Es preciso utilizar una expresión anglosajona “the great picture”, que podríamos traducir libremente al español como “imagen panorámica” para tratar de analizar los fundamentos de la actualidad internacional y así decidir qué es lo que, para Europa y para España, más nos interesa de cara a las elecciones europeas más trascendentales desde nuestra adhesión a la Unión Europea.

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Así, en el ámbito internacional, se ha formado una gran alianza de países totalitarios que, además, presentan nítidamente una voluntad expansionista y de control de sus naciones adyacentes. Es ésta una alianza bicéfala, dirigida por la república popular China y por la federación rusa, que tiene por satélites (que emplean para apoyar en occidente cualquier proyecto desestabilizador a los extremos izquierdo y derecho del espectro político) lo más abyecto de las tiranías de todo el orbe (Venezuela, Irán, Corea del Norte, Cuba…)

España es uno de los países que, superando la calamitosa etapa Sanchista, está llamada a recuperar una posición de liderazgo moral, político y económico que tenga por objetivo final recuperar la calidad de vida de sus ciudadanos y su confianza en las instituciones

Frente a ellas, la peor de las noticias es el surgimiento, dentro del partido republicano norteamericano, de una poderosa corriente que apuesta por desentenderse de los asuntos de Europa (especialmente de la guerra de Ucrania), sin comprender que el auge de esa alianza y un aumento de su influencia en Europa, a medio y largo plazo, dejaría en un estado de total aislamiento a los Estados Unidos de América, que se verían asimismo afectados por una pérdida brutal de su influencia militar y económica. Baste recordar que, aunque hasta el momento han fracasado por completo, es objetivo declarado de esa alianza acabar con el actual papel del dólar como moneda referente y refugio en tiempos de crisis.

Para garantizar la paz en Europa no se puede cometer peor error que cerrar los ojos a la realidad: nos enfrentamos a un país —Rusia— con un régimen autoritaria y clara vocación expansionista. Es necesario profundizar en la creación de un Ejército Europeo y disminuir la dependencia de los Estados Unidos en materia de defensa, teniendo en cuenta tanto la amenaza rusa a nuestros socios de Europa del este, como las declaraciones del candidato republicano Donald Trump –bonito aliado se ha buscado Vox—, que dejan bien claro que, hoy por hoy, no se puede seguir confiando en los EEUU para garantizar nuestra seguridad e independencia. El apoyo a Ucrania debe ser total y absoluto, y el respeto a su integridad territorial, apoyado sin fisuras, exactamente como los españoles querríamos que fuera el que recibiéramos si fuera nuestra integridad y supervivencia como Estado la que estuviera en juego.

El ejército español debe tomar buena nota de la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania a la hora de determinar sus necesidades en coordinación con el resto de aliados europeos. Las dudas y titubeos no solo envalentonan al agresor, cuestan vidas de los militares y los civiles ucranianos, y abandonar a Ucrania, además de la inmoralidad de otorgar una ventaja al agresor, no solo terminaría con el problema, sino que garantizaría que el criminal lograra ventajas económicas que financiaran su siguiente aventura. No se trata de un militarismo alocado, que nadie quiere. Se trata de defendernos y de defender a nuestros socios, y de garantizar nuestra seguridad, integridad e independencia. Se trata de disuadir a quienes, por la vía de los hechos, han demostrado estar dispuestos a imponerse a otros pueblos por la fuerza de las armas. En el plano internacional, únicamente la victoria de Javier Milei hace concebir esperanzas de que la República Argentina, por fin, vuelva pronto a la senda del crecimiento económico y la defensa de los valores occidentales.

La actual Unión Europea tiene como fundamento la unión económica, y entre sus méritos está haber logrado el mayor periodo de paz conocido en la historia del continente (imposible no recordar aquí las tres guerras franco-alemanas que se sucedieron desde 1870 hasta 1945), una libertad total de movimientos a la que nadie con dos dedos de frente quiere renunciar, haber hecho bandera de la defensa de los derechos del hombre, y propugnar los valores democráticos como método más racional para la alternancia en el poder.

