Jorge Luis García Ruiz es profesor, arqueólogo e historiador. Doctor en Historia por la Universidad Complutense es el autor de Presidio y Revolución: El papel decisivo de España en la Independencia de Estados Unidos.
Hablamos de su último libro, Revolución, publicado primero en inglés y que ahora llega al público español, donde aborda un tema tan relevante como poco conocido: el papel de España en la independencia de Estados Unidos.
Tengo entendido que el título inicial iba a ser La gran estafa. ¿Cuál era el motivo?
Porque al final, cuando te metes a investigar y empiezas a sacar documentos, lo que emerge es, en esencia, una gran estafa contra España, impulsada principalmente por Francia, como consecuencia del pacto de familia, el pacto borbónico. En aquel momento Francia estaba prácticamente quebrada. Se calcula que España tenía una deuda pública de unos 120 millones de pesos, mientras que Francia rondaba los 300 millones. Y, sin embargo, todos los gastos —como mover la flota al Pacífico— los asumía España: solo eso costó unos dos millones y medio de pesos. Pero al final, Francia ha pasado a la historia como la gran liberadora de Estados Unidos, cuando en realidad gran parte del esfuerzo económico y militar salió de España, canalizado a través de los favores que Carlos III concedía a su sobrino. Toda la ruina española sale de esas alianzas con los franceses.
Siempre los ingleses nos hicieron eso y nos hicieron lo otro, pero nunca hemos tenido coraje de decir oye, tenemos una civilización que durante siglos ha sido el Imperio más grande del mundo ¿Por qué no nos lo creemos?
Solemos centrarnos en 1783, cuando se firma la paz, y tendemos a presentarlo como una victoria. Pero si lo miras con perspectiva, es también el momento en que España empieza a perder su Imperio. Si tenemos en cuenta que buena parte de ese proceso se financió con dinero español, la conclusión cambia bastante: más que una victoria, acaba pareciendo una gran estafa. En las propias conversaciones de paz aparece una figura clave: John Jay, cuyo papel fue determinante y que presionó a España para seguir financiando a los norteamericanos. El gobierno español aceptó continuar ayudando, pero condicionando los pagos a unos plazos. Eso provoca el enfado de Jay, que se marcha a París, donde empieza a negociar directamente con los británicos. A partir de ahí, se abre otra dinámica, e incluso se impulsan acciones militares británicas contra posiciones españolas en el sur, como Pensacola, y la negación de la deuda con España.
O sea, tienes un aliado que te estaba apoyando, que te estaba cubriendo gastos y ya en las negociaciones de paz le estás traicionando. Lo que España sufre es una estafa por parte de Francia, pero también es una traición absoluta de los norteamericanos. Después de recorrer más de 400 páginas de investigación, la sensación que te queda es muy clara: el gran perjudicado de esa alianza fue España. Aunque como historiador intentas mantenerte objetivo y frío, como autor es inevitable que, capítulo tras capítulo, aparezca cierto cansancio, incluso enfado. Y de ahí surge el título: La gran estafa.
¿Y por qué al final lo llama “Revolución”?
Primero, porque el título original era demasiado agresivo para el público norteamericano. Y así, la primera versión salió en inglés como Revolution. En el libro hay muchas cosas que pueden sorprender al lector español, pero un lector norteamericano probablemente se quede directamente en shock, porque no conoce el contexto: no sabe de qué se está hablando cuando se explica la estafa que se hizo a España desde Francia, ni que la independencia de Estados Unidos se financió en buena parte con dinero español.
Entonces, Francia se ha llevado el mérito mientras que España prácticamente no aparece. Lo que hace Francia, en realidad, lo paga España.
Exacto, hasta el último céntimo. De hecho, en el primer capítulo del libro incluimos una recopilación de frases de los propios norteamericanos de la época, agradeciendo explícitamente a España por las aportaciones que había hecho. Curiosamente, todo eso después se olvida.
Lo que tenemos aquí son los franceses – los inventores de la propaganda. Luego claro, llega la Unión Soviética y lo perfecciona al máximo. Yo veo el primer gran ejemplo de propaganda sistemática cuando Francia, que siempre iba por detrás de potencias como España o Inglaterra en América, intenta demostrar que está equiparada a ellas. Allí ves mapas falsos creados por los franceses en los que desaparece España o Inglaterra del continente americano y Francia aparece como dueña de prácticamente todo cuando en realidad, Francia lo había perdido prácticamente todo.
¿El dinero aportado a los insurgentes era a fondo perdido o tenían que devolverlo?
