Hay una crisis demográfica en nuestro continente: una tasa promedio de natalidad bastante por debajo de la tasa de remplazo en las naciones del viejo continente. Un mundo con una contención demográfica generalizada podría vivir en un equilibrio migratorio internacional, pero un mundo en que unos crecen y otros decrecen poblacionalmente está abocado a grandes flujos migratorios, donde en este caso Europa y otras regiones del mundo civilizado occidental se convertirán en pasto de unas masas hambrientas procedentes de países subdesarrollados que se abren paso por nuestro continente.

Una baja natalidad, si fuera global, podría ser positiva: el ambientalismo y el temor a una superpoblación mundial en un mundo con recursos limitados son razones teóricas para abogar por un descenso de la población. Sin embargo, no estamos ante ese equilibrio.

La inmigración masiva también podría ser positiva en algunos aspectos: en una sociedad envejecida hará falta mano de obra para mantener la economía activa. No obstante, más allá del mantenimiento de las estructuras económicas, se ve venir una crisis en la cultura europea. El sueño del progresista es pensar que esos individuos, una vez llegan a su nueva nación, se adaptarán al medio circundante, se integrarán. El sueño es bello, sí, el de un cosmopolitismo sin fronteras donde la igualdad se contagia como si de una enfermedad infecciosa se tratara. La realidad puede ser diferente. Tal cual golpe final del Imperio Romano de Occidente, los bárbaros absorberán las lenguas y parte de la cultura europea, pero, salvo en unos pocos centros aislados, tal cual monasterios medievales, las estructuras culturales que articularon el pensamiento moderno europeo se verán diluidas en una amalgama de colores étnicos de muy diversos orígenes.

El panorama que se ve venir en Europa para los tiempos post-coronavirus puede acelerar esa decadencia. Se dibuja un mundo menos globalizado, que es uno de los pilares en los que se asienta la riqueza de nuestras naciones

Los sermones pronatalistas que intentan evitar la debacle debida a la crisis demográfica están más bien concentrados en sectores políticamente conservadores y/o ligados a la religión cristiana en occidente, u otras creencias en otras regiones del globo. No obstante, hay también una exhortación al «tened hijos» que va asociada a una visión lúcida y pesimista del presente actual en el que se ve con claridad que todas nuestras ideologías y derechos humanos no servirán de mucho en un futuro cercano en el que las hordas invasoras se harán con el planeta. Algunos Estados intentan promover la natalidad, pero los incentivos fiscales no llegan para convencer a la población. Los hijos, que en otro tiempo eran un bien y un empuje para el bienestar material de las familias por la ayuda que podrían prestar a lo largo de sus vidas, hoy son más bien un lastre, y tener el doble de hijos supone tener el doble de lastre sin que se vean las ventajas materiales a los padres, los cuales tampoco van a depender de los hijos en su senectud porque esperan que el Estado los ampare.

La Historia se repite de nuevo: “Examina la historia de todos los pueblos, y sacarás que toda nación se ha establecido por la austeridad de costumbres. En este estado de fuerza se ha aumentado, de este aumento ha venido la abundancia, de esta abundancia se ha producido el lujo, de este lujo se ha seguido la afeminación, de esta afeminación ha nacido la flaqueza, de la flaqueza ha dimanado su ruina” (José de Cadalso, Cartas marruecas [novela]). Europa ha entrado desde hace ya varias décadas en decadencia, y toca el turno a otros pueblos hambrientos de poder abrirse paso. Las culturas nacen y decaen: Giambattista Vico en su obra Principios de Ciencia Nueva del s. XVII ya había sacado provecho a tal idea. El decadentismo fue también una corriente artística, filosófica y literaria durante las dos últimas décadas del s. XIX, originada en Francia primero y luego extendida a otras naciones occidentales, que se jactaba de estar al final de una gran época, como le sucediera al Imperio Romano Occidental antes de su caída. La decadencia de occidente de Oswald Spengler, y obras posteriores inspiradas por la misma desarrollan más la idea.

Hablar de declive de la hegemonía europea puede sonar rancio y asumido desde hace largo tiempo. Ciertamente, tras la Primera Guerra Mundial esa hegemonía ha entrado claramente en declive, y tras el final de la Segunda Guerra Mundial ha quedado claro que los nuevos amos del mundo ya no están en el viejo continente, sino en Estados Unidos o la antigua Unión Soviética o las nuevas China o Rusia. Sin embargo, los valores europeos han prevalecido como referentes, el espíritu de Europa sigue presente tanto aquí como en otros continentes. Lo que se está fraguando ahora o se avecina para un tiempo próximo es algo de mayor calado.