No hay razón para no criticar el exceso de gasto y burocratización y los errores cometidos en la gestión del banco central europeo o la intromisión en la planificación de la economía, que debe ser un asunto correspondiente en exclusiva a los emprendedores, los inversores y los empresarios, pero el balance global es netamente positivo. Tampoco es la moneda única el problema fundamental, puesto que una España bien gestionada no tendría ninguna tensión añadida por compartir moneda con Francia o Alemania (recordemos que España tiene más ingresos por el Turismo que Arabia Saudí por el petróleo). Es más: imaginemos lo que un gobierno como el actual haría de tener la posibilidad de controlar la emisión de moneda… aterra sólo pensarlo.

Así las cosas, con un PSOE enloquecido y pendiente solo de mantener el poder a cualquier precio, entregado a los chantajes de sus socios separatistas, filoterroristas o malversadores, pisoteando sin duda el espíritu y la letra de la Constitución, más alineado con el foro de San Paulo que con occidente y con un Vox menguante entregado al provincianismo más rancio –cuando no en abierta concurrencia de intereses con los enemigos de Europa a uno y otro lado del Atlántico—, dejan al Partido Popular expedito el camino a la defensa de un europeísmo al que no podemos ni queremos renunciar.

Baste ver las consecuencias del BREXIT (laborales, comerciales, económicas…) para comprender que aquella operación dirigida por una banda de gañanes populistas, ha resultado ser un error catastrófico, que se traduce en no haber solucionado uno solo de sus problemas de integración de la inmigración y haber generado un grave problema a la hora de exportar sus productos a la Unión o favorecer su colaboración en las grandes industrias europeas de aviación, defensa o infraestructuras. El Reino Unido debió liderar la reforma de la Unión, no abandonarla, y es España uno de los países que, superando la calamitosa etapa Sanchista, está llamada a recuperar una posición de liderazgo moral, político y económico que tenga por objetivo final recuperar la calidad de vida de sus ciudadanos y su confianza en las instituciones.

Para ello, el Partido Popular debe apostar con mucha mayor contundencia por reformas liberalizadoras, desreguladoras, por la transparencia absoluta en sus presupuestos, por la independencia energética, por la eficiencia en materia hidráulica, por perseguir con contundencia a aquellos países —incluso pertenecientes a la Unión— que se muestren díscolos a la hora de perseguir delitos y delincuentes dentro del territorio europeo—sí, estoy pensando en Bélgica— o colaboren abiertamente con los enemigos de la libertad y de los valores europeos —sí, estoy pensando en Hungría—.

Se debe ser mucho más contundente a la hora de combatir la inmigración ilegal presionando a los países que permiten su tránsito —sí, estoy pensando en Marruecos—, permitir la deportación inmediata de quienes no acepten los valores europeos o los delincuentes, pero, también, favorecer la inmigración legal de aquellas personas que podamos acoger y perseguir con la máxima dureza a quienes nieguen sus derechos a los trabajadores o a quienes incumplan con sus deberes fiscales. Necesitamos defender en Europa una España con muchos menos impuestos, mucho más bajos, pero, también, mucha más contundencia con los defraudadores.

Y, para finalizar, no voy a dejar de mencionar aquí la necesidad imperiosa para España de abrir nuevas comunicaciones de alta capacidad a través de Aragón, tanto ferroviarias (Vignemale, uniendo Zaragoza-Pau-Burdeos-París) como por carretera (enlaces a Pau y Toulouse). Son inversiones enormes, pero su retorno económico sería a su vez impresionante y, además de ser una reclamación justa y que beneficiaría no solo a Aragón, sino a toda España, supondría una inversión estratégica como alternativa para España frente a dos regiones con fuerte sentimiento nacionalista o independentista. España debe remover toda oposición o bloqueo político a estas inversiones —sí, también el de los actuales socios nacionalistas del gobierno—, para que así, estos proyectos puedan convertirse en realidades sin la mayor dilación.

*** Santiago Hernández De Andrés, un ciudadano preocupado.

Foto: Christian Lue.

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