La progresiva recuperación de la libertad tras el confinamiento nos devuelve a un mundo lleno de advertencias y pronósticos poco o nada halagüeños. Esta corriente de pesimismo, como diría Magris, proyecta sobre nosotros un profundo sentido de la transformación radical de la civilización y de la misma humanidad y por consiguiente un sentido del indiscutible fin no del mundo, sino de un modo secular de vivirlo, de concebirlo y administrarlo. Hay quienes van más lejos y anuncian directamente que nuestro mundo se acabará si no cambiamos por completo nuestra forma de entenderlo. ¿Qué hay de cierto en estos inquietantes vaticinios?

Foto: Ben White

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Esa insistente sensación de que el mundo se acaba

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