Los Estados Unidos de América, hijo predilecto de Europa, ya empiezan a verle las orejas al lobo. El optimismo de una potencia hegemónica por tiempo indefinido que se veía en la última década del siglo XX, tras el fin de la guerra fría y la caída de su archienemiga Unión Soviética, fue reflejado por ejemplo en ese bestseller norteamericano de pocas luces, El fin de la historia y el último hombre (1992) por Francis Fukuyama (1952-), profecía de un futuro feliz para la cultura occidental actual que marcó una corta época de intelectualoides de la geopolítica, donde la historia humana concebida como lucha entre ideologías había concluido, quedando como única opción un mundo basado en la política y economía de libre mercado del liberalismo democrático. Bastaron un par de pequeños disgustos en ese país en la primera década del s. XXI, el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York en 2001 y la crisis económica de 2008,  para borrar esa sonrisa inocente de las caras de quienes se creyeron tal cuento. El mismo Francis Fukuyama, al ver propagarse el tsunami de la crisis, escribiría un artículo en Le Monde titulado «La caída de America, Inc.» en 2008 donde rectificaba su opinión pasada, diagnosticando el fin del modelo americano, antes considerado para la eternidad.

Otro ejemplo reciente de lo mismo lo he encontrado en la obra del historiador israelí Yuval Noah Harari (1976-) Homo Deus. Breve historia del mañana (2015), la cual plantea que el mundo ha superado o dejado como problemas menores las guerras, las hambrunas y las enfermedades infecciosas, abriéndose una nueva época en que la muerte prematura es algo anormal. También da por muerto el humanismo. Se plantea un futuro de ciencia ficción de sociedades hipertecnológicas en el que los big data son la nueva religión dominante. Pienso que el autor es demasiado optimista para algunas cosas al pensar que ya no habrá guerras, enfermedades, hambre,…; le habrá cogido de sorpresa la COVID-19, supongo, lo cual, al igual que hiciera Fukuyama ante la emergencia de crisis imprevistas, le ha empujado a replantearse algunos puntos de vista; y tampoco ve venir los grandes cataclismos que matarán a millones de personas relacionados con los desastres ecológicos, las crisis económicas e incluso conflictos bélicos a nivel planetario. El hecho de que el libro haya sido publicado originalmente en hebreo en Israel, y que se haya convertido rápidamente en un bestseller mundial que uno puede encontrar hasta en los quioscos de los aeropuertos, me hace pensar que tiene el apoyo de ciertos lobbies judeo-neoliberales que simpatizan con las ideas de este autor porque hablan de un mundo feliz haciendo buena propaganda del sistema político actual en los países desarrollados.

El futuro es de otros pueblos. No merece la pena luchar por mantener a esa Europa alelada de vegetarianos y ciclistas, de feministas chillonas, de calzonazos y de afeminados, de buenistas y de hermanitas de la caridad. No merece vivir una cultura que ha perdido la fuerza para la lucha vital

Europa ya ha despertado hace tiempo de la ilusión de ser una superpotencia económica, y no vive en el sueño norteamericano, pero sí vive sumida en sus propias crisis de identidad y de valores europeizantes. Los ideales de una Europa unida la mueven un paso adelante y dos pasos hacia atrás. Algunos socios comunitarios miran con desdén a ese continente débil de niños-bien con sus infantiles monsergas progresistas, esa Europa «podrida de vegetarianos y ciclistas». Quedan no obstante amplios fracciones de población en Europa ilusionadas con el resurgir del Fénix de sus cenizas. Partidos democráticos de inclinación conservadora y antiprogresista utilizan como argumento en sus campañas los desastres presentes y previsibles para el futuro a fin de alentar entre los ciudadanos a recuperar la gloria perdida, algunos incluso embebidos en el caduco proyecto de una Europa unida por el cristianismo. Surgen por doquier los ilusionados de la esperanza, los identitarios ciegos al sino globalizado de estos tiempos que sueñan despiertos en sus ideales quijotescos tal cual demente lector de libros de caballería de otros tiempos. Falta sin embargo la fuerza vital que acompañe ese resurgimiento más allá de unas declamaciones poético-fascistas; y no menciono estos adjetivos en tono descalificatorio, nada hay que decir contra lo poético y, aunque no comparto algunos principios, creo que hay en el fascismo elementos interesantes a tener en cuenta.

