Cada año, aunque unas veces más estentóreamente y otras menos, la gala de los Premios Goya se convierte en una especie de aquelarre pseudocultural y kitsch de nuestra izquierda caviar, de nuestra loony left particular. Sin embargo, esta vez ha batido todos los records de servilismo, estulticia e ignorancia cultural e histórica. Repasemos algunos ejemplos, pocos para no cebarme. Al recoger su Premio Feroz, la directora y actriz Leticia Bolera decía: “Contra la cultura del pin parental, cultura antifascista”. Ignorando que el pin parental es una iniciativa profundamente antitotalitaria, porque para los fascistas genuinos los niños sí son del Estado.

Su intervención, según parece, fue de las más aplaudidas. No me extraña, dado el contexto. Luego, los planteamientos de esta señora fueron muy comentados en la gala —o aquelarre— goyesco. Y, como es natural por esos pagos, en el mismo sentido. Normal; es que no falla: todos son previsibles. Alejandro Aménabar, fílmico de la progresía, estableció un paralelo entre la situación política y social actual y la de los años treinta; un tal Asier Etxendía, a quien no tengo el mal gusto de conocer, se declaró “antifascista siempre”; Santiago Segura, el más cutre de nuestros actores, creador del maloliente Torrente, señaló que el fascismo era la “antítesis” de la cultura; Carlos Bardem decía: “La cultura es antifascista, yo no conozco la cultura fascista. Del fascismo conozco otras vertientes y otras cosas, pero la cultura, por definición, es antifascista”; Juan de Diego Botto, el frustrado actor shakespiriano, identificaba antifascismo con la “democracia”; el actor Eduardo Casanova, que interpreta a un jovencito melifluo, amanerado y pedante en su no menos cutre serie televisiva Aida, pidió más inversiones públicas para el cine —naturalmente, para las parodias que él representa— y habló de fomentar una “cultura antifascista”; y así todo. Sin novedad en el frente cultural.

Ante tal cúmulo de disparates, el historiador ha de revelarse, no, desde luego, para defender el fascismo, sino simplemente para contextualizar en el tiempo uno de los temas más complicados y polémicos de la era contemporánea, y, de paso, para someter a crítica los tópicos de la pseudocultura dominante en nuestra sociedad.

Hay que reconocer que este antifascismo tan primario e irreflexivo tiene su funcionalidad política. Por de pronto, contribuye, como denunció el filósofo alemán Peter Sloterdijk, a la salvación de la conciencia de comunistas y revolucionarios

Sobre la cultura fascista se han escrito multitud de estudios en Europa y Norteamérica, que estos señores desconocen. Entre ellos, podemos destacar los de George L. Mosse, Renzo de Felice, Emilio Gentile, Alexandra Tarquini, Zeev Sternhell, Stanley G. Payne, etc, etc. Muchos de estos autores son judíos, homosexuales y políticamente izquierdistas, pero ello no ha impedido que sus estudios sobre el fenómeno fascista tuvieran como fundamento un mínimo de empatía hacia su objeto de investigación, como propugna igualmente Roger Griffin. Históricamente, sólo pondré un ejemplo. En 1925, bajo la dirección del filósofo Giovanni Gentile, uno de los intelectuales italianos más influyentes, se publicó el Manifiesto de los Intelectuales Fascistas, firmado por 250 escritores, científicos, artistas e historiadores, entre los que destacaban Gabriello D´Annunzio, el propio Gentile, Curzio Malaparte, Filippo Tomasso Marinetti, Luigi Pirandello, Giusseppe Ungaretti, Giacchino Volpe, Ugo Ojetti, Guigelmo Marconi, etc., etc. Es decir, lo más granado de la intelectualidad italiana de la época. Tanto es así que los liberales antifascistas se vieron obligados a responder con otro manifiesto, bajo la dirección de Benedetto Croce.

Sin embargo, el problema no es sólo historiográfico, sino político y mediático. Los socialistas crearon, a lo largo de la etapa de Felipe González, una suerte de “Estado cultural” (Fumaroli), de cuyos emolumentos viven todos estos representantes de la loony left. Quede claro que, como dijo hace años el filósofo católico Augusto del Noce, es preciso distinguir entre el fascismo histórico y el fascismo demonológico. Con respecto al “fascismo”, identificado con el Mal absoluto, vivimos bajo el imperio de la mentira mediática. Y es que la llegada a la Casa Blanca del republicano Donald Trump y los éxitos electorales de los nuevos partidos de derecha identitaria en Europa han contribuido a resucitar el espectro del fascismo y, en consecuencia, del antifascismo.

