Lo que sigue es una historia que Alfred Hitchcock utilizó para explicar uno de los trucos de su narrativa cinematográfica al que bautizó con ese curioso nombre:

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“Dos hombres comparten tren y uno le pregunta al otro:

– ¿Qué es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza?

– Nada, es un McGuffin,

– ¿Y qué es un McGuffin?

– Un McGuffin es un aparato para cazar leones en Escocia,

– Pero si en Escocia no hay leones,

– Entonces eso de ahí no es un McGuffin”

Según don Alfredo, que algo sabía de mantener la atención de los espectadores, un McGuffin es una treta del guion que despista sobre el desarrollo de la trama, lo que permite al autor ganar tiempo para enrevesarla cuanto le convenga. Se parece un poco a lo del dedo y la Luna, pero es más sutil y algo menos insultante. Los McGuffin son de agradecer en manos de los grandes contadores de historias, pero se convierten en un incordio continuo y en un arma peligrosa en manos de los políticos. Un McGuffin fue, por ejemplo, el traslado del cadáver de Franco, y, otro, algo más peligroso el “plan de desescalada” que siguió al grito de “Hemos vencido al virus”.

Hay quienes llegan a pensar que la pandemia misma es un gran McGuffin, pero sin duda se equivocan al analizar la narrativa histórica. No cabe negar, sin embargo, que en la pandemia se han lanzado McGuffin a porrillo, aunque no voy a gastar su tiempo haciendo una enumeración prolija de casos. La existencia de los McGuffin pone de manifiesto que la atención es fácil de desviar y una lógica muy elemental nos advierte que cuando se nos hace mirar para otra parte es que se trata de que no caigamos en la cuenta en algo que al mago de turno no le conviene que sepamos. Uno de los McGuffin que me ha hecho más gracia es la reciente carta de cuarenta eminentes expertos pidiendo que se abra una investigación independiente para que, sin culpar a nadie, se sepa en qué hemos fallado con esto de la pandemia. Tampoco está mal que el presidente esté veraneando a pierna suelta mientras España entera contempla con arrobo el magnífico ejemplo de coordinación, solidaridad y eficacia de la cosa autonómica. Es casi como lo de “la lucecita del Pardo” que tranquilizaba mucho a los jerarcas del régimen anterior cuando pintaban bastos, si Franco estaba despierto, o dormía con placidez, ¿qué podría salir mal?

El paraíso que conquistó Podemos pronto va a enseñarnos su cara infernal, pero que nadie se consuele, aparte de que está muy feo desear el mal a nadie, porque seguro que los Hitchcock de Moncloa se las arreglan para hacer con los restos de ese naufragio un sostén muy duradero para el titular

Volvamos a la carta, que tiene lo suyo. Los expertos razonan de la siguiente manera; dado que tenemos un excelente sistema sanitario (ellos están incluidos, en su mayoría) y las cosas no han ido del todo bien, debe existir algún recóndito defecto que nos conviene averiguar para que nada de esto vuelva a suceder. La lógica es implacable, pero más falsa que un billete de seiscientos euros. Si todo ha salido tan mal, y en verdad que es difícil empeorarlo, es que el sistema es bastante malo, es decir, que casi no existe. Existen los médicos, las enfermeras y todo lo demás, pero la organización que es la clave de cualquier sistema ha mostrado ser un puro disparate. ¿Cómo explicar, si no, que nuestros epidemiólogos tardasen tanto en enterarse de que el virus andaba haciendo estragos desde mucho antes de la fecha adoptada para decidir que teníamos un problema de bigote? Los médicos de atención primaria y los propios hospitales venían detectando neumonías atípicas desde hacía tiempo, pero los que debieron comprender la causa común no caían en la cuenta, sea porque no les llegaban los informes, algunos médicos me han dicho que se tardan varias semanas en reunir los datos, sea porque estaban haciendo cosas de mayor interés, además de no leerse los paper de los chinos y las noticias de Italia. Esa eminencia llamada Simón dijo, cuando ya había miles de afectados, que en España apenas llegaríamos a la docena, y ahí sigue, de vacaciones, creo, como Sánchez. Si esto es un buen sistema, que venga Dios y lo vea.

