«Gente, la gente que necesita a gente, esa es la gente más afortunada del mundo». Cantando “People” nos deslumbraba en Funny Girl hace más de medio siglo la deslumbrante Barbra Streisand. Qué verdad tan simple y estruendosa, y hoy por hoy, algo extraña, creciendo como está la cifra de quienes prefieren rodearse de gatos que de niños y la lacra de la soledad no buscada, sino sufrida. Cada vez hay más sartrianos entre nosotros —«el infierno son los otros»—, algunos curiosamente travestidos de humanistas, tipos y tipas que dicen abrazar los más elevados valores al tiempo que piden fusilar a quien se coma una chuleta de cerdo, no comparta su credo político o conduzca un coche que funcione con gasoil; la gente antigente.

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Decía la Susanita de Quino en una gloriosa tira: «Amo a la humanidad; lo que me revienta es la gente». Hay mucho discurso de miss, estamos hasta arriba de hashtags, pero nos desangramos de bondad de diario, de vecino y conciudadano. La ruedita de hámster de la economía global, la de internet y las redes sociales, nos está llevando a descuidar lo que más importa, que es la gente. Nos creemos que la batalla por lo bueno se ha trasladado al ciberespacio, cuando lo cierto es que no hay más bien que el que se aplica en nuestras inmediaciones. No valemos lo que nuestros «valores» —eso no es más que una pegatina en el brazo—, ni lo que nuestros tatuajes: valemos lo que nuestros actos, y siempre solo en la medida en que combatan los males ajenos.

Las personas no somos simplonas canicas: cuando chocamos, no volvemos a ser las de antes. Los demás no son el infierno, sino nuestra oportunidad palpitante. En el fondo, lo sabemos, y por eso contratamos coaches y hasta fundamos «clubes de abrazos» mientras olvidamos que lo que necesitamos es familia, compañeros y amigos

Destacan entre estos lobos con piel de cordero los transhumanistas, tipas y tipos que te dicen con toda seriedad que en el mundo sobra gente pero que deberíamos vivir doscientos o dos mil años, y los antiespecistas, tipas y tipos para quienes siempre son contingentes los niños de los demás y los nonatos, mientras que ellos se consideran necesarios, y sus mascotas, sacrosantas. Mujeres y hombres hechos y derechos que siempre van a cagar a casa del vecino, que gritan consignas antisistema mientras se olvidan de los más vulnerables que tienen cerca. Adalides de los Derechos Humanos Universales que si los contradices en Twitter te buscan la ruina civil en menos que canta un gallo («me indigna que sea profesor, no sé cómo se lo permiten»). Al otro lado, los humanistas de ley, que es gente que sabe que no hay roca, árbol o perrito que pueda compararse con la gente; gente enraizada y buena de veras que se ríe de quienes nos condenan como especie y ya proyectan que cuatro gatos la salven mudándose a Marte.

Puede ser maravillosa, la gente. Cada una de su tamaño, su color, su edad y su sexo, no vas a encontrar nada en el universo más fascinante que la gente. «Detrás de los anuncios de neón» —cantaba Serrat— «está la gente, con sus pequeños temas, sus pequeños problemas, sus pequeños amores. Con sus pequeños sueldos, sus pequeñas campañas, sus pequeñas hazañas, y sus pequeños errores». Podrías pasarte toda la vida observando a la gente, sus intenciones, anhelos, potencias e inseguridades, sus grandezas y sus miserias, sus fortalezas y sus debilidades; nunca la comprenderás del todo, pero cada secreto que le arranques te acercará más a ella. Y no hay nada que te vaya a hacer sentir mejor —ninguna maldita cosa— que hablar, escuchar, reír y llorar con la gente.

Las personas no somos simplonas canicas: cuando chocamos, no volvemos a ser las de antes. Los demás no son el infierno, sino nuestra oportunidad palpitante. En el fondo, lo sabemos, y por eso contratamos coaches y hasta fundamos «clubes de abrazos» mientras olvidamos que lo que necesitamos es familia, compañeros y amigos. Este es el secreto que no nos contarán quienes temen por sus ingresos en la economía paliativa del mundo antigente: que la calidad de nuestra vida viene determinada por la calidad de nuestras compañías. Con quién me junto, esa es la clave de todo; y no es una yincana agobiante, por cierto, encontrar a gente buena, porque el mundo está hasta los topes de ella. Gente corriente, falible, defectuosa, por supuesto, como usted y como yo, pero gente arrojada, lista, trabajadora, honorable.