Con la aparición de un partido como VOX, España no ha sido una excepción, sino todo lo contrario. Como ya he señalado en otras ocasiones, VOX no me parece ni de lejos un partido fascista, ni tan siquiera de extrema derecha. Se trata del clásico movimiento de derecha tradicional, conservador en lo moral y liberal en lo económico, con algunos aditamentos identitarios. Sin embargo, la opinión dominante va por otros caminos. Por eso, en este como en otros aspectos de nuestra vida política y cultural, lo que destaca es la falta de calidad intelectual; y no sólo en nuestra particular loony left, sino en una derecha esclava de los supuestos ideológicos de su antagonista. Por todo ello, resulta significativa la abundancia en nuestras librerías de obras dedicadas al fascismo escritas desde una perspectiva claramente demonológica: Mark Bray, Antifas.El Manual Antifascista; Umberto Eco, Contra el Fascismo; Madeleine Albright, Fascismo; Jason Stanley, Facha; Michela Murgía, Instrucciones para convertirse en un fascista, etc, etc. Ninguno de estos libros vale gran cosa. En concreto, Bray identifica el antifascismo con la izquierda comunista y anarquista; defiende la violencia y, como alternativa, la “sociedad sin clases”. Eco hace referencia desde una perspectiva ahistórica a un “fascismo eterno”. Y estas dos obras son lo más presentable intelectualmente. Las demás resultan grotescas y caricaturescas.

No ha sido, sin embargo, únicamente la izquierda quien ha seguido tan tortuoso y baldío camino. Y es que, en España, igualmente podemos hacer referencia a una loony right, a una “derecha chiflada”, cuyo representante por antonomasia es José María Lassalle, viejo intelectual orgánico de Mariano Rajoy, para quien VOX es una suerte de “fascismo posmoderno”, que encarna “la brutalidad política” y el “populismo reaccionario”. Ese es nuestro nivel; al parecer, no damos para más. Echamos de menos en nuestro país autores de la talla de Pierre André Taguieff, Régis Debray, Michael Seidmann, Emilio Gentile, Chantal Mouffe, Enzo Traverso, Alain Finkielkraut o Stuart Hall, a la hora de analizar los nuevos fenómenos políticos.

Sin embargo, hay que reconocer que este antifascismo tan primario e irreflexivo tiene su funcionalidad política. Por de pronto, contribuye, como denunció el filósofo alemán Peter Sloterdijk, a la salvación de la conciencia de comunistas y revolucionarios, borrando las huellas de su práctica genocida de clase. Además, al demonizar a las derechas identitarias emergentes bloquea los cambios en el mercado político. Y, por último, oculta los problemas fundamentales y las amenazas reales que sufren nuestros regímenes demoliberales en la actualidad, es decir, la partitocracia, la falta de representatividad y la corrupción.

A nivel propiamente historiográfico, este tipo de antifascismo carece de fundamento tanto teórico como empírico. Y es que el antifascismo, a diferencia de lo sustentado por Mark Brey, no puede ser identificado sin más con la izquierda revolucionaria, porque hubo conservadores antifascistas como Charles de Gaulle, Winston Churchill o Alcide de Gasperi; incluso, como ha señalado el historiador norteamericano Michael Seidmann, el Ku-Klux-Klan rechazó el fascismo. Sin embargo, quien ha sometido a una crítica histórica más concienzuda este rebrote de antifascismo demonológico, ha sido el historiador italiano Emilio Gentile, hoy por hoy el máximo intérprete del fenómeno fascista en Europa.

Gentile ha publicado recientemente el libro Quien es fascista, en cuyas páginas califica de “ahistoriología” no sólo el contenido de obras como la de Umberto Eco, sino los intentos de identificación de las nuevas derechas con el fascismo histórico. Y es que, a su juicio, sólo pueden ser denominados “fascistas” aquellos sectores políticos que se consideren herederos del fascismo histórico, es decir, un movimiento político-social “totalitario” basado en un “pensamiento mítico”, en un “partido milicia”, “interclasista”,  en un “sentimiento trágico y activista de la vida”,  en “una ética civil basada en la subordinación absoluta del individuo al Estado”, “una organización corporativa de la economía” y una política exterior imperialista. Ninguno de los nuevos partidos de la derecha identitaria, señala Gentile, se siente heredero de ese proyecto político; todo lo contrario. Así que el antifascismo demonológico se reduce a una retórica marxistoide o a la indigencia cultural conservadora. De ahí la necesidad de combatir este tipo de subterfugios, cuya única finalidad es conservar el poder político y la hegemonía ideológico-cultural.

