Con cada nueva debacle —esta vez tocó Afganistán—, la pregunta de siempre: ¿se acerca Occidente a su ocaso? No es mala cosa empezar con lo bueno que la propia cuestión indica: seguimos siendo el líder a batir y aún molestamos a los bárbaros. En el mundo hay otros proyectos de vida en común, como la distopía comunista china, el fanatismo islámico, el reverencial apego ruso a los líderes fuertes y sus mafias o las treinta y pico dictaduras (una de cada cinco naciones) que aún colean. Estas alternativas suelen mofarse de nuestra supuesta debilidad y hacer palmas con las orejas con cada uno de nuestros fiascos. Pero aquí seguimos, como Leónidas y los suyos en el desfiladero de las Termópilas, en nuestros puestos y todavía faro para muchos de quienes malviven en esos lugares.

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Pero sí, no puede negarse, se ciernen sobre nuestras cabezas negros nubarrones. ¿Estamos cerca del fin, finalmente? Lo primero es preguntarnos de qué Occidente hablamos. Occidente es muchas cosas: Miguel Ángel, sí, y los centros de investigación y las universidades, las bodegas de la Rioja, la catedral de León, la libertad sexual, Bach, Shakespeare y Cervantes. Pero también es el relativismo cobarde, y el abuso de ansiolíticos, y la abulia existencial, y el escándalo del suicidio, la soledad y las drogas. De modo que hay que elegir a qué carta quedarse, cuál es el tuétano de eso que igualmente llamamos «sociedades libres». Solo si concretamos qué ideas grandes hay detrás de esa forma de vivir podremos saber si está a punto de desaparecer, y si importaría que desapareciese.

Si ni nosotros podemos explicar por qué los derechos humanos y la libertad individual y el Estado de derecho son superiores a lo que propone la Sharía, ¿por qué íbamos a defenderlos?

Sintetizaré este Occidente que merece a toda costa conservarse en tres principios de actuación y tres aspiraciones prácticas. Principios de actuación: la persona como bien absoluto a defender (su vida y la lucha contra su sufrimiento); la democracia en tanto renuncia política a la violencia y exigencia de libertad e igualdad de oportunidades; una economía social de mercado que tiene al comercio y la prosperidad como zócalos de los demás elementos. Aspiraciones prácticas: la verdad, el bien y la belleza; esto es, la ciencia, el diálogo y el pensamiento crítico, la defensa de una ética universal que puede razonarse y el afán de vencer el caos con el orden y la sensibilidad estética. Estos principios y aspiraciones han nacido en muchos sitios, y en muchos países orientales siguen siendo enormemente importantes. Pero han sido despreciados en otros, en los que se insiste en que la verdad y la justicia solo provienen de Dios y las administran sus ulemas, y en que la belleza es tóxica, como sostienen esos salvajes con pistolas, los talibanes.

Verá el lector que he evitado cuidadosamente toda mención «elevada». Cada vez hay más gente que se asusta cuando les mientan los ideales; supongo que es parte del problema. Basta mencionar la búsqueda de la verdad como ideal y enseguida alguien alrededor grita asustado «¡metafísica!» —cuando no hay nada con más efectos contantes y sonantes que creer que la verdad existe, y que es nuestro deber defenderla—. Pero claro, en ese Occidente que podemos dejar morir con tranquilidad es metafísica todo lo que no sea el business, ser influencer, yintónic en copa de balón o darse atracones de series, y por fuerza eso es también parte del problema. Vas y dices que «si la vida ha de ser plenamente humana debe servir a algún fin que parezca, en cierto sentido, fuera de la vida humana, algún fin que sea impersonal y por encima del género humano, como Dios o la verdad o la belleza», y te llaman facha, o desfasado, pero esto no lo dice servidor, sino Bertrand Russell, tal vez el señor más racionalista y pacifista que haya pisado la Tierra, y un tipo de izquierdas, pero de los de ir gustoso a la cárcel por sus ideales en vez de chamarilear con ellos, esto es, de los de izquierdas de veras.

