Que la Corrección Política se ha convertido en la mayor amenaza para la libertad desde la eclosión de las ideologías totalitarias en el pasado siglo es algo que cada vez resulta más evidente. Sin embargo, se tiende a reducir esta grave amenaza a una convencional confrontación ideológica, donde la Corrección Política sería lo que se ha dado en llamar marxismo cultural, estableciéndose así una forzada división que impide la reacción clara y contundente de la sociedad en su conjunto.

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Lo cierto es que el embrión de la Corrección Política no surge de una ideología sino de un trauma, la Primera Guerra Mundial. Se trata de una reacción contracultural espontánea, en la que desde el primer momento la transgresión sexual es uno de sus principales signos distintivos.

Basta leer a Stefan Zweig en «El Mundo de Ayer» (1942) para comprobar el ambiente transgresor en que se hallaba sumida la juventud de la posguerra

Basta leer a Stefan Zweig en El Mundo de Ayer (1942) para comprobar el ambiente transgresor en que se hallaba sumida la juventud vienesa de la posguerra, durante la década de 1920. Un ambiente que se reproducía de manera similar en otras ciudades de Europa

“… Por el simple gusto de rebelarse se rebelaban contra toda norma vigente, incluso contra los designios de la naturaleza, como la eterna polaridad de los sexos. Las muchachas se hacían cortar el pelo hasta el punto de que, con sus peinados a lo garçon, no se distinguían de los chicos; y los chicos, a su vez, se afeitaban la barba para parecer más femeninos; la homosexualidad y el lesbianismo se convirtieron en una gran moda no por instinto natural, sino como protesta contra las formas tradicionales de amor, legales y normales. Todas las formas de expresión de la existencia pugnaban por farolear de radicales y revolucionarias…”     

Esta reacción de rechazo a todo lo tradicional carece de raíces marxistas. Su razón es mucho más prosaica: el traslado por parte de los jóvenes de toda la responsabilidad de la Gran Guerra a sus ancianos gobernantes. Un decisión controvertida, habida cuenta que uno de los desencadenantes de la guerra fue el exceso de confianza de una juventud que, deseosa de demostrar su valía, amenazo con amotinarse si sus gobiernos se comportaban de forma pusilánime.

La primera gran huida de la responsabilidad

La juventud de la década de 1910 era beneficiaria de un largo periodo de paz. Sólo conocía la guerra por referencias literarias o por noticias de escaramuzas coloniales, donde el poder de los ejércitos europeos resultaba incontestable. Los viejos conflictos continentales sobre los que tenían algún conocimiento habían sido enfrentamientos que no llegaron a prolongarse más de un año, como la Guerra franco-prusiana, que se libró del 19 de julio de 1870 al 10 de mayo de 1871, y que careció de los medios para la aniquilación a gran escala que la Revolución Industrial iba a proporcionar a los ejércitos del siglo XX.

Así, los jóvenes pertenecientes a la emergente clase acomodada y urbana tenían una visión romántica y casi festiva de la guerra. Y daban por supuesto que la Gran Guerra consistiría en un vistoso desfile militar, una oportunidad para demostrar su heroísmo y realizar hazañas dignas de ser noveladas. Pero, sobre todo, estaban convencidos de que el conflicto no se prolongaría más allá de unos meses.

Desgraciadamente, no hubo ningún paseo militar. El músculo desarrollado por las potencias europeas durante el largo periodo de paz y prosperidad que precedió al conflicto, los avances tecnológicos y la capacidad industrial convirtieron la contienda en una prolongada y colosal matanza. Y cuando por fin concluyó, los antaño eufóricos jóvenes fueron incapaces de sobreponerse al shock. Concluyeron que habían sido engañados y llevados al matadero por un «mundo viejo» gobernado por “ancianos” .

La reacción contracultural, embrión de la Corrección Política, que siguió al final de la guerra, fue fruto de la incapacidad de las nuevas generaciones para asimilar lo sucedido y asumir su propia responsabilidad

Así pues, la reacción contracultural, embrión de la Corrección Política, que siguió al final de la guerra fue en buena medida fruto de la incapacidad de las nuevas generaciones para asimilar lo sucedido y, sobre todo, para asumir su responsabilidad en el desastre. Esta renuncia a la propia responsabilidad constituye el primer signo de un proceso de infantilización que es consustancial a la Corrección Política, y que alcanzará niveles críticos a finales de los años 60, cuando la Corrección Política haya viajado de Europa a los Estados Unidos, de donde regresará corregida y aumentada.

El mito de Gramsci

Uno de los mitos que contribuye a ocultar el origen real de la Corrección Política es el mito de Antonio Gramsci. Un personaje al que tanto los marxistas, siempre necesitados de nuevos referentes, como algunos conservadores han otorgado una relevancia exagerada.

