“Sin amor” (2017), es la última película del cineasta ruso Andrey Zvyagintsev, en la que esculpe un duro y realista retrato ubicado en Rusia, pero que trasciende sus fronteras. La historia no es nueva y está contada de un modo muy sencillo. El hijo de 12 años de una pareja rusa que se está divorciando desaparece después de presenciar una de sus peleas. Los padres, agriamente enfrentados por la separación, pactan una tregua para buscarlo.

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Una película para ver, con una la temática que una vez más afronta el ruso. En su cine no hay familia que disfrute de un desenlace feliz, ni las que anuncian desde la primera secuencia su desgracia inminente, ni aquellas que parece que  no lo tendrán. Por ejemplo, en “El regreso” (2003) dos niños huérfanos tienen un padre violento por el que lo único que sentirán es una permanente decepción. Con “Elena” (2011), se desintegra una familia obligada a repartirse el dinero para sobrevivir.  En 2014, “Leviatán” muestra también la ruptura de una familia cuando desaparecen las principales figuras de autoridad.

Si no me encuentro con el bien, tendré que construirlo, producirlo. Cada vez que permanezco sentado esperando pierdo la oportunidad de buscarlo, y renuncio a ser yo quien produce ese bien

Así llegamos hasta “Sin amor”. Un matrimonio, tras doce años de casados,  en grave estado de descomposición,  que respira una inquietante frialdad, no promete nada salvo desesperanza. Una frialdad casi polar, muy propia del interior de Rusia, empapa la historia y hiela las relaciones.  Para algunos es insufrible el tedio narrativo que la conduce por la monotonía diaria de la búsqueda del hijo desaparecido, para otros dignifica la naturaleza humana, que es en lo que profundiza el guion y sirve la puesta en escena.  Uno de sus aciertos es trascender este matrimonio mientras escarba en esa naturaleza humana que renuncia a que todo acto, toda omisión,  tiene siempre consecuencias en los demás.  En particular en lo que deberían ser los seres más queridos.

El viaje que narra la obsesiva búsqueda del hijo desaparecido muestra unos padres zombies que pasean por vacíos y derrumbados edificios. Un relato que refleja muchos episodios anónimos actuales aquí y allá, de profunda orfandad. “Nunca he amado a nadie… solo a mi madre cuando era pequeña”,  expresa con contenida tristeza Maryana Spivak, la protagonista, mientras observa desde su ventana el solitario y gélido paisaje. Más avanzada la historia le espeta su madre “que mala suerte de haberte concebido, mira lo que pareces, pareces una puta”.

Esta escena de la madre del desamor, poco aprovechada en mi opinión para dimensionar la historia, es un paréntesis de orfandad que contiene algunas miserias del ser humano. La orfandad aparece como la consecuencia de los actos y omisiones de los otros. Decidir tener descendencia, que debería ser una decisión libre, por consiguiente responsable, se convierte en una acción que condiciona, incluso puede determinar la existencia de otras personas, nunca tan vulnerables, ni tan necesitados de lo que carecen.

El producto del desamor es probablemente uno de los resultados más apropiados que describen el sentido clásico de la esperanza, así lo cuenta el mito de la caja de Pandora Este mito griego que aparenta un curioso regalo de los dioses, tantas veces contada y con tantas interpretaciones a lo largo de la historia, recoge el pensamiento griego de la esperanza, que no era un regalo, sino todo lo contrario, una desgracia, una carencia, pues esperar es estar siempre en la falta de algo, vivir en una necesidad, es desear un imposible, experimentar una permanente insatisfacción.

Puede ser muy cómodo y confortable creer que somos producto de unas circunstancias, que una infeliz infancia o los años pasados en un internado o en colegio no solo han sido un lastre para nuestra vida, también una huella imborrable. La complacencia victimista no ha de sacarnos de esa creencia en un destino fatal. Una vez más la sabiduría de los clásicos abre nuestro entendimiento.

Decíamos en el artículo citado que podemos cambiar lo que hacemos, también lo que creemos que es importante. Un cambio que no espera pero que atiende a lo que hay, a lo que existe, a lo que somos. Un cambio que exige un incómodo paso, revisar el significado que tiene para cada uno el presente y trazar un camino para el futuro. ¿Qué otra opción tenemos que no sea esperar a que algo nos llegue? Salir a su encuentro, luchar por buscarlo. Si no me encuentro con el bien, tendré que construirlo, producirlo. Cada vez que permanezco sentado esperando pierdo la oportunidad de buscarlo, y renuncio a ser yo quien produce ese bien. El mito de Pandora y su caja nos recuerda que esperar a que algo ocurra, complacidos en el deseo pero sin intención, es una maldición.