Cuando hablamos de lo occidental no nos referimos a algo que los occidentales nos guisamos y comemos a lo Juan Palomo, sino a algo que, originado en nuestras culturas, es ya patrimonio de la Tierra. Cuando el genio chino alumbra la tinta o la pólvora, y el islam la delicada poesía espiritual del sufismo, lo hacen en beneficio de la humanidad entera. De modo que este Occidente es de todos, y quienes nos llaman imperialistas a quienes lo reivindicamos no saben de la misa la media. Esa occidentalidad está detrás de la pujanza de naciones tan orientales como Corea del Sur e Israel, países que no por casualidad tienen vecinos emperrados en su exterminio. Si queremos apaciguar a los pusilánimes y a los acomplejados, podemos dejar de hablar de «civilización occidental» y referirnos a «la cima civilizatoria humana» (con quienes insisten en llamar «empleados públicos uniformados» a los soldados hay que hacer concesiones caritativas). El nombre es lo de menos, y si mentar lo «occidental» es un problema, es decir, apelar a lo grecorromano y judeocristiano, esto último oriental hasta las trancas, pues sea. Lo que no podemos es sentarnos a la misma mesa de quienes hacen desaparecer a gente sin testigos ni juicios y quienes castigan el adulterio con lapidaciones y hablar de una «alianza de las civilizaciones», porque eso es una ignominia.

Agota que cada vez haya más personas en el propio Occidente que sostengan que este modo de vida que hemos descrito es solo uno más entre otros, un sabor entre unos cuantos, helado de fresa, frente al de vainilla o el de chocolate, todos del mismo valor, porque cada pueblo tiene sus costumbres. Si ni nosotros podemos explicar por qué los derechos humanos y la libertad individual y el Estado de derecho son superiores a lo que propone la Sharía, ¿por qué íbamos a defenderlos? Esta es la fuente de nuestros males: no ser ya capaces de argumentar la superioridad de nuestros fines. Hay quienes culpan de ello a la ciencia, con su prurito desmitificador, su relativismo metodológico y su increencia. Culpen más bien a las Humanidades, que perdiéndose en tonterías sociológicas, bellaquerías del género y estructuralismos varios han desertado de la más elemental de sus misiones, que es investigar cómo ha de ser, en cualquier punto del globo y para todos, la vida bella, justa y buena.

Esta derrota autoinfligida de Occidente está en El Sunset Limited, el diálogo dramatizado de Cormac McCarthy. Allí dos cosmovisiones occidentales se enfrentan: la de Blanco, un profesor de sobrada inteligencia y éxito mundano, y la de Negro, un hombre de vida difícil, transido de compasión y lleno de razones para vivir que salva a Blanco de su intento de suicidio. «Renuncias al mundo línea a línea», explica Blanco, «y un día te das cuenta de que tu valentía es una farsa, que no significa nada. Te has convertido en cómplice de tu propia aniquilación y no hay nada que puedas hacer al respecto». Esto es lo que nos pasa. Solo que no es cierto, y sí que podemos hacer algo: recordar o enseñar las razones de esta singular aventura, para forjar un coraje que dure y nos salve.

En su artículo “Calaveras”, se preguntaba Larra: «¿Quién no ha abandonado alguna causa que le importase por una que le gustase?». Antes o después tendremos que detener esta huida posmoderna a ninguna parte, este continuo empujarnos unos a otros en una interminable cola a cuenta de lo novedoso, lo sensacional y lo entretenido. Hoy mejor que mañana tendremos que parar la furiosa estupidez woke, cerrar todos sus afluentes, los identitarios, el individualismo extremo, el populismo emergente y el resto, para recordarnos cuál era ese fin que justificaba los medios. Un «Curso Intensivo de Orgullo Civilizatorio», tan ardiente como razonado, eso necesitamos, en especial los más jóvenes, ahítos de banalidad y precariedad, desnortados. Faltan voces que recuerden que eso de buscar la verdad, el bien y la belleza es tan crucial como emocionante, para que cada vez más gente levante la vista de Tinder, Instagram, La isla de las tentaciones y Sálvame Deluxe y se dé cuenta de cómo es el mundo en los muchos sitios en los que esa búsqueda apenas existe.