Los de la carta no se apartan de la ortodoxia ni un segundo cuando llaman la atención sobre el papel que en este asunto hayan podido tener los famosos recortes, cuando debiera ser público y notorio, que esos recortes, por lamentables e inoportunos que hayan sido, no sirven para explicar la incompetencia del sistema al detectar prontamente una infección pública de tamaña gravedad e intensidad. Creo que debemos ser el único país del mundo en que puede circular como si tal cosa la idea de que la OMS no decía nada al respecto, porque es más que evidente que la OMS, o cualquier otra organización internacional, sabe lo que pasa en un determinado lugar si desde ese lugar se lo advierten. Este McGuffin es para descerebrados, pero, por desgracia, abundan, es como si los bomberos exigieran para actuar ante un incendio que la OMB avise de que hay fuego por la zona.

Los españoles vivimos en una situación en que los disparates sirven de McGuffin para apartar la vista del anterior: que no hayamos sido capaces ni de contar los muertos, que haya habido un número intolerable de sanitarios contagiados por falta de la debida protección (otro mérito del sistema), que una ministra chavista que no puede pisar la UE se pasee por barajas del bracete del superministro Ábalos,  que el director de Interviu le haya dado el teléfono de la señora Dina, que se supone robado, a Pablo Iglesias, y que las feministas de diversa especie ni rechisten cuando este buen señor explica que lo retuvo para protegerla, o que el portavoz del Gobierno ante la pandemia, por cierto bien emparentado con el PP, haya podido decir sartas de contradictorias sandeces y que eso le haya valido ser nombrado hijo adoptivo en varios ayuntamientos.

Claro es que nos hemos acostumbrado a que la mentira nos parezca una muestra de habilidad y hasta de torería, no en el caso de Trump, por cierto, porque ese señor es un mentiroso de mierda según la opinión común a nuestros complacientes progresistas. En fin, que más que sartas de McGuffin lo que tenemos es unas tragaderas despampanantes y aceptamos sin rubor que Iglesias niegue validez a las declaraciones judiciales de un abogado despedido con una causa inventada, mientras que su colega Garzón se permite llamar prófugo a Don Juan Carlos por haber decidido alejarse en lo posible de los escraches que se le vendrían encima gracias a las declaraciones de Villarejo, que es el villano que según Iglesias le robó el teléfono a la señora Dina (Iglesias solo lo retuvo unos meses, ya queda dicho que por su bien).

La economía española es un despeñadero al que todavía no le hemos medido la bajante, pero el Gobierno continúa impertérrito contando el cuento de la buena pipa y lo mucho que nos quieren y nos admiran por el extranjero, según acaba de declarar el tipo que se ocupa de la marca España, esperemos que no se suicide. La ministra Maroto anuncia un plan para salvar el turismo en Andalucía, es probable que luego firme 17 más para que nadie se queje, y la vicepresidenta Ribera nos dice que se ha firmado un acuerdo entre la AEMET, y la MeteoFederación, siempre atenta a la cosa del clima ahora un poco eclipsada por esta pandemia tan tonta que apenas ha matado a 50.000 españoles, una nadería con la amenaza climática. En fin, que el Gobierno no pierde el pulso, mientras el presidente se toma su merecido descanso en una finca que le regalaron a Don Juan Carlos cuando no hacía esas cosas tan feas que no le dejan dormir a tanta gente, otro caso bien real de McGuffin, y aún dirán que la monarquía no sirve para nada.

El paraíso que conquistó Podemos pronto va a enseñarnos su cara infernal, pero que nadie se consuele, aparte de que está muy feo desear el mal a nadie, porque seguro que los Hitchcock de Moncloa se las arreglan para hacer con los restos de ese naufragio un sostén muy duradero para el titular. Permanezcan atentos a la pantalla, que en TVE, en la sexta, y en varias más, se lo explicarán con toda claridad, poco a poco para que el buen sabor de boca no nos maltrate el paladar.

Foto: Volodymyr Hryshchenko


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web