En aquel tramo que atravesaba la montaña 1.867 estaban completamente al descubierto. La unidad que había patrullado en El Valle durante el despliegue anterior lo había bautizado “El callejón del tiro al pato”. Allí, en caso de emboscada, la única opción era recorrer a la carrera los 200 metros que había hasta el siguiente recodo y cruzar los dedos para salir indemne, porque no había manera de ponerse a cubierto. Las zanjas de ambos márgenes del sendero, que hacían las veces de aliviaderos en el periodo de lluvias, apenas tenían unos centímetros de profundidad, insuficientes para tenderse en ellos cuerpo a tierra con una mínima seguridad. En el margen derecho, el que daba a la montaña, además de la desventaja de encontrarse en una posición baja, los majestuosos cedros gigantes habían sido talados, y sus troncos estaban amontonados montaña arriba, constituyendo formidables blocaos que, por las generosas dimensiones de los troncos, era imposible volar por los aires con explosivos convencionales.

Por el contrario, abajo, para quien se encontrara en el sendero, la única protección eran unas tristes líneas de matojos, cuya altura no alcanzaba más allá de las rodillas, lo que le dejaba a uno totalmente expuesto y, al mismo tiempo, permitía emboscarse al enemigo. En el margen izquierdo, el que daba al valle, la única escapatoria era una abrupta pendiente que se prolongaba centenares de metros. No era completamente vertical, pero el ángulo de caída era tan pronunciado que resultaba imposible no perder pie y terminar rodando sin control hasta golpear contra alguno de los numerosos salientes de granito que jalonaban la bajada.

En resumen, aquel tramo era perfecto para que alguien con la determinación suficiente desencadenara lo que en el argot militar se llama fuego paralizante o fijante. Sin ninguna cobertura ni escapatoria, sólo quedaba devolver los disparos. Y hacerlo era jugarse la vida, porque revelabas tu posición y sólo era cuestión de tiempo que te alcanzaran.

Cuando enfilaron en dirección al “callejón del tiro al pato”, las primeras luces del alba empezaban a asomar tímidamente entre los esquistos de la montaña. Ese era, sin duda, el momento más delicado del día. Cuando se ha estado de patrulla toda la noche, el instante en que los primeros rayos del sol empiezan a proyectarse en el horizonte, trae consigo un extraño cansancio, una somnolencia que adormece los sentidos y agarrota los músculos. Fue en ese preciso momento, y en el peor lugar imaginable, cuando el manto de oscuridad, que hasta entonces les había protegido, se deshilacho en hebras de color naranja que se proyectaban en el horizonte. Tras unos instantes de desconcierto, Padre comprendió que aquellos hilos luminosos eran estelas de balas trazadoras que volaban hacia ellos a velocidad supersónica desde la derecha del sendero. Todos instintivamente se arrojaron al suelo. Padre, sin embargo, tras vomitar un puñado de imprecaciones, “¡Jodidos hijos de puta, hijos de puta, hijos de puta, hijos de…!”, puso rodilla en tierra y mecánicamente empezó a disparar ajeno a los impactos que se producían a su alrededor, generando pequeñas tormentas de polvo de las que salían catapultadas cortantes esquirlas de piedra. Los demás componentes de la patrulla le miraron aterrados, convencidos de que en cuestión de segundos sería abatido. ¿Había perdido el juicio? No, en absoluto, simplemente hacía aquello para lo que había sido entrenado. En vez de agazaparse y permanecer inmóvil, a merced del enemigo, aguantó su posición, buscó el lugar del que provenían los disparos, lo localizó y empezó a devolver el fuego. Los estúpidos eran los miembros de aquella patrulla a la que a última hora un capitán, con la mirada lúgubre de quien lleva meses haciendo recuentos de bajas, le había ordenado que se incorporara.

