Hay una crisis demográfica en nuestro continente: una tasa promedio de natalidad bastante por debajo de la tasa de remplazo en las naciones del viejo continente. Un mundo con una contención demográfica generalizada podría vivir en un equilibrio migratorio internacional, pero un mundo en que unos crecen y otros decrecen poblacionalmente está abocado a grandes flujos migratorios, donde en este caso Europa y otras regiones del mundo civilizado occidental se convertirán en pasto de unas masas hambrientas procedentes de países subdesarrollados que se abren paso por nuestro continente.

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Una baja natalidad, si fuera global, podría ser positiva: el ambientalismo y el temor a una superpoblación mundial en un mundo con recursos limitados son razones teóricas para abogar por un descenso de la población. Sin embargo, no estamos ante ese equilibrio.

La inmigración masiva también podría ser positiva en algunos aspectos: en una sociedad envejecida hará falta mano de obra para mantener la economía activa. No obstante, más allá del mantenimiento de las estructuras económicas, se ve venir una crisis en la cultura europea. El sueño del progresista es pensar que esos individuos, una vez llegan a su nueva nación, se adaptarán al medio circundante, se integrarán. El sueño es bello, sí, el de un cosmopolitismo sin fronteras donde la igualdad se contagia como si de una enfermedad infecciosa se tratara. La realidad puede ser diferente. Tal cual golpe final del Imperio Romano de Occidente, los bárbaros absorberán las lenguas y parte de la cultura europea, pero, salvo en unos pocos centros aislados, tal cual monasterios medievales, las estructuras culturales que articularon el pensamiento moderno europeo se verán diluidas en una amalgama de colores étnicos de muy diversos orígenes.

El panorama que se ve venir en Europa para los tiempos post-coronavirus puede acelerar esa decadencia. Se dibuja un mundo menos globalizado, que es uno de los pilares en los que se asienta la riqueza de nuestras naciones

Los sermones pronatalistas que intentan evitar la debacle debida a la crisis demográfica están más bien concentrados en sectores políticamente conservadores y/o ligados a la religión cristiana en occidente, u otras creencias en otras regiones del globo. No obstante, hay también una exhortación al «tened hijos» que va asociada a una visión lúcida y pesimista del presente actual en el que se ve con claridad que todas nuestras ideologías y derechos humanos no servirán de mucho en un futuro cercano en el que las hordas invasoras se harán con el planeta. Algunos Estados intentan promover la natalidad, pero los incentivos fiscales no llegan para convencer a la población. Los hijos, que en otro tiempo eran un bien y un empuje para el bienestar material de las familias por la ayuda que podrían prestar a lo largo de sus vidas, hoy son más bien un lastre, y tener el doble de hijos supone tener el doble de lastre sin que se vean las ventajas materiales a los padres, los cuales tampoco van a depender de los hijos en su senectud porque esperan que el Estado los ampare.

La Historia se repite de nuevo: “Examina la historia de todos los pueblos, y sacarás que toda nación se ha establecido por la austeridad de costumbres. En este estado de fuerza se ha aumentado, de este aumento ha venido la abundancia, de esta abundancia se ha producido el lujo, de este lujo se ha seguido la afeminación, de esta afeminación ha nacido la flaqueza, de la flaqueza ha dimanado su ruina” (José de Cadalso, Cartas marruecas [novela]). Europa ha entrado desde hace ya varias décadas en decadencia, y toca el turno a otros pueblos hambrientos de poder abrirse paso. Las culturas nacen y decaen: Giambattista Vico en su obra Principios de Ciencia Nueva del s. XVII ya había sacado provecho a tal idea. El decadentismo fue también una corriente artística, filosófica y literaria durante las dos últimas décadas del s. XIX, originada en Francia primero y luego extendida a otras naciones occidentales, que se jactaba de estar al final de una gran época, como le sucediera al Imperio Romano Occidental antes de su caída. La decadencia de occidente de Oswald Spengler, y obras posteriores inspiradas por la misma desarrollan más la idea.

Hablar de declive de la hegemonía europea puede sonar rancio y asumido desde hace largo tiempo. Ciertamente, tras la Primera Guerra Mundial esa hegemonía ha entrado claramente en declive, y tras el final de la Segunda Guerra Mundial ha quedado claro que los nuevos amos del mundo ya no están en el viejo continente, sino en Estados Unidos o la antigua Unión Soviética o las nuevas China o Rusia. Sin embargo, los valores europeos han prevalecido como referentes, el espíritu de Europa sigue presente tanto aquí como en otros continentes. Lo que se está fraguando ahora o se avecina para un tiempo próximo es algo de mayor calado.

