Se acaban de cumplir cinco años de la llegada al trono de Felipe VI. En parte porque las efemérides se han convertido en un imperativo mediático pero en parte también por la aceleración desquiciada en la que vivimos, un lustro resulta ser ahora un período muy significativo y según para qué cosas, sobre todo en la política, casi una eternidad. Cuando se cumplía el mismo tiempo de la llegada al poder de su padre, Juan Carlos I, el 22 de noviembre de 1980, la fecha pasó prácticamente inadvertida entre la crisis política del momento, los atentados de ETA y el ruido de sables que cristalizaría en el asalto al Congreso del 23 de febrero del año siguiente.

Bien es verdad que tampoco ahora, entretenidos como estamos con el impasse político, la conmemoración ha ido más allá de una ceremonia muy discreta –con sordina- y unos comentarios en la esfera periodístico-mediática que se han movido entre los viejos tópicos del oficio y los cotilleos de salsa rosa. Ni un solo apunte, no ya de interés, sino de vida inteligente. Tengo para mí que en ningún otro ámbito se refleja mejor la miseria del periodismo español que en este de la monarquía.

Una prensa aduladora y sumisa hasta el bochorno durante la mayor parte del reinado de Juan Carlos I, se reconvirtió luego –¡a moro muerto, gran lanzada!- en azote de las irregularidades institucionales y privadas del monarca y su entorno. Hace ya tiempo que, con respecto a la Corona, la prensa española perdió toda su credibilidad, primero por su connivencia con aquellos excesos y su cobardía para contar la verdad en tiempos difíciles y después por apuntarse el tanto fácil de la denuncia, cuando ya no había riesgo. Pero, en fin, eso ya es historia y si lo traigo ahora a colación es tan solo porque no he podido evitar una sensación de vuelta al pasado al leer las glosas de estos días.

“La forja de un Rey ejemplar” titulaba El Mundo su editorial. El de El País, por su parte, era “Lustro real”, con una entradilla en la que destacaba que “Felipe VI ha promovido los límites y la transparencia de la institución”. “Una monarquía renovada para un tiempo nuevo” certificaba RTVE, asumiendo como hecho indubitable el desiderátum del monarca. El editorial de ABC proclamaba “Un Rey a la altura de España” y su primer párrafo decía así: “Se cumplen cinco años de reinado de Don Felipe y el balance no puede ser más alentador para la evolución de nuestra democracia, la fortaleza de la nación y la estabilidad de la institución”.

¿Qué nos proporcionaría una república que no tengamos con esta monarquía? Y en segundo término, tal como están las cosas, ¿valdría la pena asumir el riesgo? ¿No tenemos retos más importantes?

Como observa el dicho popular, con amigos así no hacen falta enemigos. En un ámbito tan emponzoñado como el de la política española, planteamientos tan excepcionalmente obsequiosos –por callarme otros adjetivos más hirientes pero quizá más exactos- mueven a cualquier observador mínimamente crítico a la desconfianza, cuando no al extremo opuesto del repudio antimonárquico, por puro rechazo al servilismo. El español corriente tolera mal a los pelotas y lameculos. ¿Es que ahí arriba no entienden algo tan simple como que tanto botafumeiro impostado tiene un efecto boomerang?

Al final, la factura de esta situación la terminamos pagando todos porque es prácticamente imposible hablar de la monarquía en España con un mínimo de sosiego y ecuanimidad. Todo analista será siempre cuestionado y se buscará tras su dictamen algún propósito inconfesable, calificándosele de modo habitual en términos despectivos, bien por aquello que critica (antimonárquico), lo que minimiza como irrelevante (cómplice) o lo que aplaude (cortesano). Por concretar, reflejar algo tan obvio como que el reinado de Juan Carlos I fue globalmente positivo en la trayectoria histórica de España lo convierte a uno en sospechoso de muchas cosas (y ninguna buena).

Volviendo al principio, entre las pocas iniciativas interesantes para establecer un balance equilibrado de estos cinco años se encuentra el librito –técnicamente un opúsculo, no llega a las cien páginas en formato pequeño- de Jordi Canal titulado La monarquía en el siglo XXI (Turner). Para empezar, en los tiempos que corren, un catalán hablando ponderadamente de la monarquía constituye de por sí un valor añadido. Obviamente, si es además un historiador de prestigio mucho más. En la contracubierta el lector se enfrenta sin tapujos al estado de la cuestión en sus dos primeras frases: “¿Reinará Leonor I? Algunos se preguntan si Felipe VI será el último rey de España”.

