Hace escasos días, el científico australiano David Goodwall, de 104 años de edad, anunció que viajará a Suiza con el objetivo de terminar con su vida. El suicidio asistido, prohibido por la legislación penal de Australia (entre otros países), es uno de los grandes tabúes de nuestro tiempo. Para más polémica, Goodwall no sufre enfermedad terminal alguna. Analítico, racional y aparentemente sensato, Goodwall considera simplemente que su calidad de vida es nula y su existencia está en franco declive.

Desde el comienzo de los tiempos, la vida humana se consideró el valor más preciado que existe. No hablamos de la vida de alguien en especial, sino de la vida como concepto, entendida (en el marco de las tres grandes religiones del Libro) como don divino y gracia celestial.

Desde el comienzo de los tiempos, la vida humana se consideró el valor más preciado que existe

Tanto San Agustín de Hipona (354-430) cuanto Santo Tomás de Aquino (1224-1274) resaltaron la santidad de la vida humana como regalo de Dios; acabar con la propia vida significa, sin ir más lejos, intervenir en el Plan Universal. Por su parte, el islam y el judaísmo condenan igualmente a todas las personas que interfieran con la divinidad. Cabe apuntar el curioso caso del hinduismo, religión innovadora en muchos aspectos: en su cosmovisión, el suicidio está permitido cuando se realiza a través de la prayopavesa (la muerte alcanzada a través del ayuno) y sólo en ciertas circunstancias. Nos encontramos, pues, ante la única gran religión que acepta claramente la eutanasia.

La progresiva laicización de las sociedades occidentales provocó el cuestionamiento de muchas ideas previas sobre todos los aspectos de nuestras vidas, pero no necesariamente de nuestras muertes. Desde el punto de vista jurídico, la inmensa mayoría de los códigos penales vigentes en los países desarrollados condena el suicidio asistido y despenaliza el intento de suicidio, considerando siempre a la persona como alguien perturbado o con sus facultades mentales alteradas.

Durkheim, un pionero en el estudio del suicidio

El sociólogo francés Émile Durkheim en su ya célebre obra El suicidio (1897), sostuvo que existen cuatro clases de acciones contra la propia vida: a) el suicidio “altruista”: exigido por la sociedad y el entorno cultural, por cuestiones de honor o vergüenza. Es el caso del seppuku o harakiri de los japoneses, popularizado por las historias de samuráis: opción elegida, además, por el gran escritor nipón Yukio Mishima (1925-1970) para terminar con su vida, b) el suicidio “egoísta”: el individuo tiene pocos o nulos lazos con la sociedad y decide morir al no sentirse integrado en el devenir comunitario, c) el suicidio “anómico”: aquí, Durkheim nos habla de la “integración distorsionada con el grupo” social; en otras palabras, la muerte autoinfligida acaece ante la pérdida de “seres queridos, propiedad o prestigio” y d) el suicidio “fatalista”: el individuo se ve aplastado por una sociedad que lo oprime y lo agobia.

Desde un punto de vista liberal, la clave de bóveda de todo el debate radica en la última definición, junto a la cual Durkheim pasa convenientemente de puntillas. Dejando de lado la eutanasia, el suicidio ritual o inducido por un líder carismático-religioso (recordemos Jonestown en 1978 o el Templo Solar en 1997, por mencionar solamente algunos casos), se advierte un interrogante perturbador: ¿Qué sucede cuando un individuo, en pleno uso de sus facultades mentales, decide terminar con su vida?

Recuerdo haber escuchado, allá por 2005, a una persona nonagenaria hablando consigo misma: “¿Por qué no puedo morirme? Este mundo no me interesa”. A esta pregunta podría responderse que nadie en su sano juicio desearía morir, pero esa no es una respuesta racional, ya que nace de consuetudinarios atavismos éticos y morales.

Cuando alguien se arroja a las vías del metro, el hecho se disfraza de “problemas técnicos ajenos a la empresa

La angustia ante el suicidio se observa (incluso) en la banalidad de la vida cotidiana: es sabido que cuando alguien se arroja a las vías del metro (en la ciudad que sea), el hecho se disfraza de “problemas técnicos ajenos a la empresa”; existe todavía la creencia (respaldada por algunos estudios) de que el suicidio se convierte rápidamente en trending topic existencial y, cuando falta el público, los espectáculos (¿qué es, si no, la vida cotidiana?) concluyen enseguida.

En una histórica sentencia judicial, un tribunal de Lausana (Suiza), afirmó en 2006 que una persona tiene derecho a terminar con su propia vida si ese es su deseo sostenido a lo largo del tiempo. En esa sentencia se hablaba de una persona específica (con graves problemas de salud) y fue la base jurídica para el funcionamiento de las clínicas que asisten en el suicidio de sus clientes, floreciente industria helvética, pero… ¿Podríamos ir más allá?

La posmodernidad y el suicidio

Nadie recuerda haber elegido nacer. En palabras de Jean-Paul Sartre, el ser humano se ve arrojado a la acción, obligado a ser responsable de su vida y, en definitiva, “condenado a ser libre”. A lo largo de nuestra existencia, realizamos toda una serie de maniobras que contribuyen a paliar la angustia vital (la “náusea”, volviendo a Sartre). Se tolera, faltaría más, toda clase de estilos de vida, menos el que implique morirse.

En plena posmodernidad, algunas instituciones comienzan a cuestionarse todo esto, sin llegar aún a postular el suicidio de manera razonada. Como ejemplo, vale citar el caso del Movimiento para la Extinción Humana Voluntaria (VHEMT, por sus siglas en inglés). Fundado en Portland (Oregon) durante 1991 por el activista y ecologista estadounidense Les U. Knight, sostiene que la humanidad arruinó nuestro planeta y que convendría desaparecer lentamente para devolver la armonía al estado de las cosas. Dice el manifiesto fundacional de VHEMT: “La lenta desaparición de la raza humana a través del cese voluntario de la procreación le permitirá a la biósfera terrestre recuperar la salud. El hacinamiento y la escasez de recursos se aliviarán a medida que reduzcamos nuestra densidad”.

No se me ocurre mejor final para esta reflexión que las palabras de David Goodwall ante las cámaras de todo el mundo: Uno debería ser libre de elegir la muerte, cuando la muerte se produce en un momento apropiado.

Foto Thought Catalog


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3 COMENTARIOS

  1. Me pica la curiosidad y “googleo” Les U. Knight
    Mentiría si dijera que me sorprendo que este extincionista no se ha extinguido voluntariamente.
    Como todos estos profetas , desde Malthus a nuestros días, proponen soluciones para que se las apliquen los demás o para que alguien se las aplique a los demás , nunca a ellos mismos.

  2. Es una pena que no se filtren mas datos de Goodall, en concreto si era creyente. A ningun creyente en posesion de sus cualidades mentales se le pasa por la cabeza semejante decisión. Tambien aportaría algo saber el estado de su situación familiar. Estos próceres nos sueltan información a medias para subliminarnos su mensaje.