El 26 de marzo de 2026, el Estado español ejecutó la eutanasia de Noelia Castillo, una joven de apenas veinticinco años cuya vida había estado atravesada por el trauma, el abuso y el dolor. Su muerte llegó tras más de seiscientos días de procesos médicos y judiciales, en medio de una exposición pública que convirtió su sufrimiento en objeto de debate nacional. Este caso no puede ser comprendido únicamente como un acontecimiento médico, jurídico o ético. Reducirlo a un debate sobre la eutanasia (a favor o en contra) es permanecer en la superficie de los hechos, una superficie, por cierto, enturbiada por el oleaje de intereses partidistas e ideológicos, donde la desinformación y la emocionalidad sin criterio campan a sus anchas.
Como psicólogo y por lo tanto investigador del alma humana, dejando a un lado el enfoque clínico, me debo a una comprensión más profunda de lo ocurrido: he de atender a los significados y a la lógica interna de lo ocurrido. Desde esta mirada, el caso de Noelia Castillo no es solo un hecho aislado, sino otra manifestación explicita del estado de la psique colectiva en nuestros tiempos. No solo habla de la eutanasia o de la depresión, sino de cómo nos relacionamos con el dolor, el cuerpo, la autonomía y el sentido.
¿Es posible recuperar una relación con el sufrimiento que no pase únicamente por eliminarlo?
En las estructuras tradicionales, el sufrimiento ocupaba un lugar claro. Era concebido como destino, prueba o incluso vía de transformación. Las religiones, las narrativas trágicas y las comunidades proporcionaban un marco simbólico en el que el dolor, aunque fuese desgarrador, podía integrarse en una historia con sentido. Y así sigue siendo en las culturas y países que aún habitan dicha consciencia. Entre los yoruba en Nigeria o en comunidades rurales de Ghana, el duelo se vive de forma colectiva mediante rituales, cantos y llanto compartido. El sufrimiento no se oculta ni se evita, sino que se incorpora a una cosmovisión comunitaria donde la pérdida adquiere sentido. Sin embargo, en la modernidad occidental, esta lógica ha evolucionado radicalmente. El sufrimiento ya no se interpreta: se gestiona. Ya no es algo que deba ser comprendido o dotado de significado mediante el mito, la fe o la comunidad, sino algo que hay que eliminar o resolver técnicamente. Se ha convertido en un fallo de un sistema que promete el control y el dominio sobre la vida y la naturaleza; en esencia, una anomalía que hay que solventar.
Este caso es el síntoma de esta transformación y el final lógico de la impotencia técnica: cuando todas las soluciones fallan, cuando el dolor no puede ser eliminado, lo que se elimina es la persona que lo padece. Más allá de la cuestión ética, estamos ante una constatación lógica. La eutanasia, en este estado de conciencia colectivo, no es un hecho aislado, sino la culminación coherente de una determinada actitud ante el sufrimiento sin sentido. Es la cumbre de un recorrido que comienza mucho antes: en la búsqueda de alivio inmediato, en la medicación indiscriminada, en la adicción y el consumo compulsivo y en general en todas aquellas estrategias orientadas a silenciar el dolor en lugar de atravesarlo. Estrategias por las que, naturalmente, transitó Noelia sin éxito.
La eutanasia, por tanto, no es una excepción, sino el último eslabón de una cadena de acciones relacionadas con la intolerancia al sufrimiento cuando este no puede ser explicado, controlado o eliminado. Como esta verdad no es fácil de digerir, aparecen los conflictos, la polaridad entre estructuras de significado. El conflicto entre la visión tradicional, aún demasiado cercana en nuestra psique como para ser abandonada totalmente, y la realidad moderna, el suelo que efectivamente pisamos y la lógica que al final se impone. Esta polaridad entre las estructuras de sentido tradicionales y modernas se manifiesta simbólicamente en el enfrentamiento entre Noelia y su padre. Por un lado, tenemos la lógica tradicional cristiana del padre, en la que la vida es un valor absoluto que debe ser protegido, incluso frente al sufrimiento. Por otro, la lógica moderna, representada por Noelia y validada por el Estado, en la que la vida es algo de lo que se puede disponer y susceptible de ser interrumpida si deja de cumplir ciertos criterios personales de calidad o sentido.
