Ahora resulta que ‘Matrix’, la primera de la trilogía, la genuina, es una metáfora trans. Así nos lo vendía ‘El País’ hace unos días, con vistas a la resurrección de la saga con una cuarta entrega, e intentaba justificárnoslo con un argumentario poco consistente y referencias a Emily VanDerWerff y Laura Hale. El asunto tiene calado, porque están en juego principios esenciales de nuestras sociedades occidentales, como el rigor. Y, asimismo, se escenifica esa idea que entiende la realidad como una página en blanco que pudiéramos reescribir a voluntad, borrando lo indeseado.

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Se da la circunstancia de que los creadores de aquella obra notable, Larry y Andy Wachowski, desde hace unos años se identifican como mujeres (ahora se llaman Lana y Lily) de modo que es tentador pensar que había en esa película algunos mensajes cifrados sobre la cuestión. Lily Wachowski lo ha confirmado y, al tiempo, ha asegurado que la incomodidad con su identidad sexual venía de lejos, abundando en la idea de que su verdadero ser siempre fue femenino, al margen de lo que dijeran sus cromosomas, su aspecto físico o su genitalidad.

Matrix sería el lugar de lo imposible, el territorio de lo incondicionado, donde se pueden vulnerar todas las reglas y todas las normas. Ciertamente, Matrix podría ser el espacio ideal para la visión del mundo queer y trans. Pero la película de los Wachowski no se engaña. Hay un mundo real al otro lado, quizás menos atractivo -los rebeldes ingieren una comida infame, se nos explica- y más áspero, pero verdadero

En las cuestiones personales de los hermanos Wachowski no entraremos -aunque hay algunos ingredientes francamente tentadores- porque sólo les compete a ellos el modo como quieran ahora presentarse ante el mundo. Pero sí nos afectan a todos, en cambio, dos dimensiones del problema. La primera, la más obvia, que ya se ha manifestado en estas primeras líneas, es si debemos referirnos a las personas que crearon Matrix como ‘los hermanos’ o ‘las hermanas’ Wachowski. Es decir, la cuestión de si estas personas tienen derecho a reescribir su biografía desde su presente y, sobre todo, si los demás estamos obligados a someternos a sus disposiciones. Digamos de antemano que las principales webs de información cinematográfica se han plegado a esta nueva norma no escrita y dan cuenta de su vida de un modo que hace pensar que nacieron mujeres y siempre lo fueron, salvo cuando se refieren expresamente a su “transición de género”. Lo cual, dicho sea de paso, genera un notable galimatías y bastante confusión a la hora de realizar consultas.

Yo aquí me referiré a los autores de Matrix como los hermanos Wachowski pues así firmaron la película en su momento, como tales varones comparecen en los documentales de la época, y así ha sido reconocida su autoría hasta antes de ayer.

El otro problema, paralelo, es si es legítimo reinterpretar una película como Matrix para que se ajuste a la biografía de sus autores, al margen de la coherencia interna o la lógica del relato. En ambos asuntos, como se ve, está en juego la cuestión de la verdad, de modo que en absoluto se trata de una cuestión menor.

Me centraré, sobre todo, en el segundo de ellos, en la película, que ahora se presenta como una metáfora trans a partir de algunos datos incidentales que admiten otras interpretaciones (la palabra trans aparece en el primer mensaje que aparece en pantalla: ‘call trans op”), junto a otros que ahora revelan sus autores -en el guion original uno de los personajes era varón en el mundo real y mujer en Matrix, pero esa idea fue suprimida- y a ciertas claves generales de la película que pueden ser acopladas a esta interpretación. En efecto, la insatisfacción personal, la disconformidad con el funcionamiento del mundo y el deseo de transformación son parte de la sustancia emocional de ‘Matrix’, pero estamos ante emociones susceptibles de ser interpretadas y gestionadas de maneras muy diferentes. Esa insatisfacción puede llevarle a uno a cambiar de sexo, sí, pero también a volverse anacoreta, a dedicarse a la vida religiosa, a hacerse revolucionario, a convertirse en un cínico, o a vender todos sus bienes, como San Francisco de Asís, para dedicarse a los pobres. En esa idea genérica de insatisfacción cabe de todo.

Por tanto, habrá que descender al análisis concreto de la película para ver si sustenta o no esta relectura. Y ya les avanzo que, a mi entender, encaja mal. Es más, ‘Matrix’, quizás por estar rodada en 1999, justo antes del inicio de la gran disolución cultural en la que nos encontramos, refleja que todo relato, incluso aquel que fantasea con la realidad, necesita apoyarse en un suelo firme. Y en esta película ese anclaje en lo real es justamente el cuerpo.

Pero vayamos por partes porque los Wachowski proyectan sobre su ‘Matrix’ muchas ideas, algunas de ellas complementarias y otras contrapuestas, lo que explica la ambigüedad de la película, pero también su capacidad para seducir a públicos muy diversos. A este respecto, recordemos lo primero que Morfeo le cuenta a Neo cuando se reúne con él para revelarle la verdad: “Matrix está en todos lados, nos rodea. Aún ahora en esta habitación. Lo ves cuando miras por la ventana, cuando enciendes el televisor. Lo sientes cuando vas a trabajar, cuando vas a misa, cuando pagas tus impuestos. Es el mundo que han puesto ante tus ojos”.

