La irrupción de Podemos en el panorama político español y el surgimiento de partidos políticos conservadores de corte identitario en la antigua Europa del Este han relanzado editorialmente la problemática populista.

Cuando hablamos de populismo caben dos grandes posicionamientos. Considerarlo una ideología más dentro del amplio abanico de opciones ideológicas, lo cual nos llevaría a no considerarlo como una patología política, o bien pensarlo en términos de una estrategia   propia del marketing político.

En este artículo optaré por decantarme por la segunda de las opciones. Según mi parecer toda ideología es en principio susceptible de asumir un ropaje populista si se dan condiciones determinadas. Una desafección creciente respecto al sistema político o el establecimiento de un consenso socialdemócrata que aleja a los partidos de sus coordenadas ideológicas clásicas pueden citarse como dos factores que favorecen el surgimiento de estrategias populistas. Un ejemplo paradigmático lo encontramos en la llamada nueva izquierda europea. Ésta se inspira por igual tanto en el marxismo cultural como en la experiencia latinoamericana del llamado socialismo del siglo XXI, que ha sabido disfrazar un discurso comunista en declive con una estrategia política populista para obtener réditos políticos presentando una visión idílica de las experiencias populistas latinoamericanas.

La derecha identitaria europea de corte xenófobo se ha servido de la irresponsabilidad y el utopismo de la nueva izquierda para crecer electoralmente en los caladeros propios de la izquierda tradicional

La derecha identitaria europea de corte xenófobo se ha servido de la irresponsabilidad y el utopismo de la nueva izquierda para crecer electoralmente en los caladeros propios de la izquierda tradicional.  La multiplicación por doquier de los nuevos sujetos revolucionarios (gays, inmigrantes, musulmanes…) ha privado a la clase obrera de su tradicional posición privilegiada en los discursos de la izquierda clásica. El votante del Frente Nacional francés ya no es tanto un irredento xenófobo cuanto un desconcertado obrero que asiste impasible al derrumbe de la promesa socialdemócrata de un Estado de bienestar capaz de reducir la desigualdad.

Todo discurso populista descansa en último término en un nuevo abecedario político. En este nuevo alfabeto populista el pueblo, el eje central sobre el que pivota todo el discurso antisistema del populismo, no es tanto una realidad ontológica como una pura construcción discursiva sobre la base de la cual se plantea una alternativa hegemónica al orden democrático representativo. El pueblo no existe sino que se construye a través de un discurso incendiario que enfrenta a unos individuos contra otros.

Para referirse a este nuevo sujeto revolucionario, la estrategia populista recurre otra vez a una metáfora espacial y así habla de los de abajo contra los de arriba, de los sin parte contra lo que no reparten etc. Esta visión conflictiva de la política no deja de ser una actualización de la tesis clásica del marxismo que ve en el conflicto el motor de la historia, sólo que convenientemente camuflada para que no se pueda identificar con el comunismo clásico, que no goza de una general aceptación, al menos en las sociedades europeas.

Peter Sloterdijk en su obra Tiempo e Ira describe a la perfección los enormes réditos políticos que ofrece el resentimiento social

El pueblo es también considerado como un todo unitario, sin fisuras, como en el fascismo. No hay ciudadanos con intereses encontrados, hay un pueblo uniforme al que las élites políticas maltratan e ignoran sistemáticamente. El pueblo es también el sujeto soberano, pero necesita, en la línea jacobina, un taumaturgo que identifique convenientemente sus deseos y necesidades y que obre el milagro.  El pensador Enrique Dussel, vinculado al llamado socialismo del siglo XXI, sintetiza esta visión a la perfección cuando afirma que “el pueblo manda obedeciendo en el socialismo democrático”.

El abecedario populista también se nutre del resentimiento. Este es el resorte que catapulta al populismo en su ascenso al poder. Peter Sloterdijk en su obra Tiempo e Ira describe a la perfección los enormes réditos políticos que ofrece el resentimiento social. Como muy bien apunta Sloterdijk, sirviéndose de Nietzsche, el resentido acumula su ira y su envidia como si fuera un tesoro. El populista demagogo hace las veces de un banquero de la ira: toma todo ese resentimiento como si tratase de un depósito a plazo fijo y promete al iracundo unos réditos en forma de venganza que se disfraza con los ropajes de la llamada justicia social.