Allí, cada detonación, cada chasquido a pocos centímetros de tu cabeza era el estampido supersónico de un proyectil que buscaba provocar la muerte

Fue una mala idea compadecerse de aquel hombre cansado de rellenar partes de amputaciones, invalidez permanente o muertes en combate. Pero también fue mala suerte. Padre debía haber abandonado el valle días atrás. Su despliegue había concluido hacía más de una semana, pero la cadena logística se había atascado, lo que allí era bastante frecuente. El helicóptero que debía aprovisionar al PAC (Puesto Avanzado de Combate) y traerle de vuelta a la segura y confortable retaguardia, había aplazado su llegada, dejándole atrapado en aquella diminuta isla de sacos terreros y hescos en mitad de la nada. El comandante del puesto, un joven oficial envejecido prematuramente, le había visto deambular ocioso durante un par de días, y decidió sacar partido de su experiencia empotrándolo en una patrulla. Mal asunto llevar como compañeros a un puñado de pipiolos asesinos que se creían consumados combatientes, cuando aún no habían participado en un enfrentamiento real, y que, para mayor desdicha, apenas llevaban un par de semanas pateando aquel valle. Era de prever que en su primer combate, con fuego real casi a bocajarro, la mayoría no sabría afrontar el estrés de combate. Patrullar en aquel lugar no tenía nada que ver con la instrucción, donde se dispara a objetos inanimados que no pueden hacerte ningún daño, y se ejecutan movimientos tácticos minuciosamente planificados, como si el combate fuera una ciencia exacta, donde lo imprevisible no tiene lugar. Durante la fase de adiestramiento, las preocupaciones de un solado eran cumplir escrupulosamente el programa, reventarse físicamente, aguantar el dolor y no cabrear al instructor. Se trataba, en definitiva, de un juego para chicos grandes. Pero en aquel valle los juegos no existían. Allí, cada detonación, cada chasquido a pocos centímetros de tu cabeza era el estampido supersónico de un proyectil que  buscaba para provocarte la muerte, una mutilación irreversible o una herida cuyas secuelas eran a menudo terribles. No había instructores ni esquemas inmutables, menos aún segundas oportunidades. En ese lugar, todo ser que caminara erguido sobre sus patas traseras quería matarte: así de simple, así de pavoroso.

Según Padre abrió fuego, atrajo sobre sí una tormenta de proyectiles. Pero no le alcanzaron, sino que impactaron bastantes metros delante de él. Contaba con que sucedería así. Normalmente el servidor de una ametralladora necesita dos ráfagas para poder calcular la distancia a un blanco. La tercera suele ser la letal, porque el servidor ya ha determinado tu posición. Esos valiosos segundos de tanteo le dieron margen suficiente para disparar, atraer el fuego enemigo, rodar sobre sí mismo y cambiar de posición. Después, corrió hacia el soldado que tenía más cerca. Lo encontró encogido, sujetándose el kevlar con una mano, mientras que con la otra estrechaba el fusil contra su cuerpo. Estaba tan absorto lidiando con el pánico que ni siquiera había advertido su llegada. Si hubiera sido uno de aquellos tipos con turbante, estaría muerto. A Padre la idea le enfureció. Y pateó al soldado. Éste se volvió y le miró con los ojos empapados de terror.