Esta imagen de Matrix remite al Lenguaje como gran estructura que conforma a los seres humanos, como esa complejísima malla de filtrado de lo real a partir de la que construimos nuestra visión del mundo. Es una visión con reminiscencias lacanianas. Por un lado, estaría “el desierto de lo real”, la materialidad del mundo tal y como es, y por otro “la realidad” que es lo que construimos en cuando proyectamos sobre él la estructura del lenguaje y empezamos a distinguir figuras, formas, categorías, con las que interpretamos lo que nos rodea e interactuamos con ello.

Conviene aclarar, con Saussure, que una cosa es el Lenguaje, la gran estructura semiótica y lingüística, que es ajeno a nuestra voluntad, y otra las lenguas, las realidades materiales concretas que cada cultura desarrolla. Cuando Roland Barthes afirma que el lenguaje “es fascista” se refiere al Lenguaje con mayúsculas, que nos precede y nos condiciona desde antes de constituirnos como sujetos y contra el que nada podemos hacer. De hecho, es ese Lenguaje lo que nos permite constituirnos como sujetos. Algo de esta visión fatal barthesiana está en Matrix -desde ahí podría entenderse de un modo existencialista, y no meramente narrativo, la idea de que ‘somos esclavos’- pero no es ésta la dimensión principal, ni la metáfora más accesible del film.

En un segundo nivel de análisis es obvio que Matrix remite al mito de la caverna de Platón. Este relato nos explica que el mundo que conocemos es un pálido reflejo, como una sombra deformada, de otro más verdadero. Platón habla de que la mayoría de las personas están instaladas en una visión errónea, o insuficiente que les mantiene postrados y sometidos. El mito de la caverna admite muchas interpretaciones a su vez, pero una de ellas nos hablaría del carácter reductor de las ideologías, frente a la aspiración a un conocimiento más real de los filósofos.

En este sentido, la red Matrix puede muy bien ser interpretada como una metáfora de la ideología, es decir un sistema de relatos e interpretaciones que sesgan nuestra visión de la realidad con una perspectiva interesada. Cada ideología sería, en cierto modo, una matrix, y la ideología dominante, aquella que cuenta con el apoyo del poder y de los principales aparatos culturales de creación de sentido, sería Matrix. Desde esta perspectiva, la idea del ‘Matrix progre’ que tanta fortuna ha hecho en el mundo de las derechas alternativas, y que tanto molesta al establishment oficial, y ahora, al parecer, a los autores de la película, es una lectura perfectamente legítima. Y la apelación a tomarse la ‘píldora roja’ para liberarse del marco mental progresista, hoy dominante, resulta más que pertinente, por mucho que moleste también a la redactora de ‘El País’.

Finalmente, hay que aludir a un tercer nivel de lectura de la película: el que distingue entre realidad y simulacro, o entre mundo real y mundo virtual. Por coherencia con todo lo dicho antes, es necesario aclarar que estaríamos ante dos niveles distintos de “la realidad”, pero mientras uno de ellos no pierde pie en “lo real” -representada aquí explícitamente por la materialidad de un cuerpo que quizás pueda saltar, volar y hacer cosas imposibles en Matrix, pero que sigue siendo vulnerable en el mundo físico- el otro se presenta como el escenario de lo ilimitado, en cuanto que se nos presenta como el terreno de juego de una mente liberada de los condicionantes del cuerpo.

En esta lectura, Matrix sería el lugar de lo imposible, el territorio de lo incondicionado, donde se pueden vulnerar todas las reglas y todas las normas. Ciertamente, Matrix podría ser el espacio ideal para la visión del mundo queer y trans. Pero la película de los Wachowski no se engaña. Hay un mundo real al otro lado, quizás menos atractivo -los rebeldes ingieren una comida infame, se nos explica- y más áspero, pero verdadero. Y la película lo valora como tal. Y, en última instancia, hay un cuerpo al otro lado. Es más, en Matrix lo real del cuerpo está subrayado de tal modo que, en la escena clave de la película, un beso de Trinity a Neo en el mundo real tiene capacidad para resucitarlo y para devolverle a la vida, en la nave y en Matrix, transfigurado.

Cualquiera que sea la lectura que se realice de la metáfora esencial de la película nos encontramos con que el cuerpo es un suelo firme que nos ancla a una realidad que no se cuestiona. Si los Wachowski hubieran mantenido la idea de que el personaje Switch fuera hombre en el mundo real y mujer en Matrix, de la propia lógica de la película se derivaría que el verdadero es el terrenal y que el otro es una ilusión. Quizás una ilusión legítima, pero menos verdadera. Esto choca con la actual visión de lo trans, que, por resumir, nos estaría diciendo que el mundo de la apariencia (Matrix) y de la autopercepción es lo que cuenta de verdad si refleja los deseos del sujeto. La filosofía queer aplicada a la película nos diría que da igual el sexo del sujeto que está enganchado a la red, lo que cuenta es la imagen que tiene en la red. Y esto no sólo va mucho más lejos de lo que la película plantea, sino que, en cierto modo, la contradice.

Ciertamente, en la película de los Wachowski Matrix se nos presenta como algo fascinante, y quizás, como espectadores, querríamos vivir en un mundo así, pero sabemos que es una fantasía frágil. Basta desenchufar al cuerpo que está en la nave y toda la ilusión se derrumba. Si ‘Matrix’ es una metáfora trans, lo que nos dice de lo trans es que es una ilusión, quizás seductora y gratificante, pero ajena a lo real. Porque en ‘Matrix’ la realidad existe -también la realidad de los sexos, aunque no se explicite- y la fantasía es bonita y colorista, pero tiene los pies de barro.

Foto: Hersson Piratoba.


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