Vendrán oleadas de inmigrantes, tendrán muchos hijos y estos se impondrán, por superioridad numérica y porque los pocos hijos autóctonos de occidente que quedarán en Europa, aun siendo superiores en promedio en estatus social y en formación intelectual, serán débiles para imponer su moral de señores, imbuidos en el reblandecimiento propio del buenismo de nuestros tiempos y de sus sueños de alianzas de civilizaciones. Son niños criados en la sobreprotección típica de las familias de un hijo único o casi único, que no han tenido nunca que esforzarse por nada y han vivido una larga época de pacifismo en una Europa sin guerras en la inocencia del que desconoce los peligros del invasor extranjero. Medio dormidos y medio idealistas de postín al estilo izquierdoso, esos pocos individuos de las futuras generaciones europeas serán muy probablemente absorbidos y dominados por las nuevas hordas invasoras. Cuando despierten será demasiado tarde, y tendrán que aceptar las reglas de una nueva sociedad donde otras visiones menos bobaliconas y más de dominio de determinados grupos étnicos serán impuestas por los nuevos amos.

El panorama que se ve venir en Europa para los tiempos post-coronavirus puede acelerar esa decadencia. Se dibuja un mundo menos globalizado, que es uno de los pilares en los que se asienta la riqueza de nuestras naciones. La época del buenismo y de la solidaridad de los pueblos va dando lugar a un “sálvese quien pueda”, dentro incluso de la Unión Europea, lo que puede empujar a la larga a la disolución de tal unión. Probablemente, la COVID-19 siente un precedente, aunque no será ésta la última pandemia, sino probablemente la primera de entre muchas importantes que pueden llegar a lo largo de este siglo, y sus consiguientes crisis económicas. En una Europa empobrecida, desunida, sin poder militar, y con una población escasa y deprimida, formada por jóvenes que no han sabido nunca lo que es luchar por la supervivencia, que hasta para las faenas duras del campo se necesita mano de obra extranjera, no es improbable que otros imperios emergentes más fuertes, con ganas de medrar y en superioridad numérica sepan ver una oportunidad bélica colonial, que es otra posibilidad alternativa a la pacífica invasión migratoria.

Hemos de creer en los altos valores aristocráticos de una Europa como cuna de la más avanzada civilización, la historia que precede el viejo continente es para sentirse orgulloso de ser europeos. Mas, como conocedores de la Historia Universal, y Europa está llena de grandes talentos en el estudio de la misma, sabemos que las civilizaciones no son eternas, por muy gloriosas que hayan sido sus hazañas. También el cosmopolitismo más noble tiene raíces europeas, y noble es saber morir para dejar paso a otras culturas, otras gentes, otros bárbaros. Si no puedes con el enemigo, únete a él —dice el refrán—; si no podemos evitar el declive de occidente y que vengan hordas de chinos y musulmanes u otros a colonizarnos pacífica o militarmente, empecemos a mentalizarnos de que ellos van a ganar la partida, y aprendamos a valorar a sus gentes y sus respectivas lenguas y filosofías, hagamos amigos entre nuestros hermanos. El que tuvo retuvo, Europa ya ha vencido dejando su impronta imborrable en la Historia Universal. El futuro es de otros pueblos. No merece la pena luchar por mantener a esa Europa alelada de vegetarianos y ciclistas, de feministas chillonas, de calzonazos y de afeminados, de buenistas y de hermanitas de la caridad. No merece vivir una cultura que ha perdido la fuerza para la lucha vital. El post-hundimiento puede resultar en una guerra identitaria, pero puede ser también un gran período de paz en el cual renacerán otras culturas, las cuales en la distancia verán a Europa entre sus ruinas con admiración y fascinación tal cual hoy vemos los restos de la época de los Faraones Egipcios o del Imperio Romano.

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Exposiciones más extensas del autor sobre el tema en el artículo “Crisis demográfica europea, feminismo y decadencia de occidente” y en el capítulo 16 (o capítulo 6 del segundo volumen) de Voluntad. La fuerza heroica que arrastra la vida.

