El cinismo alcanza su máximo nivel cuando se produce el uso político de los menores y  los medios de comunicación lo convierten en motivo para el debate. Primero fomentan la instrumentalización de la infancia, para después legitimarse como jueces y tertulianos del asunto.

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El uso que se ha hecho en Cataluña para promover el proceso secesionista no necesita un debate. Los hechos son suficientes para entender la fragante instrumentalización por parte de las organizaciones secesionistas, con el apoyo de varios institutos y centros escolares que solicitaron autorización de los padres para que sus hijos acudieran a las manifestaciones, y también a las excursiones organizadas con abundante artillería ideología separatista. Con una TV3, que utiliza un canal público y los recursos de todos, para incluir niños en su proselitismo nacionalista. Con una escuela que lleva adoctrinando durante décadas a sus escolares desde la distorsión histórica y la exclusión social.

La infancia robada ha sido abordada por la literatura desde diferentes realidades, entre las que destacan la prostitución infantil y la explotación laboral, dos auténticos lastres. Pero existen otras infancias convertidas en moneda de cambio político, o trofeo ideológico

El uso político de menores se ha convertido en algo habitual, ahora ya también imposición legal, tal y como observa la Ley para la Igualdad Real y Efectiva de las Personas Trans, recién aprobada por el gobierno. Menores de 12 y 13 años necesitarán una autorización judicial para cambiar su sexo en el Registro Civil, mientras que a partir de los 14 años podrán hacerlo con un simple trámite administrativo, sin pruebas ni testigos. Contempla el cambio registral de nombre y sexo por simple voluntad de la persona interesada, sin la necesidad de aportar ningún documento, testigos, pruebas o informe médico que lo justifique.

No voy a repetir lo que ya se ha argumentado sobradamente en estas páginas sobre la construcción social del género, algo que las evidencias científicas han demostrado, y sin embargo, se han escondido de modo sistemático y deliberado a la sociedad. La neurociencia concluye de modo contundente y contrastado que el género no es una construcción social.

La conciencia que puede tener un niño sobre su transexualidad necesita un proceso de maduración sexual, lo que exige una serie de cambios fisiológicos y hormonales, que no solo afectan al cuerpo y a las emociones, también a su estructura neuronal, así como a su modo de sentir, pensar y relacionarse. De lo que se deduce que las disforias de género en la infancia no son transexualidad, y cuando son es algo puntual. Como señala el artículo referenciado, los datos afirman que menos del 5% de los varones y del 15% de las niñas están convencidos de que son parte del sexo opuesto.

El porque yo lo siento activa un relato en el que el subjetivismo impulsado por la emocionalidad, se ha convertido en una burbuja ajena a otras dimensiones de la naturaleza humana como son la volitiva y la  racional. Una mecánica narrativa que se construye mediante el chute emocional, que produce un rápido y tóxico paso de lo privado a lo público. Un tránsito que ni es inocente ni es inocuo,  que tiene consecuencias. Desde las emociones al sentimentalismo tóxico existe un rápido y cómodo paso, el tránsito de lo privado a lo público. Que la política ha penetrado en todos y cada uno de los aspectos que nos rodean y afectan no es una novedad, pero que intoxica la intimidad y se convierte en imposición legal, ya es algo que también que comienza a ser habitual.

Bien indica Robert Conquest que “todo el mundo es conservador respecto a lo que conoce bien”. Los padres, apartados deliberadamente del debate y la elaboración de esta ley, conocen muy bien a sus hijos. Países como Estados Unidos y Gran Bretaña ven con preocupación lo que se enseña a las nuevas generaciones. Aunque algunos medios ovacionen  estas iniciativas, los padres no disfrutan ni aceptan que una empresa de ropa de moda LGTB firme un contrato con una drag queen con nueve años que aparece en un vídeo viral diciendo a otros niños “ si queréis ser drag queens y vuestros padres no os dejan, cambiad de padres” (@sarahhjeong, twitter 28 de julio de 2014 ). A lo que hay que añadir que el colegio estaba “totalmente de acuerdo con esta acción informativa”.

La nueva normalidad naturaliza con frecuencia que lo que considera (porque se siente así) una persona o grupo sobre sí misma, deba ser aceptado por el resto de la sociedad. Desde luego que no es deseable los tiempos que señalaban a un homosexual  con el “ya se te pasará”, aunque ¿qué ocurriría si los “trans”, lo fueran solo algunos casos, y en tan solo una etapa,  en un momento provisional de su vida? ¿Y si la verificación de este “sentimiento” se hiciera demasiado tarde?

Quienes se plantean estas cuestiones provocan sobrados motivos para que los señalen como “tránsfobas”, cuando lo que defienden son los derechos de los menores, pero la cuestión ya está lo suficientemente podrida porque circula  a toda velocidad por las autopistas mediáticas.

