Cabe un homenaje al espléndido libro de Martin Gardner que analiza el significado científico de las leyes de simetría y de sus excepciones naturales para referirnos a un fenómeno menos cósmico y más político, a las diferencias y enfrentamientos entre conservadores y progresistas, entre derecha e izquierda.

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Las diferencias políticas surgen de fuentes bastante hondas, casi nunca son meras preferencias sobre opciones equiparables.  Es probable que la rotura de los cauces clásicos de enfrentamiento entre unos y otros derive de que, en la práctica, buena parte de las derechas se han acomodado al consenso socialdemócrata y estatista y buena parte de las izquierdas han comprendido que la derrota del capitalismo no solo era un imposible sino un absurdo. De ser así, se impone reconocer que todavía no se han encontrado fórmulas estables, alternativas y razonables, de oposición política que preserven el fondo cultural del que surgen las diferencias, y ello ha sido, con toda probabilidad un factor que ha contribuido al auge de los populismos que, aunque se sigan reclamando de derechas o de izquierdas son cosa bien distinta y harto desafortunada.

Cuando el debate político pierde vigor intelectual, cuando no se habla de lo que pasa sino que solo se habla de lo que conviene a la miopía de los contendientes, los políticos excitan la inquietud de los electores y tratan de colocarlos ante opciones apocalípticas, lo que constituye un ejemplo perverso de politización de la existencia

No quiero detenerme ahora en las diferencias de fondo entre una y otra manera de pensar, sino en algo que me parece bastante llamativo, en  la manera en que buena parte de las derechas han caído en el error de hacer la política a la manera de las izquierdas. Creo que la razón de fondo de esa imitación está en que la derecha siente que ha perdido demasiadas batallas (piensa que el mundo se ha ido haciendo progre e inmoral) y que la razón está en que las derechas han renunciado a la movilización, se han vuelto cómodas y prácticas. Hace unos años que me di cuenta de que  ciertos sectores de la derecha más conservadora creían necesaria la invención de un Podemos de la derecha y a fe que se han empeñado con éxito en ello.

Aunque el asunto es más complejo, me parece fuera de discusión que en el horizonte de cualquier derecha se encuentra la idea de orden, aún a riesgo de mantener formas poco tolerables de desigualdad, mientras que la izquierda pretende lo que he llamado la politización de la existencia, una inacabable tarea destructiva porque siempre hay obstáculos que derribar en pro de sus bellos ideales. Fiat iustitia ete pereat mundus, bien podía ser su lema permanente.

La política es acción, no contemplación, pero las formas de acción que son preferibles para la derecha debieran ser muy distintas de las que la izquierda trata de poner en funcionamiento. Mientras que muchos conservadores tienden a considerar que la política es una molestia inevitable y que es poco probable que aporte algo que resulte ser sin discusión mejor que el no hacer nada, los progresistas están muy convencidos de que poseen las soluciones de fondo para todo pero que no hay nada que hacer mientras manden los conservadores.

La derecha, se podría decir, tiende a creer en la dificultad de los problemas mientras que la izquierda cree en la facilidad de las soluciones. El truco está en que los problemas en los que la derecha se centra no son fruto de la imaginación sino de la experiencia, en tanto las soluciones que enarbola la izquierda son más producto de la ilusión que de ningún cálculo. Es obvio que la izquierda contemporánea se rinde con facilidad a modelos de activismo, y lo hace porque sabe que si caminase con sosiego no sabría a dónde ir, porque, en verdad, ha dejado de creer en cualquier paraíso imaginable y solo cree ya en la acción por la acción, en una revolución en la que, parodiando al Príncipe de Lampedusa, es preciso que todo cambie para que nada, por más que siga siendo lo mismo, repose satisfecho.

La izquierda se mueve, no para, es un torbellino a la búsqueda de nuevas causas, es en esencia callejera y activista, y ese es el modelo en el que tiende a caer con frecuencia la derecha, en manifestarse, en salir a la calle, en juntar multitudes para mostrar que tiene fuerza, pero en ese ejercicio corre el riesgo, nada pequeño, de olvidar que lo suyo no mostrar fuerza, sino dar razón, encontrar las formas de dar salida a los problemas con los que se encuentran los ciudadanos y que ninguno de ellos puede resolver solo con sus medios.

Esto no quiere decir, como interpretan los tecnócratas, que todo pueda reducirse a la gestión, que la política consista en darle a la tecla de los ordenadores de los funcionarios; de ninguna manera, la derecha necesita tener proyectos, porque la política se ocupa de mañana y no del ayer, y debe esforzarse en mostrar lo razonables que son y en tratar de resolverlos mediante fórmulas efectivas de participación ciudadana.

Esto hace que la política de derechas constituya un trabajo arduo y que, a nada que se dejen vencer por la pereza, tiendan a pensar que ya resolverán las cosas cuando estén en el gobierno y que para llegar a él haya que hacer lo mismo que la izquierda, tomar las calles, evitar los debates, opacar al discrepante y, desde luego, sacar una energía tan inagotable como se pueda de las continuadas fechorías de la izquierda cuando gobierna, pues creen muchos que eso es  algo que la izquierda, simplemente, no sabe hacer.

Cuando la derecha abandona la misión de buscar los acuerdos generales de un conjunto de personas a las que la causalidad o la elección ha hecho vivir juntas, por decirlo con Oakeshott, corre el riesgo de convertirse en mero sustituto de los progresistas porque solo es capaz de llegar al gobierno y de conseguir mayorías cuando sus adversarios fracasan, lo que significa que la derecha se limita a ser progresismo moderado o envejecido.

En el colmo del mimetismo, puede acabar sucediendo que la derecha se deje seducir por los procedimientos de movilización electoral de sus rivales, claro está que, por lo general, con risible eficacia. Los políticos del centroderecha se equivocan del todo cuando se limitan a ser críticos oportunistas de las ocurrencias del adversario, cuando imitan sus métodos de agitación y su forma de capitalizar el miedo y, por tanto, se excusan de dar razones originales y atractivas (sin competir en ser más social que nadie) por las cuales se les debiera dar el voto.

Este tipo de políticos que se pretenden conservadores acaban por ser un derivado de lo que dicen detestar y son tan poco propensos a la autocrítica que acaban por creer que, a su conveniencia, tendría que existir una mayoría natural (cuando, como ha mostrado Arendt la política es algo muy creativo y artificial) que no tenga otro remedio que votarles, pero echarán la culpa al maestro armero cuando no ocurra lo que habría debido ocurrir… y vuelven a perder las elecciones.

Por fortuna, en sociedades de tradición democrática muy consolidada los conservadores suelen tener argumentos y se dan el gusto de exponerlos, pero por desgracia empiezan a menudear por diversas partes los fenómenos que se adaptan a un esquema, que confunde el conservadurismo con el pataleo y la exageración.

Cuando el debate político pierde vigor intelectual, cuando no se habla de lo que pasa sino que solo se habla de lo que conviene a la miopía de los contendientes, los políticos excitan la inquietud de los electores y tratan de colocarlos ante opciones apocalípticas, lo que constituye un ejemplo perverso de politización de la existencia, de tratar que las energías espirituales y morales de los electores se pongan al servicio de operaciones políticas que debieran fundarse y proponerse por sus propios motivos y razones. Para la derecha eso significa apostar por jugar en campo contrario y no preocuparse de la acreditación de los árbitros, un camino fácil hacia la derrota.

Foto: Greg Rakozy.


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A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web