Cuenta Hesíodo que Zeus ordenó a Hefestos fabricar la primera mujer digna de amar. Cada uno de los dioses le concedieron un talento y una caja en la cual depositaron todas las desgracias que estaban por venir. La caja fue enviada a Epimeteo, hermano de Prometeo, a quien le había advertido que no abriera la caja. Pero  la curiosidad de Pandora, la mujer de Epimeteo,  fue muy intensa y abrió la caja de la que escaparon todos los males. Rápidamente la cerró pero no pudo evitar que quedara dentro Eris (la esperanza).

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Esta historia, muchas veces contada y con muchas interpretaciones en su haber, recoge el pensamiento griego de la esperanza, que no era un regalo, sino todo lo contrario, una desgracia, una carencia, pues esperar es estar siempre en la falta de algo,  con una necesidad, es desear un imposible, vivir en una continua insatisfacción.

La libertad necesita una convicción. Una convicción no existe por sí misma, sino que ha de ser conquistada desde lo más hondo del individuo, esta conquista puede ser dolorosa, necesitará del esfuerzo de muchos, y se nutrirá de las creencias que hemos sido capaces de recuperar o descubrir

En un 2021 recién estrenado asistimos a un grotesco desfile abanderado por la esperanza. “La luz al final del túnel” es el tam tam que ha marcado el gobierno a todos sus ministros y ministriles, para aprovechar el fin de año y comienzo del siguiente, y así lo repetía en un reciente titular uno de los periódicos del régimen sanchista.

Ya lo saben, Bil Gates, que se ha prodigado este último año en los medios internacionales, tiene la receta para el año que empieza: mascarilla que nos mantiene protegidos, y vacunas que ya están en la calle. Pensando de la mejor manera posible en estas voces y coros,  se podría decir que la ingenuidad a cierta edad no es excusa para ocultar la ignorancia, algo que escuché hace mucho tiempo de un veterano.

Schopenhauer manifestó que para que haya esperanza una persona debe constatar lo que realmente son las cosas. Quien no es consciente de la realidad del mundo queda incapacitado para escapar del sufrimiento, permanece en la esperanza.  Los humanos cometemos y nos aferramos a los errores, preferimos creer lo que nos gustaría, una distorsión cognitiva que tiene muchas consecuencias en el día a día, entre otras, y no es la menor, ocultar la verdad. Quien se manifiesta con sinceridad sabe que a veces su manifestación es dolorosa para quien la dice y para quien la recibe.

La esperanza como consciencia que reclama Schopenhauer, a la que alude en “El libre albedrío” y en “El fundamento de la moral”, tiene un curioso paralelismo con la descripción que realiza Jordan Peterson en su lejana obra, “Mapas de sentido”, donde ofrece su visión de la estructura del mito conocido. Señala el autor que cada uno de nosotros construimos modelos de lo que es y de lo que debería ser, e intentamos dar el complicado paso de lo uno a lo otro a través de un determinado camino. Cambiamos nuestra conducta conforme es la satisfacción de sus consecuencias. “Permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas…”aconseja Nietzsche en “Así habló Zaratustra”, indicando que la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre, y propone por consiguiente superar la esperanza en lo político y social.

Debemos cambiar no solo lo que hacemos sino lo que creemos que es importante. Un cambio que no espera pero que atiende a lo que hay, a lo que existe, a lo que somos, lo que supone revisar el significado que tiene para cada uno el presente y trazar un camino para el futuro. ¿Qué otra opción tenemos que no sea esperar a que algo nos llegue? Salir a su encuentro, luchar por buscarlo. Si no me encuentro con el bien, tendré que construirlo, producirlo. Cada vez que permanezco sentado  esperando pierdo la oportunidad de buscarlo, y  renuncio a ser yo quien produce ese bien. El mito de Pandora y su caja nos recuerda que esperar a que algo ocurra, complacidos en el deseo pero sin intención, es una maldición.

En el año 2007, durante su tercer año de pontificado, Benedicto XVI escribió la encíclica “Spe Salvi” (Esperanza Salvación), de la que extraigo el siguiente párrafo de su introducción:

“En esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rm8,24). Según la fe cristiana, la « redención », la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino.”

Las palabras de Ratzinger  plantea dos asuntos de enorme relevancia. En primer lugar cuestiona la naturaleza de la esperanza para justificar la salvación, que en los creyentes exige fe en la trascendencia. Y ejerce una autocrítica sin alejarse de la actualidad, ¿en qué consiste realmente su esperanza? ¿Qué tiene que ofrecer al mundo y qué es lo que no puede ofrecerle? Las respuestas no pueden darse sin comprenderse a sí mismo, quizá para los no creyentes y creyentes, y sin partir de las propias raíces, quizá para el creyente.

Ahora bien, se nos plantea inmediatamente la siguiente pregunta: ¿de qué naturaleza ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que, a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? ¿De qué tipo de certeza se trata?

Para acabar, continúa Benedicto XVI : “En el ámbito de la conciencia ética y de la decisión moral, no existe una posibilidad similar de incremento, por el simple hecho de que la libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. No están nunca ya tomadas para nosotros por otros; en este caso, en efecto, ya no seríamos libres. La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio.”

La libertad necesita una convicción. Una convicción no existe por sí misma, sino que ha de ser conquistada desde lo más hondo del individuo, esta conquista puede ser dolorosa, necesitará del esfuerzo de muchos, y se nutrirá de las creencias que hemos sido capaces de recuperar o descubrir. Serán estas decisiones las que nos mantienen en camino, la que darán sentido a este 2021 que empieza.

Foto: James Coleman


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