No se puede explicar de manera sencilla el notable predominio cultural y político que mantienen en España las posiciones que se consideran de izquierdas. Hay una profusa variedad de raíces en esa dispersa floración, desde la añoranza de un pasado paternalista y autoritario a la difusa influencia de la cultura católica y barroca, además de las específicamente políticas y sindicales. Pero todo ello culmina en un hecho: los discursos que enfatizan el valor de la libertad tropiezan con una sólida barrera ideológica.

Desde el comienzo del actual Régimen de 1978, la libertad dejó de constituir un objetivo y pasó a considerarse algo ya conquistado. Así, en su lugar imaginario se instalaron otra suerte de bienes. La razón no es difícil de comprender: muchos ciudadanos no alcanzan a ver cuál pueda ser el valor de algo que creen ya tener, y se consagran a conseguir aquello que no poseen, es decir, lo que desean ser y tener, de forma tal que el deseo comenzó a ocupar el lugar que debería corresponder a la libertad como principal valor político.

El deseo comenzó a ocupar el lugar que debería corresponder a la libertad como principal valor político

Para la mayoría, deseo significa disfrute y no hay mejor disfrute que el que se obtiene del regalo, lo que no implica esfuerzo, y no hay nada de sorprendente en esa preferencia. Lo que llama la atención es el escaso aprecio de cualquier análisis que pretenda esclarecer la economía subyacente a esa dinámica de incesante crecimiento en los bienes otorgados por el Estado, un ente que deja de concebirse como un instrumento colectivo y pasa a ser una especie de dios mortal al que hay que sacarle cuanto se pueda, no mediante la plegaria o el argumento, sino por la presión.

El Estado como nuevo rico al que chantajear

Para quienes piensan y, sobre todo, sienten, así, los poderes públicos no quitan poder, dinero y libertad, sino que son una especie de nuevos ricos a los que hay que chantajear políticamente para que concedan lo que se les pida; el Estado se pone aparentemente al servicio de esos anhelos y muta en el gran proveedor de ilusiones, de servicios, de “nuevos derechos”, de forma que la política se reduce a un marketing de promesas, a un quién da más. Se trata de un proceso infernal que no cesa de retroalimentar el circo de los anhelos, por insensatos que sean.

Muchos conciben el Estado, no como un ente que quita dinero y libertad, sino como un nuevo rico al que chantajear para que conceda lo que se le pida

Desde el punto de vista del poder político, el ciudadano se ve reducido a cliente, los motivos y espacios privados de determinados colectivos especialmente activos se convierten en causas públicas, y la agenda política se privatiza al servicio de minorías, que se presentan como víctimas supuestamente sojuzgadas, injustamente privadas del pleno disfrute de cualquier tipo de deseo.

El deseo se disfraza de libertad

En este universo narcisista, el deseo disfrazado de libertad se convierte en tirano, aspira a sojuzgar, a impedir que otros puedan pensar y sentir de manera distinta, porque eso se considera agresivo, limitador, o, como se decía antes, reaccionario. Se trata de crear una dinámica en la que la autodefinición, por arbitraria y aberrante que pueda ser, se convierta en el impulsor de un nuevo orden presidido por la absoluta ausencia de obstáculos, sea este la consagración de un “derecho a decidir”, la eliminación de diferencias tradicionales, entre sexos, por ejemplo, o la edificación de una memoria histórica sin especie alguna de contradicciones.

El deseo disfrazado de libertad se convierte en tirano, aspira a sojuzgar, a impedir que otros puedan pensar y sentir de manera distinta

Quienes así actúan olvidan, desde luego, el valor de la diferencia, esa misma cualidad que pretenden cultivar, y quieren imponer una liberación que les exima de cualquier conflicto, un universo paradisíaco en el que nadie pueda llevarles la contraria, en el que estén prohibidas las ambivalencias, los contrastes, cualquier supuesta objetividad, que se tendrá por autoritaria, y, por supuesto, cualquier cosa que pueda sonar a individualismo, a competencia o excelencia. A su manera, han vuelto a descubrir que no conviene confundir la libertad con el libertinaje, como se decía durante el franquismo.