—¡Si te quedas ahí estás muerto! —gritó Padre, tratando de que oyera su voz a pesar del estruendo de los disparos. Pero el muchacho estaba en distrés. Así que lo agarró de ambos lados del chaleco de protección y tiró con fuerza levantándole en volandas. Cuando tuvo la cara del soldado a la altura de la suya, volvió a gritarle: “¿Quieres salir vivo de aquí? ¿O prefieres aguardar a que te maten?”. El muchacho pareció reaccionar. Abrió la boca para responder, pero fue incapaz de articular palabra y se limitó a asentir con la cabeza. Padre palmeó su hombro y le dedicó una mueca que intentaba ser algo parecido a una sonrisa. Luego, se incorporó de un salto y empezó a correr en dirección al recodo. El chico fue tras él mientras el suelo parecía hervía bajo sus pies. Uno a uno fueron despabilando a los demás integrantes de la patrulla, instándoles a que movieran su culo hacia el recodo. Padre y el chico saltaban, corrían y se arrojaban al suelo una y otra vez, en una frenética coreografía, recorriendo la línea. Fue en una de esas desesperadas y breves carreras cuando un proyectil golpeo la placa frontal de chaleco de protección de Padre. El impacto fue tan violento que le hizo caer de espaldas. Cuando recuperó el aliento y se incorporó, pensó que aquello no tenía sentido. Si el enemigo disparaba desde el margen derecho del sendero, la bala tendría que haberle alcanzado en el costado, puesto que al avanzar en línea recta hacia el recodo se estaba mostrando de perfil y no de frente. Entonces, un sudor frío inundó todo su cuerpo. De repente comprendió que había estado yendo en dirección al enemigo. En realidad les disparaban simultáneamente desde dos flancos, uno era el margen derecho del sendero, y el otro, el recodo hacia el que se dirigía. “Una emboscada en ele”, concluyó. Entonces se dispuso a gritar nuevas instrucciones. Pero no tuvo tiempo. Fue como si le arrollara un automóvil. Su cuerpo se volteó por completo en el aire, cayó de costado y rodó hasta el borde del precipicio. Una proyectil del 7.62 le había alcanzado en el hombro izquierdo. El impacto fue tan brutal que sintió desfallecer. Durante unos segundos luchó por mantenerse consciente. Pero ya no oía los disparos, tampoco los gritos de terror de los soldados que eran abatidos, en su cabeza sólo había un zumbido monocorde. De pronto, todo se oscureció. Lo último que sintió fue una fuerza irresistible que tiraba de él montaña abajo. Era la fuerza de la gravedad

* * *

Cuando abrió los ojos, se encontraba empotrado en un saliente bajo un sol abrasador, a medio camino entre el sendero desde el que había caído y el valle. Por la altura del sol calculó que debía ser más de mediodía. Revisó su estado físico y comprobó que, además de numerosos hematomas y erosiones consecuencia de la caída, tenía un orificio de entrada en el hombro con salida a la altura de la pelvis. La bala había rebotado en la cabeza humeral y, en un giro imposible, cruzado el abdomen para terminar saliendo por debajo de la cadera. Pero a pesar de la horrible trayectoria, no le costaba respirar ni tenía vómitos de sangre. No parecía ser mortal. Podría decirse que había sido afortunado, pero pronto dejaría de serlo. Había perdido mucha sangre, la infección era inevitable y, lo peor, la temperatura en el valle no dejaba de aumentar.

Mientras se esforzaba por beber agua a través del tubo de su mochila de hidratación, empezó a oír voces que llegaban de arriba, del sendero. Al principio no serían más de dos voces distintas. Pero pronto fueron más. Y al poco, parecieron provenir de una multitud. Intentó distinguir el idioma en el que hablaban, pero no pudo porque en el agitado parloteo las voces se superponían y, además, se escuchaban demasiado lejanas. Pero de lo que no había duda es que ahí arriba la agitación iba en aumento. Mala señal. Sospechaba que alguno de aquellos malnacidos se había asomado al precipicio y le había descubierto en el saliente. La noticia de su hallazgo se habría propagado como la pólvora. Y ahora se estaban agrupando allí decenas de insurgentes. Seguramente, pensó, discutían la manera de llegar hasta él y capturarle, porque parecía evidente que no querían matarle, al menos no inmediatamente. De lo contrario, lo habrían hecho ya. Inmovilizado en aquel saliente era un blanco fácil, incluso para el más pésimo tirador.

Pasaron los minutos y la agitación empezó a disminuir. Aproximadamente una hora más tarde, observó con preocupación como un hombre empezaba a descender con la ayuda de una cuerda. Instintivamente buscó a tientas su fusil. Pero o bien se había quedado arriba, en el lugar de la emboscada, o bien había caído al valle. Por suerte, aún conservaba su vieja pistola. Así que la amartilló y aguardó pacientemente a que el hombre llegara a su altura.