No, en principio tenían que devolverlo. Cuando revisas la documentación, ves que se llega a una deuda de entre 15 y 20 millones de pesos, sin contar además los enormes gastos que asumió la Corona española al enfrentarse a Inglaterra. Por ejemplo, en aquel entonces trasladar la flota desde España hasta el Caribe —unos 140 barcos con todo lo necesario— costó alrededor de 8 millones de pesos. Es una cifra enorme si tenemos en cuenta que el funcionamiento anual de todo el Imperio español podía rondar los 30 millones.
El problema es lo que ocurre después. Cuando Estados Unidos pregunta cuánto debe exactamente, España tarda cerca de dos años en hacer las cuentas. Para entonces, los norteamericanos o bien ya no estaban en condiciones de pagar, o directamente no tenían intención de hacerlo. Y ahí se comete otro error clave desde el Consejo de Indias: se acepta que devuelvan el dinero ‘cuando puedan’. Una fórmula tan ambigua que, en la práctica, podía significar cualquier cosa… incluso no pagar nunca. Y eso es lo que terminó ocurriendo. Nunca pagaron la deuda. Y la cuenta puede llegar a dos veces nuestro PIB actual. Con este dinero pagaríamos de sobra nuestra deuda pública actual.
Ha mencionado los pactos de familia con Francia. ¿Es esa la razón por la que España decide implicarse en el conflicto, enviando armas, financiando operaciones y desplegando su flota?
España apoya la independencia por una combinación de factores. En las negociaciones entre franceses y españoles —de las que conservamos documentación y conversaciones— se ve un proceso complejo. Francia venía de una gran derrota en la guerra anterior y estaba en una situación muy delicada, prácticamente quebrada. En ese contexto, el rey francés necesitaba un revulsivo político para reforzar su posición interna y que no le cortaran la cabeza 20 años antes. Ese revulsivo es entrar en la guerra de independencia americana. Pero hacerlo solo era un suicidio. Entonces el gobierno francés termina maniobrando para arrastrar a España a un conflicto que España, en realidad, no quería. Ni el rey ni los ministros eran partidarios de entrar en esa guerra. Sin embargo, en un momento dado, el joven rey francés comunica que ya ha firmado el tratado de alianza con los Estados Unidos para intervenir en la guerra de independencia. Y como Francia y España estaban vinculadas por los Pactos de Familia, eso obliga a España a participar.
Una vez te metes, eso es como un juego de cartas. Empiezas a poner un poco de dinero, un poco más y un poco más, e intentas no perder lo ya invertido. La ayuda española crece progresivamente por esa dinámica. Además, España no tenía interés meterse en esa guerra porque tenía miedo a verse arrastrada a una guerra con Inglaterra, especialmente por el riesgo de que esta consolidara su unión con las colonias, como ya había ocurrido en otros contextos. Era, en la práctica, enfrentarse a dos frentes: Europa y la amenaza sobre el imperio ultramarino en América. La situación era tremendamente difícil y cualquier decisión que se tomara yo creo que hubiera salido mal.
¿Hay algo o alguien que impulsara esa decisión?
Hay una cosa muy interesante. Hoy en España se nota un sentimiento anglofóbico, todo pasa por Inglaterra, como si Inglaterra fuera la causa de todos los problemas. Y ese mismo sentimiento ya estaba presente en la política española de la época. Un personaje muy relevante en ese contexto es el conde de Aranda, que tenía un enorme sentimiento anglofóbico, y que envió numerosos informes a la Corona influyendo en la toma de decisiones sobre la entrada en la guerra.
Entonces, esa anglofobia, ahora muy vinculada al papel de los ingleses como transmisores de la leyenda negra, ¿nos juega malas pasadas?
Si le das la vuelta a la cuestión y observas la situación con cierta perspectiva, aparecen cosas interesantes. Por ejemplo, Portugal no tiene leyenda negra a pesar de que era el mayor traficante de esclavos negros. Por qué, porque ha sido siempre aliado de los ingleses. En el caso español, ha habido un momento en nuestra historia en el que España se ha vuelto un país anglofóbico y no sabe ser simplemente España, ahora pasamos por algo parecido. Hay gente que sabe más —y mal— de la historia de Inglaterra que de la historia de España. Hay que tener la mente más abierta, llevar a cabo una investigación rigurosa, revisar testimonios de la época te van quitando los prejuicios. Siempre los ingleses nos hicieron eso y nos hicieron otro, pero nunca hemos tenido coraje de decir oye, tenemos una civilización que durante siglos ha sido el Imperio más grande del mundo ¿Por qué no nos lo creemos? ¿Por qué tenemos que estar siempre con la referencia inglesa, a todas horas?
Es bien sabido el daño causado por la leyenda negra, pero en los últimos años creo que podemos hablar de la aparición de una leyenda rosa.
