Una famosa frase de Thomas de Quincey afirmaba algo así como que si se empieza tolerando el asesinato se acaba pensando que el robo carece de importancia y hasta se llega a faltar a la buena educación y me he acordado de ella al ver de qué manera se infringían las formas habituales del respeto en el llamado juicio de las mascarillas, un tema al que se ha referido con su conocimiento del fondo jurídico del asunto José Antonio Zarzalejos en El Confidencial. Pensaba en los crímenes que se habían debido cometer para llegar a tales faltas de respeto al tribunal de Justicia… y a la mera buena educación.
Puede que estemos ante un asunto resbaladizo puesto que la esposa del anterior secretario de organización del PSOE, Santos Cerdán, se quejó de que se refiriesen a ella como “la Paqui” que era una denominación que había salido a relucir en numerosas ocasiones en la prensa aduciendo que usarla era una forma despectiva de clasismo y creo que no le faltaba razón en su disgusto, pero, por volver al asunto principal, a las maneras de comportamiento, creo que habrán sido muchos los españoles que se hayan sentido avergonzados por las formas de hablar y de comportarse de alguno de los llamados a capítulo en el juicio. Bochorno es la palabra que me viene a la cabeza para englobar muchas de las manifestaciones de escasa vergüenza y de cinismo que hemos podido comprobar en estas sesiones recientes del Tribunal Supremo.
Las escenas del juicio de las mascarillas no solo retratan posibles delitos, sino el deterioro de las formas, la impunidad política y el vaciamiento institucional de una democracia cada vez más degradada
Y no se trata sólo de formas de hablar que, como quería De Quincey, revelan deterioros más de fondo en la decencia de alguna conductas, sino que hemos asistido a escenas en las que se ha puesto de manifiesto la chabacanería y el pésimo gusto de ciertos personajes, tan torpes que ni siquiera han sabido robar con un mínimo de competencia en el oficio. No hay que descartar que sus descuidos se hayan debido a una creciente confianza en su impunidad, en las libertades y licencias que pudieron tomarse para el trinque mientras España entera estaba sometida a un régimen de internamiento y censura que, al parecer, no afectaba a estos sujetos porque giraban alrededor de un personaje al que se había encomendado el control de todo, o de casi todo, en aquellos tristísimos días.
No es menor el asombro que produce la reacción frente a esta clase de manifestaciones del gobierno de Pedro Sánchez y del partido que controla de manera férrea. Se han acostumbrado a que sus conductas nunca obtengan suficiente castigo, a que exista una especie de eximente político y moral de cualquier cosa que hagan, y no son pocas, por aquello de que “peor sería que gobernasen los fachas”, disculpa que refleja con rara perfección las tragaderas morales de los que aceptan semejante explicación.
Pachi López y un montón de segundones y, sobre todo, de segundonas se han hartado de decir que en las vistas del juicio contra Abalós, Koldo y el para ellos innombrable Aldama, este último no había aportado pruebas de ningún tipo, lo que es equivalente a decir en presencia de la marabunta que tampoco son tantas las hormigas. Esta clase de cinismo tan contrario al menor buen sentido es también lo que está detrás de que el gobierno no haya tenido el menor escrúpulo al no evitar que el inefable portavoz de la sanidad pública haya vuelto a ser el llamado Fernando Simón, de modo que el personaje que aseguró que en España habría a lo sumo unos pocos contagios con la COVID 19, salga ahora a darnos tranquilidad asegurando que el barco que carga con otro virus mal conocido y de predicción incierta no debiera preocupar a nadie. Como era inevitable, ha vuelto a subir el pan y el pánico se ha instalado en un horizonte nada lejano.
Con este renacer del inefable Simón, no se me ocurre otra explicación que el intento de ocultar, a la chapucera manera de los trincones ahora juzgados, que no se ha hecho nada, absolutamente nada, de lo que se prometió hacer para evitar que se pudiese repetir algo como la anterior pandemia, puesto que, en efecto, ni se ha llegado a crear administrativamente la famosa Agencia de sanidad pública que coordinase todo lo relativo a pandemias y, mucho menos, se ha hecho nada tangible en ese sentido, salvo que el señor Simón ha vuelto a dejarse barba. Otra explicación que no cabe desdeñar del todo es que a Sánchez y los suyos les pueda venir bien este paso a primera plana de la amenaza de un virus para que se pongan tras los cortinajes más espesos las memorables hazañas de la conocida banda del Peugeot.
Decía que las malas palabras traen causa de las peores acciones y eso es lo que hemos visto en el juicio, de forma que no cuesta casi nada imaginar que las fechorías ocultas puedan ser todavía mayores que las que se han puesto tan ostensiblemente de manifiesto y este es, con bastante probabilidad, el aspecto que no han sabido calcular los centenares de expertísimos personajes que, desde el palacio de la Moncloa, se dedican a emborronar el panorama con el fin de que nos enteremos lo menos posible de sus maniobras orquestales en la oscuridad y de los desmanes que llevan a cabo sus protegidos.
En el juicio ha habido escenas delirantes, como la aparición de una abogada vociferante que, al parecer, representaba los intereses del PSOE en esta ocasión travestidos tras una de esas siglas en las que abundan referencias a los derechos humanos y otros intangibles. Es de todo punto misterioso, por cierto, el motivo por el que se ha dejado que una de las testigos, coprotagonista, a título de acompañante bien remunerada, de muchas de las conductas vergonzosas e ilegales protagonizadas por el que fue secretario de organización del PSOE y primer ministro de Transportes de los gobiernos de Sánchez, haya podido aparecer en el juicio protegida por una abundante serie de recursos de camuflaje de manera que nadie ha podido identificarla, extraño privilegio que, de haber sido consentido por el tribunal, tampoco dice mucho de su habilidad para no dar que hablar.
Puede que la decisión sobre quién haya batido récords de menosprecio a la decisiva e inexcusable función de la justicia en estas sesiones sea objeto de preferencias personales, pero, a mi entender, ha sido el señor Ábalos, cuya prosodia ya conocíamos de otras ocasiones memorables, al presentarse como un inocente perseguido por la justicia sin motivo alguno, como alguien cuyos derechos constitucionales, ojo al detalle, han sido pisoteados desde el primer momento, un inocente al que las turbas de derecha y ultraderecha han condenado de antemano. Dicho de otra forma, Ábalos se ha plantado ante el tribunal para decir, con un discurso tan falaz y mentiroso como el de su moción de censura: “ustedes, señores jueces, no saben con quién están hablando”, que yo ya tengo mi indulto y mi exoneración en el bolsillo y sé perfectamente lo que me digo.
Así estamos, con malas maneras que vienen precedidas y causadas por mucho peores acciones y que apenas ocultan la certeza de que no hay justicia que pueda con los que están dispuestos a fabricar, sostener y defender a dentelladas un vaciamiento de las instituciones y un tribunal de garantías a la medida de sus caprichos, una especialidad de los gobiernos de Pedro Sánchez a la que todavía le queda un año, al menos, para ser envuelta, adaptada y adornada como mejor les convenga.
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