Cuando el deseo y el disfrute desplazan a la libertad

Un recorte radical de la libertad individual

Llevada a la política, esta dinámica reivindicativa y hedónica de lo sentimental significa inmediatamente un recorte radical de la libertad individual porque conduce a calificar como tolerancia represiva el pluralismo y la libertad de conciencia para imponer un nuevo orden: el paraíso final. El precio que se pagará por semejante impostura será muy alto, como lo es siempre la ignorancia de la complejidad que existe en la realidad.

Llevada a la política, la reivindicación de lo sentimental implica un recorte de la libertad individual

Quienes consideran que la libertad individual es una leyenda burguesa, y saben que no pueden acabar completamente con el orden espontáneo y eficaz de los mercados, han descubierto en el ámbito de lo político un terreno donde imponerse con facilidad si nos convencen de que la defensa de la libertad es un engaño ilusorio, que solo nos distrae del disfrute de los bienes infinitos que puede deparar ese dios que es el poder político.

Pero cuando todo se subordina a que lo público se haga responsable de nuestra felicidad, se acaba descubriendo que detrás del trampantojo de esa liberación no hay ningún cuerno de la abundancia, sino la más negra opresión y la miseria. Porque el incauto finalmente se percata de que los Reyes Magos son los padres.

7 COMENTARIOS

  1. Llegados a este punto, ¿cuál es, pues, la secuencia o camino por el que el Régimen del 78 está conduciendo al secuestro de la libertad?

    El artículo 1.1 de nuestra Constitución señala como valores superiores del ordenamiento la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político, y en el 9.2 declara la obligación de los poderes públicos de promover las condiciones para que la libertad y la igualdad sean reales y efectivas, y de remover los obstáculos que impidan su plenitud…

    Pero de la justicia no habla, y la justicia implica una idea moral que define lo justo y lo injusto, un modelo ideal, por tanto, de relaciones humanas, sociales y familiares, un modelo de bien común a perseguir. La justicia es, en definitiva, el marco que limita, o debería limitar, la libertad y la igualdad.

    Pero la idea moral de la sociedad que dio como fruto la Constitución del 78 fue abandonada, traicionada, por quienes debieron conservarla y, en su lugar, permitieron que otros la identificaran con oscurantismo trasnochado y dictadura.

    Y, sobre el colchón de la abundancia, la sociedad española se volvió amoral olvidándose del bien que quiso tener y del mal que quiso evitar. Dio un portazo y dejó de ver quién era y de dónde venía.

    Y sin ley moral, la libertad no es sino expresión de un egoísmo que no acepta límites, y la igualdad no es sino expresión de una envidia que no acepta diferencias.

    Y donde reinan el egoísmo y la envidia, no puede haber otros frutos que la opresión del pensamiento y del sentimiento de los demás, que, al final, somos nosotros mismos vistos desde los ojos ajenos.

    Saludos.

  2. 2. “Para quienes piensan y, sobre todo, sienten, así, los poderes públicos no quitan poder, dinero y libertad, sino que son una especie de nuevos ricos a los que hay que chantajear políticamente para que concedan lo que se les pida…”

    La realidad de nuestro sistema de Poder ‘numerocrático’ es justamente la inversa, tal como Vd. mismo señala más adelante: “la política se reduce a un marketing de promesas, a un quién da más”, desde la base del mismo valor del voto del necio que el del sabio, del colaborador que el del parásito, del honrado que el del mentiroso, del trabajador que el del holgazán y vago… Por tanto, en una sociedad amoral como la nuestra, sin una ley moral fuerte que la proteja y cohesione, el Poder del voto mayoritario se consigue excitando la visceralidad emotiva y ofreciendo gratuidad para el mejor de los crecepelos. Es la dinámica del ‘número’. Es, por tanto, el Poder el que chantajea a los ciudadanos para perpetuarse… o el aspirante, para usurparlo.