Foto: Christian Lue


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10 COMENTARIOS

  1. Buen y valiente artículo de López Corredora, aunque un poco decepcionante al final. Muy claro en expresar, pese a la propaganda oficial, que Europa está en franco declive, ya sea económico y político, pero especialmente demográfico. A mediados de siglo, si las cosas siguen así, los europeos seremos una porcentaje de la población mundial menor del 5 %. Es decir, no pintaremos nada e iremos camino de ser una minoría (aunque puede que mayoritaria, pero minoría al fin y al cabo) en nuestros propios países.

    Como hemos llegado a esto? Primero nuestra arrogancia, después nuestro buenísimo, la deriva de nuestro sistema, la codicia de unos pocos y la miopía (o incluso interés) de nuestra clase dirigente en ello. Nuestros sustitutos ya están aquí y no van a tener demasiadas contemplaciones. Los que vivimos en el «limes» de Europa frente al enemigo histórico, lo conocemos perfectamente, pese a que desde las fuerzas que han gobernado en el antiguo reino de Tartessos casi cuarenta años se nos ha vendido que somos descendientes de ellos y que nos obligaron desde la «meseta» a cambiarnos de religión. Una patraña total que, por suerte, un pueblo sabio como el andaluz no se ha tragado, más allá de cuatro pirados (entre los que se incluye al «chalao» de Blas Infante, a quien los imbéciles de los franquistas convirtieron en un mártir al fusilarlo, que se inventó una bandera de origen almohade y cuatro indocumentados la hicieron enseña oficial de la actual comunidad autónoma).

    Aqui, en los despojos del viejo reino de Tartessos, conocemos bien a una parte potente de nuestros sustitutos. No se integrarán en la vida, porque su deseo es dominar, apoderarse de lo que consideran suyo. En el norte y en el centro de Europa y en buena parte de España se nota que no los conocen (bueno, ya los van conociendo) y no saben a qué clase de lobos están metiendo en sus casas. Son gente taimada y mentirosa, muy calculadora, a la que hay que tratar con corrección, pero con distancia y prudencia y siempre siempre alerta frente a ellos, sin bajar la guardia. Solo respetan y temen una cosa: la fuerza. Ahora nos ven débiles y nos desprecian. Piensan que se podrán apoderar de esta sociedad cuando sean suficientemente numerosos o alcancen una masa crítica, porque su visión del mundo es absolutamente diferente de la occidental.

    Muy de acuerdo con el autor en que hay que conocer a fondo a esas culturas. Para hacer amigos. Cierto. Pero cada uno en su tierra. Además, conociendo su cultura entenderemos mejor nuestra propia historia, que nos enseñará muchas cosas.

    Y digo que el artículo es decepcionante al final porque parece (o me da la impresión) de que renuncia al principio de lucha, que asume el desenlace como inevitable. Con esa moral, la batalla está perdida de antemano. Soy muy consciente de nuestras debilidades y de las fortalezas de otros. Pero para salir del pozo lo primero es dejar de cavar. La inmigración de sustitución es un cáncer para nuestras sociedades y nuestros hijos y nietos lo pagarán caro. Queremos parar el fascismo? Pues paremos primero la inmigración ilegal y empezamos a deportar ilegales. Nada de recoger pateras ni pasta a las ONG que colaboran con el tráfico de personas. Seriedad y firmeza con los países coladero, emisores o intermediarios de ese tráfico. Invitemos a venir a trabajadores extranjeros que se necesiten, con un trato digno y justo y salarios justos, pero nada de agrupación familiar y enraizamiento. Permiso temporal de residencia por un tiempo limitado, renovable solo en casos muy contados. En caso de delito, expulsión inmediata y veto a esa persona. Nada de regalar la nacionalidad: cuando algo lo puede tener cualquiera es que no vale nada. Así empezarán a respetarnos. Estoy soñando? Tal vez, porque no veo que nada de esto vaya a suceder. Pero hay que oponerse a nuestra sustitucion, siempre, siempre.

    Buenos comentarios, como siempre. Saludos.

