Saul Kripke es uno de los filósofos del lenguaje más interesantes de la segunda mitad del siglo XX. A parte de sus contribuciones a la metafísica, a la lógica modal o a la filosofía de la mente, destaca fundamentalmente por su teoría antidescripcionista de los nombres propios. Para él un nombre no designa una realidad que lleve aparejada una serie de propiedades. Por ejemplo, Descartes no designa tanto al filósofo racionalista o al inventor de las llamadas coordenadas cartesianas, cuanto al individuo al que un día sus padres decidieron llamar “René Descartes”. Aunque éste hubiera muerto a los pocos meses y no hubiera inventado el famoso método cartesiano con su duda metódica o no hubiera fundado la llamada geometría analítica, él seguiría siendo Descartes en cualquier mundo posible que imagináramos.

Lo que Kripke nos quiere decir en definitiva es que el significado de una expresión no depende tanto de que esta describa, más o menos fehacientemente, una realidad cuanto que en un momento determinado en el tiempo se haya establecido una conexión, que él llama bautismo originario, entre realidad y significado.

Un poco esto mismo es lo que ocurre hoy en día con determinados vocablos del lenguaje político que ya no son significativos por describir una serie de propiedades de lo significado por ellos, sino que pasan a tener una significación nueva por decisión de determinados creadores de opinión. Un ejemplo lo encontramos con el término fascismo que como pone de manifiesto el pensador norteamericano Paul Gottfried, en su obra Fascism: The Career of a Concept, en el actual lenguaje político se utiliza sin ningún rubor para descalificar al rival político, aprovechando la connotación peyorativa que el término fascismo evoca en el imaginario de la gente. Fascismo se convierte así en un término vago, impreciso y sobre todo profundamente peyorativo.

Que partidos como VOX en España, Ley y Justicia en Polonia o el Fidesz húngaro sean catalogados de partidos fascistas no obedece tanto al rigor conceptual como al propósito de estigmatizarlos y convertirlos en un paria dentro del sistema de partidos europeos

Cuando oímos fascismo enseguida nuestra mente se retrotrae a la violencia política, a la intolerancia, a los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial, a la falta de democracia etc. No es por lo tanto casual que la izquierda haya hecho uso de este tipo de manipulaciones del lenguaje para  lograr el gran objetivo perseguido por ella: conquistar la hegemonía cultural en los países en los que el marxismo no triunfó a través de alguna insurrección de corte violento.

La interpretación teórica del fascismo ha sido objeto de una larga controversia en el seno de la historiografía. Dilucidar cuestiones como la de si el fascismo es una ideología ya extinguida tras el final de la Segunda Guerra Mundial o la de si es posible establecer un concepto genérico de fascismo que abarque todas y cada una de sus manifestaciones históricas, se ha convertido en un verdadero nudo gordiano para la teoría política. Incluso se podría negar que el fascismo fuera una ideología y, en realidad, se tratara de un movimiento político que privilegió la acción sobre las teorizaciones. El propio Mussolini en el primer congreso fascista de 1919 afirmó “Nuestra doctrina es el hecho”.

Tradicionalmente han existido diversas interpretaciones sobre el fenómeno fascista. Gilbert Allardyce, por ejemplo, niega que exista un concepto genérico de fascismo. Esta es una ideología extinguida a finales de la Segunda Guerra Mundial y que sólo se puede aplicar en puridad al régimen personal de Benito Mussolini. Otros autores se retrotraen mucho más allá en el tiempo, como por ejemplo el profesor israelí Zeev Sternhell o el americano Robert Soucy para los que el fascismo es en origen un producto francés de finales del siglo XIX, vinculado a la figura del novelista político Maurice Barrès.

Una de las primeras teorizaciones clásicas del fascismo, posteriores a la Segunda Guerra Mundial, vino de la mano del historiador y filósofo alemán Ernst Nolte en su obra Las tres caras del fascismo (1965).

Nolte se decanta por una interpretación fenomenológica del fascismo, a la que califica de ideología propia del periodo de entreguerras y que fue una contrarrevolución antagónica del comunismo. La idea del anticomunismo como nota definitoria del fascismo es compartida por otros autores como Francis Carsten o Stanley Payne. Por el contrario, otros destacan la asimilación de elementos marxistas en el ideario fascista, como por ejemplo George Mosse que ve en el fascismo una tercera vía entre el marxismo y el capitalismo, superando la tradicional lucha de clases por la integración armónica de todas las clases sociales en un estado fuerte corporativo dirigido por una personalidad carismática.

A este furibundo anticomunismo se le suelen añadir otras notas como su antiparlamentarismo, tomado del conservadurismo antidemócratico de finales del siglo XIX, su exaltación del caudillaje o la confusión entre Estado y partido.

