobre la libertad, la conciencia y el mercado. Gracias Alexei por la inspiración.

Foto: Mohamed Nohassi


DISIDENTIA es un medio totalmente orientado al público, un espacio de libertad de opinión, análisis y debate donde los dogmas no existen, tampoco las imposiciones políticas. Garantizar que esta libertad de pensamiento pueda existir sin muros de pago depende de usted, querido lectorMuchas gracias.

Apadrina a Disidentia, haz clic aquí

12 COMENTARIOS

  1. Lo mejor de la tradición liberal de pensamiento es la convicción de que el poder debe ser limitado, puesto que nadie posee la omnisciencia ni la poseerá jamás. El liberalismo no es una teoría como las de las ciencias naturales, sino una doctrina práctica, de moral práctica, resultante de tradiciones puramente europeas. Trátase de una actitud que descansa en una tradición de la conducta a la que se debe la posibilidad de dialogar con el adversario, que deja de ser considerado como enemigo a eliminar.

    Ser liberal es precisamente, estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios. El liberalismo es pues una conducta y, por lo tanto es mucho más que una política. Y esa tradición política sabe por experiencia histórica que el Gobierno ha de ser limitado, pues aunque sea un mal necesario, es un peligro constante, ya que en lugar de amparar las libertades puede acabar con ellas.

    El auténtico pensamiento político liberal es consciente de que el momento del poder o de la fuerza es ineliminable de la sociedad humana. Las quimeras sobre el no-poder, no son más que quimeras destructivas.

    El liberalismo es una idea motriz que no busca la dominación de hombres y la aniquilación del enemigo político, al que considera simplemente adversario con el que tiene que llegar a compromisos, lo que hace del Derecho uno de sus elementos esenciales. Pues según la verdadera naturaleza del Derecho (la del Common Law, por ej.), las leyes son compromisos. Pero sin tradición compartida, no puede haber consenso social, con lo que resultaría imposible el compromiso político.

    La tradición liberal empezó a formarse con la tradición del racionalismo crítico, cuya sustancia, la discusión crítica, constituye el elemento esencial de la actitud liberal frente al dogmatismo natural de la opinión.
    En el curso de la historia, esta tradición y su saber político práctico, ha seguido muchos caminos, algunos de ellos contrarios con sus propios principios, por lo que la polémica sobre la libertad sigue estando candente. La principal división ocurre al aparecer el Estado, dibujándose dos tendencias; el liberalismo inglés o anglosajón y el liberalismo galicano o continental.

    El liberalismo continental, aunque liberal también en intención, la lógica de lo político que impone el Estado cuya última razón es la “razón de Estado”, termina resolviéndose en integración de la soberanía política con la jurídica y en administración o gestión por el poder de la libertad política. Los derechos y libertades los otorga graciosamente el Estado. Hobbes es el maestro de esta tradición. Con el paso del tiempo, la tendencia continental, ha erosionado el Derecho hasta hacerlo desaparecer sepultado y subordinado por el Derecho público (Administrativo, Fiscal, Político y Constitucional), y la legislación incesante que el poder político produce, como una herramienta técnica constructivista (ciencia social) para planificar la sociedad. En definitiva, para crear un orden racionalista según fines de una voluntad política, iluminada por no se sabe qué, o el igualitarismo, o el socialismo o los géneros sexuales, o… lo que sea. Por ello, es ya casi irreconocible en el mundo político continental de hoy, cualquier rastro de tradición liberal. De otro lado, la arremetida destructiva constante contra la tradición y la cultura, dificultan la posibilidad de un consenso social asentado en creencias y costumbres comunes y compartidas, presupuesto fundamental de las actitudes liberales.

    En el liberalismo inglés o anglosajón, todavía se ven algunos indicios de la tradición liberal, aunque también muy amenazados por el crecimiento de las administraciones y el “gran gobierno”, que tiende a ser constructivista y planificador, frente a la noción de orden que fundamenta el pensamiento liberal, en que el orden es preexistente a la política, algo así como una decantación histórica de tradiciones y Derecho. La misión del Gobierno es preservarlo y dotarlo de seguridad. Aunque debilitado, todavía el “common law” lleva el aroma del sustrato liberal.

