Hace años visité en la ciudad de Edimburgo una exposición de la fotógrafa Lalage Snow titulada We Are The Not Dead: Soldiers on Afghan Mission (Nosotros somos los que no morimos: Soldados en la misión afgana). Consistía en una serie de retratos realizados a soldados destinados en Afganistán, y en la que la fotógrafa escocesa había captado en sus rostros el antes, el durante y el después de su experiencia.

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Según Lalage Snow, su trabajo era un reconocimiento a aquellos hombres y mujeres, a su fortaleza y, sobre todo, a su capacidad de sufrimiento. Sus tres instantáneas inmortalizaban la transformación que esos rostros experimentaron en el transcurso de unos pocos meses. Y especialmente una singularidad que llamó la atención a la propia fotógrafa: ya en sus casas y transcurrido bastante tiempo de la experiencia afgana, el semblante de los soldados, pese a su relajación, tenía una mirada extraña, distinta a la de la primera fotografía. Cuando los visitantes contemplaban aquellos retratos, se sentían inquietos y se preguntaban: “¿qué es lo que han visto estos ojos?”.

La operación Libertad duradera iniciada en 2001 ha dado paso a una nueva realidad donde las guerras ya no se ganan o pierden, sino que parecen no tener fin. La tradicional idea de victoria se ha vuelto un anacronismo peligroso, por cuanto su imposibilidad provoca frustración y desfallecimiento

La mirada de los mil metros o, en su expresión exacta, de las mil yardas (Thousand-yard stare), alude a una transformación en la mirada de los soldados que han entrado en combate. Desde un punto de vista estrictamente médico, se trata de un efecto psicológico consecuencia de un estrés muy intenso y prolongado. Más allá de esta explicación formal, quien tiene la mirada de las mil yardas parece estar bajo los efectos de una poderosa hipnosis que le permite ver lo que otros no ven, como si contemplara un mundo alternativo y pavoroso que los demás son incapaces de vislumbrar.

Al otro lado de la empalizada

En lo que se refiere a Afganistán, algunas claves de esta inquietante mirada las proporcionan sus propios protagonistas. En palabras de uno de los soldados retratados por Lalage Snow, Matthew Hodgson, de tan sólo 18 años: “Tratas de explicar dónde estuviste, lo que es aquello. Pero, por más que te esfuerzas, la gente no se hace la menor idea […] Imagínate una horrible pesadilla. Ahora imagínate que es real y que la vives todos los días, uno tras otro. Así es aquello”. O según el soldado Steven Anderson, de 31 años: “Fuimos allí para intentar ganar sus corazones y cambiar su mentalidad. Pero aquellas personas viven sólo hasta los 45 años y mueren entre mucha pobreza. Dan un valor radicalmente diferente a la vida del que le damos nosotros […] Un día murió un niño, no tuvo nada que ver con la guerra, sino que había caído enfermo. Sin embargo, trajeron su cuerpo a nuestro campamento con una herida de bala [ellos mismos le habían disparado] diciendo que era culpa nuestra, y exigiendo la habitual compensación [las tropas de la OTAN pagaban una indemnización cuando la víctima era resultado de sus acciones,]”.

Otros testimonios aseguran que, puesto que un cadáver puede tener más valor que una vida, en las zonas más inaccesibles se asesina a individuos desarraigados, sin protección familiar, o que vagabundean en busca de sustento, para cobrar la indemnización. Y Anderson se pregunta: «¿Cómo puedes cambiar la mente de alguien así?”.

Esa es la gran cuestión: ¿cómo cambiar mentalidades ancladas en el pasado y atrapadas en las madrasas, donde todo conocimiento al margen del Libro sagrado está prohibido por impuro? Lograrlo se antoja imposible, más todavía cuando los occidentales atravesamos una profunda crisis anímica y cultural.

Un marine muestra la expresión y la mirada características, después de dos días de combate intensivo en la batalla de Eniwetok.

Hace tiempo que dejó de tener sentido plantearse si se debió o no invadir Afganistán porque la respuesta, sea cual sea, no alterará el presente y tampoco el futuro. Ahora la cuestión es, si una vez allí, y tras un esfuerzo de dos décadas, retirarse ha sido una decisión acertada. Porque marcharse tendrá consecuencias que irán más allá de la actual campaña de desacreditación de los Estados Unidos o la previsible ola de refugiados, que no encaminará sus pasos hacia a China o Rusia, sino hacia Europa o algunos países limítrofes que ya están más que saturados.