Mientras siga creyendo que ese modo de vida —con sus muchos defectos— es superior al resto de alternativas planteadas, defenderé que prevalezca; con mi vida, si las circunstancias lo reclaman. Como yo hay millones de personas, pero a lo mejor cada vez hay menos. Cada individuo que cree que esto que hemos forjado para el mundo entero es solo una opción más de un menú variopinto (por no hablar de los indocumentados que lo detestan y preferirían una vida a la china o a la azteca) es un escudo menos en la cohorte, y una debilidad más en nuestra causa. Allá cada cual con su vida y sus responsabilidades. Lo que sí rogaría a los panfletos posmodernos y a la ministra de siempre es que dejasen de asimilar la vida de las mujeres españolas a la de las afganas, porque una cosa es ir por ahí de relativista moral y otra chapotear en el charco de lo grotesco.

De modo que este es el trabalenguas, querido lector: Occidente llegará a su fin si no es capaz de recordar cuál es su fin último. A ningún observador crítico se le escapa que en este siglo, 11S mediante, ha cambiado de dirección el viento, pero aún estamos a tiempo de despertar de la pesadilla. Para ello, necesitamos que mucha más gente saque pecho por lo conseguido y se percate de que podríamos perderlo. En un reciente anuncio de una bebida isotónica, un joven le explicaba a una máquina qué es lo distintivo de los seres humanos: tenemos ganas. Eso es lo que necesitamos para reivindicar el mejor modelo de vida que nuestra especie ha concebido. Porque el peligro más real no está en acabar esclavizados por la inteligencia artificial y los robots, sino en la crueldad, el despotismo, la codicia y la ignorancia de siempre, humanas, demasiado humanas.

Foto: Sergio Rodriguez – Portugues del Olmo.


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Soy licenciado en ciencias empresariales y en filosofía. He trabajado en dirección de empresas más de veinte años y me dedico en la actualidad a la consultoría, las conferencias y la docencia (gestión de seres humanos, procesos en las organizaciones, pensamiento crítico, profesionalidad, creatividad e innovación) como miembro del equipo strategyco. Doy clases en ESIC Business&Marketing School y otras escuelas de negocio. También escribo y traduzco. Como autor he publicado Alrededor de los libros, La deriva de la educación superior, La organización viva, Sangre en la hierba y El buen profesional. Como traductor, he firmado una veintena de títulos, incluyendo obras de Shakespeare, Rilke, Deneen, Tocqueville, Stevenson, Lewis y McIntyre. Más información en www.davidcerda.info

19 COMENTARIOS

  1. ¿Occidente? ¿Qué Occidente? ¿El de los lunáticos de la UE que se proponen el proyecto bolchevique, contra viento y marea, de una revolución energética para «salvar a la humanidad» del calentamiento? ¿El Occidente de los lunáticos tardígrados que gobiernan en España? ¿El Occidente que predica por el mundo, que la democracia y la libertad política consiste en poner delante del escenario la homosexualidad. el aborto y un feminismo destructor? ¿El Occidente que pregona la irreligión, el rechazo radical de la historia y de cualquier tradición? ¿El Occidente obsesionado por anonadar la persona en el todo social? Y así podríamos seguir con otras temáticas que configuran hoy la corriente dominante de lo occidental. Corriente dominante en la que muchos no reconocemos al Occidente de la tradición europea de la libertad política y la razón.

  2. Excelente artículo y excelentes comentarios. Algún «disidente» ha tocado el tema de las élites. Esa es la clave. Cierto es que el talento ha sido siempre muy raro, pero la selección negativa que vivimos hoy nos desborda. Unas élites psicópatas que solo obedecen a los que están por encima de ellas y adulan a los sectores más «frikis» de la sociedad, que intentan convertirnos a todos a su locura, por las buenas o por las malas. O por machaque propagandístico o a golpe de multas o cárcel.

    En realidad, no creo que el islam sea el enemigo mortal de Occidente, al menos el islam tradicional. Otra cosa es el salafismo, apoyado por Arabia Saudí, e impulsado por la desintegración de la sociedad islámica tradicional, a consecuencia del brutal crecimiento demográfico de ésta y por el dinero sin límite que deriva del petróleo, precisamente gracias a la tecnología y ciencia occidental. Los talibanes hubieran sido un fenómeno afgano local sin la intervención soviética, norteamericana, saudí y otanera. Esa ideología salafista, que amenaza a Occidente con el terrorismo, arraiga más donde la sociedad musulmana tradicional está más desintegrada. El salafismo no es más que la version musulmana del luteranismo y del calvinismo más radical, que ensangrentaron Europa durante dos siglos.