    Si uno se atiene al confuso artículo de Luis I. Gómez que habla de “procesos de adaptación evolutiva” que recuerdan a un Darwin transportado desde la Naturaleza a la Historia, y a otros pensadores decimonónicos fascinados por las ciencias de la Naturaleza y el gusto positivista y constructivista (“orden social organizado”), o lee los comentarios que suscita este artículo, realmente se puede concluir que la tradición europea liberal está de capa caída, y que su porvenir es muy oscuro. Es estatismo en su zenit ya solo puede dirigirse hacia el ocaso, pero no sabemos sus tiempos.

  2. Luis, por honor a la mención y con ánimo de ahondar en la reflexión, me gustaría señalar algunas cuestiones de tu texto. En un sosegado y honesto intercambio de ideas realizamos un esfuerzo intelectual muy valioso, que no sólo sirve para comunicar con el contrario sino para ordenarse uno mismo. Así que yo también te doy las gracias, de antemano, por la inspiración.

    Como es complicado dar una réplica profusa y que considere todos los asuntos que tratas en el texto, me voy a centrar en una cuestión que para mi condensa el gran olvido del liberalismo, que es también olvido moral. Y está precisamente en Hayek.

    Hayek define su orden social “espontáneo” deseado como el surgido del respeto por normas de conducta justa que protejan un dominio privado de los individuos, la propiedad privada. Para Hayek ése es el orden que contiene la libertad de mercado y donde los individuos pueden supuestamente desarrollar sus libertades. En “Los principios de un orden social liberal” no se menciona en ningún momento que el respeto por esas “normas de conducta” se haga con arreglo a la libre voluntad de las personas que conforman ese orden social, más al revés: se habla de cómo el Estado debe “coaccionar” expeditivamente y exigir el respeto por esas leyes que defiendan la propiedad privada, configurando lo que en tu texto llamas Estado de Derecho. Es decir, el orden que platean Hayek y el liberalismo no se fundamentaría en la voluntad de las personas a consensuar y disponerse individualmente hacia el cumplimiento de esas normas, el hecho de que esas personas decidan hacerlo; se basaría en la asunción de que existen preceptos (respeto por la propiedad privada) sobre los que se fundamenta una libertad posterior, preceptos que hay que cumplir sí o sí, aunque esos preceptos no hayan sido elegidos libremente. Y esta es la cuestión fundamental para hablar de un orden libre y moral. Si ese respeto por los principios de propiedad privada no ha sido consensuado por los individuos y su existencia radica en una imposición coercitiva del Estado o cualquier autoridad, la definición de ese orden político es, de manual, tiranía.

    Hayek elabora así un elogio por supuestas libertades individuales que devienen de la conculcación primera de las libertades básicas de decisión de los individuos, sobre sí mismos y sobre su propio destino político. Es decir, ¡Hayek niega lo fundamental del individuo! Para Hayek una comunidad humana que decidiera por consenso democrático, por ejemplo, modificar, prescindir o negar la propiedad privada de las personas sería una comunidad ilegítima, y ello es debido a que el principio que orienta su teoría no es ni la libertad ni la autonomía moral, sino un esencialismo teórico, la sumisión a categorías eternas. Porque para una auténtica defensa de la libertad no se pueden anteponer al ejercicio real de la libertad de la persona imperativos categóricos como la propiedad privada o una autoridad coercitiva. Un grupo humano podría consensuar la propiedad privada pero negar en rotundo la legitimidad de autoridades coercitivas tal y como las plantea Hayek, con sus “Tribunales y comités de expertos” (una versión fehaciente del aforismo de Hobbes, “la autoridad, y no la verdad, hace la ley”), y con ello estaría negando la mayor, a saber: estaría radicando su legitimidad no en la promulgación de libertades formales creadas sobre la inviolabilidad de instituciones como un Estado mínimo, sino en un ejercicio democrático como origen su destino político auto-elegido.