Los minutos transcurrían sin demasiados progresos. El descenso no debía ser tarea fácil, porque aquel tipo se detenía aprovechando cualquier saliente y volvía a asegurar la cuerda. Al poco, otro individuo empezó a descender por el tramo de cuerda ya asegurado. Y a medio camino entré el saliente donde Padre agonizaba y el sendero, ambos se reunieron y parecieron discutir por dónde continuar el accidentado descenso. Cada minuto que pasaba el calor en el valle se hacía más insoportable. El agua de la mochila de hidratación se había agotado hacía tiempo y su visión empezó a nublarse. Le angustiaba perder la consciencia antes de tener a tiro a aquel par de capullos. Si algo le resultaba especialmente insoportable era la idea de que le capturaran vivo. Morir en combate era una putada, sin duda. Pero todo buen soldado aceptaba de mejor o peor grado tal eventualidad. Por el contrario, ser reducido por una tropa de desarrapados, por una turba de asesinos, era la peor pesadilla que cabía imaginar. Y no sólo porque pudieran torturarle, cortarle la nariz, las orejas, los genitales, las manos, los pies y, finalmente, decapitarle con el mismo roñoso cuchillo con el que sacrificaban a las cabras, sino porque él era un soldado profesional que actuaba conforme a unas reglas de enfrentamiento. Además, en su caso, no sólo estaba sometido al código militar sino a un código personal, forjado en la experiencia, en situaciones terribles que habían dejado heridas invisibles. Sentía que era algo más que un simple soldado: era también el fedatario de dramas, tragedias y actos inconcebibles para ese ciudadano absorto que vivía ajeno al horror de un mundo feroz. Sí, había matado a muchos hombres malos, y también, por error, a algunos buenos, pero había salvado muchas más vidas que las que había quitado. Por encima de todo, luchaba para que el bien prevaleciera sobre el mal. Por eso había vivido experiencias pavorosas y visto a sus amigos quedar lisiados o perder la vida. Así pues, concluyó, a pesar de todos sus pecados merecía un final digno, no uno abominable.

Padre no tenía motivaciones políticas. La política no le interesaba; no porque fuera compleja, sino porque le parecía retorcida

Padre no tenía motivaciones políticas. La política no le interesaba; no porque fuera compleja, sino porque le parecía retorcida. Sospechaba que ese retorcimiento tenía más que ver con una complicación interesada que con una complejidad inevitable. En ese enmarañado ecosistema, donde los oportunistas hacían carrera con el dinero de los contribuyentes y mercadeaban con las expectativas de millones de personas, la verdad y la mentira se solapaban de tal forma que la mentira se convertía en verdad y la verdad, en mentira. Y al final era imposible distinguir una de otra. Los ejércitos no eran ajenos a esta dinámica perversa. Sabía que los gobernantes y sus ambiciosos generales eran capaces de mandar al sacrificio a generaciones enteras de jóvenes por oscuros intereses, incluso para favorecer mezquinos cálculos electorales. Pero él estaba al margen de eso. Ningún general mandaba sobre sus actos una vez que el verdadero conflicto, el moral, se desencadenaba en ese otro mundo feroz, donde sólo los tipos como él eran capaces de aventurarse. Cuando se infiltraba en territorio hostil aprovechando la oscuridad de la noche, no sólo se volvía invisible para el enemigo, sino también para esos generales y para los políticos que mandaban sobre esos generales y para los ciudadanos que votaban a esos políticos. Él se implicaba a fondo, mucho más allá de lo que las órdenes establecían. Lo había hecho ya en tantas ocasiones que había perdido la cuenta.

