Si hacemos un recorrido histórico podemos comprobar que, en verdad, a nadie le ha importado mucho el ideal democrático, que es cosa relativamente reciente, y que podemos incluso situar a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando comenzó verdaderamente a proclamarse y extenderse.

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Es también evidente que, en la inmensa mayoría de países o regiones del mundo, la democracia ni interesa ni vale absolutamente nada. Reina la apariencia más que el convencimiento. De hecho, en Barcelona hemos tenido recientemente reunidos un grupo de sátrapas gritando y proclamando democracia.

Estamos entonces en condiciones de anunciar la caída y progresiva extinción de ese sistema que tanto bienestar, seguridad y prosperidad ha procurado durante años

Cuando empecé a conocer Hispanoamérica, África y también Medio Oriente, me resultaba bastante claro que en estos lugares había poder organizado. Había sistema de gestión del poder político, en muchos sitios incluso elecciones, pero la pregunta del ciudadano corriente era, y sigue siendo: quién manda, a quién tengo que arrimarme o con quién tengo que llevarme bien porque manda.

En Egipto me decían que too many groups y que no era posible, de ninguna manera, articular el poder al modo democrático occidental porque esa multiplicidad de grupos complicaba todo. En Uzbekistán y en los países vecinos me encontré algo muy parecido. Allí a nadie le importaba en verdad esto de la democracia sino el poder.

Y cómo olvidar a Gaddafi enunciando aquello de que él no era un presidente sino un líder, que qué era lo que andaba mal en las cabezas de los dirigentes europeos. De hecho, para evidenciarlo, en Roma llegó a acampar con sus jaimas. Hoy en Libia hay, no ya demasiados grupos, sino demasiadas milicias.

El ideal democrático se fraguó en la Grecia clásica, se perfeccionó en los Estados Unidos durante los siglos XVIII y XIX, y comenzó a desnaturalizarse en Europa en el siglo XX. Al resto del mundo no es que no le haya importado mucho, sino que no lo perciben como algo propio ni creen siquiera que merezca atención.

En el Medioevo no se planteó la pregunta por la democracia, sino por la legitimación del poder, como evidencian los speculum príncipis que proliferaron durante la Edad Media y entre los cuales podemos y debemos destacar el de Pedro Belluga.

En nuestro propio país, antes de llegar el Estado democrático ya había llegado una incipiente fórmula de Estado de derecho, aunque se ignore o no se quiera reconocer, pero fue así, como evidencian multitud de leyes que ya limitaban el ejercicio del poder político y administrativo.

Podemos entonces concluir que la idea de la limitación del poder llevó a la apertura del sistema democrático, que los cataclismos del siglo XX aceleraron su expansión y que ahora ya en el siglo XXI estamos asistiendo a su sepelio, pues ni la limitación del poder les encaja a los dueños del sistema democrático, ni el sistema democrático parece gozar de prestigio, como evidencia el comportamiento de nuestras autoridades nacionales y supranacionales, y como se puede también comprobar en el sentir cada vez más mayoritario de la población.

Así las cosas, entre el malestar contra la gobernanza democrática y la llegada de millones de ciudadanos que no han pasado por el Renacimiento, ni la Ilustración, tampoco el Humanismo, ni tienen nada en común con la herencia grecorromana, estamos entonces en condiciones de anunciar la caída y progresiva extinción de ese sistema que tanto bienestar, seguridad y prosperidad ha procurado durante años.

La mutación parece inevitable. Ha llegado a su fin y la profecía de su mejor estudioso, Alexis de Tocqueville, se ha cumplido sobradamente. Lo que no sabemos es si Don Alexis alcanzaría a imaginar cómo está transcurriendo esta mutación.

Así las cosas, por mucho que liberales o socio-liberales crean en el potencial casi evangelizador de la democracia (socio)liberal, parece claro que lo que tienen en su mente no va a suceder. No es posible que suceda, porque lo que estamos viendo, desde Gran Bretaña a Suecia, pasando por algunos lugares de Estados Unidos, también Bélgica o Alemania es, en efecto, la subversión del sistema democrático y el rule of law, que fue cimentado en la igualdad jurídica, la libertad de expresión, la separación de poderes, la aconfesionalidad y la actuación neutral de las Administraciones.

Ideas o ideales en los que ya no cree nadie, ni dirigentes, y cada vez menos jueces.

Foto: Hert Niks.

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