El populista seculariza la noción teológica de la ira de Dios, en definitiva. En sociedades donde el igualitarismo extremo es llevado hasta el paroxismo y donde cualquier manifestación de mérito o de mayor capacidad es vista con desdén, siempre acaban floreciendo los discursos del resentimiento. Para el resentido, desigualdad y democracia son incompatibles. Autores como Fernández de la Mora o Murray Rothbard analizan la influencia que ha tenido la envida igualitaria como patología social que coadyuva estos discursos del odio.

Otra de las notas del abecedario populista consiste en presentar la democracia representativa de corte liberal como un mero apéndice institucional del capitalismo

Otra de las notas del abecedario populista consiste en presentar la democracia representativa de corte liberal como un mero apéndice institucional del capitalismo, que es el gran Satán de todo discurso populista. Las causas de cualquier fracaso personal siempre son colectivas y se hipostatizan en el capitalismo, que más que un sistema de producción y acumulación de riqueza se convierte en una versión secularizada del mal absoluto.

El tradicional posicionamiento marxista en favor del intervencionismo y la rígida planificación económica no se justificaría ya sobre la base de la dictadura del proletariado, sino que sería una exigencia de la propia idea de la democracia. Democracia auténtica y mercado son incompatibles, según su visión, en la medida en que la democracia representativa supeditaría las decisiones políticas a los dictados de lo más conveniente para el florecimiento del capitalismo globalizado.

Por más que el mundo occidental viva inmerso en un gran consenso socialdemócrata marcado por el intervencionismo, la prolija regulación y la presión fiscal creciente, los discursos populistas, de corte izquierdista o derechista, insisten en presentar una suerte de complot neoliberal para dominar el mundo. La llamada Escuela de Chicago y en fechas más recientes la denominada Escuela Austriaca de economía suelen ser señaladas como las doctrinas económicas responsables de todas las injusticias y desmanes del mundo. Poco importa que se trate de doctrinas no mayoritarias entre el gremio de los economistas, frente al hegemónico paradigma neoclásico de corte Keynesiano. A efectos discursivos todo es neoliberal, hasta los famosos planes de Quantitaive Easing de los Bancos Centrales que han permitido a los gobiernos de muchos países del sur de Europa mantener un elevado nivel de endeudamiento con el que sufragar el Estado de bienestar.

El populismo presenta un discurso que pretende recuperar un Estado de bienestar en crisis, frente a la democracia liberal que lo habría desmantelado

En general el populismo presenta un discurso que pretende recuperar un Estado de bienestar en crisis, frente a la democracia liberal que lo habría desmantelado. Esto es una gran falacia que se ve refutada por la fuerza de los hechos. Si analizamos las estadísticas oficiales relativas al peso del sector público en el PIB de los países más industrializados del mundo, observamos una tendencia al mantenimiento de un sector público muy fuerte y a un cada vez mayor intervencionismo económico en sectores como el bancario, el energético, las telecomunicaciones o el transporte.

Desde el punto de vista conceptual tampoco parece existir una demanda social ni teórica dominante en un sentido desfavorable al mantenimiento de altos niveles de protección social. La alternativa minarquista, y no digamos ya el llamado anarcocapitalismo pasan de ser opciones puramente teóricas, con apenas relevancia política e institucional. Lo que hay es más bien una revisión en profundidad de la filosofía subyacente en el Estado de Bienestar.

Autores como Harold Wilensky dudan de que el Estado de bienestar haya procedido a una redistribución desde las rentas del capital hacia las del trabajo. Más bien lo que se ha producido es una redistribución en el interior de las propias rentas de trabajo, cada vez sometidas a una mayor presión fiscal. La idea de que el Estado debe garantizar unos estándares mínimos de renta y de seguridad vital frente a posibles contingencias no es cuestionada por prácticamente ningún partido. Formaciones políticas teóricamente liberales, como Ciudadanos, llevan una marcada impronta social en sus programas, como muchos partidos liberales que se adjetivan como progresistas a fin de poder competir por los caladeros del voto socialdemócrata, mayoritario entre unas capas de la población cada vez más infantilizadas y dependientes del Estado.

Foto Barcex

3 COMENTARIOS

  1. Si Antonio García-Trevijano lleva razón, toda la historia europea desde la Revolución Francesa es la historia del miedo al “populus” y todas las formas políticas que se han desarrollado o inventado no son otra cosa que medios para conjurar su fantasma, falsificándolo y volviéndolo irreconocible. De ahí el uso fraudulento de la palabra “democracia” para designar simplemente oligarquías y formas de gobierno oligárquicas. Por eso, hay que despreciar al hombre de nivel medio, a “la masa”, para encerrar al “populus” (y ahora en sentido romano: los hombres libres que tienen derechos políticos reconocidos que pueden ejercer activamente) en el redil de las bestias que deben ser domesticadas. El fondo de la cuestión es: hay que impedir que el “populus” pueda ser activo políticamente. Ahí está al desnudo la eficacia de la televisión como somnífero y sustitutivo de opinión pública y acción colectiva, los sondeos, las encuestas y, lo que es peor de todo, las propias elecciones o votaciones sobre opciones vaciadas de contenido, recibidas masivamente desde la retícula del individuo insonorizado.