Nos hace mucho daño tanto la leyenda negra como la rosa y es un problema de credibilidad. ¿Qué ha pasado hasta ahora? Primero, que no existimos fuera porque no hemos contado nuestra historia. Y segundo, que cuando lo hacemos, muchas veces no se nos da credibilidad. Y si pierdes la credibilidad, lo pierdes todo. Dentro de España la leyenda rosa sirve para alborotar el gallinero, pero cuando sales fuera, si no tienes credibilidad, nadie te hace caso. Y muchas veces nos pasa porque nos empeñamos en defender cosas que son indefendibles. De hecho, todo esto me llevó a empezar a escribir un libro que llamo ‘historia testicular’: ya que cada uno cuenta la historia como le da la gana, sin importar la verdad.
Por ejemplo, se dice que los ingleses enseñaron a los indígenas a cortar cabelleras, y eso es falso: hay registros arqueológicos de hace miles de años que muestran que algunas tribus ya lo hacían. Pero si vas contra ese relato, te cancelan. No importa la verdad. Otro ejemplo es Francisco de Miranda. En España hay gente que lo presenta como una figura importante en la independencia norteamericana, cuando en realidad su papel fue muy secundario. Pero hoy la gente no va a las fuentes, consume versiones simplificadas, memes. En Revolución cruzo fuentes de Reino Unido, Francia, España y Estados Unidos, es decir, de todas las partes implicadas. Porque si solo lees una versión, te quedas con algo parcial. Y en todo este tema de la hispanidad yo veo varias fases: primero, unos cuantos estudiosos que aportaban cosas interesantes; luego un boom en el que entra todo el mundo, a veces sin formación alguna; después una fase de ´historia testicular´ en la que cada uno cuenta la historia como quiere; y finalmente una saturación que diluye el trabajo de los historiadores rigurosos, algo que además se ve acentuado por la inteligencia artificial.
Hablando de cabelleras, ¿cómo era la relación con las poblaciones indígenas de las distintas potencias?
En el caso de España, el modelo se basaba en la evangelización y en la integración dentro de un sistema más estructurado. Eso implicaba sustituir sus creencias por el catolicismo, modificar sus estructuras sociales o limitar ciertas costumbres. Inglaterra, por su parte, tuvo una relación diferente. En muchos contextos, no buscó integrar ni evangelizar, sino establecer alianzas puntuales con grupos indígenas, especialmente con fines militares. De hecho, hay documentos interesantes, como una carta de Bernardo de Gálvez al comandante británico John Campbell, en la que plantea la posibilidad de dejar fuera a los indígenas del conflicto y que la guerra se limite a las potencias europeas. Planteaba eso porque Inglaterra tenía una fuerza de mil doscientos ingleses y tenía más de mil indios y Gálvez disponía solo de una docena de indígenas. Como era de esperar, Campbell dijo no.
Francia adoptó un modelo más centrado en el comercio, sobre todo en regiones como el interior de Norteamérica. En algunos casos también hubo misiones religiosas, pero su presencia fue más flexible y basada en relaciones económicas con distintas tribus. Y luego está el caso de los Estados Unidos. Durante la guerra de independencia, muchas comunidades indígenas se alinearon con los británicos, en parte porque los veían como gente de paso, mientras que los americanos venían para quedarse, y su experiencia con ellos fue de expulsión y exterminio, siendo desplazados de sus territorios.
¿Fue una apuesta estratégica acertada ayudar en la independencia, o visto con perspectiva, un error?
Si lo miras con el paso del tiempo, surgen muchas dudas. Quienes más contribuyeron a impulsar las independencias hispanoamericanas fueron los propios Estados Unidos, más que los ingleses. Los ingleses, una vez que el proceso ya estaba en marcha, adoptaron una actitud más pragmática: intentaron beneficiarse de la situación, como es habitual en su política exterior. Y lo que explico al final del libro es que, apenas treinta años después de la independencia, España lo había perdido prácticamente todo. Si además amplías el foco y lo proyectas doscientos años hacia adelante, encaja todavía más: ves cómo se construye una narrativa claramente antiespañola desde Estados Unidos. Al final, Estados Unidos no solo crece sobre territorio que había sido español, sino que lo hace con dinero y apoyo españoles. Por eso, una de las conclusiones inevitables es que quizá España no debería haber apoyado esa independencia.
Entonces, ¿hubiera sido mejor apoyar al otro bando?