    Pero el problema de Occidente no son los otros, somos nosotros mismos.

  3. Solo apuntar un pequeño síntoma, quizá insignificante para algunos, pero que me parece revela el grave desvarío de la realidad en que cada vez más desde hace 30 años, discurre la intelligentsia de Occidente y su patografía. Tras publicarse los resultados de las recientes elecciones en Marruecos, el editorial del pasado 13 de El País, plantea la siguiente sesuda reflexión:
    «…. permite confiar en que el nuevo Gobierno afronte temas que una parte de la sociedad (marroquí) espera desde hace lustros, como la despenalización de la homosexualidad y el adulterio ….»

    La tematización política actual de Occidente, no es que esté fuera de la realidad, es directamente surrealista. Se construye sobre un devocionario de fines y obsesiones manicomiales, como modificar la articulación entre grupos de sexo, planificar la biosfera y su clima o destruir todo atisbo de fundamentación metafísica y/o histórica de la realidad. Vean los proyectos desarrollados en Afganistán, un mundo de campesinos musulmanes. ¿Ocaso? ¿declinación? Quizá solamente un paréntesis de estupidez.

  4. La civilización Occidental es la forma laica de llamar a la civilización cristiana, originaria del antiguo Imperio romano y constreñida primero a Europa «la Cristiandad» por el empuje mahometano que arrebató al cristianismo su cuna geográfica y todo el norte de África, patria de muchos de los padres y doctores de la Iglesia, por ejemplo San Agustín, y luego expandida a América cortesía de los españoles, llegando incluso a Asia. Sí, esa civilización se basa en respeto a la persona, a su dignidad hay que precisar, la gran aportación cristiana. Del reconocimiento de esta dignidad, aportación cristiana insisto, no griega ni romana, se deriva todo lo demás: la democracia y hasta la economía social de mercado ¿por qué social? ¿por qué tenemos que ayudar a nuestros semejantes?. Culminamos ahora en eso que se llama posmodernidad la destrucción de nuestra civilización que comenzó hace ya 500 años con la Reforma protestante. Dice el articulista que occidente se fundamenta en el respeto absoluto a la persona, estoy de acuerdo como decía antes, pero ¿de verdad se respeta ahora a la persona como un valor único e insustituible? Yo creo que no, vivimos en la sociedad del descarte, del aborto y de la eutanasia, la cultura de la muerte impera, el ser humano solo tiene valor en función de su utilidad económica, en toda Europa y otros países occidentales se está imponiendo una nueva versión totalitaria, con la excusa sanitaria y lo que impera es el voluntarismo relativista.
    No, eso no es Occidente. Si eso es lo que acaba de ser derrotado en Afganistán, yo no voy a verter una lágrima por ello.
    PD: Sí, la Verdad y la Justicia provienen de Dios, hasta el poder proviene de Dios…pero no, no se asuste, porque proviene de Dios per populum….a partir de ahí todo vino rodado. Ah pero si el poder proviene de los hombres y no tiene más que los límites que esos hombres decidan ¿con qué nos encontramos? Con una asamblea de humanoides que deciden que el hombre puede convertirse en mujer y viceversa, o no ser ni una cosa ni la otra, por su puro capricho y lo ponen por escrito y llaman a eso ley.

  5. De niño me gustaba leer e imaginar sobre otras sociedades, me preguntaba por su forma de pensar, valores, costumbres, pero lo que más me intrigaba era descubrir el lugar donde se situaban las distintas culturas para pensar y organizar sus sociedades, me preguntaba si ese lugar estaba anclado en lugares desconocidos o si todos teníamos al menos un ancla común.

    El mundo y la vida la sentía entonces como algo perfectamente ordenado pero indefinido, algo así como un gran guardamuebles de donde podiamis extraer los enseres necesarios para decorar nuestra casa o nuestra particular y privada habitación.

    Desde entonces la vida y el mundo siguen igual, pero la sociedad ha cambiado, la habitación que nos están preparando es una celda, y eso no me gusta.