La ensoñación que animó la intervención norteamericana en 2001, esa idea de que la democracia y los valores occidentales podían y debían imponerse en los lugares más oscuros, ha degenerado en una larga cadena de errores graves. Pero, de todos, el más garrafal ha sido dejar la misión en manos de tecnócratas e ingenieros sociales que han inundado de dinero una economía rudimentaria, pobre y atrasada. Esto, en vez de propiciar el desarrollo, exacerbó la corrupción y convirtió Afganistán en un país ingobernable, un nido de sátrapas donde la virtud desapareció casi por completo. La idea de que el bienestar y el progreso requieren la intervención pública masiva y, sobre todo, gastar dinero a espuertas ya genera bastantes daños en los países desarrollados, pero en los atrasados es como a arrojar una bomba biológica.

Sea como fuere, ya no importa. La operación Libertad duradera ha dado paso a una nueva realidad donde las guerras ya no se ganan o pierden, sino que parecen no tener fin. La tradicional idea de victoria se ha vuelto un anacronismo peligroso, por cuanto su imposibilidad provoca frustración y desfallecimiento. Aunque la superioridad tecnología suponga muchas ventajas, la vía para lograr un triunfo indiscutible sigue siendo la determinación para hacer la guerra total sobre el terreno; es decir, la búsqueda y aniquilación del enemigo allí donde se encuentre, sin escatimar medios, bajas propias o artimañas, ignorando no ya cualquier consideración hacia el adversario sino la más elemental piedad. Y esto es algo inaceptable para la mentalidad occidental.

Para intentar lidiar con este problema se ideó la “guerra quirúrgica” o intervención limitada. Una alternativa que, mediante una violencia extrema muy focalizada, proporcionaría los mismos resultados que la guerra total pero con bastante menos víctimas. Sin embargo, esta solución sirvió si acaso para ganar determinadas batallas, pero no la guerra.

Así pues, ante la imposibilidad de una guerra total, los pobres resultados de la intervención limitada y el fracaso de la ingeniería social, la disyuntiva estaba clara: retirarse o, a pesar de la imposibilidad de la victoria, mostrar la voluntad de permanecer y prevalecer. Finalmente, se ha optado por la retirada. Una decisión que tendrá consecuencias. De entrada, el mensaje lanzado, no ya al enemigo, sino al mundo, es que, si se tiene paciencia y se presiona lo suficiente, Occidente retrocederá. No hoy ni mañana, pero retrocederá.

Así, los regímenes como Egipto, Argelia, Túnez y Arabia Saudi, que durante largo tiempo han sido sostenidos por Occidente por ser sus aliados, se tambalean. Otros, como Pakistán, país que fue clave para el abastecimiento de las fuerzas de la OTAN desplegadas en Afganistán, ha acabado infectado de yihadistas y en manos de políticos y militares que simpatizan abiertamente con el enemigo. Paso a paso, y según la determinación occidental languidece, las élites árabes se muestran cada vez más alejadas de Occidente y más a favor de un islamismo cuyo objetivo declarado es someter Oriente Medio y los estados árabes y africanos a la ley islámica para, después, apuntar a Occidente, y especialmente a Europa, que es su flanco más débil. Para ello, ahora parece que contarán con un nuevo y poderoso aliado: China.

El espejo del alma

Si los ojos son el espejo del alma, esto es, la revelación de la verdad oculta, aquellos que tienen la mirada de las mil yardas nos advierten que al otro lado de las doradas murallas se expande un mundo extremadamente peligroso. Y anticipan el desastre al que puede abocarnos la desidia. Pese a todo, nuestros gobernantes han decidido ceder el terreno al enemigo, confiando en que la bestia se amanse y que será posible bailar con el diablo sin acabar en el infierno. Pero sospecho que eso no sucederá. Al final no será posible eludir la confrontación de nuestro mundo con el islamismo. Aunque tampoco hay que descartar la posibilidad de que, llegado el momento, consintamos en que el islam se convierta en Ley.