Tradicionalmente también ha sido frecuente vincular fascismo con totalitarismo. Hannah Arendt en su célebre obra Sobre los orígenes del totalitarismo (1951) incluye al fascismo y al comunismo como dos variantes del totalitarismo. Esta ideología se caracteriza por atentar contra la libertad del individuo, establecer una uniformidad ideológica en el seno de la sociedad y por desarrollar un régimen de terror que controla todas las facetas del ser humano para lograr su plena integración en una sola comunidad ideológica o racial.

Aunque la violencia, pese a lo que afirma la izquierda, no ha sido nunca patrimonio exclusivo del fascismo, sí que ha ejercido un influjo notable en este, fundamentalmente a través de la obra de autores como Georges Sorel y su mito de la violencia como  alumbradora de un nuevo mundo renacido tras superar el decadentismo burgués. De ahí que autores como Eugeni D’Ors hayan visto el fascismo como una especie de “Marsellesa de la autoridad” o el francés Georges Bataille como una “comunidad para la muerte”.

Estas visiones clásicas y académicas del fascismo no resultan adecuadas para el objetivo estigmatizador de la derecha que persigue la izquierda, pues claramente sólo resultan operativas para movimientos fascistas propios del periodo de entreguerras y no para partidos liberal conservadores, perfectamente adaptados al parlamentarismo y al pluralismo ideológico.

Más interesantes para dicho propósito pueden resultar las lecturas que del fascismo hace el británico Roger Griffin o las lecturas sobre el fascismo clásicas del marxismo. Griffin sitúa el origen de los fascismos en el nacimiento en el seno de la sociedad de un mito palingenésico sobre la nación destruida por los enemigos internos y externos. En el caso italiano, el renacer del antiguo imperio romano, y en el caso alemán, el renacer de la nación alemana humillada en Versalles por las potencias aliadas en connivencia con el enemigo interno judío.

Partidos de derecha conservadora nacionalista, tipo VOX o AfD (Alternative für Deutschland), desde este punto de vista podrían ser considerados formaciones fascistas, en la medida en que han construido su discurso político sobre la base de la regeneración nacional de sus respectivos países. Sin embargo, esta interpretación, aunque sugestiva y retóricamente poderosa, no es considerada muy precisa desde el punto de vista académico, pues no disecciona los elementos distintivos del fascismo, como sí lo hacen otras visiones del mismo, como las de Stanley Payne o Juan Linz, mucho más precisas al presentar al fascismo como una reacción antiparlamentaria, antiburguesa y antimarxista. Por otro lado amplían enormemente el campo semántico del vocablo fascismo hasta hacerlo coincidir prácticamente con nacionalismo o conservadurismo.

No obstante la tendencia que tiene buena parte de la izquierda mundial de catalogar a la derecha conservadora o liberal de fascista tiene su origen en la particular interpretación que del fenómeno fascista hizo el marxismo. Autores como Rosa Luxemburgo, Georgi Dimitrov o Antonio Gramsci o incluso la III internacional consideraron el fascismo como la continuación autoritaria del liberalismo y del capitalismo cuando estos se encontraban en crisis. El fascismo, lejos de ser una ideología antiliberal, irracionalista y antiburguesa, era la única salida posible a los atolladeros que el capitalismo provocaba a las democracias liberales burguesas.

Sin embargo, la sobreutilización del término fascismo en el debate político actual o su utilización para referirse a parámetros culturales es consecuencia de la interpretación que de este movimiento político realizó la llamada Escuela de Frankfurt y sus epígonos, que ampliaron el campo semántico de este vocablo para usarlo en contra de las democracias occidentales y la sociedad de consumo capitalista.

Autores como Wilhelm Reich, Erich Fromm o Theodor Adorno usaron conceptos tomados del psicoanálisis y del marxismo para explicar el predominio de las mentalidades sumisas que parecerían favorecer el desarrollo del capitalismo, basado en último término en la represión del deseo y en el seguimiento de las directrices emanadas de autoridades fuertes. Autores como Deleuze y Guattari en su obra El Anti Edipo (1969) vinculan el fascismo con una visión esencialista de la realidad, incapaz de trascender marcos conceptuales determinados, al que ellos oponen un modelo revolucionario esquizoide que privilegia las significaciones variables y acaba con toda forma de esencialismo. Según esta visión, por ejemplo, defender el dimorfismo sexual de la especie frente a las visiones culturalistas sobre el sexo, que defiende la llamada ideología de género, sería una forma de fascismo.

Que partidos como VOX en España, Ley y Justicia en Polonia o el Fidesz húngaro sean catalogados de partidos fascistas no obedece tanto al rigor conceptual como al propósito de estigmatizarlos y convertirlos en un paria dentro del sistema de partidos europeos. Vincularlos al fascismo no es una estrategia que deba sorprendernos lo más mínimo, sin embargo resulta altamente efectiva, especialmente en una sociedad europea tan dócil a la manipulación ideológica realizada a través de los medios de comunicación de masas y donde la memoria del fascismo de entreguerras es un tema especialmente sensible para buena parte de la población.