    La ausencia de consideraciones reales sobre la libertad de las personas se expresa aún mejor en su teoría cuando Hayek define su orden “espontáneo” como nomocrático, literalmente sin propósito (moral), en contraposición a telocracia, con un propósito comunitario. Para Hayek el orden liberal debe acoger los propósitos diferentes de los individuos sin que ninguno se erija como dominante. Pero postular que no hay principios comunes salvo el respeto a la propiedad privada (y el reconocimiento de una autoridad estatal que vele por ese cuerpo de Derecho), trae consigo una formulación moral implícita: la obediencia. En base a ésto, Hayek corona su decálogo diciendo que toda consideración de un “valor para la sociedad” en un orden liberal es ilegítima, porque cada persona otorga un valor diferente a las cosas y no puede haber ninguna idea, culto, escuela o movimiento con predominancia. Ésta es la definición de relativismo moral (que tanto se le achaca a la izquierda), pero como es costumbre, ni siquiera consigue superarse a sí misma, pues lo que Hayek se ha dedicado a hacer en su obra es a definir precisamente que su culto, idea, escuela y movimiento por la propiedad privada y la teoría liberal son valores absolutos para la sociedad.

    En resumidas cuentas, el liberalismo en Hayek y en todos sus continuadores clama al cielo la floritura tan socorrida de la libertad, la moral y la concordia pero su discurso contiene su negación más visceral. El liberalismo puede tener aciertos y es sólo honesto señalar sus sombras. Diseñar un orden perfecto es seguramente imposible, pero teorizar sobre uno al que se bautiza como valedor de las libertades últimas del Hombre cuando su propia dialéctica es la negación sistemática de las mismas, a mi siempre me ha dejado sorprendido. Y entiéndase: sorprendido, porque me parece una obra maestra de la tergiversación, casi un hechizo hipnótico.

    Pues ahí lo dejo :P. De creer encontrarla, disculpa cualquier lectura alejada de un diálogo edificante. Un saludo!

    • La democracia no es otra cosa que un método civilizado para limitar el poder del Gobierno, mediante división de poderes, capacidad para elegir o deponer un Gobierno y otros controles.
      El planteamiento de democracia que plantea su escrito es una de las corrupciones que se derivan de la corriente del liberalismo galicano o continental, en su versión jacobina radical presidida por el Estado. Consiste en derivar todo del método democrático, lo cual abre la posibilidad totalitaria, sin pretenderlo inicialmente. El método democrático se convierte en una panacea para descubrir el Derecho, la Verdad y hasta la certeza científica. Hoy es común hablar de consenso en las cuestiones científicas o en las cuestiones morales. ¿Pero qué es este consenso que configura las mayorías democráticas? Pura OPINIÓN y no hay nada que sea más manufacturable por el poder que la opinión. ¿Es posible regir los mundos políticos por la voluble opinión? Desafortunadamente, es la noción de democracia que impera en esta época. Claramente en el continente europeo y cada vez avanza más en el mundo anglosajón.
      Este planteamiento es una consecuencia del imperio del nihilismo, para el que no existe nada que esté fuera de la política y de su dominio, que a través de la voluntad constructivista y basándose en la “opinión” puede hacer lo que sea. Es decir, se anula lo que los pensadores clásicos denominaban “orden espontáneo”, “orden natural”, que se refería a lo prepolítico, a lo que es anterior a la política, configurado por la decantación histórica de creencias, cortesía, normas de conducta y Derecho, así como la propiedad.
      Los pensadores clásicos liberales, no eran nihilistas y pensaban sobre el mejor método para edificar un orden humano, partiendo de la convicción según la experiencia histórica, de que la política, siendo un mal necesario consecuencia de la propia libertad del hombre, es mejor limitarla que darle carta blanca. Esta convicción junto a otras de origen religioso, antropológico y moral, es lo que conforma la tradición liberal del pensamiento político europeo. Pero el planteamiento galicano, presidido por el Estado, integra bajo éste la soberanía política y la jurídica, haciendo de la libertad un derecho otorgado por el Estado. Situación que termina liquidando el Derecho, convertido en legislación positiva promulgada por el Estado, y destruye la libertad al convertirla en concesión, por lo que deja de ser propiedad del hombre para ser un “derecho” administrado por el Estado. Y esto no conduce más que al totalitarismo democrático, algo que ha dejado ya de ser un indicio para convertirse en vigencia, en la normalidad de nuestra época.

  3. Decir que al empresario “Si el pueblo no tiene trabajo para ganarse el sustento le importa un pito” es un poco arriesgado decirlo y me da que usted lo ha pensado poco antes de escribir ¿no?

    Como el pueblo no tenga trabajo para ganarse el sustento auguro un futuro desolador a las empresas.

