Había una vez un país que empezó a caminar bajo un cielo lleno de nubes que nadie recordaba haber visto. Muchas nubes tenían un nombre, una fecha y una supuesta herida. Mientras tanto, la gente aprendió a vivir bajo esa sombra como si fuera natural, sin advertir que muchos de los perfiles algodonados no venían del cielo, sino de manos que las habían pintado. Un poco más tarde, dibujaron nubarrones y una gran mayoría de gente también se acostumbraron a ellos, y a convivir con el miedo al chaparrón como si fuera un clima inevitable. Así comenzó la maldición del agravio inventado, una historia donde las ofensas se fabrican y las emociones gobiernan, mientras la realidad queda relegada a un rincón donde apenas logra hacerse oír.

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En ese ambiente, cuando aquella penumbra emocional ya formaba parte del país, Félix Ovejero decidió examinar su origen. No se conformó con aceptar que las heridas eran reales solo porque muchos las repetían. Prefirió mirar detrás del telón y descubrió que buena parte de las ofensas que se daban por ciertas habían sido cuidadosamente construidas. La sociedad reaccionaba a esas ficciones como si fueran hechos, y la política se movía al ritmo de un relato que había adquirido la fuerza de un dogma. Así arranca el libro La invención del agravio, una advertencia sobre el poder de las narrativas del nacionalismo excluyente que han proliferado en la periferia española y que sustituyen con un simulacro perfectamente controlado al mundo que dicen describir.

Lo que Ovejero nos traslada es que ha llegado el momento de recordar que ningún país puede vivir indefinidamente en un escenario de cartón piedra. Tarde o temprano, la realidad acaba reclamando su sitio

A partir de ese análisis, Ovejero recuerda cómo ciertos relatos identitarios han prosperado gracias a una interesada selección de datos amparados bajo el manto de una retórica que convierte cualquier matiz en afrenta. Uno de los ejemplos más repetidos es el discurso que presenta a Cataluña como un territorio oprimido, fiscalmente expoliado y culturalmente menospreciado. Según explica en su nuevo libro, ese marco se sostiene pese a que muchos indicadores apuntan en la dirección contraria, desde el amplio autogobierno hasta la protección institucional sin precedentes de la lengua. El relato no se alimenta de la totalidad de los acontecimientos y su complejidad, sino de fragmentos escogidos. Estos se ensamblan para producir una sensación de engañosa humillación que acuna a quienes representan la obra en cartel de la farsa.

Cuando uno intenta comprender por qué un agravio inventado puede imponerse como si fuera una verdad indiscutible, nuestro autor nos recuerda que la fuerza de una creencia no depende en muchas ocasiones del número de quienes la sostienen. La historia ofrece episodios que lo muestran con una claridad que desarma. En Alabama, un gobernador llegó al poder prometiendo desobedecer una sentencia que reconocía a dos estudiantes negros el derecho a entrar en la universidad. Los votantes le dieron un respaldo electoral casi unánime. Aquella mayoría se aferró a su convicción como si la cantidad de votos legitimara su atropello contra la ley. En ese momento intervino el presidente Kennedy y puso bajo sus órdenes a la Guardia Nacional de Alabama para hacer cumplir la Constitución. El conflicto se resolvió cuando el 35 presidente de los EEUU desautorizó el intento de discriminación del gobernador. Ese ejemplo, que Ovejero recupera con precisión, ilumina su tesis central, la idea de que una sociedad puede enfrentarse a una ficción mayoritaria sin rendirse ante ella y con la ley en la mano. En España, en cambio, se ha preferido aceptar la distorsión antes que corregirla. Y este profesor de Ética Política de la Universidad de Barcelona argumenta con datos e información contrastada su postura en línea con premisas avanzadas en otras obras suyas.

Cuando uno vuelve la mirada hacia nuestro propio país, descubre que aquí se eligió un camino muy distinto. En lugar de deshacer la ilusión, se decidió convivir con ella. Las ficciones identitarias excluyentes crecieron sin resistencia, y cada concesión política actuó como un riego involuntario que fortalecía sus raíces. La política no desautorizó las afrentas inventadas, sino que las alimentó con gestos que pretendían apaciguar a quienes lo promovían. Así, sostiene Félix Ovejero, se fue consolidando un clima emocional desligado de hechos verificables y sostenido, en cambio, por un relato reiterado hasta adquirir la apariencia de verdad indiscutible. Con ese relato como respaldo, solo queda observar cómo se ejecuta el mandato implícito en sus falsas palabras, casi como una maldición: la anulación del adversario identificado con los derechos constitucionales.

