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Hace unos días alguien me preguntaba por las razones que me llevan a pensar que la entrada de Unidas Podemos en el gobierno de España, de la mano del socialista Pedro Sánchez y con Pablo Iglesias vicepresidente, era un desastre de gran magnitud para la libertad y la prosperidad de todos los españoles.

Pablo Iglesias, politólogo inteligente donde los haya, ha sabido articular un partido político con los mimbres del colectivismo comunista más rancio, un nepotismo apenas disimulado y lo que yo vengo en llamar “el dolor de barriga de los que la tienen llena”.  Empecemos por esto último.

La economía de libre mercado tiene un problema: su propio éxito. La tremenda prosperidad que trae consigo genera una especie de efecto llamada a los colectivistas -intervencionistas- que ven en esta riqueza, sobre todo, la base perfecta para realizar grandes experimentos sociales. El motor encargado de poner esos engranajes intervencionistas en marcha suele surgir de motivos nobles reales o propuestos, pero siempre se basa en la falta de comprensión de las relaciones económicas y los imposibles (“unicorniales” se ha puesto últimamente de moda) anhelos colectivistas.

En el pensamiento colectivista de Iglesias, el individuo se convierte en el mero portador de las características de su grupo. La personalidad propia, la que nos hace diferentes a los unos de los otros, tiene que dar un paso atrás y quedar oculta, casi clandestina

La receta del éxito del mercado libre se basa en la propiedad, el intercambio y la competencia y, por lo tanto, en mecanismos de coordinación adaptados a las condiciones de las grandes y complejas sociedades modernas. Estos mecanismos pueden prosperar sólo si liberan la creatividad de las personas de una manera productiva y son capaces de interconectar los conocimientos alcanzados poniéndolos al alcance de todos. Los precios de mercado como fuente de incentivos sociales e información proporcionan cumplen precisamente ese objetivo. Sin embargo, los principios abstractos subyacentes a la economía de libre mercado a menudo no son inmediatamente entendibles en su impacto social. Además, son sospechosos para muchos. Los opositores de la economía de mercado, que generalmente aparecen como “agentes éticos” – algo perfectamente identificable en el discurso de Pablo Iglesias-, disponen así de una especie de flanco abierto. Prometen una garantía de bienestar estatal general, en la que los procesos competitivos del mercado, considerados por ellos inciertos y, por tanto, una amenaza, se convierten en previsibles y una oportunidad.

Friedrich August v. Hayek (1899-1992) tiene el mérito de haber realizado un magnífico diagnóstico sobre el tema en toda su complejidad. Al mismo tiempo, le debemos la idea de que las fronteras en la filosofía social no se sitúan entre izquierda y derecha, sino entre individualismo y colectivismo o, en palabras de Karl Popper, entre sociedad abierta y sociedad cerrada. Los colectivistas creen que pueden transferir los patrones de comportamiento que estabilizan a los grupos pequeños, como el altruismo y la cohesión, a una sociedad anónima y enorme, justamente donde esos patrones se quedan sin espacio debido a la complejidad social. A este respecto, este intento es más un vano retroceso hacia el “pegamento” social de las sociedades tribales que hacia un modelo social progresivo. En un sistema basado en el libre mercado en el que la libertad de acción individual y la responsabilidad personal se combinan con la propiedad y asunción de consecuencias, por otro lado, surgen instituciones que funcionan mejor en una gran sociedad anónima (como, por ejemplo, la lealtad contractual o la reputación), pero que parecen emitir menos “calor social”.

Lo que realmente caracteriza el colectivismo involucionista de Pablo Iglesias y su partido es su irrestricta voluntad de poner al grupo (éste puede variar, en función de los victimismos al uso) siempre por encima del individuo. Asignan el liderazgo del desarrollo social al estado, no a los procesos evolutivos descentralizados de aprendizaje. No nos extrañe, llegados a este punto, que aparezcan severas contradicciones: mientras que en lo local se tiende a la compartimentalización (ellos lo llaman defensa de la pluralidad) tribal, en lo global consideran necesario sustituir la globalización -proceso económico espontáneo- por el globalismo.  Globalismo que no es otra cosa que el intento de imponer sus ideas de política social en el resto del mundo para mejor proteger así a los trabajadores domésticos de sus colegas en el extranjero. Como resultado, y desde el núcleo del globalismo, nos encontramos con que la capacidad de elegir libremente el socio de intercambio en cualquier parte del mundo queda imposibilitada. El colectivismo siempre significa aislamiento en los límites de lo colectivo.