En aquel medio siglo antes de Cristo, los miembros de la primitiva Iglesia que vivían en Corinto estaban enfrentados entre diversas enseñanzas y un clima de inmoralidad, algo no muy distinto a las fechas que nos asisten. Pablo escribe la primera carta a los corintios recordando lo esencial, lo que debería unirles:  “Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada!”

Muchos siglos después de la leyenda griega, el apóstol Pablo anuncia lo que sería el vacío que muchos siglos después Zvyagintsev desarrollara en su peculiar saga familiar. El núcleo narrativo de “Sin amor” no es la presencia de un niño abandonado, sino la elocuente y fría ausencia. Otra obra más complaciente o convencional hubiera recurrido a diferentes flashbacks o recuerdos o acotaciones en los diálogos. Al final y al cabo, concesiones para el bienestar del espectador, pero acabar con la absoluta ausencia del niño, mostrando el vacío del desamor es el retrato de una sociedad que trasciende Rusia y su ficción.

Foto: Kat J.


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3 COMENTARIOS

  1. Excenlete artículo Don José Antonio

    Donde ha quedado nuestra Iglesia para promocionar temas como en el que usted ahonda en vez de rencores vaticano/argentinos/globalistas contra España y su exImperio, sin el cual esa Iglesia no tendría a quien insultar para sentirse mas grande.

    Habría que analizar hasta que punto en culturas como la rusa, antes del comunismo con los mejores músicos y literatos que dio el XIX y principaios del XX, Dostoievski es uno de los grandes ignorados de la literatura actual. Supongo que da pánico leerlo… habría que analizar (vuelvo a la frase) hasta que punto la cultura rusa ligada al cristianismo ortodoxo ha sabido continuar en esa busqueda del alma humana mientras la nuestra se ha vendido al globalismo mas ateo. Y no es cosa de ahora, aunque ahora se note mas… lleva ya tiempo (por lo menos mas de 100 años, en España hasta 200, en el momento en que perdimos las «colonias» y dejamos de ser «útiles» ).

    Unamuno, Galdós… nuestra música del XIX y principios del XX… nos cpnectan con esa Rusia privilegiada, sólo que ellos a pesar del comunismo parece que tienen actualmente recursos para ahondar en la reflexión de la desgracia de su soledad y desamor. Nosotros hacemos Ministerios para celebrarlo. Ministerios que son bendecidos por el Papa Paco con entusiasmo

    Un cordial saludo

    • Al papa Paco lo clava Dostoyevski en «El Gran Inquisidor» no me extraña que no quiera viajar a España por pavor a cruzarse con su sombra.

      Escuchar al papa Paco es como leer en voz alta el monólogo del ruso.

      Hoy el papa le explicaría a Jesús que es sentenciado por interferir en los planes de la agenda 20-30.
      En realidad lo hace cada vez que abre la boca.

  2. Cuando deje de llorar comento lo que sea sobre el amor, ahora no puedo, me voy a escuchar algo de algún socialista-podemita justiciero cargado de felicidad para todos y soluciones universales que acabarán con cualquier desgracia sobre la faz de la tierra.

    A los padres de la película lo único que les sucede es que no han seguido los consejos de Carmen Calvo y están encerrados en los estereotipos del amor romántico, tampoco saben que el niño no es de su propiedad y que éste se se ha ido a buscar como Marco a sus verdaderos padres, Estado y Estada.

    Luego, ya, si eso, comento algo, que ahora estoy viendo la vida feliz de un niño pobre viviendo en La Moraleja gracias al treinta por ciento de construcción social que se ha inventado el gobierno.

    El niño es feliz, sin luz, sin agua para regar el césped y revolviendo los cajones para buscar el carnet del club social que no encontrará nunca para ir a jugar al tenis y montar a caballo con sus vecinitos. Ya está integrado y es feliz.

    Viva la felicidad socialista, abajo los cuentos rusos que nos engañan.

    Gabelas debería tener cuidado y no hacer apología del amor que es delito, debería ser feliz como Irene Montero, «sin acritú».

    Por cierto, excelente artículo.