A esa dinámica se suma lo que Ovejero describe como la transformación del llamado expolio fiscal, un concepto que parte de un hecho real como son las transferencias entre territorios, pero que se convierte en agravio cuando se presenta como una injusticia estructural y no como un mecanismo normal de solidaridad en cualquier Estado moderno. Esa narrativa terminó actuando como una palanca que empujó a ciertos grupos de poder del nacionalismo vasco y catalán a emprender pasos cada vez más arriesgados, hasta el punto de tensar -hasta la fractura, el marco legal en nombre de una supuesta reparación histórica. En suma, a saltarse la ley. Un debate técnico sobre redistribución se convirtió así en un conflicto identitario que ya no respondía a cifras completas, sino a una narrativa que necesitaba sentirse víctima para justificar decisiones que desbordaban los cauces establecidos por la Constitución.

Quienes promovían el relato interpretaban cada concesión como una confirmación de su herida y no como un gesto de diálogo. Ovejero lo muestra con claridad cuando señala a las instituciones que validan el relato por el mero hecho de otorgar ventajas, beneficios políticos y más poder o legitimidad. Con esos incentivos no sorprende que el marco mental nacionalista basado en el victimismo impostado se extendiera por todo el espectro de la vida pública.

Ese mecanismo se aprecia con especial claridad en la reinterpretación de ciertos episodios ocurridos a comienzos del siglo XVIII, complejos y atravesados por disputas dinásticas y equilibrios europeos, que han sido transformados en una lucha nacional contra una opresión externa. La historia se simplifica hasta quedar reducida a una fábula de héroes y malvados, y un episodio remoto se convierte en una pieza más del engranaje emocional que alimenta la ficción de una herida colectiva que dibujan siempre abierta.

A esa operación se suma el uso estratégico de expresiones que parecen moralmente indiscutibles. Una de las más eficaces ha sido la fórmula del derecho a decidir, que se presenta como una apelación democrática cuando en realidad encubre cuestiones jurídicas complejas y conflictos de derechos que no pueden resolverse con una consigna. El lenguaje actúa aquí como un atajo emocional que transforma una propuesta política en un principio aparentemente universal, de modo que quien la cuestiona queda situado fuera del marco moral dominante.

Con el tiempo, aquel marco mental dejó de ser una simple narrativa para convertirse en la arquitectura misma del sistema político. Las instituciones en España empezaron a comportarse como si la comedia de las vanidades inventadas fuera un dato objetivo, un elemento más del paisaje que había que gestionar y no cuestionar. Lo que nació como un relato emocional propio del nacionalismo excluyente terminó funcionando como un criterio de reparto de poder, hasta el punto de que cualquier desacuerdo se interpretaba como una ofensa añadida. Cuando la ficción se instala en las estructuras del Estado, afirma nuestro autor, acaba ocupando el centro mismo de la política y se convierte en su sello de identidad. En este caso, las calamidades resultantes terminan deteriorando gravemente las bases de la democracia.

A ese entramado se suma la actitud de ciertos sectores de la izquierda española que, en lugar de cuestionar el marco del agravio, optaron por asumirlo como si fuera una causa legítima en nombre de la identidad o la autodeterminación. Esa aceptación tácita implicó abandonar principios universales de igualdad de oportunidades que habían sido la base de su tradición intelectual y sustituirlos por narrativas que privilegian pertenencias particulares. El resultado fue que el relato de la impostura dejó de ser patrimonio exclusivo de quienes lo promovían y pasó a circular con una legitimidad ampliada y extendida ahora a los partidos que abanderan el socialismo en nuestro país.

Quizás, lo que Ovejero nos traslada es que ha llegado el momento de recordar que ningún país puede vivir indefinidamente en un escenario de cartón piedra. Tarde o temprano, la realidad acaba reclamando su sitio y exige un mínimo de honestidad cívica para nombrar las cosas por su nombre. La democracia no se defiende alimentando ficciones, sino recuperando el coraje de mirar de frente aquello que hemos permitido que se desfigure.

Al terminar la lectura del libro, una comprende que las invenciones políticas rara vez se quedan quietas. Empiezan siendo un artificio útil, un recurso retórico, pero acaban creciendo como un laberinto que se alimenta de sus propios pasillos. Ovejero habla de invención aunque en realidad parece hablarnos de maldición. Porque cuando un país acepta caminar dentro de ese laberinto, cada giro parece confirmar la existencia del monstruo que él mismo ha dibujado. Como en el mito del Minotauro, la ficción termina imponiendo su arquitectura y convierte la salida en un desafío moral antes que político. Salir del laberinto supondrá recuperar el hilo que nunca debimos soltar, aconseja el autor. El de la verdad compartida, la igualdad cívica y la valentía de deshacer, paso a paso, las paredes que nosotros mismos levantamos.

***María Pilar García Jáuregui, Científica Social y socióloga de carrera. Consultora de formación empresarial y dirección y creación de contenidos.

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