En general, la memoria colectiva tiende a simplificar los hechos, adjudicando todo el mérito a nombres propios. Así, muchos generales han pasado a ser recordados como grandes estrategas, atribuyendo sólo a sus brillantes planes las más espectaculares victorias. Sin embargo, hasta los más deslumbrantes éxitos tienen un fuerte componente de azar y de oportunismo.

Al igual que sucede con los mitológicos generales, unos y otros atribuyen a Antonio Gramsci el mérito del surgimiento de la Corrección Política (entendida como marxismo cultural). Y argumentan para ello que sus ideas penetraron en las universidades durante la década de los 70. Y que fue un referente del Eurocomunismo de 1970.

Gramsci siempre estuvo muy lejos de descubrir la verdadera contribución de la Corrección Política a la izquierda: la sustitución de la conciencia de clase por la de la identidad

Pese a todo, el único hallazgo relevante de Gramsci, colocar a las instituciones culturales en la diana de la agenda revolucionaria, es consecuencia y no causa de ese embrión de la Corrección Política que hunde sus raíces en el shock de la Primera Guerra Mundial.

En realidad, Gramsci era un marxista esencialmente ortodoxo. Siempre estuvo muy lejos de descubrir la verdadera contribución de la Corrección Política a la izquierda: la sustitución de la conciencia de clase por la de la identidad. Lo que sí puso en evidencia el político italiano es el oportunismo marxista.

Cuando Gramsci propone la creación de una élite de intelectuales que aúnen teoría y práctica, lo que anima, aun sin saberlo, es la constitución de un núcleo de pensadores, cuya misión será convertir las contingencias y azares sociales en oportunidades para ganar la batalla del Poder. Esta visión de adaptación al medio será asumida por el Eurocomunismo, que irá arrumbando los viejos dogmas marxistas e incorporando otros nuevos.

La Escuela de Fráncfort

Después de Gramsci y en orden cronológico, otro de los mitos que sirven para reducir la Corrección Política a marxismo cultural es el de la Escuela de Fráncfort. Un título que equivocadamente se ha asociado a una línea de pensamiento monolítica. Es cierto que esta institución fue la primera institución académica de Alemania que abrazó sin tapujos las ideas marxistas, pero no menos cierto es que sus miembros provenían de ámbitos y tendencias muy distintas. Las discrepancias entre ellos era una constante.

El origen de la reacción contracultural norteamericana, al igual que la europea, tiene su origen en otro trauma bélico: la Guerra de Vietnam

A la leyenda de la Escuela de Fráncfort contribuye el hecho de que la mayoría de sus miembros tuviera que trasladarse de Alemania a los Estados Unidos durante el régimen nazi. Una circunstancia que ha servido para establecer la idea de que el llamado marxismo cultural europeo fue exportado a los Estados Unidos por sus miembros. Sin embargo, la reacción contracultural norteamericana, al igual que la europea, tiene su origen en otro trauma bélico: la Guerra de Vietnam. Un desastre que como la Gran Guerra animó toda clase de activismos y excesos ideológicos.

En la década crítica de los años 60, cuando la Corrección Política tal y como la conocemos se manifiesta, de los exponentes de la Escuela de Fráncfort, fueron Herbert Marcuse y Erich Fromm quienes asumieron con entusiasmo las proclamas del 68. Tanto El hombre unidimensional de Marcuse (1964) como Del tener al ser de Fromm (1976) eran, en efecto, textos, aparentemente, en línea con el movimiento rebelde estudiantil, pero en modo alguno fueron sus guías; se trataba de teorías brillantes, sin embargo no fueron la génesis de las contingencias y azares del momento, sino teorías que surgieron a colación de éstas, tratando de otorgar sentido y finalidad a una reacción que era preexistente.

Otros integrantes de la Escuela de Fráncfort, como Theodor W. Adorno y Max Horkheimer se mantuvieron alejados de las reivindicaciones juveniles de la época. Para Adorno, el modo violento en que el movimiento estudiantil se enfrentaba a las instituciones universitarias, junto con el carácter frecuentemente liberal y burgués de sus reivindicaciones, era inaceptable. En su opinión, las consignas de los estudiantes remitían a una cultura libertaria, originariamente enraizada en el liberalismo, pero escindida en los 40, que invocaba la libertad de expresión y perseguía la destrucción de las instituciones. Que Adorno fuera marxista no significaba que fuera estúpido: advirtió que desmantelar la tradición sin sustituirla por algo mejor, sin crear un círculo virtuoso de la cultura, conduciría al caos.

