Hace no mucho, numerosos diarios se hicieron eco de un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), cuyo título traducido al español era “Sexo más allá de los genitales. El mosaico del cerebro humano”. En él se pretendía demostrar que, si bien morfológicamente hombres y mujeres se distinguen por sus órganos genitales, tal diferencia no existe en sus cerebros.

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Ante tan importante descubrimiento, no faltaron los titulares sensacionales, textos que presentaban el estudio como si se tratara de la verdad revelada. No había ni una nota discrepante, ni un solo matiz… salvo en un caso, pero de forma muy tenue, perdido en las últimas líneas. Un salto tan trascendente para la humanidad no podía admitir desacuerdos. Por fin parecía demostrarse que hombres y mujeres eran esencialmente iguales: el sueño de la igualdad y la proscripción de la diferencia estaba mucho más cerca.

¿Hallazgo científico… o ‘fake news’?

Sin embargo, a pesar de lo que afirmaba la información periodística, al analizar el estudio en cuestión pronto se percibía que algo no iba bien, las piezas no encajaban. De entrada, los autores afirmaban que las diferencias documentadas de sexo/género en el cerebro a menudo se toman como soporte de un dimorfismo sexual («cerebro femenino» o «cerebro masculino»). Sin embargo, tal distinción solo sería posible si las diferencias en las características cerebrales fueran «altamente dimórficas e internamente consistentes».

Si uno lee la prensa, ve la televisión y observa lo que dicen muchos políticos para conquistar nuevos nichos de votos, es como si las evidencias científicas no existieran

Traducido al lenguaje de la calle: los escáneres habían mostrado que, en efecto, existían diferencias entre los cerebros masculino y femenino, pero como ni sus factores ni su  proporción era la idéntica en todos los casos, sino variable y con solapamientos dependiendo del sujeto, la conclusión era que no había un cerebro típicamente masculino y otro típicamente femenino, sino diferentes “mosaicos cerebrales”. Idea que, a lo sumo, serviría para explicar algo que ya sabíamos: que puede haber mujeres a las que les apasione jugar al fútbol y hombres que prefieran practicar ballet.

En realidad, puestos a tomar el rábano por las hojas, los autores bien podrían haber concluido que no existía un cerebro humano típico… en general. Al fin y al cabo, todos creemos haber salido muy bien parados en el reparto de cerebros.

Pero cuando otros investigadores realizaron un metaanálisis de los datos del estudio, comprobaron que era posible identificar correctamente si un cerebro era de hombre o de mujer el 89% de las veces. Es decir, los cerebros de hombres y mujeres eran en efecto distintos con una prevalencia de 89/11. Pero este hallazgo posterior fue ignorado por la prensa. Ningún medio lo divulgó. Así pues, la noticia original, tal y como había sido difundida, era un ‘fake news’ de libro… pero los celosos guardianes de la “verdad” prefirieron mirar para otro lado.

Para demostrar que el marco interpretativo de los investigadores era falaz bastaba un sencillo ejercicio de lógica. Por ejemplo, sabemos que la media de estatura de los hombres es mayor que la de las mujeres, pero esto no significa que cada hombre sea más alto que cada mujer. No obstante, que existan prevalencias 89/11 es un dato muy significativo que ningún científico riguroso pasaría por alto; invita a la investigación, no a la ocultación. Ahora bien, según la lógica empleada en el citado estudio, el verdadero hallazgo no sería la constatación de una acusada prevalencia, sino… ¡la imposibilidad de definir una estatura típicamente masculina y otra típicamente femenina!

El hombre de paja

Pero, Daphna Joel et al, los autores del estudio, no solo hacían una interpretación sesgada de los datos, sino que además insinuaban que había una “ciencia mala”, una ciencia machista que nos imponía la idea de que existen dos cerebros diferentes: uno femenino y otro masculino –recordemos su cita: “las diferencias documentadas de sexo/género en el cerebro a menudo se toman como soporte de un dimorfismo sexual”–. Pero ¿de verdad sus colegas eran machistas? desde luego que no. La neurociencia simplemente comparte sus hallazgos para someterlos al análisis y la refutación. No existe un interés particular por establecer diferencias inexistentes entre cerebros masculinos y cerebros femeninos. Lo que sucede es que la realidad es tozuda, una y otra vez las investigaciones demuestran que el sexo sí importa (aquí y aquí).

Estableciendo que los cerebros son asexuados, las diferencias entre hombres y mujeres solo podrían explicarse por un factor: la educación sexista

Daphna Joel y sus adláteres necesitaban un hombre de paja, un supuesto enemigo, para elevar a causa social sus supuestas refutaciones, y hacer creer al público que la “verdad” estaba perdiendo el partido pero que ellos habían saltado al campo para darle la vuelta y ganar con un lanzamiento triple. Llegados a este punto, la pregunta es: ¿su marco interpretativo era científico o sociológico? El siguiente párrafo, más propio de un politólogo que de un científico, nos da una pista:

«Las diferencias de sexo/género en el cerebro son de gran interés social, ya que su presencia normalmente supone demostrar que los seres humanos pertenecen a dos categorías distintas, no sólo en términos de sus genitales, y así justificar la diferencia de trato entre hombres y mujeres.»