Creo que si en aquel momento alguien hubiera planteado —‘¿y si en lugar de aliarnos con las colonias revolucionarias nos aliamos con Inglaterra?’— la historia podría haber sido muy distinta. A lo mejor se habría logrado aplastar a las colonias rebeldes y, de paso, debilitar también a Francia. Incluso es posible que los Bonaparte se hubieran quedado en Córcega, dedicados a sus viñedos, y no hubieran protagonizado todo lo que luego ocurrió en Europa. Inglaterra, además, en aquel momento tenía cierto respeto por España, incluso admiración ya que si un español da la palabra la intenta mantener a toda costa. Para un inglés esto era un valor. Eso no sucedía con los franceses. Esa percepción empieza a deteriorarse precisamente cuando España se alinea con Francia a través de los Pactos de Familia borbónicos. En ese sentido, cabe plantearse si otra estrategia no habría sido más favorable: una alianza con Inglaterra en lugar de una confrontación. Quizá, en ese escenario, la independencia de Estados Unidos se habría retrasado décadas, igual que los procesos de independencia en Hispanoamérica.
¿Cómo ha sentado Revolution en el público estadounidense?
Depende mucho del perfil del lector. Hay gente que, cuando le presentas documentación, reacciona de forma abierta y dice: ‘esto hay que analizarlo’. Pero la mayoría directamente lo rechazan; no quieren entrar en ello y prefieren quedarse en la versión que ya conocían. Para buena parte del público norteamericano, la ayuda española a la independencia no existe como tal. Esa es la percepción dominante. Por eso, lo que hago es reconstruir todo lo que España hizo por la independencia, tanto antes como después del proceso.
El libro cuestiona un determinado paradigma muy arraigado en parte del mundo anglosajón. Cuando explicas, por ejemplo, que muchos nombres, topónimos o referencias culturales en Estados Unidos tienen origen español —y que en muchos casos son simples adaptaciones al inglés—, hay sorpresa, porque ese conocimiento no está extendido. Incluso la presencia del español en su propio territorio no se percibe en toda su dimensión. En algunos casos, esa falta de reconocimiento va acompañada de una visión de superioridad cultural.
¿La idea que tenía el público norteamericano era que la presencia española era casi folclórica, y ahora se están dando cuenta de que fue mucho más decisiva?
Sí, exactamente. Y les está costando asimilarlo. Ya ocurrió algo similar con la figura de Bernardo de Gálvez: hace unos años se empezó a reconocer su papel, pero el proceso de aceptación fue lento. El problema es que no se dimensiona la magnitud real de la ayuda española en la independencia. En muchos casos, se ha creído que España actuaba únicamente por interés en recuperar Florida, o incluso en contra de los intereses norteamericanos, lo que ha contribuido a consolidar una imagen de España como adversario.
¿Ha habido algún cambio positivo con la administración Trump?
No, más bien al contrario. En algunos casos incluso ha ido a peor. En España muchas veces la información sobre estos temas la marcan medios de derecha, que tienden a destacar solo lo positivo. Por ejemplo, se dice que Trump ha vuelto a colocar estatuas de Colón. Y aquí, con tal de alinearse políticamente, a veces se acaba blanqueando una realidad que en el fondo no es tan favorable. Por ejemplo, retiró el proyecto de nombrar una fregata norteamericana en honor a Bernardo de Gálvez. Si miras más atrás, cuando las trece colonias empiezan a expandirse hacia territorios como Texas, California o Nuevo México, se encuentran con una población que habla lenguas indígenas, pero también español. Imponer el inglés de golpe habría generado un choque importante y problemas económicos, así que durante mucho tiempo el país ni siquiera tuvo un idioma oficial. De hecho, otras administraciones anteriores, como la de Bush, sí reconocieron más claramente el peso de la herencia hispana en Estados Unidos. Trump nada más que llegar al poder, puso solo el inglés como el idioma de los Estados Unidos.
Hemos visto que, desgraciadamente, una película puede influir más que un centenar de libros. ¿Cree que realmente puede haber un cambio o es, de momento, una batalla perdida?
Yo creo que es una batalla prácticamente perdida. No tenemos mucho margen de maniobra. En general, la mayoría de las películas son bastante discutibles desde el punto de vista histórico. Y sinceramente, no creo que eso vaya a cambiar. Más bien al contrario: Hollywood ha ido transformándose con el tiempo, pasando de un cine clásico a películas indigenistas.
Hablabas antes de la película The Patriot, que de hecho recomiendo porque es una excepción dentro de lo que suele hacer Hollywood. Si la analizas con ojo de historiador, es relativamente fiel, pero también hay que tener en cuenta que narra una parte de la guerra en la que España no tenía presencia directa. ¿Y qué aparece ahí? Pues un personaje como el marqués de Lafayette. Y eso es cierto: Francia tuvo durante años a una sola figura destacada participando en la guerra. Ahora bien, también es verdad que su papel se ha magnificado mucho. George Washington lo acogió bajo su protección y con el tiempo le dio mando, aunque muchos historiadores coinciden en que su capacidad militar era bastante limitada. Sin embargo, el reconocimiento que se le ha dado es enorme. Basta ver que en Washington hay espacios públicos con su nombre. Eso te da una idea del alcance que ha tenido esa narrativa.
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