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8 COMENTARIOS

  1. Mi pregunta es: ¿Por qué cuando se quiere acusar a alguien de no demócrata, dictador, cruel y genocida se le califica de fascista y no de comunista, cuando la historia nos demuestra que ambos son primos hermanos?

    No sé en cifras de víctimas quienes ganarían. Me importan un pito los fundamentos políticos, económicos y filosóficos en los cuales se basen. Pero fascismo y comunismo son hijos de los mismos fanáticos que convirtieron el remedio en algo peor que la enfermedad. El caso es que el mundo habría agradecido que ninguno de los dos hubieran existido. La Wikipedia nos dice que…

    El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión (1997) es un libro escrito por profesores universitarios e investigadores europeos y editado por Stéphane Courtois, director de investigaciones del Centre national de la recherche scientifique (CNRS), organización pública de investigación de Francia. Su propósito es catalogar diversos actos criminales (asesinatos, tortura, deportaciones, etc.) que son el resultado de la búsqueda e implementación del comunismo (en el contexto del libro, se refiere fundamentalmente a las acciones de Estados comunistas). El libro se publicó originalmente en Francia con el título Le Livre noir du communisme : Crimes, terreur, répression. En español fue publicado en 1998 por las editoriales Espasa Calpe y Planeta en 1998 (ISBN 84-239-8628-4), traducción de César Vidal. En 2010 Ediciones B publicó una nueva edición (ISBN 978-84-666-4343-6).

    • “Mi pregunta es: ¿Por qué cuando se quiere acusar a alguien de no demócrata, dictador, cruel y genocida se le califica de fascista y no de comunista, cuando la historia nos demuestra que ambos son primos hermanos?”
      Respueta muy sencilla: los comunistas ganaron la segunda guerra mundial y los fascistas la perdieron.

  2. Atendiendo a la hipótesis de Kripke, para analizar un significado debemos conocer lo que late en los enunciadores que bautizan con fruición como FAScistas a personas, instituciones y cosas. Lo primero que late es el FAStidio por no tener bajo control ciertas áreas de la vida de los demás. En segundo lugar, están FAScinados por su propio acto bautismal y la FAScinación es una forma de no ver y no saber qué coño es el FAScismo.

  3. El fascismo/comunismo es la culminación lógica de las Revoluciones Liberales.
    En ellas, el cristianismo es subsumido/invertido en un artificio, denominado por Napoleón como liberal; el Régimen Liberal.
    En este régimen –lo político es totalitario, lo religioso aparentemente libre–, en contraposición al Antiguo Régimen.
    Crea el concepto de “ciudadano-jacobino” (“patriota”, Nación) cuya culminación evidente es la guerra total y masiva; algo no presente en el Antiguo Régimen.
    Primera y segunda guerra mundiales son un derivado previsible de la secularización liberal. En la cual, el Estado es Dios, la palabra de Dios es la Ley y la salvación “intramundana” el destino (principalmente económico).
    Que conservemos el calendario cristiano gregoriano y no el calendario republicano francés es engañoso, los jacobinos han ganado de forma aplastante después de muertos.

    La brutalidad intrínseca de este régimen radica en la eliminación del individuo como entidad separada del Estado; a pesar de ser erigido como sujeto de derechos. Dado es sujeto de derechos pasivo (activo solamente a través de un filtro corporativo) y en tanto en cuanto siga los preceptos de la religión civil.
    El infierno en la tierra desatado por la más vil inmundicia de la Revolución Francesa en la Vandea evidencia ese nuevo Cosmos Sagrado donde el individuo es completamente vaciado de dignidad frente a objetivos estatales; simplemente estratégicos. Es la era liberal quien estrena la violencia por motivos ideológico-políticos, programa burocrático del Estado Moderno Liberal (ahora Terapéutico y posiblemente terminal en lo nacional).

    El paso obvio de esa teología política es establecer el Estado como Religión Civil (ejemplo el Islam), el Estado “ético”; lo cual es justamente el fascismo.

    “El Estado, tal como el fascismo lo concibe y lo realiza, es un hecho espiritual y moral, pues concreta la organización política, jurídica, económica, de la nación, y tal organización es, en su iniciación y en su desenvolvimiento, una manifestación del espíritu. El Estado es garante de la seguridad interior y exterior, pero es también guardián y transmisor del espíritu del pueblo tal como ha sido elaborado a través de los siglos en el idioma, en las costumbres, en la fe.” La doctrina del fascismo.

    Los regímenes de poder imperantes tras las Revoluciones Liberales conforman ideologías que traen el mundo de lo divino a lo mundano a través del Estado.