Este conflicto no puede resolverse en términos puramente racionales, pues no solo se trata de una diferencia de opiniones, sino de una diferencia radical en los fundamentos ontológicos. Es un conflicto entre dos formas de entender qué es la vida y qué significa sufrir, y solo quien pueda observar dicho conflicto sin posicionarse a priori en ningún bando puede quizás alcanzar una comprensión superior que le haga formularse las preguntas necesarias que trataré de esbozar al final de este artículo.
El caso también pone de manifiesto la fragilidad de las estructuras que tradicionalmente contenían el sufrimiento humano: no hay una respuesta cultural clara y la sociedad se enfrenta manifestando de nuevo una escisión psicológica que representa en primer lugar la división familiar entre el padre y la madre de Noelia. Como dije, el padre simboliza el mundo que dice «vive» sin poder responder a la pregunta «¿para qué y cómo, padeciendo este dolor?». Y la madre simboliza el mundo que dice «te quiero» sin poder convertir ese amor en una fuerza suficiente para sostener y transformar. Una respuesta niega la decisión en nombre de los principios: «Hay que seguir adelante a toda costa». La otra se compadece emocionalmente, pero carece de un marco simbólico fuerte para sostenerlo: «Ojalá pudiera quitarte ese sufrimiento».
Así pues, ni la autoridad paterna tradicional ni la afectividad materna impotente aparecen como salidas de sentido para el dolor. Y cuando el dolor no encuentra salida ni en la tradición ni en la compasión, la conciencia moderna tiende a resolverlo en el único lugar donde aún siente soberanía: en la decisión egoísta sobre la vida. Lo llamativo es que, entre ambas respuestas estériles, Noelia, una vez más, se queda sola sin poder elegir libremente, pues no es libre una decisión tomada desde un dolor insostenible y sin escucha.
Escuchar no es dar la razón a quien sufre, igual que amar no es complacer. Escuchar, acompañar, es entrar en la profundidad del dolor y quedarse ahí. Sentarse junto a Noelia, transitar las contradicciones y decirle mirándola a los ojos, sin miedo ni pena: «Esto ya no es solo tu problema. O solo tu lucha solitaria, porque nuestros ojos también lo han visto. Te vemos y ahora estamos en esto contigo, ahora es nuestra historia. Estamos juntos en ella y podemos mirar juntos hacia adelante». Sin este posicionamiento, la decisión de morir de Noelia no solo no es libre, sino que tampoco es personal: es la consecuencia de una falta de sostén colectivo que nos atañe a todos los miembros de su sociedad. Cuando el mundo no puede acompañar el sufrimiento y Dios hace tiempo que ha muerto, el dolor se vuelve insoportable; y, de nuevo en lo insoportable no hay elección posible.
No estamos solo ante una tragedia; también es un espejo, una representación. En él se refleja una cultura que ha alcanzado un alto grado de autonomía individual, capaz de verdaderas proezas técnicas, pero que ha perdido la capacidad de dar sentido al sufrimiento. Que es impotente frente a lo que Harmut Rossa describe como indisponible. Que no sabe qué hacer con el dolor que no puede eliminar. Y que no dispone ya de símbolos, narrativas o espacios que permitan integrarlo. No estamos ante una sociedad que sufre más que otras, sino ante una sociedad que sufre de otra manera: sin relato, sin contención y sin significado. En este contexto, la eutanasia no es necesariamente una decisión equivocada, sino una decisión coherente con su marco.
La pregunta que queda abierta no es si la decisión fue correcta o incorrecta, si se podría haber evitado o no, o si es un fallo o acierto jurídico. La pregunta es qué ocurre cuando el alma deja de saber qué hacer con el dolor. ¿Qué pasa cuando los antiguos senderos de fe y tradición se han cerrado para siempre y no es posible volver a ellos? ¿Qué refleja el caso de Noelia de nuestra propia actitud frente al sufrimiento y al sentido? ¿Estamos asistiendo a una forma de compasión que, en el fondo, es incapaz de sostener el sufrimiento y por tanto tiende a suprimirlo? ¿Hasta qué punto la autonomía individual es verdadera libertad, y en qué medida puede ser el síntoma de una soledad estructural? Y lo que más urge responder: ¿Es posible recuperar una relación con el sufrimiento que no pase únicamente por eliminarlo?
Este caso no cierra un debate: abre interrogantes que, si tenemos el coraje de enfrentar, tal vez nos abran una verdadera posibilidad de progreso existencial.
Foto: Eric Ward.
*** Eric Alexandre, psicólogo
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