    No se puede demonizar de esa manera a los empresarios, si la gente no tiene dinero las empresas no venden. Unos necesitan de los otros.

    No denigre al empresario, ni al capitalismo que le aseguro que éste ha hecho más por los derechos de los trabajadores que todos los socialismos y comunismos habidos por haber. O que cree que el capitalismo no necesita trabajadores sanos, con tiempo libre para consumir y con dinero en el bolsillo para gastar en coches, casas, viajes, copas, cenas etc etc

    Como no existan empresas olvídese del bienestar social, si no se produce, si no hay trabajo y si no hay dinero para gastar, el Estado no ingresa y ese llamado estado del bienestar se irá por el retrete, se lo aseguro.

    O cree usted que el dinero para el bienestar social cae del aire

    • Este comentario es en respuesta al primer comentario de este artículo, del forero antibad.

      Saludos

  4. El liberalismo no puede ser inmoral, de la misma manera que la izquierda no ostenta superioridad alguna, ni monopolio de la moral.
    Son los individuos, con su comportamiento praxeologico quienes actúan o no con criterios morales.
    Lo que sucede, y es una evidencia empírica, que la tradición de pensamiento liberal se nutre de las aportaciones históricas de los principales pensadores de la cultura occidental.
    De ahí, que las constituciones y los esquemas conceptuales que inspiran sus fundamentos de derecho, respondan mejor a los conceptos de verdad y equidad que los procedentes de acervos colectivistas, donde la libertad de acción es cercenada y subsumida por el Estado que es quien se apropia de la objetividad, y la supremacia de los esquemas que conforman la realidad.

  5. La acumulación de poder (en un contexto liberal, poder económico) , siempre provoca que, una vez alcanzado el nivel necesario, este sea utilizado para modificar o distorsionar las reglas del juego a su favor….una peculiar deriva de la moral de la “Gran Sociedad” a la que en la práctica es casi imposible poner límites, y que termina por aproximar el Liberalismo al Estatalismo, en cuanto al resultado de limitar las libertades individuales, y encima sin dar nada a cambio.
    La tecnología está provocando cambios a una velocidad y con un calado tal, y propiciando tales conglomerados de poder, que el ciudadanito medio, por muy “libre”que crea ser, y salvo honrosísimas excepciones, se tiene que limitar a jugar con las sobras, o quedarse directamente fuera de juego.
    Sin un Estado que aporte un mínimo de “bienestar obligatorio, universal y gratuito”, no veo yo que esto pueda terminar bien……..para nadie.

  6. Excelente artículo Don Luis

    pena que no haya sesudos comentarios.

    Le dejo este link, que no tiene que ver a priori con el tema cuestión, aunque cogiendolo por los pelos y teniendo en cuenta de que lo que trata es de un tema profundamente inmoral, aunque sea un tema particular, podría interesarle.

    Sobre todo porque trata de una empresa alemana, de telecomunicaciones y de cómo está enredada en los nazionalismos locales.

    https://www.ivoox.com/editorial-t-systems-enemiga-espana-05-03-19-audios-mp3_rf_33086936_1.html

    Y tiene toda la pinta de que lo que parece es lo que es.

    Un cordial saludo

  7. Ismo…al fin y al cabo, verdad a medias, religión, doctrina y catecismo. Yo me quedo con autoridad y reglas del juego decididas entre todos, sin colorines ni banderitas ni filosofías baratas. Las reglas se llama Constitución redactada por los representantes elegidos por la soberanía nacional, el pueblo, tu y yo, no impuesta, mediante un procedimiento democrático. Ismos, ismos…

  8. Creo que es un mal momentio para hablar de liberalismo. La riqueza se ha repartido entre los ricos y las inteligencias artificiales cada vez coparán más trabajos, porque al empresario le importa un pimiento el pueblo, si es propio o ajenno, y va a ahorrar en producir sus bienes todo lo posible. Si el pueblo no tiene trabajo para ganarse el sustento le importa un pito. Por eso, sin un estado que provea un bienestar social acorde a la riqueza del país, a ese poder económico no le va a interesar mantener a un gran volumen de población, lo que incluso puede llevarles al genocidio de su sociedad. Y con esta concepción del mundo del capitalismo salvaje del liberalismo, ¿le sorprendería a alguien?

Comments are closed.