Foto: Mario Antonio Pena Zapatería


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8 COMENTARIOS

  1. Shakespeare prohibía a los actores “aportar al personaje” nada de su parte. ¿Puede haber algo más ridículo que un actor aportando algo a un personaje que no sea aquello que indica el autor?

    Tennessee Williams decía de ellos que eran “factorías de emociones” sin chimenea, añado yo.
    Prestar atención a un actor es cosa de adolescentes poco formados y carentes de personalidad. No le demos más vueltas.

    Pues eso, a los actores decirles de parte de Shakespeare que no intenten pensar, que no pongan nada de su parte, que no es lo suyo, y que regulen la válvula de las emociones no vaya a ser que les estalle la caldera de la imbecilidad.

  2. No puedo estar más de acuerdo con el artículo y con las opiniones de los lectores. Uff, estoy empezando a preocuparme.

    Más allá de la broma, es evidente que el grado de entontecimiento de la sociedad occidental, en la que España es vanguardia, hace difícil estar de acuerdo en lo más elemental. Se ha perdido todo sentido del decoro público, de la vergüenza ajena, de la dignidad más simple. Estamos en una sociedad de locos, especialmente si estas pendiente del mundo político, mediático y de estos personajillos de la farándula. Pensemos que son actores y que hacen su papel. Hoy toca guión progreta e izquierdoso. Si en España los medios masivos fuera más de centro-derecha y la opinión pública no estuviera adoctrinada por décadas en el credo progre, seguro que estos tíos no serían tan activistas y tan lameculos del poder sociata-podemita actual. Es cuestión de pasta. Sigamos la pista del dinero. Tienen que hacerle la pelota al que manda. Evidente estos “comediantes” (muchos de izquierdas y millonarios) cuando mandan los suyos se sueltan el pelo y cuando mandan los otros están mucho más callados, soltando solo de tarde en tarde alguna “perla cultivada” de las suyas.

    La derecha y el centro españoles, torpe hasta decir basta, los siguen subvencionando aunque ellos les paguen con “pellizquitos de monja”, pero los faranduleros saben que la izquierda es mucho más totalitaria y ahora no vale ser y sentirse de izquierdas: hay que decirlo a los cuatro vientos, hacer profesión pública de fe y ponerse en disposición de cruzada contra Satanás, que es, según estos lumbreras, el “fascismo”. Un “fascismo” que no es más que un espantajo para manifestar su adhesión a los amados líderes Sánchez e Iglesias, Pedro y Pablo, y de paso hacer caja con sus patéticas, propagandísticas y mediocres películas y luego llevarse la pasta a paraísos fiscales. Esta panda solo engaña a los de su parroquia.

    Sobre los intelectuales en España como señala el autor. La mediocridad es tal, que tenemos que beber desde fuera. Ahora en España (sin ánimo de ofender) los intelectuales son los periodistas, porque es a los únicos que les escucha. En las tertulias de los medios y en los periódicos no veo a científicos, pensadores, escritores que no hayan hecho oficio periodístico. Solo veo a periodistas y politicos o ex-politicos. Gente que opina de todo y que sabe de todo, mientras que los que verdaderamente saben no los escuchamos por equivocación. A los políticos les encanta chupar cámara y tirar de micro, mientras que entiendo que en la profesión periodística hay mucho paro y que tienen que ayudar a los colegas con una “columnita” aquí, una tertulia acá, en tal o cual medio o emisora. ¡Qué estas personas tienen una familia que mantener! Pero el precio es silenciar a los científicos y a los pensadores, a los intelectuales de verdad, con lo que tenemos una opinión pública politizada y mediatizada, que ya casi no puedes hablar de nada con los amigos o familiares que no sea el tiempo y cómo ha quedado el Barça o el Madrid. Si no, ya sabes… ¡fascista! o la mentira piadosa de “No te pega nada que seas tan de derechas”.

    No sé si la ausencia de los intelectuales en los mentideros de la vida española se debe a la mediocridad galopante de nuestras universidades, a que algunos pueden resultar incómodos para el “establishment” político y mediático o que sencillamente han optado por el silencio y el exilio interior, ante el hastío que les produce la situación actual. Si quieren aclararmelo… soy todo oidos (digo ojos).