Así, los votantes de Unidas Podemos, absortos en el magnífico espectáculo de luces de la “justicia social” y la “redistribución”, son incapaces de vislumbrar cómo lo que realmente se esconde tras las bambalinas del rechazo a las multinacionales, por ejemplo, no es más que rancio proteccionismo. Esas empresas multinacionales que, dicen ellos, son la expresión de un internacionalismo sin hogar, son las que mejor representan lo que realmente genera progreso y riqueza: personas de todo el mundo cooperando entre sí.

Tampoco debemos olvidar la facilidad con que Iglesias combate a la casta a golpe de nepotismo. Todo líder necesitado de protección ideológica incondicional tiende a buscarla en sus más próximos. Los amigos del partido, los familiares siempre estarán en los primeros puestos de salida a la hora de ocupar cargos de responsabilidad. No es necesaria cualificación alguna para ello, pues se trata de una labor colectiva, prediseñada, y no sólo independiente de las capacidades individuales, sino necesitada -con el fin de evitar sorpresas que pudiesen poner en entredicho el “diseño original”- de la mediocridad de todos menos del líder.

En el pensamiento colectivista de Iglesias, el individuo se convierte en el mero portador de las características de su grupo. La personalidad propia, la que nos hace diferentes a los unos de los otros, tiene que dar un paso atrás y quedar oculta, casi clandestina. Este camino podemita hacia una sociedad coral debería generarnos ciertamente temor. Cuanto menos cuenta la persona como individuo, menos libre se vuelve la sociedad, más manejable, compartimentalizable. Y con cada nueva categoría social, el individuo pierde una parte de su dignidad. Dignidad que no radica en su género, su origen étnico o su religión, sino sólo en su individualidad.

Considero que ninguna de las medidas concretas que Unidas Podemos pueda pactar con el PSOE (como ninguna de las que pueda presentar este PSOE sanchista y personalista) supondrá progreso alguno. Todas estarán encaminadas a levantar muros de contención que impidan al individuo toda posibilidad de abandonar la sopa colectiva, los límites de la tribu.

No creo que convertir a la sociedad española en una especie de smoothie lila sea el paso que garantice la prosperidad de todos.

Foto: Podemos Asturies


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2 COMENTARIOS

  1. A mi me preocupa más Sánchez que Iglesias, al fin y al cabo éste sólo quiere un sillón para llegar al cielo, el problema es que Sánchez quiere un trono para dominar a todos los sillones del cielo.

    A Iglesias, le dará el sillón y tengo la sensación que ese será su fin. Al fin y al cabo ocurrió lo mismo con la legalización del partido comunista de Carrillo, una vez legalizado y dado el sillón desaparecieron o quedaron en un mero reducto.

    Pero en fin, veremos Sr Gómez. No tengo ni idea por donde irán los tiros. Aburrir no nos vamos a aburrir.

  2. Buen artículo. Luis I. Gómez siempre tiene el atractivo de un hombre que piensa, sin recitar normalmente sudras.
    La tentación colectivista siempre está amenazante en nuestra cultura. Todas las utopías/fantasías políticas que hemos concebido en Occidente, dibujan un mundo ideal, en el que lo mío y lo tuyo sea abolido en tanto que origen del mal. Un mundo no polémico, sin disidencia. El mundo de la “paz perpetua”. Una quimera antigua, precristiana, la de la Edad de Oro. Y sigue funcionando como arquetipo político de lunáticos, de adolescentes, de locos, de poseídos y de fanáticos del poder político, cavilando sin fin con que un poder omnipotente restablecerá la Edad de Oro. Una pesadilla histórica, a la que los cristianos denominaron el anticristo.