    “Lo populista” es hacer creer al pueblo que el pueblo sea activo políticamente, pero engañándolo respecto a sus verdaderos intereses y defraudando sus expectativas e incluso degradando sus condiciones de vida haciéndole creer que todo va sobre ruedas cuando en realidad cada vez tiene un horizonte de vida más limitado y estrecho en lo material y en lo espiritual. “Lo populista” es hacer creer al pueblo que el pueblo sea activo políticamente, pero engañándolo respecto a su “representación” en la esfera pública y respecto a su potestad real de “elección”.

    ¿Cuáles son los “verdaderos intereses del pueblo”? Nadie lo sabe, y sólo hombres excepcionales que raramente aparecen en la Historia, tienen alguna intuición para llevar a cabo esta identidad y poder decir con autoridad: “Yo soy quien sabe cuáles son esos intereses del pueblo”. Equivocados o no, un Lenin y un Hitler, para sus respectivos pueblos, en un momento dado, con todos los horrores de sus respectivos regímenes, y siendo “tiranos” en sentido clásico y mucho más que tiranos, son sin embargo verdaderos portavoces de una “vox populi” excepcionalmente coherente y ajustada a las condiciones del desarrollo histórico concreto de sus pueblos, es decir, de la parte de ellos que fue realmente activa y sacrificada en un esfuerzo colectivo de lucha.

    Dado que el objetivo de esa lucha no es la propia libertad política colectiva sino la acción interior o exterior para remover los obstáculos al libre desenvolvimiento de esos pueblos como comunidades políticas organizadas, la forma excepcional de ese Estado (su forma de dictadura en un sentido por completo nuevo) no es una objeción a la identidad entre pueblo y grupo dominante. A veces, es un pequeño grupo el que se erige en portavoz de esos intereses del pueblo.

    Ahora bien, lo que nunca ha sucedido es que el pueblo en su totalidad se presente en la escena pública sin alguna forma de mediación: un hombre, un partido, una facción, una secta, una confesión religiosa, etc. Ni siquiera Rousseau llegó a creer que eso fuera posible y que alguna vez se hubiera producido en la Historia. Si hay alguna verdad política práctica elemental es que el pueblo no puede actuar en la vida política sin esas mediaciones. Cuando se dice que un “pueblo es políticamente libre y activo”, es decir, que puede desarrollar libremente una acción política colectiva, siempre se quiere decir que es una fuerza política encabezada y organizada sobre una base elitista. El problema es si la élite se identifica realmente con los intereses del pueblo, los puede unificar y totalizar como su propio “proyecto” y mantener los lazos de fidelidad y lealtad con ese pueblo. Lo demás es literatura infantil para periodistas, sociólogos y politólogos del sistema de partidos español.

    El “populismo”, tal como se lo vende, publicita y critica, no es más que el antídoto contra el desarrollo de esa élite que virtualmente podría llevar a cabo la identidad entre su discurso, sus intereses y los de la parte del pueblo más activa, más inteligente y con un sentido de la libertad más auténtico y arraigado. Y es igual que ese populismo sea de izquierdas o de derechas, porque su función es exactamente la misma y apunta al análisis que expongo.

    En realidad, la cuestión de nuestro tiempo por venir es nada menos que ésta: si las sociedades europeas actuales, en su estadio evolutivo terminal y más degenerado en cuanto a capacidad biológica y cultural de producir “tipos humanos” valiosos para determinados fines de construcción política de gran estilo, están todavía en condiciones de organizarse como comunidades étnico-culturales homogéneas aptas para tal fin o, por el contrario, el proceso histórico de identificación entre Estado nacional, comunidad etnico-cultural homogénea y Nación política con aspiraciones de poder mundial ya se ha perdido de una vez para siempre.