Un parámetro indiscutible que ya se extiende y acompañan las redes sociales  donde ya no es una rareza la toma de hormonas, ni tan siquiera el paso por el quirófano. Muchos testimonios en YouTube o en Instagram confirman ser trans e intentan convencer a los demás de que también lo son. “Un año tomando testosterona” tiene más de medio millón de visualizaciones en YouTube. Tampoco es puntual el testimonio de Jennings, que empezó a hablar de su condición trans en las redes sociales con seis años. Llegada a su adolescencia había recibido múltiples premios, consiguiendo que su nombre esté en las listas de personalidades más influyentes.

La infancia robada ha sido abordada por la literatura desde diferentes realidades, entre las que destacan la prostitución infantil y la explotación laboral, dos auténticos lastres. Pero existen otras infancias convertidas en moneda de cambio político, o trofeo ideológico. Eliminada la ciencia y la biología, el relato se establece como construcción social, al servicio de una ideología que también ha sustituido al individuo por lo colectivo, y ha diluido los valores de la persona en una gaseosa  fácilmente digerible en el movimiento identitario.

Foto: Alvin Mahmudov.


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8 COMENTARIOS

  1. Excelente, como siempre Don José Antonio.

    Nada que añadir.

    Cómo anecdota comentar que a un niño en Cataluña le han prohibido acudir a un campamento de verano con la camiseta de la selección española.

    Un cordial saludo

  2. Artículo muy claro y contundente.

    Estamos ante una operación de corrupción de menores a gran escala que es la antesala de la legalización de la pederastia.

  3. Me gustan los artículos del autor porque todos ellos desprenden un inmenso respeto por la infancia y amor apasionado por la educación, algo que contrasta con las mayoría de las teorías educativas al uso en la que cada adulto resabiado, «dicho de una persona o de un animal: Que, por su experiencia vital, ha perdido su ingenuidad volviéndose desconfiado o desabrido» Inculca su resabio, «Vicio o mala costumbre que se toma o adquiere» a infantes indefensos.

    Creo que era Blaise Cendrars el que recomendaba a los jóvenes artistas fumar despacio la pipa de la vida. Creo recordar que decía que tenía casi ochenta años y estaba en el principio.

    No sabemos que le hubiera recomendado a profesores, pedagogos o sicólogos de última hornada.

    Con menos de un año de vida yo era capaz de trepar al inodoro con más afán que un alpinista corona un ocho mil, y mantenerme en equilibrio sobre aquel enorme agujero que me podía succionar antes que someterme a la humillación del pañal o la marginación del orinal.
    No se me ocurriría recomendar esta práctica a ninguna madre, de momento que sigan con la tradición.

    La primera vez que vi a los niños de una guardería cogidos de la mano como una reata de mulas pensé que se les estaba privando de su responsabilidad, quizás yo estuviera equivocado, pero a mí me enseñaron a.cruzar la calle y aún así me atropelló una moto, que susto se dió aquel responsable motorista. Yo estaba orgulloso de mí atropello y de haber salido airoso del revolcón y del hospital. Presumí de mis magulladuras durante días y me regalaron un montón de nuevos libros que de no ser por el accidente nunca me hubieran regalado. Todo tiene su parte positiva.

    Ahora estoy muy preocupado, me he dado cuenta que yo según el pensamiento imbécil actual era un misógino y homófobo antes de cumplir los dos años, y eso que nací en una familia paritaria e igualitaria, ya quisieran los hijos de Irene Montero tener una madre tan progresista como la mía, que se lo digan a mi masculino y paciente padre, y encima mi madre era inteligente.

    La primera decisión importante, y sobre todo trascendente de mi vida la tomé antes de cumplir los dos años. Dejé de jugar con mis hermanas, al menos a juegos de niñas, las muy cabronas querían utilizar al pequeño de la casa, o sea yo, como si fuera un muñeco, hasta ahí podíamos llegar, a partir de aquel mismo instante me convertí en un heteropatriarcal opresor, me fui a jugar con mis tigres, leones, diplodocus, arquitectura y un balón de cuero rojo que olía a grasa de caballo.
    Desde ese día supe sin ninguna duda donde empieza y acaba lo femenino y lo masculino.

    Hay gente que estudia tres carreras en Harvard y llega a los cincuenta sin saber las cosas que sabe un niño de año y medio, hecho que no les impide haber esparcido su resabio por medio mundo.

  4. El grado de psicopatía de esta gente que nos gobierna queda muy claro. Ya sea a nivel estatal, separata o autonómico. Los niños son suyos y van a por ellos. Vaya a ser que los padres les inculquen pensamiento crítico y amor a la libertad. Hay que imponer pensamiento estandarizado a las criaturas cuanto más pequeños mejor. Y la mayoría de los padres, prisioneros del miedo, asustados por el posible linchamiento mediático y por la maquinaria represiva de unas estructuras burocráticas a las que no les tiembla el pulso a la hora de machacar al de abajo, hacen el resto.

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