  3. “Pues que durante los ochenta años transcurridos hemos realizado progresos tan
    considerables, podéis suponer, más aún, prever, que durante los próximos cincuenta u
    ochenta años, el camino recorrido por Italia, de esta Italia que sentimos tan poderosa,
    tan animada de linfas vitales, será verdaderamente grandiosa, sobre todo si durará la
    concordia de todos los ciudadanos, si el Estado seguirá siendo árbitro de las
    contiendas político-sociales, si todo estará dentro del Estado y nada fuera del Estado,
    porque hoy por hoy no se concibe un individuo fuera del Estado, a no ser que se trate
    del individuo salvaje que no puede reivindicar para sí sino la soledad y las arenas del
    desierto.” (Discurso pronunciado en el senado, del 12 de mayo de 1928; en
    Discorsi di 1928, pág. 109)

    “El Estado es y seguriá siendo necesario para el buen funcionamiento de la sociedad. Lo demás: barbarie” Pedro Carlos González Cuevas.

    El fascismo referencia a la fe en el Estado. Estado, el cual se establece como cuerpo* principal de organización social, ente de naturaleza militar a través de la ley (disciplina militar o real). Frente a otras formas de organización laxas (disciplina comunitaria) de la “politeia” o constitución social.
    El fascismo es la materialización gubernativa de la “iglesia liberal” en un corpus de ideas congruentes a través de Estado; muy similar en forma al comunismo.

    Si bien, son cínicos incluso para ser antifascistas. Todo sea por Mammón.

    *: “el cuerpo” (corpus) de origen corpo-rativo religioso de los monasterios se translada por una parte a la representación política (no imperativa Sieyes) de un pre-supuesto “cuerpo social” con un espíritu (Santo conciliar en origen, contractual en el Régimen Liberal) y a una organización burocrática (el Estado) por otro.

  4. Fascista o antifascistas son palabras mágicas. Las utilizan los iniciados para conjurar el mal o atraerse el bien. En este mundo posmoderno absolutamente alejado de la racionalidad, y cuyos pilares son el sentimentalismo y la eterna adolescencia es necesario conocer las reglas del juego. Así el adolescente posmoderno como en un juego de rol, pronuncia las palabras adecuadas: “fascista” como un conjuro que alejará el mal, “cultura antifascista” “soy antifascista” como un amuleto que nos protege del mal y nos sitúa en el lado bueno (hay muchas más como homófobo, conjuro o contraconjuro o igualdad, talismán o conjuro, por ejemplo)
    En España, vanguardia revolucionaria del sentimentalismo, tenemos la variante franquista. Ayer en un debate en la televisión pública, el representante de Vox sostuvo que durante 30 años los gobiernos españoles han cedido a los separatistas y que ahora hemos llegado a un punto de no retorno. La representante socialista no rebatió esa afirmación, no defendió con argumentos racionales las ventajas de la descentralización política autonómica, no, simplemente lanzó el conjuro: sois franquistas porque qué había hace 30 o 40 años ¿eh? Franco. Se acabo la manía de razonar y argumentar que nos ha legado la civilización occidental, ahora todo es magia y los debates consisten en lanzarse conjuros, contraconjuros y acumular amuletos y talismanes…claro el que no conoce las reglas, y quiere razonar, sale perdiendo, ocurre lo mismo cuando se intenta razonar con un niño, es imposible. Pues eso.

  5. Qué significa ser fascista hoy? Esa es la primera pregunta a la que nos deberíamos enfrentar, raro sería encontrar en la izquierda una clara respuesta, más en los tiempos actuales en los que las palabras están perdiendo su significado.
    Desde mi punto de vista, fascista, no es nada más que una etiqueta simple, facilona, (Labelling Approach) para que los “buenos progresistas tengan una salida a cualquier critica a los dogmas imperantes.
    La realidad social actual no tiene debate, NO HAY DEBATE DE IDEAS, sólo eslóganes publicitarios, la etiqueta fascista sirve tanto para justificarte como para denigrar al contrario sin necesidad de aportar ideas elaboradas.
    Seguro que no hay nada más contrario al fascismo que la apetencia de libertad y de la verdad y no hay grupos más contrarios a éstas que los que normalmente no se quitan la palabra fascista de la boca.