El prefijo “bi-”, en coreano, no significa lo mismo que en nuestro idioma. Bien, es lo que cabe esperar. Denota una negación. Y un movimiento feminista en Corea del Sur se hace llamar 4B por las cuatro negaciones (“bi”) que asume como propias: el flirteo con hombres, el sexo, el matrimonio y la reproducción: biyeoane, bisekseu, bihon y bichulsan, respectivamente. Lo que se plantea el movimiento es animar a las mujeres a vivir sin hombres. Es la conclusión última de la guerra de sexos. Una guerra difícil, sí, pero ¿no lo son todas?

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El movimiento 4B no nace en el vacío. En 2018, un año antes de que se acuñara la cuádruple negación, se popularizó en el país el movimiento “escapar del corsé”. La moral en Corea es neo confuciana. El valor que le otorga la sociedad al varón es muy superior al que le da a la mujer. Es el varón quien le da continuidad al clan familiar. La función de las mujeres es la de engendrar varones que aseguren esa continuidad. El infanticidio, que tantos defensores tiene en Occidente, se centra en las niñas.

En el caso de este feminismo radical, todavía minoritario, hay un elemento añadido. No se trata sólo de la autopercepción, o del papel que se quiere jugar en la vida. Ni siquiera es principalmente eso

Una vez se hacen mayores, asumen ciertos cánones de belleza que facilitan encontrar pareja y continuar con la reproducción. Esto es lo que rechaza el movimiento “escapar del corsé”, que ha dejado calvas a miles de surcoreanas. Y forma parte de lo que niega el movimiento 4B.

En el caso de este feminismo radical, todavía minoritario, hay un elemento añadido. No se trata sólo de la autopercepción, o del papel que se quiere jugar en la vida. Ni siquiera es principalmente eso. Se trata de rechazar un mundo que se considera injusto y que está más allá de la posible reforma. “Para las miembros de 4B, es una revuelta contra una sociedad que se considera irredimible”, dice en sus primeras palabras un reportaje dedicado al movimiento. Corea del Sur tiene la tasa de natalidad más baja del mundo, si exceptuamos a Taiwán. Y el discurso social mira a las mujeres pensando en que contribuyan a darle la vuelta a la situación. Una parte minoritaria, pero relevante, de esas mujeres dice que no cuenten con ellas.

Mediado el siglo XX, tras la guerra que dividió en dos al país, Corea del Sur tenía 21 millones y medio de habitantes. Tras la guerra, el país vivió una época convulsa hasta el golpe de Estado que llevó a la presidencia del país a Park Chung-hee, en 1961. No es que su dictadura fuera un remanso de paz, pero tuvieron que matarlo para que dejara de ser presidente, y eso ocurrió en 1979.

En esos 18 años, Corea del Sur tuvo la suerte de tener un régimen con dos características que le hacían intragable para los organismos internacionales de cooperación: era una dictadura, y era de derechas. Gracias a esas dos cualidades, se le negaron a Corea del Sur las ayudas al desarrollo. Y el país tuvo que buscar su propio camino. Lo encontró en la apertura al comercio. Si hubiera sido una democracia o una dictadura de izquierdas, el Banco Mundial y el resto de sospechosos habituales habrían hundido a Corea con sus ayudas al desarrollo. No fue lo que ocurrió.

La población siguió creciendo, y en la actualidad alcanza los 51,74 millones de personas. Pero está en el cénit del crecimiento. A partir de aquí la previsión es que haya un decrecimiento. 50 millones en 2037, 45 en 2051, 40 en 2061 y, en fin, 24 millones de surcoreanos en 2100; vuelta a la población de 1958.

En Corea del Sur el crecimiento económico ha acelerado la transición demográfica. Los países desarrollados han reducido la tasa de nacimiento hasta dejarla por debajo de la tasa de reposición. Tenemos menos hijos, que han dejado de ser un seguro de vida para la vejez, y han pasado a ser una carga cada vez mayor. Dedicamos a ellos una parte muy importante de nuestra renta. Prepararlos para la vida actual es carísimo. Tener un tercer hijo es un lujo, y empieza a serlo tener uno que sea el segundo.

La pirámide de población de Corea del Sur no es, estrictamente, una pirámide. Se les llamaba así cuando se concibieron porque cuando se concibieron estos histogramas de frecuencias, tenían una base amplia, que se iba estrechando según se subía por las escalas de la edad. En Corea del Sur, como en España y en otros países desarrollados, la parte más ancha del gráfico pertenece a una generación anterior al cambio demográfico.

El movimiento 4B es un caso extremo de una tendencia que va más allá, pero sobre todo más acá, de Corea del Sur. Ese país carga con sus valores tradicionales, sí, pero también está occidentalizado económica y moralmente. Y comparte con nosotros varias dolencias que nos son propias.

En los Estados Unidos, y pongo ese ejemplo porque es el que mejor conozco a este respecto, las mujeres jóvenes se separan del resto de la sociedad en el aspecto ideológico. Están mucho más a la izquierda que el resto de la sociedad. Y el ligero, pero apreciable corrimiento ideológico hacia la izquierda en ese país en las dos últimas décadas se explica casi por completo por la evolución de las mujeres.

Yoon Suk-yeol, el primer ministro, achaca la baja fertilidad al feminismo. No al movimiento 4B, que es sólo el extremo más visible, sino a la reacción por parte de muchas mujeres a la situación que viven en Corea del Sur, y en segunda instancia al papel que se espera que jueguen en la sociedad.

Curiosamente, la situación de la mujer está cambiando aceleradamente en el país. El acelerado envejecimiento de la sociedad, les favorece. Muchos piensan que cuando lleguen a la tercera edad, no serán sus hijos quienes les cuiden, sino sus hijas. Al igual que antes se veía a los hijos, en general, como la vía de sustento económico para la vejez, hoy se ve a las hijas como el sustento personal y afectivo. Por supuesto, nada tienen que ver los movimientos como salirse del corsé o 4B con la recuperación del valor que le otorga la sociedad a las mujeres.

Foto: Nadine Shaabana.

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