No puede haber Libertad sin asumir que todos somos inocentes mientras no se demuestre lo contrario. Bajo esta realidad, nadie puede imponernos un castigo, por la fuerza, si no demuestra sin ningún género de dudas que el crimen se cometió primero. Es decir, para usar la fuerza contra alguien es necesario probar que ese alguien violentó la ley primero. Sin embargo, la presunción de inocencia es tan incómoda como necesaria. Tanto es así, que aquellos que pusieron el principio, allá por el 1789 en Francia, tras deponer por la fuerza a Luis XVI, fueron los primeros en menoscabarla en los años del Terror jacobino que siguieron a la Revolución Francesa.

Hoy está en boca de todos en gran medida por los desvaríos asociados a la Ley de Violencia de Género y la enorme cantidad de lodos que de ese polvo se derivan. Es un caso paradigmático, en el que la sola palabra de alguien, sin prueba alguna, puede dar con los huesos de un inocente en la cárcel. Quizá la prisión preventiva nos parezca justificable en muchos casos, nos proporcione una sensación de seguridad y nos haga sentir más cómodos, pero cuando se invierte la carga de las pruebas cualquiera es susceptible de acabar entre rejas. La seguridad se convierte en miedo y la Libertad que la ley debe promover se convierte en esclavitud y sometimiento al poder establecido.

Así se entiende lo molesto que puede resultar presuponernos inocentes a todos a aquellos que quieren gobernar imponiendo sus criterios unilateralmente. No hay más que convertir la democracia en el valor supremo e imponer la voluntad de la mayoría. Los tribunales populares son la consecuencia necesaria y en la era de Internet, el linchamiento público en prensa y redes sociales pone la guinda al pestilente pastel. Conviene por supuesto obviar lo que la democracia supone: separación de poderes y respeto irrestricto de la Libertad. Todo lo demás, totalitarismo vestido de seda.

Nos gusta saber que los criminales están a buen recaudo y olvidamos que las garantías judiciales son imprescindibles para asegurar que no seamos nosotros, que somos por supuesto inocentes, lo que no pasamos una temporada a la sombra

Que, para el Estado y el poder establecido, sobre todo al que más tics dictatoriales presenta, la presunción de inocencia es una piedra en el camino, es evidente. Lo que no podemos olvidar es que para los ciudadanos también puede serlo. Nos gusta saber que los criminales están a buen recaudo y olvidamos que las garantías judiciales son imprescindibles para asegurar que no seamos nosotros, que somos por supuesto inocentes, lo que no pasamos una temporada a la sombra.

Si para todos puede resultar un engorro es fácil que nos dejemos llevar por la desidia. La dejadez de unos unida a la voluntad de poder y control de los otros obran la magia negra. Es fácil vender en nuestros días algo como el voto electrónico. También es fácil pervertir su uso por unas manos interesadas. Es más cómodo y rápido, pero no es en absoluto infalible y de ello se aprovechan los dictadorzuelos dándose una pátina de modernidad democrática.

De la misma manera, puede parecer un avance el dinero electrónico, pero deja de serlo en el momento en que está totalmente fiscalizado por el gobierno. En Suecia pretenden eliminar el efectivo, en pos de la modernidad y de la seguridad. Las monedas abultan, los billetes se estropean y pagar con una tarjeta o con el teléfono móvil se nos antoja más acorde a los tiempos que corren. Y seguramente lo sea. Es la supervisión constante lo que debe ponernos en alerta.

¿Por qué hay que vigilar constantemente a alguien que no ha cometido crímenes previamente? ¿Por qué hay que vigilar a hombres libres, adultos e inocentes? Habrán oído mil veces que si no tienen nada que ocultar no debería importarles que les vigilen, pero quizá no se hayan percatado de que es posible que quien les vigila hoy, les parezca adecuado para hacerlo, pero quien les vigile mañana puede no serlo en absoluto. Piensen si no el peor gobierno para su país. Ahora denle la potestad de vigilar todos sus movimientos. Quizá sea menos cómodo y algo molesto el soniquete del monedero, pero sin duda nos proporciona una barrera de contención frente a los abusos del gobierno.

Estamos tan habituados a ciertos abusos que ni siquiera caemos en la cuenta de que lo que nació como un registro de criminales convictos hoy es un registro de todos los ciudadanos a los que tratan como criminales convictos. Así nació el Documento Nacional de Identidad, obligando a todos a portar una identificación que se diseñó para controlar a los que salían de presidio. Ante los que puedan reclamar su necesidad les recuerdo que no existe tal identificación en países como EE.UU. o Gran Bretaña.

Puede ser más cómodo para los ciudadanos a la hora de relacionarse entre ellos o a la hora de contratar un servicio tener un número que nos identifique, pero lo mismo nos identifica un nombre y una dirección o el nombre de nuestros padres. Hoy en día podríamos identificarnos con nuestro número de teléfono móvil. Además, es una identificación libre y proactiva, no forzosa como la anterior.

La imposición coactiva, sea sutil o evidente, quiebra la Libertad. Se nos presupone culpables y, por lo tanto, merecemos que nos obliguen a algo por la fuerza, con amenaza de castigo por incumplimiento. Sin duda, muchos, ustedes y yo, nos enfrentamos a las evidentes, pero no debemos olvidar las más pequeñas, cuyas consecuencias pueden ser igualmente devastadoras.

Foto: Arun Sharma

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