Los Estados Unidos de América, hijo predilecto de Europa, ya empiezan a verle las orejas al lobo. El optimismo de una potencia hegemónica por tiempo indefinido que se veía en la última década del siglo XX, tras el fin de la guerra fría y la caída de su archienemiga Unión Soviética, fue reflejado por ejemplo en ese bestseller norteamericano de pocas luces, El fin de la historia y el último hombre (1992) por Francis Fukuyama (1952-), profecía de un futuro feliz para la cultura occidental actual que marcó una corta época de intelectualoides de la geopolítica, donde la historia humana concebida como lucha entre ideologías había concluido, quedando como única opción un mundo basado en la política y economía de libre mercado del liberalismo democrático. Bastaron un par de pequeños disgustos en ese país en la primera década del s. XXI, el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York en 2001 y la crisis económica de 2008,  para borrar esa sonrisa inocente de las caras de quienes se creyeron tal cuento. El mismo Francis Fukuyama, al ver propagarse el tsunami de la crisis, escribiría un artículo en Le Monde titulado «La caída de America, Inc.» en 2008 donde rectificaba su opinión pasada, diagnosticando el fin del modelo americano, antes considerado para la eternidad.

Otro ejemplo reciente de lo mismo lo he encontrado en la obra del historiador israelí Yuval Noah Harari (1976-) Homo Deus. Breve historia del mañana (2015), la cual plantea que el mundo ha superado o dejado como problemas menores las guerras, las hambrunas y las enfermedades infecciosas, abriéndose una nueva época en que la muerte prematura es algo anormal. También da por muerto el humanismo. Se plantea un futuro de ciencia ficción de sociedades hipertecnológicas en el que los big data son la nueva religión dominante. Pienso que el autor es demasiado optimista para algunas cosas al pensar que ya no habrá guerras, enfermedades, hambre,…; le habrá cogido de sorpresa la COVID-19, supongo, lo cual, al igual que hiciera Fukuyama ante la emergencia de crisis imprevistas, le ha empujado a replantearse algunos puntos de vista; y tampoco ve venir los grandes cataclismos que matarán a millones de personas relacionados con los desastres ecológicos, las crisis económicas e incluso conflictos bélicos a nivel planetario. El hecho de que el libro haya sido publicado originalmente en hebreo en Israel, y que se haya convertido rápidamente en un bestseller mundial que uno puede encontrar hasta en los quioscos de los aeropuertos, me hace pensar que tiene el apoyo de ciertos lobbies judeo-neoliberales que simpatizan con las ideas de este autor porque hablan de un mundo feliz haciendo buena propaganda del sistema político actual en los países desarrollados.

El futuro es de otros pueblos. No merece la pena luchar por mantener a esa Europa alelada de vegetarianos y ciclistas, de feministas chillonas, de calzonazos y de afeminados, de buenistas y de hermanitas de la caridad. No merece vivir una cultura que ha perdido la fuerza para la lucha vital

Europa ya ha despertado hace tiempo de la ilusión de ser una superpotencia económica, y no vive en el sueño norteamericano, pero sí vive sumida en sus propias crisis de identidad y de valores europeizantes. Los ideales de una Europa unida la mueven un paso adelante y dos pasos hacia atrás. Algunos socios comunitarios miran con desdén a ese continente débil de niños-bien con sus infantiles monsergas progresistas, esa Europa «podrida de vegetarianos y ciclistas». Quedan no obstante amplios fracciones de población en Europa ilusionadas con el resurgir del Fénix de sus cenizas. Partidos democráticos de inclinación conservadora y antiprogresista utilizan como argumento en sus campañas los desastres presentes y previsibles para el futuro a fin de alentar entre los ciudadanos a recuperar la gloria perdida, algunos incluso embebidos en el caduco proyecto de una Europa unida por el cristianismo. Surgen por doquier los ilusionados de la esperanza, los identitarios ciegos al sino globalizado de estos tiempos que sueñan despiertos en sus ideales quijotescos tal cual demente lector de libros de caballería de otros tiempos. Falta sin embargo la fuerza vital que acompañe ese resurgimiento más allá de unas declamaciones poético-fascistas; y no menciono estos adjetivos en tono descalificatorio, nada hay que decir contra lo poético y, aunque no comparto algunos principios, creo que hay en el fascismo elementos interesantes a tener en cuenta.

