Al Gore, hipnotizador de pollos, se subió a un escenario, puso delante una cámara, y nos dijo que tenía malas noticias para nosotros. El mundo se calienta por el efecto invernadero que provoca la acumulación de CO₂. Y esa acumulación se debe a la actividad humana. De modo que si no queremos morir en un planeta que hemos convertido en una olla exprés, tenemos que cambiar radicalmente nuestra forma de vida. Es, nos lo decía desde el título de su documental, una verdad incómoda.

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Las verdades cómodas, agradables, amables, nos encantan. Pero nunca tendrán el prestigio de una verdad incómoda, antipática, desagradable. Estas últimas refuerzan nuestro convencimiento de que somos unos zalameros, y que la realidad nos recuerda con una frecuencia detestable que lo peor suele ser más cierto que lo bueno.

Cuando los medios se inundan de mensajes que hablan de una catástrofe casi inminente y al borde de ser ya inevitable, no debemos creer que ese es el veredicto de “la ciencia” o de esa contradicción in terminis que es “consenso científico”

De modo que Gore lo tenía todo. La fama del perdedor. La familiaridad con las cámaras. La ciencia. La ONU. El cine. La prensa. ¿La ciencia, he dicho? Bueno, eso no estaba tan claro. El momento más espectacular de Una verdad incómoda es aquél en el que Al Gore, un hombre de 1,85 metros, aparece disminuido justo por delante de una pantalla de enormes proporciones. Esa pantalla trazaba la evolución de la temperatura global y de la emisión de CO₂ en los últimos 10.000 años. Eran, parecían ser salvo por los colores, una y la misma gráfica. Los imperios emergen y desaparecen, las guerras se suceden, la faz de la tierra se puebla de hombres… y todo parece cambiar salvo precisamente esa relación.

A continuación, vuelve a accionar el gráfico, y vemos cómo las emisiones de CO₂ se disparan a niveles que son un múltiplo de los niveles máximos jamás alcanzados. El espectador se siente aún más pequeño que Gore frente a ese susto. Parece que Dios nos vaya a dar con la tea, y fuera a sumir el mundo en cenizas, por nuestro pecado, más mortal que ningún otro, y cuyo nombre conocemos desde niños: capitalismo.

Lo que no nos dijo Gore es que los dos gráficos que nos mostró, el de la temperatura y el del gas que da alimento a las plantas, no son concomitantes. Uno de ellos antecede al otro. Y no es el CO₂ el primero, sino el último: cuando mayor es la temperatura de la tierra, más CO₂ provoca, y viceversa. De media, la temperatura antecede al CO₂ en unos 200 años, dicho sea para que nos hagamos una idea. La relación entre ambas magnitudes es como nos la había expuesto Gore, pero la causalidad es la opuesta.

No voy a detallar todas las afrentas del documental a la ciencia. Era más falso que un producto audiovisual de Michael Moore. Era un fraude a la audiencia. Pero hizo algo muy importante: politizar el debate sobre las causas del cambio climático, y sus consecuencias. Mezcló la ciencia con el activismo, lo cual acabó resultando en lo inevitable: llevar el activismo a la ciencia.

Hace 20 años de la película de Gore. Hoy, el ex vicepresidente de los Estados Unidos vuelve a hablarnos del clima, y del papel del hombre en su evolución. Pero el mensaje no es el mismo. Gore nos advierte de que estamos encaminados a un enfriamiento global. De este modo, habríamos cerrado un círculo. Antes de que James Hansen popularizase la teoría del calentamiento, científicos, políticos y periodistas nos advertían del catastrófico enfriamiento del globo.

Para ser precisos, Gore no ha cambiado radicalmente de ideas. Lo que él describe es que la Corriente del Golfo, que transporta agua cálida hacia el norte del Atlántico y ayuda a suavizar el clima europeo, podría cambiar a causa del calentamiento global. Si el deshielo de Groenlandia introduce grandes cantidades de agua dulce en el océano, la salinidad y densidad del agua podrían cambiar, debilitando esa corriente oceánica, y permitiendo en el continente temperaturas mucho más frías.

Este caso parece más vinculado a la necesidad de Gore de estar en el centro del debate climático que cualquier otra cosa. Pero el debate existe, y acaba de dar un giro más espectacular que el del propio Gore.

Es más espectacular, porque el cambio no se ha operado en el terreno de juego del activismo, sino en el científico y, en última instancia, el institucional. Para poder entenderlo es necesario hacer unas consideraciones previas.

La primera es que hay un organismo que depende de la ONU cuya misión es el estudio del clima; es el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change). Publica un informe anual que tiene dos partes de nuestro interés. La primera es la parte científica, en la que varios de los mejores científicos del clima comparten sus observaciones y renuevan sus predicciones. La segunda es el llamado Informe para políticos, que es lo que leen los políticos (es para ellos) y la prensa especializada. En este segundo informe se exponen las conclusiones más catastrofistas que, en la parte científica, tienen un peso muy pequeño sobre el total.

De modo que cuando los medios se inundan de mensajes que hablan de una catástrofe casi inminente y al borde de ser ya inevitable, no debemos creer que ese es el veredicto de “la ciencia” o de esa contradicción in terminis que es “consenso científico”. Son sólo una parte de los resultados que estudia el informe científico, y sólo las que tienen un carácter apocalíptico.

Y es aquí donde se produce la noticia. El escenario más catastrófico recibe el nombre técnico de RCP8.5. Los RCP (“Representative Concentration Pathways”) son trayectorias hipotéticas de concentración de gases de efecto invernadero empleadas por el IPCC y los modelos climáticos. El 8.5 representaba el escenario más extremo: suponía un crecimiento muy elevado de emisiones, un uso masivo y prolongado del carbón y una concentración de CO₂ extremadamente alta a finales de siglo.

El RCP8.5 era de lo más conveniente. Animaba el Informe para políticos, azuzaba el mensaje catastrofista, y nos obligaba a contemplar el rostro encolerizado de Greta Thumberg. El problema, claro, es que ese escenario nunca se ha cumplido, ni ha habido visos de que se fuera a cumplir. Pero conveniente y certero son dos palabras distintas por algún motivo.

No es ya que el modelo no acertase nunca. También se trata de que la situación ha cambiado. El nuevo marco de escenarios previsible lo descarta también porque el descenso del coste de las energías renovables, las políticas climáticas ya implementadas y la evolución reciente de las emisiones globales lo alejan aún más de la realidad.

Nadie ha levantado la mano, diciendo que han estado décadas, ya en plural, engañando masivamente a la opinión pública. No. Se ha tratado más bien de una rectificación silenciosa de gran parte de la narrativa climática dominante de la última década. Hasta qué punto esta rectificación institucional afectará a los medios de comunicación y a los políticos, esos sí, está por ver.

De todos modos, el último gran estudio sobre la evolución de la temperatura global pone todo ello en perspectiva. Fue publicado en Science en septiembre de 2024, y recogía la evolución de la temperatura por medio de proxys de los últimos 485 millones de años. La temperatura media del globo es de 15 grados celsius, aproximadamente. Si miramos atrás todos esos 485 millones de años, estamos en uno de los puntos más fríos de la historia de la Tierra, que ha vivido períodos de unos 35 grados. Quizás sobrevivamos los próximos diez millones de años, si es que continuamos con el calentamiento global.

Foto: dlovan 666.

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