    • Gracias por los bien traídos argumentos.
      Acerca de lo que llama parte decepcionante del final, quisiera aclarar que no estoy haciendo una apología de un pacifismo, de dejar de luchar y que otros obtengan la victoria. No, como indico más arriba, en el párrafo referente a los fascismos y el «alentar entre los ciudadanos a recuperar la gloria perdida», esa resistencia continúa, pero… o mucho cambian las cosas (y ojalá me equivoque en mi perspectiva pesimista) o el abismo es inevitable; no ver ese hundimiento es como no ver el fin del Tercer Reich a finales de 1944 y seguir empujando a los soldados a una lucha inútil. Si alguien cree que con poner una papeleta de voto a un partido que brama contra la inmigración ilegal ya ha hecho bastante, aviados estamos. He optado por tanto por restregar en los ojos de los lectores la imagen de una derrota inevitable, a ver si alguno despierta y hace algo más, y se produce un milagro (poco creíble).
      He querido también ensalzar el espíritu de la obra de uno de los grandes pensadores de todos los tiempos: Oswald Spengler, donde, más allá de una llamada a la lucha o la resistencia, se hace un análisis de cómo funciona la Historia: que no hay imperio eterno, y que las sociedades opulentas y decadentes como la nuestra terminan por caer antes o después en manos de bárbaros invasores. Al tiempo, veremos a ver si sus intuiciones se cumplen o no.
      No sobra decir tampoco, y reafirmo aunque no guste a algunos de los lectores de este medio, que la amistad con otros pueblos futuros amos del mundo no es sólo una noble actitud de generosidad y humanismo, sino también algo que conviene a las futuras generaciones. Es de malos perdedores seguir mascullando inquina y odio ante el desarrollo del nuevo orden. Hay que luchar hasta donde se pueda, sí, pero una vez vencidos hay que dar la mano al enemigo y unirse a sus filas si queremos vivir en paz. Al fin, todos somos seres humanos.

        • Gracias por interesarse por mi comentario. Desde luego que el problema no se soluciona con votar a un determinado partido, porque las causas son muy profundas. Pero también le aseguro que si nosotros nos damos un abrazo con los nuevos dominadores, el que ellos nos den no será tan sincero ni de buen rollo. Solo occidente es irrepetible porque sus valores, su tolerancia, su autocrítica y su autoodio desaparecerán con él, así como su arte, pensamiento, literatura y creencias (incluidos los valores de libertad, igualdad y fraternidad). Otros pueblos no tienen tantos complejos como nosotros, que nos hemos dormido en la autocomplacencia.

  2. «Hemos de creer en los altos valores de una Europa como cuna de la más avanzada civilización, la historia que precede el viejo continente es para sentirse orgulloso de ser europeos. Mas, como conocedores de la Historia Universal, y Europa está llena de grandes talentos en el estudio de la misma, sabemos que las civilizaciones no son eternas, por muy gloriosas que hayan sido sus hazañas»

    Un relato profundo y sentido el que nos trae hoy, Martín. Efectivamente, los valores democráticos europeos se fraguaron en la cuna de nuestra civilización occidental. Dicen que la historia la escriben siempre los ganadores y no los vencidos. Quizás por ello hemos idealizado en exceso los valores implícitos que sustentan las democracias europeas, frágiles e imperfectas en su implantación y en su desarrollo.
    Democracias cuyos principios de base se pervierten con demasiada frecuencia, operando cambios profundos en las sociedades y por ende a las civilizaciones. Como bien dice, éstas, no son eternas. La decadencia es inevitable por muchas gestas, gloria y hazañas que hayan conocido.
    ¿Es hora de resignarnos, tirar la toalla o ceder el testigo a otras culturas?
    La historia todavía está por hacer y por escribir. Puede que en apariencia, la crisis demográfica nos abrume y juegue en nuestra contra. Pero las batallas que se atisban en el horizonte próximo no van a librarse en el espacio físico, no van a requerir de soldados viriles y masculinos en el frente, ni van a precisar derramar sangre en el campo de batalla.

    El futuro será de los pueblos que mejor conecten con las necesidades de nuestro tiempo y que hagan de esta necesidad virtud. Posiblemente sobreviva y predomine la cultura que no pierda su fuerza moral (que no física) ante la adversidad. Y que sea capaz de proyectar y canalizar esa fuerza en la lucha vital, por un mundo que merezca la pena ser vivido.

    • Repito alguno de los puntos que señalé en la anterior respuesta a «Argantonio Rey de Tartessos»: ¿Hay que seguir luchando y ofreciendo resistencia? Si con luchar se refiere uno a poner una papeleta de voto a un partido que entre sus lemas incluye detener la inmigración, apaga y vámonos, mejor reconocer a tiempo que la invasión es inevitable. Si no se sabe ver que el problema demográfico está en la raíz de la cuestión y que en esas condiciones, la inmigración legal o ilegal es imparable, mejor retirarse y que sean otros los que escriban las páginas de la nueva historia.