Vendrán oleadas de inmigrantes, tendrán muchos hijos y estos se impondrán, por superioridad numérica y porque los pocos hijos autóctonos de occidente que quedarán en Europa, aun siendo superiores en promedio en estatus social y en formación intelectual, serán débiles para imponer su moral de señores, imbuidos en el reblandecimiento propio del buenismo de nuestros tiempos y de sus sueños de alianzas de civilizaciones. Son niños criados en la sobreprotección típica de las familias de un hijo único o casi único, que no han tenido nunca que esforzarse por nada y han vivido una larga época de pacifismo en una Europa sin guerras en la inocencia del que desconoce los peligros del invasor extranjero. Medio dormidos y medio idealistas de postín al estilo izquierdoso, esos pocos individuos de las futuras generaciones europeas serán muy probablemente absorbidos y dominados por las nuevas hordas invasoras. Cuando despierten será demasiado tarde, y tendrán que aceptar las reglas de una nueva sociedad donde otras visiones menos bobaliconas y más de dominio de determinados grupos étnicos serán impuestas por los nuevos amos.

El panorama que se ve venir en Europa para los tiempos post-coronavirus puede acelerar esa decadencia. Se dibuja un mundo menos globalizado, que es uno de los pilares en los que se asienta la riqueza de nuestras naciones. La época del buenismo y de la solidaridad de los pueblos va dando lugar a un “sálvese quien pueda”, dentro incluso de la Unión Europea, lo que puede empujar a la larga a la disolución de tal unión. Probablemente, la COVID-19 siente un precedente, aunque no será ésta la última pandemia, sino probablemente la primera de entre muchas importantes que pueden llegar a lo largo de este siglo, y sus consiguientes crisis económicas. En una Europa empobrecida, desunida, sin poder militar, y con una población escasa y deprimida, formada por jóvenes que no han sabido nunca lo que es luchar por la supervivencia, que hasta para las faenas duras del campo se necesita mano de obra extranjera, no es improbable que otros imperios emergentes más fuertes, con ganas de medrar y en superioridad numérica sepan ver una oportunidad bélica colonial, que es otra posibilidad alternativa a la pacífica invasión migratoria.

Hemos de creer en los altos valores aristocráticos de una Europa como cuna de la más avanzada civilización, la historia que precede el viejo continente es para sentirse orgulloso de ser europeos. Mas, como conocedores de la Historia Universal, y Europa está llena de grandes talentos en el estudio de la misma, sabemos que las civilizaciones no son eternas, por muy gloriosas que hayan sido sus hazañas. También el cosmopolitismo más noble tiene raíces europeas, y noble es saber morir para dejar paso a otras culturas, otras gentes, otros bárbaros. Si no puedes con el enemigo, únete a él —dice el refrán—; si no podemos evitar el declive de occidente y que vengan hordas de chinos y musulmanes u otros a colonizarnos pacífica o militarmente, empecemos a mentalizarnos de que ellos van a ganar la partida, y aprendamos a valorar a sus gentes y sus respectivas lenguas y filosofías, hagamos amigos entre nuestros hermanos. El que tuvo retuvo, Europa ya ha vencido dejando su impronta imborrable en la Historia Universal. El futuro es de otros pueblos. No merece la pena luchar por mantener a esa Europa alelada de vegetarianos y ciclistas, de feministas chillonas, de calzonazos y de afeminados, de buenistas y de hermanitas de la caridad. No merece vivir una cultura que ha perdido la fuerza para la lucha vital. El post-hundimiento puede resultar en una guerra identitaria, pero puede ser también un gran período de paz en el cual renacerán otras culturas, las cuales en la distancia verán a Europa entre sus ruinas con admiración y fascinación tal cual hoy vemos los restos de la época de los Faraones Egipcios o del Imperio Romano.

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Exposiciones más extensas del autor sobre el tema en el artículo “Crisis demográfica europea, feminismo y decadencia de occidente” y en el capítulo 16 (o capítulo 6 del segundo volumen) de Voluntad. La fuerza heroica que arrastra la vida.

Foto: Christian Lue


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