    Mi respuesta personal largamente meditada es: no, la historia europea moderna y contemporánea se ha cerrado como ciclo histórico constructivo y ahora se inicia la fase última y nada negativo ni nihilista hay en el reconocimiento objetivo de esta realidad. Los pueblos europeos modernos, como antes el griego y el romano, son mortales y esa mortalidad hoy es tan visible respecto de la realidad de los europeos que sólo la estupidez ambiental impide verla. La historia europea, como tal “proyecto de una Modernidad”, en un sentido preciso de despliegue de una voluntad de poder dirigida a organizar desde sí misma todos los órdenes de la vida, acabó el 8 de mayo de 1945, con la capitulación de las Fuerzas Armadas del Reich alemán recién derrotado por dos potencias no-europeas. Desde entonces, y hasta ahora, más lo que está por venir, lo que se ha desencadenado es el imparable “Descensus ad Inferos” de los Estados, las comunidades y las naciones europeas.

    De hecho, es la Nación histórico-cultural en cada Estado nacional lo que está en proceso de liquidación, y esto nada tiene que ver el discurso identitario, bastante superficial y anacrónico por cierto, acerca de las “raíces cristianas”, de la “tradición ilustrada”, de la “democracia”, del “liberalismo” y del “humanismo” (cristiano, marxista o existencialista…) sino con la simple “reproducción biológica” de la base demográfica y con la “reproducción simbólica” a través de un espíritu creativo de nuevos órdenes de vida.

    Desde el momento en que las sociedades europeas están ya a punto de perder su principio histórico de constitución sobre la base de la homogeneidad étnica y cultural, el soporte para la construcción de la comunidad política falla, se quiebra y lo que está por venir sólo puede adoptar el rostro desfigurado y sangriento de un hundimiento hacia el abismo de la indiferenciación total, que es por supuesto también el estadio de la indiferencia generalizada ante la aniquilación del propio porvenir.

    Las formas estatales no pueden sobrevivir a las Naciones históricas, pues ya las primeras extraen su fuerza vital de las segundas. Ahora bien, la cuenta atrás para esas formaciones estatales también se ha iniciado. No hay pueblo en la Historia que al perder su unidad política, tarde o temprano no haya perdido a continuación su propia organización política, su independencia nacional como formación estatal y finalmente su más preciosa libertad: la libertad de no depender colectivamente de la voluntad de otro pueblo y de otra organización estatal.

    Europa está realmente mucho más muerta de lo que nadie cree o imagina. Si al menos se leyera más a los clásicos…

  2. Excelentes comparaciones Don Carlos

    “El resentido acumula su ira y su envidia como si fuera un tesoro. El populista demagogo hace las veces de un banquero de la ira: toma todo ese resentimiento como si tratase de un depósito a plazo fijo y promete al iracundo unos réditos en forma de venganza que se disfraza con los ropajes de la llamada justicia social.

    El populista seculariza la noción teológica de la ira de Dios, en definitiva”

    Y mas. En general de acuerdo con su columna. Lo que me descoloca es lo del neoliberalismo.

    Yo es que no creo en el neoliberalimo, y tengo la sensación de que ni la Escuela Austriaca ni la de Chicago, en sus fundamnetos puedan ser neoliberales.

    O se es liberal o no se es. Olvide prefijos y sufijos.

    Porque lo peligroso es que esos populistas que usted tan bien describe, al inventarse la palabreja en cuestión, y demonizarla, lo que hacen es que quienes manjan los hilos del odio y del rencor saquen aún mas ventaja.

    Ese neoliberalismo, a lo Rallo y otros, que en el fondo sólo busca tratados transnacionales que legitimen economías de escala bestiales, muchas veces subvencionadas, que derivan en oligolios de hecho, es lo menos liberal que hay.

    Esa globalización que avanza en paralelo con el NOM, y no es casualidad, que legitima eso que llaman el neoliberalismo, pero que está mas pllnificada que los planes quinquenales soviéticos y que ha logrado que ese PIB que antes estaba en manos de Estados (aceptésmolo así, cómo animal de compañía) digamos democráticos, pase de manera creciente a estados escasamente democráticos (China, India..) mientras que los democráticos, por obra y gracia del populismo, lo son menos.

    Inisisto, no es casual, y ni la decide el mercado, ni la necesidad de progreso y de libertad (con su rverso de responsabilidad).

    Echo en falta, sobre todo en sitios como DISIDENTIA, un verdadero análisis por quienes tienen mas recursos intelectuales de ello.

    Y es una pena.

    El neoliberalismo es el caballo de Troya de ese comunismo globalizante donde se unen los Soros, Rockefeller.. con los Podemos/Syriza/Salvini o Le Pen.

    Un muy cordial saludo