El régimen político instaurado en España en 1978 no es reformable: lo único que puede sacar a los españoles del abismo al que nos dirigimos es la libertad política colectiva. Tal Régimen fue impuesto al pueblo por un pacto entre los herederos del franquismo y los partidos políticos que, aun declarándose republicanos, aceptaron a Juan Carlos I como rey de España.

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El pacto alcanzado se concretó en un documento redactado en secreto por siete personas, al que llamaron Constitución de 1978, y que se dio a refrendar al pueblo español mediante una oferta que nadie pudo rechazar: o esto, o el franquismo.

España es el único reino del mundo en el que apenas hay monárquicos

Dicho pacto produjo ciertas anomalías de la vida política española. Una de ellas fue el juancarlismo: en el Reino de España, nadie era monárquico, era “juancarlista”. El juancarlismo, una enfermedad mental contagiosa, afectó a derechas e izquierdas, de tal forma que España es el único reino del mundo en el que apenas hay monárquicos. ¿Sorprendente? ¿Cuánto duraría la monarquía británica si repentinamente los ingleses se volvieran republicanos?

Pero el juancarlismo no solo evitó que en España hubiera verdaderos monárquicos; también consiguió que los republicanos pospusiesen sine die la cuestión de la Jefatura del Estado. Los comunistas y socialistas decían: “Tranquilos, que Felipe no reinará”. La política española se movía así entre un discurso hipócrita en las alturas, y unos bajos fondos cenagosos.

Mientras los juancarlistas chapoteaban en piscinas como las del Tío Gilito, los ciegos comían las uvas de dos en dos, y los tuertos de tres en tres. El más tonto podía hacerse rico en un mes y, aunque no supieras cantar, con el marketing de amiguetes adecuado podías alcanzar el mayor éxito de ventas. Como nuevos ricos, habíamos olvidado nuestro origen. Nos hicimos europeos y pensamos que eso de España era una cosa antigua, carca y franquista.

Cuando se agotó el crédito, se acabó la fiesta, que no la farsa. Afloró la bola de corrupción, y los nuevos ricos, ahora arruinados, empezaron a echarse la culpa unos a otros. Corrían ríos negros de miseria, nacieron los nuevos insultómetros, las RRSS, donde cada uno podía denunciar a su vecino y quedar él, de esa manera, exento de culpa… Convertidos en jueces, policías y carceleros de nosotros mismos, ya no podíamos mirarnos a los ojos y conversar racionalmente, pues una obscura vergüenza desconocida nos lo impedía.

Hicieron que Juan Carlos I tuviera que pedir perdón y, no pareciéndoles suficiente humillación, le obligaron después a abdicar en su hijo

El juancarlismo entraba en franca recesión, se abría la veda contra el rey, y así llegamos hasta el momento cumbre en que, aquellos que pueden decirle al NYT lo que hay que sacar en la portada, hicieron que Juan Carlos I tuviera que pedir perdón y, no pareciéndoles suficiente humillación, le obligaron después a abdicar en su hijo. Este es el asunto clave de lo que empezó a pasar en el Régimen del 78, oculto tras estúpidos cotilleos sobre elefantes, princesas y tropezones en Botsuanas…

Discurso a los repúblicos en defensa de la Monarquía

Juan Carlos debió acordarse mucho de su padre, Don Juan, cuando se encontró en la misma disyuntiva que él: aferrarse al trono o salvar la monarquía. Saboreaba la amarga medicina de ser él el traicionado ahora. ¿Traicionado por quién? Haríamos bien en preguntárnoslo, pues quienes pueden quitar un rey, son los que de verdad mandan en España. Y, desde luego, no es el pueblo, que ni puede, ni sabe, ni quiere.

La sangre llama a la sangre y el desastroso régimen republicano colapsó en la más sangrienta y repugnante guerra civil

En España la idea de república está indefectiblemente unida a la II República de 1931. Los partidos nominalmente republicanos del R78 apelan a ese período con nostalgia; innumerables películas ensalzan esa época siniestra, y en el imaginario del progre español medio, aquél fue un tiempo de libertad y prosperidad desgraciadamente interrumpido por la guerra civil y el franquismo.