En efecto, si se lograba imponer la idea de que los cerebros son asexuados, las diferencias entre hombres y mujeres solo podrían explicarse por dos factores dirigidos de forma intencionada: la educación y el ambiente.

La imposición del ambiente

Detrás del marco interpretativo del estudio está la alargada sombra de una doctrina: las diferencias entre hombres y mujeres son producto exclusivamente del ambiente. Y como toda doctrina, incorpora una ortodoxia que lleva aparejados ciertos mandamientos. Hay que evitar desde muy temprano cualquier orientación sexual en los niños. No revelarles su sexo, vestirlos y decorar su cuarto de forma neutral, evitar los juguetes sexistas, son, entre otras, las prácticas recomendadas. Así se liberaría al sujeto de nocivas expectativas sociales relacionadas con su sexo y se daría paso a un “ser humano nuevo”.

Las investigaciones revelan que los niños y las niñas en edad lactante tienen preferencias distintas en función de su sexo

Lamentablemente, existe un gran cuerpo de literatura y estudios científicos que demuestran la existencia de características biológicas predeterminadas que condicionan nuestro comportamiento desde la más tierna infancia; entre otras, investigaciones que revelan que los sujetos en edad lactante manifiestan preferencias distintas relacionadas con su sexo (aquí); incluso que prueban, no ya en seres humanos, sino en primates, que el sexo condiciona las preferencias de los individuos sin que se les aleccione previamente: los primates hembra se sienten atraídos por las muñecas, mientras que los machos se decantan por artilugios con ruedas (aquí).

Pero, sorprendentemente, si uno lee la prensa, ve la televisión y observa lo que hacen y dicen muchos políticos para conquistar nuevos nichos de votos, todas estas evidencias científicas parecen no existir. De hecho, las investigaciones que no refuerzan las nuevas tesis transgénero se vuelven invisibles. Y si un investigador se empeña en romper la ley del silencio, los activistas se encargarán de neutralizarle, como le sucedió a Kenneth Zucker, toda una autoridad en cuestiones de identidad de género en niños, que fue invitado a abandonar su puesto de director en The Child Youth and Family Gender Identity Clinic (GIC), en Toronto, por no comulgar con la doctrina igualitarista. Así pues, no asistimos a un debate racional, mucho menos científico.

El caos

A pesar de la férrea ley del silencio, voces cualificadas alertan de los riesgos que supone  tratar a los niños como si fueran una hoja en blanco y darles a entender que el género es algo facultativo. Los niños tienden a sumirse en la confusión. Y hay pediatras que sospechan que no es casual la creciente popularidad del Trastorno de Identidad Sexual (GID) ni el incremento del número de visitas a sus consultas por esta causa.

Aunque un número significativo de niños piense que pueden pertenecer al sexo contrario, cuando llegan a la pubertad la prevalencia final de este fenómeno es solo del 0,01% (1 entre 10.000 a 30.000)

Según American Academy of Pediatrics, mientras en 1970 del 2% al 4% de los niños y del 5% al 10% de las niñas de edades comprendidas entre los 4 y 18 años se comportó como el sexo opuesto ocasionalmente, en la actualidad del 5% al 13% de los adolescentes varones y del 20% al 26% de las adolescentes manifestaron un comportamiento de género cruzado. De estos, del 2% al 5% de los varones y del 15% al 16% de las niñas llegaron al convencimiento de que pertenecían al sexo opuesto. Sin embargo, aunque un número significativo de niños piensen que pueden pertenecer al sexo contrario, cuando llegan a la pubertad la prevalencia final de este fenómeno es solo del 0,01% (1 entre 10.000 a 30.000)*.

Es decir, a pesar de que un creciente número de niños parecen estar experimentando el comportamiento de género cruzado, la evidencia es que, a medida que maduran, muy pocos confirman su condición transgénero. Los casos confirmados siguen siendo excepcionales pero el caos que se está generando en la sociedad es cada vez mayor.

La biología como tabú

Hoy, que un niño prefiera apuntarse a actividades musicales en vez de formar parte del equipo de fútbol de la escuela, o que a una niña aspire a pilotar un Fórmula 1 en lugar de ser enfermera, es algo que no nos debe asombrar porque, afortunadamente, somos mucho más libres que hace cien años. El sexo ya no es una barrera. Pero parece que los prejuicios se han invertido, ahora hay quienes tachan de sexista todo aquello que no cuadre con sus ideas. En realidad, con su intransigencia, lejos de eliminar viejas discriminaciones, añaden otras nuevas y convierten la ciencia en tabú… como ocurría siglos atrás, en las épocas más oscuras.

(*) Fuente American Academy of Pediatrics

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