    El mundo se ha vuelto vulgar y plano, pocos son los hombres sensibles de hoy que no contemplen sorprendidos con curiosa humanidad el homogéneo y compacto paisaje de idiotas apiñados.

    Esto es un erial sembrado de imbéciles clonados..

    Quizás lo más destacado de esta época sea que la chusma ha perdido el pudor de la ignorancia. Su soberbia llega hasta el punto de creer que la ciencia o la técnica están por encima del hombre. Aspiran en su impudicia a crear un producto humano mejorado desde un subproducto obtenido por putrefacción.

    Un «Perfecto Imbécil» sería la definición clásica del hombre «Woke» que ha hecho de la excepción la norma y de su particular pero vulgar trauma su bandera.

    Observando el aplanado mundo desde un punto de vista artístico o intelectual no se puede quejar nadie, menudo «regalazo» nos ha hecho nuestra época,

    Es cierto que aquellos que se creían élites se encuentran bastantes desorientados, pero no nos engañemos, la élite verdadera siempre ha sido escasa por excepcional, así ha funcionado el mundo desde siempre. Los hombres excepcionales no abundan, si el mundo se compusiera totalmente de hombres excepcionales se acabarían los soberbios depredadores que juegan a ser dioses. Se llevarán una sorpresa, el Ártico ha crecido un veinte por ciento, es probable que los hombres excepcionales también aumenten de número, la época lo demanda, y el.mundo siempre ha sido ordenado pero indefinido.

    Si todos los hombres estuvieran evolucionados el mundo no tendría razón de ser y se extinguiría.
    Por eso a veces necesita fabricar políticos.

    Disfrutemos de este apolillado bestiario que nos regala el mundo de nuevo.

    Sánchez, llévate el colchón lleno de chinches y apaga la luz al salir, porfa.

  6. En Occidente llevamos cultivando desde finales del XIX un creciente odio a Occidente. Todo el que muestra alguna forma de animadversión al Occidente que nos alivia de problemas ha venido siendo premiado. La democracia es una cosa bastante odiada por una parte de las élites occidentales. En España, para acabar con la democracia tienen que ilegalizar antes a Vox. Y en ello están trabajando sin descanso:

    «Sánchez premiará a los inmigrantes que denuncien delitos de odio paralizando su expulsión»
    https://okdiario.com/espana/sanchez-premiara-inmigrantes-que-denuncien-delitos-odio-paralizando-expulsion-7782917

    • La plataforma http://www.change.org, que es un chiringuito de Soros para el almacenamiento de datos de afectos y disidentes también promueve el fin de la democracia en España. Ahora pide firmas para que se produzca el pasteleo del PP y del PSOE con el CGPJ y tener una España bolivariana antes de Navidad.

      Recomendación: todo lo que ustedes reciban de change punto org mejor bórrenlo.

    • Terrible, pero en eso están.
      Ya hemos visto como los colectivos chavistas son consentidos y alentados por el gobierno en Andalucia ,Vallecas, Barcelona, Vascongadas….

      Hoy Sánchez expropia los dividendos de las eléctricas y a Yolanda Díaz le hacen un escrache un grupo de comunistas defraudados en Valencia. Esto es Venezuela en estado puro acelerado.

      Mientras, el PP mira para Cuenca al tiempo que intenta librarse de Ayuso para que a Casado le den el visto bueno globalista en el foro de Davos.

      Ahora vas y votas al PP.
      Tengo la impresión que VOX debe andar por los ochenta o noventa diputados.

      He entrado a tomar un café en un bar y he escuchado a Celia Villalobos en la televisión despreciar el «Champagne» extremeño en favor del cava catalán. En el PP no cabe un cretino más

      A este paso, adiós PP, En unos minutos y sin querer, «Carmeida» solidifica Madrid Central, Casado hace el trabajo sucio con Ayuso que Sánchez no pudo concluir y Villalobos desprecia en televisión el cava extremeño que tiene acojonados a los catalanes.

      Ahora solo falta que un negro cargado me golpee a propósito con la manta en los riñones para que me acuerde de su madre.

      ¿Hijo puta es delito de odio o apelativo universal?

      Un saludo.