Cierto que esto es efecto de la ignorancia y la propaganda, pues cualquiera que estudie con serenidad y desapego emocional dicha época tendrá que reconocer que fue una etapa de corrupción, asesinatos políticos, ilegalidad, represión militar y policial, criminalidad, pistolerismo y caos de proporciones descomunales, que desembocaron en un golpe de estado reclamado por amplios sectores de la población, alarmados ante la imposibilidad del orden, la democracia, la decencia y la paz.

La sangre llama a la sangre y el desastroso régimen republicano colapsó en la más sangrienta y repugnante guerra civil, y el largo y represor franquismo.

Hoy tenemos a Felipe VI, a un lado, y un consenso roto, al otro

Ya no tenemos juancarlismo, ni franquismo (aunque la falsa izquierda  intente seguir viviendo a su sombra). Así pues, ¿qué tenemos? Hoy tenemos a Felipe VI, a un lado, y un consenso roto, al otro. El consenso del 78 se ha roto por Cataluña, como ya hemos explicado en otro sitio y no va a ser fácil recomponerlo.

Y aunque al R78 aún le quedan años de retorcimientos hasta quebrarse (ya veremos lo que da de sí la operación Ciudadanos) hay que estar atentos. Se intentarán reformas. Para rehacer su consenso, el Estado de partidos (que son todos, PP, PSOE, Podemos, Cs, los nacionalistas, los independentistas, todos) necesita un pacto sobre nuevas bases.

¿Y cuáles son las bases sobre las que el régimen del 78 intentará refundarse? Las bases calcinadas de una III República partidocrática, federalizada, autodeterminada, desnacionalizada… Los partidos son facciones del Estado luchando entre sí, cuyo objetivo es conquistar cada vez mayor porción de ese Estado.

Los partidos nacionalistas quieren fraccionar al Estado para parasitar su pedazo en exclusiva. Cuando el capital financiero, el mismo que obligó a abdicar a Juan Carlos I, lo considere oportuno, pondrá a sus medios y sus partidos a lanzar el vodevil republicano. Una nueva democracia, más moderna, más europea, en la que el Rey será convenientemente desprestigiado.

Un rey no necesita apoyarse en los partidos, ni en la Constitución del 78. Un rey solo necesita el favor del pueblo

El 3 de octubre de 2017 el pueblo español, perplejo, cabreado y acobardado por el abandono del Gobierno y la clase política ante la intentona golpista en Cataluña, escuchó hablar al rey apenas 6 minutos. Y así reunió el valor para sacar sus banderas a la calle, en Cataluña y en toda España: se rompió la vergüenza, nos miramos a los ojos, estallamos de alegría y salimos a proclamar lo que somos: españoles.

Un rey no necesita apoyarse en los partidos, ni en la Constitución del 78. Un rey solo necesita el favor del pueblo… y recuperar la legitimad histórica y dinástica que se rompió con su padre.

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Cristóbal Cobo
Soy hijo del baby-boom, cosecha del 65. Aunque me ha costado, al fin he alcanzado esa edad en que prefiero saber la verdad a engañarme con mis deseos. Durante muchos años edité y fui redactor jefe de la revista universitaria gratuita Generación XXI (desde 1996), pero la cerramos con la crisis del siglo (2008). Como no escarmiento y me gustan los negocios de riesgo, ahora edito libros en Editorial Manuscritos. Tengo granja, huerto y en mis ratos libres escribo, lo cual ya es vicio. Acumulo libretas tachonadas en un baúl, tres libros de poesía y un par de novelas en barbecho. Igual algún día me pongo a corregir y las publico, cuando sea viejito y ya nada importe. Políticamente insatisfecho, desafecto al Régimen, alérgico a las subvenciones, no alineado. Español renacido, perpetuo conspirador, libre de prejuicios mediáticos. Tengo amigos raros, fachas, comunistas, ácratas, ateos, católicos tradicionalistas, judíos y musulmanes.