    3. “El deseo disfrazado de libertad se convierte en tirano, aspira a sojuzgar, a impedir que otros puedan pensar y sentir de manera distinta…”

    No es el deseo disfrazado de libertad, sino la erótica del ejercicio del Poder como manifestación más genuina del instinto gregario… la erótica de un Poder que quiere reconstruir a su antojo el mundo y el hombre, que excluye, persigue y trata de exterminar toda disidencia. De hecho, la democracia real se mide mejor por cómo se ejerce el Poder con el discrepante que por cómo se accede al propio Poder. Todos los tiranos tratan bien a sus amigos y correligionarios. Esa no es la diferencia.

  3. Estimado profesor,

    Coincido plenamente con la tesis de fondo de su interesante artículo: El precio de nuestra dependencia de esa máquina de Poder que llamamos Estado de Bienestar será la propia libertad.

    Pero discrepo del relato que construye para llegar a esa conclusión. A mi juicio, fuerza una secuencia de argumentos, un tanto deslabazada, con la que pretende llegar a su tesis como una solución lógica. Y, sin embargo, la debilidad de la concatenación pone en entredicho la certeza de la conclusión.

    1. La afirmación de que “Desde el comienzo del actual Régimen de 1978 … el deseo comenzó a ocupar el lugar que debería corresponder a la libertad como principal valor político” es incorrecta. Maquiavelo decía algo así como que el conflicto social nace del deseo de un hombre de poseer lo que otro tiene y él no tiene, y el afán de ese otro por proteger lo que tiene, para que no se lo quiten.

    El deseo es la motivación primera o elemental de la conducta o comportamiento humanos y se libera o reprime por la voluntad, según su conciencia, (ley moral), o por el miedo. De modo que no puede decirse que el deseo reemplace la libertad, ni al revés… ambos conviven e incluso pueden ser interdependientes: la libertad puede ser un deseo.

  4. Buen artículo, sí señor. Es una lástima que la mayoría de la gente piense justo lo contrario… y los de derechas especialmente.

  5. Ultimadamente está muy de moda ver defensores de la renta básica que realmente están convencidos que algo así es la solución definitiva a todo los males de la sociedad, además de que les permitiría por supuesto disfrutar de los placeres de la vida sin necesidad de trabajar.

    Particularmente me gustaría ver implementado esto en los famosos paraísos nórdicos del bienestar social y constatar como acabaran cargándose sus economías y sobre todo el monstruoso estado clientelar que han creado durante décadas, ya que esto supondría clientelizar por completo a la sociedad más de lo que ya está, la cual por muy adoctrinada que este eventualmente al final dejaría de producir hasta la comida que se lleva a la boca. Pero para nuestra desgracia puede que no sean tan idiotas como para implantarlo ya que ante el barranco colectivista siempre han dado marcha atrás y nos lo acaben imponiendo a nosotros los populistas que nos gobiernan o los que pretenden hacerlo, ya que aquí ni se ha reformado a estas alturas el sistema de pensiones y por lo que se está viendo ultimadamente, no hay intenciones de hacerlo.

    La pregunta del millon es ¿cómo los individuos responsables nos protegemos de este colectivismo imperante y demoniaco?

  6. Cuando prima la defensa de los derechos colectivos frente a la defensa de los individuales pues ocurre todo lo que está ocurriendo, la masa prima sobre el individuo. Me parece de una injusticia terrible, dentro de un colectivo los derechos individuales quedan restringidos ya que se dan derechos a los miembros del colectivo a todos por igual cuando no debería ser así, cada persona es ella y sus circunstancias y como decía Ortega si no la salvo a ella no me salvo yo.

    Cuando dejas que tu individualidad forme parte de una masa empiezas a formar parte de un ejército social que se mueve al son de la misma trompeta.

    Y es triste que la inmensa mayoría de la sociedad prefiera la masa, si en algo nos distinguimos del reino animal es poder pensar por nosotros mismos sin necesidad de seguir a la manada. Tal vez las personas perteneciendo a esa masa colectiva se sientan más seguras y consideren que así, el esfuerzo que han de hacer en su vida es menor ya que en este caso Papá Estado, el rey de la manada, le va a facilitar el día a día sin ser conscientes que por el camino pierden su ser individual y corriendo el riesgo de terminar todos en el precipicio.

Comments are closed.