      Estoy básicamente de acuerdo con lo que apunta: los ganadores escriben la historia, y que el nuevo pueblo dominante debe tener fuerza moral para triunfar… Cierto, y ahí está la cuestión; que occidente carece de esa fuerza moral, y ello se manifiesta en muchos síntomas, algunos de los cuales he señalado. Tenemos mucha fuerza industrial, militar, económica,… pero fuerza moral más bien poca. Ciertamente, no sabemos qué nos depara el futuro, pero viendo el presente no es difícil extrapolar algunos aspectos según las tendencias.

      Lo de los «soldados viriles y masculinos en el frente» no es el tema aquí, aunque sí me referí a ello en mi anterior «Afeminados y calzonazos» (https://disidentia.com/afeminados-y-calzonazos/). La cuestión de la guerra no es la fuerza física, estoy de acuerdo, pero sí puede ser una cuestión el contar cuántos individuos son capaces de arriesgar sus vidas en una batalla, y ahí sigo pensando que una sociedad afeminada y de señoritos que se anda con tantos paños calientes no tiene la fuerza moral que se necesita para la defensa de una civilización que se crea para la eternidad.

  3. Algo que se debería apuntar radica en que las bases de “Europa” se establecen con la caída del Imperio Romano. Cierta homogeneidad cultural se desenvuelve en un entorno donde el poder pasa a ser multipolar, provinciano si se prefiere. Esta disolución, caída de un régimen esclavista, propicia la llegada de dos grandes hitos en la historia. Como es el abandono de la esclavitud y la aparición del Estado (proto-merc-antil), posteriormente los Estados-nación y con las revoluciones burguesas (de los “merc-aderes”, del todo se vende) en los Estados-Nación.

    Ese mundo liberal, de Estado industrial e industrioso (uniformado, militar, napoleónico) es lo que ha sido exportado de “Europa” al resto del globo; pero el concepto “Libertad” solo permanece presente en la “escatología occidental”. El ejemplo más simple es China, con un Estado de corte liberal, donde la población solo tiene en mente el ideal burgués de comercio y prosperidad. Como decía Lenin, ¿Libertad para qué?

    La libertad (política) presente en el imaginario europeo no es trivial o un estorbo en el estatismo reinante, dado hunde sus raíces en la historia propiamente europea. Donde la “añoranza de los bosques” (mundo celta), lo indefinido, lo salvaje, desconocido, infinito, místico, proyecta lo expansivo.

    Se infiere del artículo que la batalla de las Termópilas fue una perdida de tiempo.
    Ya todo está perdido que vengan los persas,…, hagamos “un Guesclin”*.

    ¿Guerras cántabras para qué?¿Reconquista para qué?¿Guerra de la Independencia para qué?

    ¿Por qué los «fanáticos» guerreros de las guerras cántabras o numantinos se suicidaban antes que ser esclavizados? Pudiendo ser esclavos de un gran imperio deciden suicidarse. La “dialéctica amo-esclavo” sigue muy presente en el mundo.

    El único problema de ir siempre con el ganador; es precisamente, equivocarse de bando.

    Aunque hoy día trabajar para el Estado (ese Dios mortal), ese contemporáneo –enemigo del gobierno– (que no Gobierno) y del pueblo, parece apuesta segura. Quizá en la “escatología occidental” tengamos algo más. Si bien cada cual con su única vida,…

    *: «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor».

  4. Cuando un pueblo empieza a fabular imágenes de consolación entregándose a su destino, es que su declive ya está en fase terminal. Pretende obviar mediante este consolamentum que el destino al que se entrega tiene un calvario de miseria, violencia, degradación y sufrimiento inmenso.

    • Cuando la razón pura no es alentada por el espíritu se feminiza. Una cronología de los hechos muy femenina.

      El mañico Marcial en el siglo I nos hace una descripción parecida y estaba recién resucitado Jesucristo.

      Pienso que es un buen artículo, una buena cronología de la época, pero echo de menos en el analisis el espíritu masculino.

      Comparto su comentario totalmente, yo sigo esperando al hombre masculino que surgirán de esta época.

      Un saludo.