La última vez que cruzó esa fina línea que separaba su particular código moral del cumplimiento estricto de las órdenes, fue precisamente acompañando a aquellos niñatos que no tenían ni la menor idea del avispero en el que se iban a meter. Podía haberse negado. Para evitar aquel marrón, habría bastado con contactar por radio con el jefe de su unidad y protestar. Los profesionales como Padre no atendían a los rangos del ejército regular, sólo a sus mandos directos. El comandante de aquel puesto avanzado lo sabía muy bien. Pero también sabía cuál era el punto débil de Padre. Por eso le había “ordenado” que se empotrara en la patrulla. Aquella orden fue en realidad un ruego. Con ésta, le había pedido formalmente que cuidara de sus chicos porque, en los últimos meses, el número de bajas había sido abrumador. Padre se había dejado engatusar. Y ahora estaba ahí, malherido y bajo un sol abrasador, en un lugar dejado de la mano de Dios, de Alá o del puto Buda, donde a pesar de las apariencias no mandaban los dioses, ni las religiones de los hombres, sino un puñado de viejos avarientos dispuestos a sacrificar a todos los habitantes del valle para preservar sus privilegios. Las creencias, las sagrada religión a la que apelaban, hacía mucho que se había reducido a esclavizar a su propia gente para asegurarse una vida muelle. Gracias a su poder anacrónico, casi feudal, convertían a los jóvenes en seres sin ningún horizonte de futuro, almas atrapadas en una espiral de violencia que se propagaba como una enfermedad infecciosa para la que no había antídoto.

 

***

 

Parecía evidente que esa sería la última vez que cruzaría la línea, que ya no la volvería a cruzar. Moriría allí. Con esa certeza sólidamente instalada en su mente, se entretuvo en recordar cuál fue la primera vez que cruzó la línea. Fue hace ya más de una década, en una ciudad atrapada en la violencia tribal. Su trabajo consistía en localizar a un señor de la guerra que saboteaba sistemáticamente todos los planes de la comunidad internacional para restaurar la paz. En aquel lugar, donde el único vestigio de civilización era un viejo hotel en ruinas, antaño animado y frecuentado por turistas occidentales, fue, en efecto, donde cruzó por primera vez la fina línea que separaba las órdenes formales de su particular código moral. Se trató de un acto ingenuo y bondadoso, casi infantil, pero que de haber trascendido le habría llevado ante un consejo de guerra y, con toda seguridad, habría dado con sus huesos en una prisión militar. Tuvo suerte. Nadie supo jamás de su aventura.

Allí, en esa ciudad arrasada, donde cualquier cadáver cotizaba más alto que una vida, tenía que infiltrarse para tratar de localizar a ese hijo de puta. Por las mañanas, Inteligencia le facilitaba su posible ubicación. Y por las noches él debía llegar hasta el lugar indicado y verificar la información. Lo hacía a travesando la ciudad por los callejones más angostos, donde no penetraba ni la luz de la luna. Luego, en algún punto del recorrido, solía trepar al tejado de una casa y, a partir de ahí, avanzaba saltando de azotea en azotea como los gatos. Fue de esta forma, al atravesar un tejado, como descubrió a un niño tendido en el patio de una casa, completamente desnudo. Aquello le pareció extraño, incluso para un lugar tan desquiciado como ese. ¿Qué hacía aquel crío en el patio, separado de la familia que dormía en el interior de la casa? Intrigado, decidió hacer un alto en su camino y observar. Descubrió que en la cara en niño tenía una herida horrible. Y no paraba de gemir y lamentarse.

Al poco, irrumpió en el patio un hombre que agitaba los brazos de manera amenazante. Y el crío dejó de gimotear. El hombre lanzó un gruñido y regresó al interior de la vivienda con gesto torvo. Padre chasqueó los labios con disgusto, grabó en su memoria la ubicación de aquella casa y prosiguió su camino. Cuando llegó al objetivo que Inteligencia le había proporcionado, comprobó una vez más que el hijo de perra al que buscaban no se encontraba allí, falsa alarma. Así que, antes del amanecer, estaba de vuelta en un piso franco que hacía las veces de centro de operaciones, aguardando nueva información, seguramente tan inútil como la del día anterior. Pero así eran las cosas.