    Si la democracia es una forma de gobierno y toda organización o “órgano de gobierno” tiende a ser oligárquico. Parece razonable, la democracia solamente puede ser un ideal (realizable en lo divino) y nunca podrá ser pura (salvo en una ideología).
    La corrección permanente de esa fuerza centrípeta oligárquica es lo que justamente define la operativa de la democracia. Las instituciones, tan cacareadas desde el contractualismo liberal, no corrigen la tendencia oligárquica del poder, incluso la pueden acelerar.
    El gobierno es necesariamente corporativo en lo ejecutivo (Estado), pero no debe ser corporativo en lo legislativo. En el fascismo es corporativo en ambos, recupera la moral como parte de la religión civil e incluye a todos los pobladores como un cuerpo bajo el espíritu de una oligarquía sin control.

    Al igual que en el fascismo, en lo actual el individuo tiene seriamente limitas las capacidades políticas desde su individualidad.

    La totalidad de los que se presentan (es decir, la oligarquía potencia por su interés) aceptan esas reglas. Lo actual, no es fascismo, es Totalitarismo Liberal.

  4. Efectivamente como muy bien señala el articulista, al que hay que felicitar por tratar un tema tabu, cuando se habla de fascismo, hay que ditinguir entre el debate intelectual, serio, historiográfico, y el agitprop de la izquierda destinado a las masas necesitadas de ogros malvados que por contraste nos sitúan automáticamente en la pureza inmaculada de la virtud política y del bien.
    Respecto del debate serio, se podría resumir en ¿pero qué demonios fue el fascismo? Si uno tiene curiosidad histórica por el fenómeno enseguida apreciará la dificultad ante la que se encuentran los historiadores y politólogos. Podrá apreciar que el fascismo italiano y el nacional socialismo alemán, los dos únicos “fascismos” que gobernaron sus respectivas naciones (Franco sería muchas cosas pero nunca fue fascista por mucho que vocifere el Ministerio de la Verdad), tienen sus semejanzas pero también sus diferencias no meramente circunstanciales sino esenciales. Para el nacional socialismo lo esencial es la lucha racial, cuestión totalmente ajena a los fascios. La proporción de judios en las filas del Partido Nacional Fascista era proporcionalmente superior a la población judia en Italia, como ha demostrado Stanly G Payne. Sí, Mussolini aprobó leyes raciales en 1938 si no recuerdo mal, pero eran tan ajenas al fascismo que muchos camicia nera, veteranos escuadristas del manganello las desaprobaron, como por ejemplo Italo Balbo que no era poca cosa en el movimiento fascista.
    En cuanto al totalitarismo, es curioso como siendo un término inventando por un filósofo adepto al fascismo italiano, Giovanni Gentile, perdió rápidamente su significado original. El totalitarismo tal y como hoy lo entendemos, no se dio en la Italia Fascista, que nunca fue un Estado Totalitario. El PNF estuvo siempre subordinado al Estado al igual que la Milicia. En Italia, las instituciones tradicionales, como la judicatura siguieron siendo relativamente independientes. Todo lo contrario a lo que ocurrió en la Alemania nacional socialista o en la muy comunista URSS.
    Respecto del panes et circenses para la plebe prefiero no entrar.

  5. Es probable que yo esté equivocado, debo ser quizás el único equivocado, algo que no me preocupa, fue una promesa que me hice siendo niño, “siempre estarás equivocado” me prometí.
    Llamar fascista o extrema derecha a VOX es algo que chirría. Hacer un sesudo análisis sobre tal despropósito no nos puede llevar a ninguna parte. Obviamente VOX no es un partido fascista, es un partido como cualquier otro partido del espectro político español con una importante diferencia, es menos laxo con las consignas, leyes y propósitos del Feudalismo Global que se imponen gradualmente en las sociedades occidentales.

    Si en el siglo XX la moral sicológica sustituye a la moral cristiana, en el siglo XXI la “Laxitud” se convierte en referente moral, cualquier posición de firmeza política, intelectual, moral, sicológica o espiritual será el enemigo que te obliga a pensar y someter a un análisis crítico las contrapartidas de esa “laxitud” tan cómoda.

    Llamar fascista, ulttra derecha a VOX es como si alguien me llama a mi extraterrestre, no significaría más que para la visión del grupo soy raro en algún aspecto.

    • Dos frases que suelen servir como ejemplo a la palabra “Laxitud” nos pueden encaminar hacia el análisis correcto.

      “Si las reglas son demasiado rígidas o demasiado laxas, entonces surgen los problemas”

      “Transcurridos unos días de cierta laxitud, el rigor retornó, más inflexible que antes”

    • Otra asunto interesante a debatir sería que es eso de “extrema derecha” o “ultraderecha”. En mi opinión fascismo genérico y extrema derecha no son sinónimos.

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