La Corrección Política nunca fue una criatura de Adorno, como tampoco lo fue de Gramsci, Marcuse, Fromm o Horkheimer. Ninguno de ellos fue su padre

Para algunos analistas, el acoso al que sometieron a Adorno las feministas, con acciones como desnudarse de cintura para arriba y mostrar sus senos durante sus clases (Busenaktion), fue una suerte de justicia poética: la metáfora del creador devorado por su propia criatura. Pero es una interpretación equivocada. La Corrección Política nunca fue una criatura de Adorno, como tampoco lo fue de Gramsci, Marcuse, Fromm o Horkheimer. Ninguno de ellos fue su padre. En el mejor de los casos, algunos actuaron como oportunistas, a remolque de los acontecimientos.

La CP es ya la ideología dominante del siglo XXI… y tiene vida propia

Además de quienes tienden a reducir este complejo fenómeno a marxismo cultural, existen también los que relativizan su importancia, afirmando que la Corrección Política siempre ha existido. Para ello, aluden al puritanismo y los tabúes del pasado, estableciendo una falsa continuidad histórica con un fenómeno que en realidad es relativamente nuevo y que poco tiene que ver con la forma en que las sociedades occidentales habían venido evolucionando.

En efecto, en el pesado los tabúes y convenciones se construían con el tiempo, de manera lenta y laboriosa. Según las sociedades avanzaban y cambiaban, las reglas desaparecían de forma gradual, dando paso a nuevas convenciones que, previamente, debían demostrar una cierta utilidad. Estas reglas, mejores o peores, resultaban claras, previsibles y estables. No cambiaban bruscamente ni se desechaban alegremente, tampoco se desdoblaban en nuevas reglas incompatibles unas con otras.

Por el contrario, la Corrección Política genera constantemente nuevas reglas contradictorias entre sí y cuya utilidad es cuestionable, cuando no inexistente. Reglas que, lejos de desaparecer gradualmente, se dividen y multiplican en un proceso de mutación sobre el que la sociedad no tiene ningún control; tampoco las élites, que se limitan a ir a favor de la corriente para obtener algún beneficio o, en su defecto, sobrevivir a cambios vetiginosos.

La Corrección Política es mutante, genera constantemente nuevas reglas, contradictorias entre sí y cuya utilidad es cuestionable, cuando no inexistente

Esta capacidad de mutación de la Corrección Política se puede apreciar con nitidez en la “revolución feminista”, un proceso que rápidamente escapó al control de los ideólogos. Ya en los años 70 se produjo la primera mutación. El feminismo se dividió en dos grupos antagónicos: el feminismo radical (Radfem) y el feminismo liberal (Libfem), esto es, el feminismo de la igualdad y el de la diferencia.

Más tarde surgió el transfeminismo (Transfem), que entiende el género como un sistema de poder que produce, controla y limita los cuerpos. A su vez, este transfeminismo dio lugar a la aparición del feminismo radical y transexclusivista (Terf, en sus siglas en inglés) que es su antagonista. Así, además de la misoginia, aparece también la transmisoginia, es decir, feministas transfóbas que rechazan a las mujeres transgénero.

De esta forma, paso a paso, mutación a mutación, la «revolución feminista» ha derivado en un caos, donde las sucesivas identidades se desdoblan a su vez en otras nuevas que resultan antagónicas.

La izquierda como rehén

Al identificar la Corrección Política como una criatura creada y dominada por la izquierda lo que se consigue es que los cada vez más numerosos grupos que la promueven puedan asociar su rechazo a la traición ideológica. De esta forma, convierten a la izquierda en  rehén. Quienes critiquen cualquiera de los dogmas políticamente correctos pueden ser acusados de no ser verdaderos progresistas y, en consecuencia, estigmatizados. Lo que neutraliza cualquier reacción desde la izquierda.

Es cierto que le fenómeno de la Corrección Política es extremadamente complejo. Y cada cual puede tener su propia teoría sobre su origen. Sin embargo, de lo que no hay duda es que calificar hoy de marxismo cultural a este medio de control social, del que se aprovecha indistintamente el poder económico y el poder político, capitalistas y colectivistas, partidos de izquierda y derecha, no parece tener demasiado sentido.

Sea como fuere, nos enfrentamos a un nuevo y temible totalitarismo que ha trascendido las tradicionales fronteras ideológicas. Un monstruo con vida propia que apela a las emociones y no a la razón, a los delirios y no a la sensatez, que promete proporcionar aquello que cada uno desee, aunque sea una identidad imposible. Y que, incrustado como está dentro del propio Poder, puede proporcionar prebendas a quienes sean sus cómplices… y la muerte civil a quienes lo desafíen.

Foto Elti Meshau


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