Al medido día recibió puntualmente una nueva posible ubicación. Sin perder tiempo, calculó la nueva ruta. Como siempre, buscó el trayecto más adecuado para pasar desapercibido, no el más corto. Sin embargo, en está ocasión, decidió dar un rodeo más largo de lo acostumbrado. Se había propuesto regresar a la casa donde había descubierto al crío de la cara partida. Después, cuando hubiera hecho lo que se había propuesto, seguiría su camino y haría su trabajo. Preparó el equipo habitual y añadió un kit sanitario. Cuando tuvo todo a punto, se recostó en el suelo y se limitó a sestear mientras esperaba a que cayera la noche.

A media tarde se despertó inquieto, presa de una agitación desacostumbrada. No era la posibilidad de localizar aquel valioso objetivo lo que disparaba su ansiedad, sino cumplir esa otra misión que había decidido llevar a cabo por su cuenta. Tenía prisa por llegar hasta el crío, aliviarle el dolor y, si era posible, salvar su vida. Y la espera se le hacía interminable. Cuando al final cayó la noche, Padre abandonó el piso franco dispuesto a realizar su enésima infiltración.

Una vez más la aseada pizarra del instructor, con sus nítidos esquemas y anotaciones se había visto superada por el azar del mundo real

Regresó de su aventura mucho más tarde de lo que había calculado, al amanecer, lo que significaba superar por mucho el límite de seguridad. En realidad, nada salió como había previsto. Una vez más la simbólica pizarra del instructor, con sus sencillos esquemas y anotaciones se había visto desbordada por el mundo real, donde el azar, lo inesperado, lo imprevisible distorsionan el espacio tiempo y arruinan todos los planes, hasta los más meticulosos. Resultó que en aquella casa no había una familia, al menos no en su sentido más entrañable. Quienes la habitaban no eran los padres ni los tíos ni los hermanos del niño, sino miembros de un clan rival que le habían secuestrado con el fin de reclamar un sustancioso rescate, tal vez dinero en efectivo, tal vez un puñado de cabras. Seguramente, el crío se resistió y fue reducido a golpes. Sin embargo, la herida del mentón no era producto de un mero puñetazo sino del impacto de un objeto contundente: una barra de hierro, el cañón de un arma o la parte roma de la hoja de un machete. Ni si quiera se habían molestado en lavarle aquella horrible herida que iba desde debajo de la nariz hasta donde terminaba la barbilla, porque la sangre que había brotado de la herida era ahora una gran costra negra que cubría su pecho. Para los secuestradores, que el niño viviera o muriera era irrelevante. La gente de ese lugar también estaba dispuesta a pagar generosamente para recuperar el cadáver de un familiar. Enterrar a sus muertos era un deber sagrado. Que el cuerpo de un familiar terminara descomponiéndose en un descampado o en uno de los innumerables vertederos improvisados que jalonaban la ciudad, acarreaba el repudio social. Por esta razón, un secuestrado podía valer más muerto que vivo.

Cuando Padre llegó, se tomó su tiempo para estudiar la casa, identificar las puertas, las ventanas, su orientación y comunicación con las calles adyacentes. También memorizó posibles vías de escape. Después esperó media hora adicional para asegurarse de que todos los que se encontraban en el interior dormían y nadie deambulaba por las inmediaciones. Cuando consideró que había llegado el momento, se introdujo en el patio deslizándose desde el tejado por el lado del muro en el que la oscuridad era absoluta. Agachado y caminando con sigilo, como si existiera un colchón invisible que enmudecía sus pisadas, llegó hasta el niño, le tapó la boca con firmeza y, con la otra mano, apoyó el dedo índice en los labios, haciendo el signo universal del silencio. Al principio, el crío se revolvió y emitió sonidos ahogados. Pero Padre mantuvo la mano firme hasta que dejó de forcejear y comprendió que aquel hombre vestido de un negro riguroso y con la cara tiznada no era uno de sus secuestradores. Por su expresión alucinada, tal vez creyera que se trataba de un espíritu que se le había aparecido. Al ver de cerca aquellos ojos infantiles, Padre se vio desbordado por un sentimiento inmenso de piedad. No sabía por qué razón pero, de pronto, estaba abrumado. Tal vez fuera porque en aquellos ojos oscuros y húmedos había visto reflejado, como en un lago turbio, el sufrimiento de millones de inocentes.