Por decirlo en los términos castizos usuales, aquí se coge desde el inicio el toro por los cuernos. Como es obvio, el lector podrá discrepar de las ideas y argumentos del autor pero no le puede regatear su valentía a la hora de exponer los pros y contras de la institución, sin que se omitan –con respecto a esta segunda vertiente- los sucesivos escándalos y los nombres y apellidos de los personajes de dudosa reputación que han contaminado en los últimos tiempos el devenir de la Corona.

Digamos ya que Canal considera que, pese a sus errores, escándalos e innegables disfunciones, la monarquía es útil, positiva y da estabilidad al sistema político español. En no escasa medida esa favorable valoración viene dada por la oposición frontal del autor a los dos sectores que más encarnizadamente combaten a la Corona: los independentistas catalanes y en general los nacionalistas de toda laya, que ven en el titular de la misma el garante de la unidad nacional; y, en segundo lugar, los detractores del llamado “régimen del 78” que consideran al rey la piedra angular del sistema, así como heredero del franquismo por el modo en que se hizo la Transición.

Combate también Canal otros planteamientos profundamente enraizados en la sociedad española, como que la monarquía es per se antidemocrática, obsoleta, cara y poco funcional. Menciona también que entre los sectores autodenominados progresistas persiste el prejuicio de equiparar esta institución al conservadurismo, por oposición al republicanismo en general o al mitificado régimen del 14 de abril en particular. Ahora bien, lo más notable y hasta cierto punto polémico de su argumentación en pro de la monarquía en España deriva precisamente de las premisas antedichas.

Como en España no hay un monarquismo sólidamente asentado –otra cosa es el juancarlismo o el incipiente felipismo de última hora- y sí en cambio un republicanismo militante o difuso, el autor propone una suerte de confluencia a partir de la constatación de que en las democracias avanzadas actuales ya no existe una nítida “separación entre república y monarquía, sino hibridismos múltiples”. El paso siguiente consiste en aseverar que, de hecho, “la monarquía en España es una monarquía republicana”, en la medida en que “integra, defiende y garantiza los valores fundamentales” asociados al republicanismo. El mismo PSOE ha sido históricamente más “accidentalista” (flexible sobre la forma de Estado) que abiertamente republicano, porque su prioridad era la transformación económica y social.

Se desemboca así en la cuestión fundamental: ¿qué nos proporcionaría una república que no tengamos con esta monarquía? Y en segundo término, tal como están las cosas, ¿valdría la pena asumir el riesgo? ¿No tenemos retos más importantes? Me limito a plantear la cuestión, pues obviamente no puedo llegar a más en los límites de este artículo. El planteamiento de Canal, que explicita a lo largo de varias páginas, tiene la virtud de ofrecer una transacción que nos permitiría salir de la interminable controversia que ha marcado nuestra historia contemporánea. Desde el punto de vista teórico me parece bien argumentado. En lo relativo a su capacidad para derribar prejuicios ideológicos sólidamente establecidos, soy bastante más escéptico.

Foto: Casa de S.M. el Rey


Por favor, lee esto

Disidentia es un medio totalmente orientado al público, un espacio de libertad de opinión, análisis y debate donde los dogmas no existen, tampoco las imposiciones políticas. Garantizar esta libertad de pensamiento depende de ti, querido lector. Sólo con tu pequeña aportación puedes salvaguardar esa libertad necesaria para que en el panorama informativo existan medios disidentes, que abran el debate y promuevan una agenda de verdadero interés general. No tenemos muros de pago, porque este es un medio abierto. Tu aportación es voluntaria y no una transacción a cambio de un producto: es un pequeño compromiso con la libertad.

