Reconozco que he tenido que tomarme un tiempo para meditarlo y que, aunque las esperaba, las alegres soflamas lanzadas a bote pronto al respecto, sean cuales fueren su colores y propósitos, siguen provocándome una molesta picazón en algún pliegue de mi alma. Sobre todo, las mías. Ante la imposición de la presentación del pasaporte covid en todos los locales de ocio y hostelería el cuerpo me pedía marcha, boicot, guerra al liberticida, carajo, pero la realidad, una vez meditada y con la testosterona en niveles normales para mi peso y edad, es mucho más compleja, que les voy a contar, que el amor a primera vista.

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Con la vena del cuello deshinchada uno cae en la cuenta de que el hostelero medio lleva pagando los platos rotos de una infame y criminal gestión pública desde que empezó todo el sarao. Se ha convertido en un colaboracionista forzoso, con cargo a su bolsillo y amenazado siempre. No ha podido ejercer su trabajo, no ha podido ganarse la vida adecuadamente desde hace muchos meses, todo ello, no lo olvidemos, bajo unas premisas sanitarias falsas. Es el cénit del abuso obligar a portar un carné que demuestra que llevas una vacuna que no previene el contagio allí donde te lo piden, como es del todo evidente a la vista de los hechos y de la ciencia, la de verdad, no la política. Sin saber más sobre el negocio o sus propietarios, no es en absoluto justo hacerles cargar con el desahogo de nuestras frustraciones. Lo más probable es que la mayoría de ellos no tengan tiempo ni medios para poder luchar contra una medida que casi seguro detestan, como usted y como yo.

¿Es el uso obligatorio de la mascarilla en exteriores un abuso? Sin duda. El hecho es que no es difícil encontrar transeúntes que obvian el requerimiento y fuman, comen o simplemente pasean sin el bozal en la boca

Cuestión bien diferente es que el desacato de una ley solo comporte consecuencias para el que la conculca. Ignorar la prescripción del uso de la mascarilla en todo momento en la vía pública solo tiene un posible afectado y ninguna consecuencia para terceros, si el infractor se sabe sano, obviamente. Es mas probable que el asunto acabe en multa que en contagio.

¿Es el uso obligatorio de la mascarilla en exteriores un abuso? Sin duda. El hecho es que no es difícil encontrar transeúntes que obvian el requerimiento y fuman, comen o simplemente pasean sin el bozal en la boca. La Libertad no es gratis y la vida es una cuestión de incentivos. Son bastantes los que pueden permitirse las consecuencias de pasear con la cara al descubierto, sea de forma reivindicativa o simplemente porque les da la gana. Existen incentivos para vernos los morros. Es un hecho. Éste es otro de esos crímenes sin víctimas y por lo tanto hay que oponerse a él. Es otra vergonzosa consecuencia de esa estúpida sensación del político obtuso que piensa que algo ha de hacer cuando lo mejor que puede hacer es no hacer nada.

Sin embargo, poco parece una cara descubierta frente a toda esta barbarie. Ya se han llevado a cabo manifestaciones contra el maldito pasaporte y parece, por lo que se puede ver en nuestras calles, que muchos, a su manera, hacen caso omiso al cubrebocas. Aún así, es necesario llevar las cosas más lejos.

Tanto en el caso del pasaporte como en el de la obligatoriedad del uso de la mascarilla y, en general, de todos los abusos del poder, deberíamos contar con un sistema contrapesado en el que bien los partidos políticos, –o parte de ellos, malditas listas cerradas– la fiscalía o cualquier otra institución estatal contara con el suficiente poder y por qué no decirlo, con las suficientes agallas, para hacer uso de las propias herramientas legales que se supone que una constitución garantista ha de proveer para proteger a los ciudadanos de la dictadura.

En nuestro país no solo los jueces y fiscales están infectados por el virus totalitario, sino que los partidos políticos autoproclamados liberales se aprestan en promulgar leyes liberticidas para que todos los atropellos que se han producido en los últimos años y que el Tribunal Constitucional ha dictaminado como ilegales, puedan llevarse a cabo dentro del marco legal. El colmo del despropósito.

Ante este panorama solo me queda resaltar la importancia de que todas las asociaciones civiles deban nutrirse única y exclusivamente con dinero de sus afiliados y donaciones privadas. Cuando todos los muros que contienen el avance del poder político en detrimento de la Libertad ciudadana están contaminados por el dinero público, por el cambalache de favores y por la compraventa de voluntades, cuando los medios de comunicación no son el cuarto poder que se opone a los otros tres y no son más que una extensión más de un poder omnímodo y ciclópeo que solo puede mirar en una dirección, la acción civil queda como el último reducto en el que los ciudadanos pueden resguardarse.

Si las patronales y las asociaciones de hosteleros fueran absolutamente independientes defenderían los derechos de sus afiliados y podrían costear con mayor solvencia los pleitos que de ello se derivara pero como ocurre en los medios de comunicación o en los sindicatos, paradigmas ambos de lo que la connivencia con el poder daña la sociedad civil, en este puñetero trozo de tierra cualquier agrupación de intereses, bien sea empresarial o individual, se contempla única y exclusivamente como un caladero de votos por parte tanto del alcalde o como del presidente del gobierno. Hasta las comunidades de vecinos cuando es preciso. Consecuentemente se dilapidan fondos comprando voluntades o, lo que en ocasiones es peor, se llenan de quintacolumnistas con carné por si acaso los euros no son suficientes o la enjundia de la reivindicación lo aconseja.

La rabia cabe dirigirla contra quien nos agravia, contra el liberticida. Está perfectamente claro quiénes son muchos de ellos, desde políticos a medios de comunicación, pasando por sindicatos, patronales y ONG de pega, pero pese a que es deber de buen ciudadano incumplir las leyes injustas, como bien sabía Gandhi, para cargar contra nuestros iguales ha de estar perfectamente claro que lo hacen a conciencia, a sabiendas de que tienen escapatoria y no la ponen en práctica. El principio de no agresión aplica siempre.

Foto: Khashayar Kouchpeydeh.


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José Luis Montesinos
Soy Ingeniero Industrial, me parieron autónomo. Me peleo con la Administración desde dentro y desde fuera. Soy Vicepresidente del Partido Libertario y autor de dos novelas, Johnny B. Bad y Nunca nos dijimos te quiero. Escribí también un ensayo llamado Manual Libertario. Canto siempre que puedo, en cada lugar y con cada banda que me deja, como Evanora y The Gambiters.