Para Padre, los niños eran lo más valioso, una esperanza que de ser arruinada nada podía remplazar. Los niños de cualquier parte del mundo estaban destinados a ser los adultos del mañana, los que vertebrarían las sociedades y conformarían los gobiernos; los constructores pero, también, los destructores. Que el mundo fuera un lugar mejor o peor dependía de su impronta, de lo que aquellos ojos infantiles vieran, aprendieran y asimilaran durante unos pocos años cruciales. Si lo que contemplaban era la comisión de todo tipo de actos abyectos, el imperio de la ley del más fuerte, el desprecio por la vida humana y, en definitiva, la negación del vínculo entre causa y consecuencia, entre libertad y responsabilidad, de mayores reproducirían aquello que les había sido inoculado, y la sociedad estaría condenada, atrapada en una espiral de degradación que duraría generaciones. Si, por el contrario, a pesar de padecer una infancia terrible, sus ojos podían ver aunque fuera una sola vez que hacer lo correcto acarrea increíbles beneficios, para uno mismo y para los demás, quizá aprendería que hay alternativa, que pese a todo podemos elegir y que vale la pena hacerlo. Espoleado por esta idea desesperada, Padre se reafirmó en su misión. Decidió que pasara lo que pasase se llevaría a aquel crío consigo. No le dejaría allí. A la mierda con su propia seguridad, a la mierda también con la misión y el convencional entendimiento de la lucha. Si se vacunaban las mentes contra el virus de la violencia sectaria, aquella cuyo único fin era el sometimiento incondicional, aunque fuera de uno en uno y se tardara mil años, los señores de la guerra, los viejos y mezquinos patriarcas, los hipócritas apologistas del fundamentalismo estarían acabados. En un mundo donde las personas corrientes fueran conscientes de que siempre se puede elegir y que hacer lo correcto supone incalculables beneficios, tarde o temprano no habría sitio para ellos.

De pronto, las ventanas de la casa se iluminaron. Y Padre se dispuso a regresar a la carrera a la zona de oscuridad. Pero antes repitió su gesto del silencio. Cuando retiró la mano de la boca del niño, éste permaneció callado. Entre ellos se había establecido un vínculo de esperanza. Cuando Padre ya había regresado a la zona oculta del muro, la puerta que daba al patio se abrió violentamente y dos hombres desgarbados aparecieron en el umbral. Uno de los hombres, el más alto, caminó hasta el niño y sin mediar palabra le propinó un violento puntapié. El otro permaneció impasible, dando profundas caladas al cigarrillo que sostenía entre sus labios. El que había pateado al crío lanzaba gritos iracundos. Estaba fuera de sí. Tal vez los familiares del niño no estaban cooperando como había previsto. Quizá se había equivocado de víctima y resultaba que la familia no tenía recursos para hacer frente al rescate o para pagar por su cadáver. Imposible saberlo con certeza sin entender aquel endiablado dialecto. Sea como fuere, la ira hacía que su voz no sonara humana sino como la de un animal. Aquellos alaridos y la forma en que agitaba los brazos por encima de su cabeza eran el preludio de una violencia terminal que inevitablemente se derramaría sobre el niño. Padre decidió que ya había visto suficiente.