Apoya a Disidentia, haz clic aquí

Artículo anteriorDel orden visible alfabético al invisible orden algorítmico
Artículo siguienteMedio siglo de fracasos: la historia oculta de Suecia
Rafael Núñez Florencio
Soy Doctor en Filosofía y Letras (especialidad de Historia Contemporánea) y Profesor de Filosofía. Como editor he puesto en marcha diversos proyectos, en el campo de la Filosofía, la Historia y los materiales didácticos. Como crítico colaboro habitualmente en "El Cultural" de "El Mundo" y en "Revista de Libros", revista de la que soy también coordinador. Soy autor de numerosos artículos de divulgación en revistas y publicaciones periódicas de ámbito nacional. Como investigador, he ido derivando desde el análisis de movimientos sociales y políticos (terrorismo anarquista, militarismo y antimilitarismo, crisis del 98) hasta el examen global de ideologías y mentalidades, prioritariamente en el marco español, pero también en el ámbito europeo y universal. Fruto de ellos son decenas de trabajos publicados en revistas especializadas, la intervención en distintos congresos nacionales e internacionales, la colaboración en varios volúmenes colectivos y la publicación de una veintena de libros. Entre los últimos destacan Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Primer Premio de Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto (Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014).

3 COMENTARIOS

  1. A lo largo de mi vida he tenido la suerte de vivir de manera cercana la historia política de los últimos cuarenta y cinco años en mi propia casa.
    Desde niño me interesé por la política, no había por mi parte ningún afán de participar, quizás al principio sí, quería ser presidente y arreglar España, pero al poco se me pasaron las ganas, menos mal.
    Tumbado en la alfombra mientras jugaba a indios y vaqueros ojeaba las revistas y periódicos de la época intentando adivinar su repercusión en la bolsa, con un lápiz anotaba la cotización futura en función de mis impresiones. Acertar era el objetivo del juego.
    Un revés familiar cambió mi entorno natural, y la clandestinidad política se volvió cercana, libros y libros hasta entonces prohibidos llenaron armarios cerrados con llave.
    Cambié un pueblo luminoso por una ciudad de luto con botafumeiro de gasoil y luego la palmó el Caudillo. En aquella época todos nos llevábamos bien, mi grupo de amigos se componía de comunistas, franquistas, falangistas, un socialista, republicanos, anarquistas, ateos y algún vasco hipersensible; los catalanes entonces solo existían en Boccaccio por la noche, por las mañanas vendían frutas o libros.
    Luego vino la transacción, un reparto de las cosas del abuelo, unos se pidieron las eléctricas,
    otros las telefónicas y los oportunistas los partidos regionales, yo vi constituirse alguno, incluso con algún ministro presente y luego llegaron las intrigas por el poder, demasiado vulgares para mí gusto adolescente, por lo que me limité desde entonces a seguir de lejos la evolución de los corruptos, los buenos iban cayendo uno tras otro.
    Al poco se creó el premio Príncipe de Asturias, y me pregunté si ese niño algún día llegaría a reinar. ¿Por qué me hice esta pregunta? Quizás fuera la simple transcendencia del eterno ambiente español, en mi grupo de amigos no había ningún monárquico, eso era más de señoronas aburridas y excéntricos intrigantes.
    Somos brutos, demasiado brutos.
    Decía D’Ors de Goya que alguien que nace en un pueblo como el suyo si quiere sobrevivir solo puede intentarlo como genio.
    Quizás España sea un eterno duelo a garrotazos donde los pocos genios que sobreviven contemplan la escena desde lejos, con dolor.
    Es triste el nivel político español, pero aún más triste es la indignidad del votante que vota con la garrota.
    Que buen rey si tuviera buen vasallo.
    Somos los mismos, los de entonces siguen siendo los mismos jovenes de ahora. Quizás la única diferencia sea que los políticos han perdido la vergüenza intelectual a garrotazos y los jóvenes apuestan para huir de la desesperanza.
    El problema de España no es el Rey, sino la corrupción sistémica amparada por la indigencia intelectual de la última hornada política.

    • Garrotazo 1º

      Tenemos un Rey que quizás sea la única autoridad a la que podemos exigirle responsabilidades, estrujar su capacidad en nuestro beneficio, enviarle de viaje para mejorar nuestra cuenta de resultados y ampliar el círculo de amistades, mandarle ordenar nuestro habitáculo cuando reina el caos…
      Y elegimos a un mentiroso compulsivo y felón que cada vez que toca a nuestra puerta para contarnos la buena nueva nos cuenta una mentira mientras nos roba la cartera.

      • Caray Henry, que buenos comentarios

        “El problema de España no es el Rey, sino la corrupción sistémica amparada por la indigencia intelectual de la última hornada política”

        y qué gran verdad..

Comments are closed.