En Los hermanos Karamázov hay un anécdota que cuenta el stárets Zosima sobre un señor que afirma: «Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente». Esto es lo que estamos teniendo últimamente: sobredosis de Susanitas. «Más de una vez he soñado apasionadamente» —seguía el personaje— «con servir a la humanidad, y tal vez incluso habría subido el calvario por mis semejantes, si hubiera sido necesario; pero no puedo vivir dos días seguidos con una persona en la misma habitación: lo sé por experiencia. Cuando noto la presencia de alguien cerca de mí, siento limitada mi libertad y herido mi amor propio». ¿No ha notado, querido lector, que esto les pasa a los solitarios misántropos, y que se agudiza con el tiempo? Pero también es un poco lo que nos está pasando a todos, que cada vez estamos más aislados. Hemos hecho de una mera herramienta, internet, nuestro hogar y nuestra barriada, y con ello nos adentramos cada vez más en la oscura tierra de lo antihumano. «En veinticuatro horas» —concluye el narrador— «puedo tomar ojeriza a las personas más excelentes: a una porque permanece demasiado tiempo en la mesa, a otra porque está acatarrada y no hace más que estornudar. Apenas me pongo en contacto con los hombres, me siento enemigo de ellos. Sin embargo, cuanto más detesto al individuo, más ardiente es mi amor por el conjunto de la humanidad».

«Que no haya más hambre ni sed; pero ante todo sé una persona que necesita a otras personas». Aquí es donde Barbra se acuerda de los humanistas de pega, los de las mejores intenciones y las grandes causas. Hay gente que hace mucho por los demás, por gente anónima incluso, dejándose la piel y arriesgándolo todo. Pero también hay un atragantamiento de epopeyas de sillón y mucha banderita en bandolera. El bien es un asunto de proximidad, e igual que quien mata bichos apunta psicópatas maneras, quienes se hermanan con África al tiempo que ni saludan al vecino son dignos de toda sospecha. Debe avisarnos el eclipse de un sustantivo bello y cordial: el prójimo. Quienes lo desprecian por «resabio judeocristiano» —los ateos crédulos de un millón de credulidades—, ignoran lo necesario y descriptivo que resulta; mi prójimo no es más que el ser humano que me queda cerca, y ella o él es toda mi posibilidad de ser bueno.

Como explica C. S. Lewis en La experiencia de leer, «el primer impulso de cada persona consiste en informarse y desarrollarse. El segundo, en salir de sí misma, salir de su provincianismo y curar su soledad». En el mundo más poblado e interconectado que ha existido, hay gente muriendo en la calle en quien nadie repara y gente muriendo en su casa en quien si se repara es por el hedor que desprende su cadáver. No hay preguntas más apremiantes que estas: ¿por qué estamos construyendo un mundo en el que cada vez importa menos la gente? ¿Cuántas de nuestras lustrosas innovaciones están empeorando, en términos netos, nuestras vidas? ¿Vamos a seguir abrazándolas todas, descargar cada app que se nos ofrezca y aplaudir cada novedad que se nos venda, o vamos a refundar la república de la gente?

Decía Alfred Adler que la persona que no se interesa por sus semejantes es la que tiene mayores problemas en su vida y la que ocasiona los mayores daños a los demás, y que a esas personas se debían todos los fracasos del hombre. Ese veredicto jamás va a pasar de moda. Conviene repasar las agendas, analizar con ojo crítico nuestros días. ¿Hay ahí suficiente gente, o hay tal vez muchas cosas, y mucho Meet y mucho Zoom, y foros de discusión virtuales, y redes sociales, pero no hay rostros, piel, carne y huesos? Necesitamos bibliotecas con gente, asociaciones de lo que sea, parroquias y bares de la esquina; necesitamos proximidad, que es lo que hace que el otro sea un prójimo. Estimado señor Zuckerberg: puede usted meterse el Metaverso por donde le quepa, nosotros estamos con la Streisand: «Gente, la gente que necesita a gente, esa es la gente más afortunada del mundo».

Foto: Timon Studler.


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Soy economista y doctor en filosofía. He trabajado en dirección de empresas más de veinte años y me dedico en la actualidad a la consultoría, las conferencias y la docencia en escuelas de negocio como miembro del equipo Strategyco. También escribo y traduzco. Como autor he publicado siete libros, el último Ética para valientes (2022). Como traductor, he firmado más de veinte títulos, incluyendo obras de Shakespeare, Rilke, Furedi, Deneen, Tocqueville, Novalis, Stevenson, Ahmari, Lewis y MacIntyre. Más información en www.dcerda.com