Sonó un chasquido y el hombre enmudeció súbitamente. Algo, que había golpeado su pecho, le provocó un dolor lacerante, agudo y profundo. Agachó la cabeza y se miró la blusa perplejo. Una diminuta mancha oscura había aparecido. Durante unos instantes observó anonadado como la mancha se extendía igual que una flor que abriera sus pétalos en todas direcciones. Entonces, trastabilló y, sin que de su garganta saliera sonido alguno, se desplomó. Estaba muerto. Su compañero no alcanzaba a comprender lo que había sucedido. Mientras se esforzaba por unir aquella cadena de sucesos en una secuencia con algún sentido, dos nuevos chasquidos reverberaron en el silencio de la noche. La expresión de su rostro dejó de ser de incredulidad para transformarse en una combinación de dolor y pánico. Su corazón le había estallado en el pecho. Lentamente dobló las rodillas hasta quedar sentado en cuclillas. La sangre dejó de fluir hasta su cerebro y sus ojos se tornaron vidriosos. Después, se estremeció durante unos pocos segundos hasta que, finalmente, quedó completamente inmóvil. Padre emergió de entre las sombras, cargó al niño sobre su hombro en la posición del bombero y corrió hacia la pared del patio que daba al callejón. Había una puerta que comunicaba con el exterior. Trató de derribarla, pero era de hierro, estaba sólidamente asentada en su marco y no se movió. Miró a su alrededor buscando otra salida. Pero sabía que no la había. Con el niño a cuestas era imposible saltar el muro. Así que decidió entrar en la casa y salir a la calle directamente por la puerta principal. No sabía cuántos personas había en su interior, con qué armas contaban ni cuál era la distribución de la vivienda, pero era eso o saltar el muro sin el crío, abandonándole a su suerte. No lo dudó.

Nada más entrar se topó con una mujer extraordinariamente corpulenta. Ambos se miraron asombrados y ella empezó a gritar. Padre reaccionó y la derribó de un puñetazo. Demasiado tarde. Los gritos habían alertado a los demás habitantes de la casa. Desde un angosto pasillo llegaron atropelladamente cuatro hombres, tres empuñando enormes machetes y un cuarto sosteniendo lo que parecía ser un fusil de la Primera Guerra Mundial. Se volvió hacia ellos, apuntó cuidadosamente al que iba delante y disparó. Sus sesos salieron despedidos a través del enorme agujero de salida que la bala hizo en la parte posterior del cráneo, cayendo como una lluvia gelatinosa sobre los que venían detrás. Sorprendidos por la inesperada explosión de sangre y fragmentos de cerebro, vacilaron y perdieron su ímpetu inicial. Un error fatal. Padre aprovechó su desconcierto para disparar sucesivamente a cada uno de ellos. Segundos después, los cuatro yacían en el suelo, muertos o agonizantes. Con el niño siempre a cuestas, pasó por encima de los cuerpos, atravesó el angosto pasillo y desembocó en un destartalado salón, al fondo se encontraba la puerta principal de la vivienda. Cuando se encaminaba hacia la salida, un estampido retumbó por toda la estancia, y empezaron a llover sobre él esquirlas de yeso. Una bala de grueso calibre, que había llegado desde su espalda, había impactado en el techo a penas un palmo por encima de su cabeza. Giró sobre sí mismo y vio a aquella mujer enorme, a la que antes había derribado de un puñetazo, encañonándole con un revólver tan grande y tan antiguo que tuvo serias dudas de que esa fuera el arma con la que le habían disparado…

Hazte Mecenas Disidente

FIN PARTE I

 El próximo domingo 21 de enero, el desenlace en la Parte II 

4 COMENTARIOS

  1. Pues yo estoy disfrutando del cuento, muy bien redactado—¡y construido!—, por cierto. Es que la ética necesariamente tiene mucho de estética.

    Ahora, no se si la conclusión me va a sorprender: me da en la nariz que es el niño quien desciende por el acantilado (tal vez el moderador deba suprimir esta última frase para no dañar la conclusión del relato…).

    • Comparto. La espectativa de este sitio es de “análisis y opinón”, sin quitarle su mérito y esfuerzo, po supuesto.

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